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Queridos niños y niñas:
Recibid mi saludo de
obispo, un saludo grande y feliz, porque Jesús os quiere mucho a vosotros, a
todos los niños, a todos los pequeños. Os
felicito porque pronto recibiréis la Primera Comunión, es decir, recibiréis
a Jesús, el Hijo de Dios, que está presente en ese trocito de pan de la
Eucaristía. Sí, aunque parece increíble e imposible, ahí está el Señor:
Tomad
y comed que esto es mi Cuerpo, dijo Jesús el día de Jueves Santo en la Cena
Pascual que celebró con los apóstoles. Y siempre que el sacerdote pronuncia
estas palabras, cuando celebra la Eucaristía, ahí está el Señor. ¡Qué gran
misterio! ¿verdad? Realmente Jesús hace cosas maravillosas, asombrosas y
admirables: cura a un enfermo, convierte el agua en vino, resucita a un muerto
y se hace presente en el pan de la Eucaristía…
No
sé si conocéis lo que sucedió en Roma, hace muchos años, mientras el Papa San
Gregorio Magno celebraba la Eucaristía. Una mujer se
acercó a comulgar y comenzó a reírse, porque dudaba de la presencia real de
Cristo en el pan y en el vino consagrados. Entonces el Papa, turbado. le
reprendió y le preguntó el motivo de tal actitud. La mujer se justificó
diciendo que no llegaba a entender cómo podía ser que aquel pan, que ella misma
había preparado con sus manos, y aquella copa de vino ahora, gracias a las palabras de la
consagración, se convirtieran en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El Papa se
puso en oración y pidió a Dios que la iluminase. Cuando terminó su oración, vio
que el pan se convertía en el Cuerpo del Señor. La mujer, con gran
arrepentimiento, se arrodilló y comenzó a llorar. Estoy seguro de que en su
corazón diría aquellas
preciosas palabras que pronunció el apóstol Santo Tomás, cuando vio al
Resucitado y tocó sus llagas, él que también dudaba de que Cristo hubiese
resucitado: ¡Señor mío y Dios mío!
Ojalá
que también vosotros, queridos niños y niñas que recibís por primera vez a
Jesús, pronunciéis esas mismas palabras, esa breve oración, ¡Señor mío y Dios mío!, cuando asistáis a Misa y
adoréis al Señor, después de la consagración, y cuando le recibáis en la comunión.
¡Qué
suerte, qué alegría tan enorme, poder tener tan cerca al mismo Dios hecho pan,
y poderlo recibir dentro de vosotros!
¿Verdad
que, cuando vuestros padres esperan una visita, tratan de limpiar y ordenar la
casa? Procurad también vosotros limpiar bien vuestro corazón para poder recibir
al Señor. Ya sabéis que el corazón está limpio cuando hay mucho amor a Jesús,
cuando rezamos, cuando hacemos lo que le agrada y cuando estamos sin pecados.
Por eso os pido que no dejéis de rezar, de hacer lo que le agrada al Señor y de
confesaros frecuentemente y siempre que hayáis cometido pecados. El Sacramento de la Confesión es el abrazo
de Dios, un abrazo lleno de amor y de misericordia por cada uno de nosotros.
Qué bien lo expresaba Jesús cuando decía: Hay
más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y
nueve justos que no tienen necesidad de penitencia. ¡Qué gozada es saber y
vivir que Jesús nos perdona los pecados! Ya sabéis que eso sucede cuando el
sacerdote, que representa a Cristo, nos dice: Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. 
Vuestros catequistas, que
os quieren de verdad, os han enseñado muchas oraciones. No dejéis de rezarlas. Procurad rezar todos los días. Rezad al
comienzo del día, cuando os levantáis; por la noche antes de ir a dormir; y
rezad también antes de las comidas. Rezar es dar gracias a Dios por todo lo que
tenemos y recibimos, es pedirle fuerzas para ser mejores, es pedir que nos dé
un corazón bueno para poder hacer siempre el bien.
Poned en vuestra
habitación una imagen de Jesús o de la Virgen y rezad ante esa imagen. Contadle lo que os pasa, como se lo contáis
a vuestros padres o a los amigos. Mirad, Dios siempre nos escucha y nos
concede lo que necesitamos, digo bien lo que necesitamos, porque una cosa es lo
que pedimos y otra lo que nos conviene o necesitamos. Recuerda a menudo estas
palabras de Jesús: Venid a mi todos los
que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré.
Seguro que vuestros
padres, que tanto os quieren (os han dado la vida y cuidan de vosotros),
piensan preparar algo de fiesta para el día de vuestra Primera Comunión.
