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Sermón de Pasión: Pasión de Cristo, confórtanos Imprimir E-Mail
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Escrito por Redactora   
viernes, 22 de abril de 2011

Catedral de Sigüenza, Viernes Santo, 22 de abril de 2011, 8 Horas, homilía pronunciada por el director de ECCLESIA y de ECCLESIA DIGITAL, Jesús de las Heras Muela

 Al alba del Viernes Santo, la catedral de Sigüenza abre cada año y desde hace décadas sus puertas para la meditación de la Pasión del Señor. Durante unos cuarenta minutos, la meditación y la predicación abarcan y acompañan a Jesús desde Getsemaní hasta su condena a muerte en cruz y comienzo del Vía Crucis.

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A renglón seguido en la tradición de la Semana Santa seguntina, el Vía Crucis se realiza ya en las calles de la ciudad en dos actos: uno, a partir de las nueve de la mañana (Hora de Tercia), mediante el ejercicio tradicional de esta praxis por el precisamente llamado  Paseo de los Cruces; y después a las doce (Hora de Sexta), y de nuevo en las calles –ahora en las principales arterias de esta ciudad medieval y mitrada- mediante una de sus más hermosas y concurridas procesiones.

 

Este Sermón de Pasión de la catedral seguntina es así la meditación de aquellas horas de la noche y del despuntar del día (Hora de Prima) del día más largo –o más corto, según se mire, porque atardeció a las tres de tarde (la Hora de Nona)…-, del día más doloroso, del día más fecundo y fecundador del tiempo y de la historia.

 

Este Sermón de Pasión es de este modo el tiempo para recordar a Pedro y a sus tres negaciones mientras el gallo cantaba. El tiempo de la desesperación suprema de Judas, abierta ojalá a la misericordia de Dios. El tiempo de preguntarnos que dónde y por dónde se hallaban los otros diez apóstoles. El tiempo de la mentira y de la blasfemia del hipócrita juicio religioso; el tiempo de la primera fase del injusto e inicuo juicio civil; el tiempo de la farsa y de la burla de un Herodes desbordado, frívolo e impotente. Es el de tiempo de la desgana primero, de la búsqueda –tímida búsqueda-  después de Pilatos y finalmente de su cobardía, trufada de relativismo y de pragmatismo, siempre plegado a lo políticamente correcto y a los intereses personales.

Es el tiempo del pueblo manipulado, embravecido, variable y pendular: el mismo que el Domingo de Ramos aclamó con vítores y hosannas al que llamaban bendito el que viene en el nombre del Señor, en esta mañana de pasión de pasiones, pide la muerte en cruz de Jesucristo.

Es el tiempo del encarnizamiento y ensañamiento homicida y deicida de los soldados de unos y de otros, de los judíos y de los romanos, que afrentan y zahieren hasta la saciedad y la extenuación el cuerpo humano y sacrosanto del Señor: en su espalda lo flagelan hasta el fin y hasta abrir sus carnes ensangrentadas; sobre sus sienes colocan una corona de espinas punzantes; abofetean y llenan de salivazos sin piedad su hermoso rostro hasta dejarlo sin apariencia humana; besan sin pudor con vinagre sus labios; clavan sus pies y sus manos al madero; viste sus espaldas escarnecidas con un manto rojo de oprobio y golpean sin cesar este cuerpo malherido y atado, este rostro ensangrentado y partido;  sacian con hiel su sed y su garganta; juegan y reparten a los dados su túnica inconsútil y hasta, ya muerto, al no poder quebrar sus piernas, hieren su pecho amante del que brotan al instante la sangre –quizás la poca sangre que todavía le quedaba- y el agua.

Y es, ante todo y sobre todo, el tiempo también del silencio y de la dignidad sublimes de Jesús. Es su hora, preludio ya último de su hora definitiva: la hora de la obediencia total, la hora de la entrega radical, la hora del abandono supremo, la hora del servicio sin límites, la hora del amor hasta el extremo, la hora de la salvación.

 

Y, por todo ello, este Sermón de Pasión sigue siendo fiel reflejo del más hondo palpitar humano, de la verdad más cierta de su alma y de su peripecia, de la caracterización más aguda de su realidad, de nuestra realidad. Porque al igual que Getsemaní tú y yo -todos- estábamos allí, también lo estamos en esta Hora de Prima de la Pasión, también lo estamos en la Hora de Tercia, de Sexta y de Nona de aquel Viernes Santo y de todos los Viernes Santos de la entera historia del hombre. Como también lo estamos en la Hora del Prima, en al alba del día sin ocaso de la Pascua donde el Señor hace nuevas y ya siempre todas las cosas.

 

Como Pedro  también nosotros negamos tantas veces a Jesús y nos avergonzamos de Él.  Incluso como Judas, lo traicionamos y vendemos al mejor postor porque como es posible que la voraz crisis económica y moral en que llevamos sumidos al menos tres años todavía no haya hecho recapacitar en sus causas más hondas y más verdaderas.

Como los otros diez apóstoles –apenas Juan aparece a última hora al pie de la Cruz, junto a María y otros dos o tres mujeres-, también nosotros nos escondemos despavoridos, desconcertados, desnortados y aterrados.

Como los sumos sacerdotes y los letrados, también nosotros hacemos juicio sumarísimo a lo que de El no nos gusta o nos resulta demasiado comprometedor, demasiado desestabilizador, demasiado exigente.

Como Herodes, la frivolidad anida en exceso en nuestros corazones, en nuestras mentes y en nuestras conductas.

Como Herodes, la frivolidad anida en exceso en nuestros corazones, en nuestras mentes y en nuestras conductas.