Decidles que la fiesta sea bonita pero sencilla. No es necesario hacer grandes
gastos. Lo importante es que ese día haya mucho amor en el corazón de todos y
una gran fe en Dios que se acerca a vosotros, a vuestras familias. Decidles
también que no es necesario recibir montonadas de regalos, que os basta con
alguna cosilla sencilla. Vuestra ilusión se verá colmada con algún detalle.
Sabéis que hay muchos niños que no tienen tantas cosas como vosotros. Por eso
os hago una propuesta: ¿queréis hacer
felices a niños como vosotros, que no tienen casi nada para vivir? Este año
podríais cada uno de vosotros entregar un donativo, de los muchos que vais a
recibir, a los niños de África, en Kenya, país donde trabaja un misionero de La
Rioja, natural de Autol, que se llama Padre Tomás Herreros, y pertenece a la
Congregación de misioneros Combonianos. Lleva muchos años trabajando en África.
Seguro que os encantará apoyar su labor con los niños kenyatas, de vuestra
edad, como
vosotros. Pide que le ayudéis a comprar el mobiliario (sillas, pupitres,
pizarras…) y las camas literas para la escuela secundaria de la Parroquia de
Chelopoy. Seguro que seréis muy generosos.
Y dejadme que os haga una
pregunta: ¿no os gustaría ser misioneros? ¿no te gustaría a ti poder marchar a
misiones, cuando seas mayor, para que otros puedan conocer y amar a Jesús y
recibirle como tú en la Comunión? No dejes de rezarle a Jesús por los
misioneros. Son maravillosos, lo han dejado todo, han aprendido a hablar otras
lenguas y comparten la vida con los más pobres de la tierra. Ellos cumplen
maravillosamente el encargo de Jesús: Id
al mundo entero y predicad el Evangelio. Rezad a menudo a Jesús para que no
falten misioneros, para que muchos jóvenes respondan con generosidad a la
llamada del Señor.
No quiero despedirme de
vosotros, sin antes deciros que sigáis queriendo mucho a vuestros padres,
hermanos y abuelos. Sed obedientes y colaborad con ellos en todo, para que
seáis, con la ayuda de Dios, una familia unida y feliz.
Si alguno de vosotros se
anima a responderme a esta carta, para contarme algo sobre Jesús, o sobre
vuestra amistad con Él, no dudéis en escribirme. El obispo sacará tiempo para
contestaros personalmente a cada uno.
Os quiere y os bendice
+
Juan José Omella Omella - Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño
Palabras para los padres
Queridos padres:
Vivid con ilusión, con gran gozo, este precioso momento de la vida y el
crecimiento de vuestros hijos: el tiempo de la Primera Comunión, el tiempo de
su inmediata preparación. Ellos lo viven con gran interés; claro que piensan en
los regalos y los trajes, pero no les distraigáis con estas cosas; ayudadles a vivir que lo primero es lo
primero: comulgar, recibir a Jesús, preparar un corazón limpio, un corazón de
buena gente. Y hacedles saber que la fiesta que preparáis es por eso,
porque Dios se acerca vuestra familia a través de ellos ¡y estáis muy alegres! Ayudadles a crecer en la fe, en la amistad con Dios.
Os digo lo mismo que decía el Papa Benedicto XVI a los padres de un grupo de
niños que recibieron la Primera Comunión, el día 10 de mayo de 2009 en Amán (Jordania):
Que cada familia cristiana crezca en la fidelidad a
esta noble vocación de ser una verdadera escuela de oración, en la que los
niños aprendan el amor sincero de Dios, maduren en la autodisciplina y en la
atención a las necesidades de los demás, y en la que, modelados por la
sabiduría que proviene de la fe, contribuyan a construir una sociedad cada vez
más justa y fraterna. Las sólidas familias cristianas de estas tierras son una
gran herencia recibida de las generaciones precedentes. Que las familias de hoy
sean fieles a esta gran herencia y que nunca falte el apoyo material y moral
que necesitan para desempeñar su papel insustituible al servicio de la
sociedad.
Sed verdaderos ejemplos de fe, de amor y de trabajo
por la convivencia de todos, sin orillar a nadie, y por la paz. Que vuestros
hijos aprendan de vosotros a permanecer firmes en la fe cristiana y en el buen
hacer, en una vida honrada, laboriosa y abierta a la fraternidad, a la ayuda
mutua.
Que Dios guarde a
vuestras familias y os colme siempre de bendiciones.
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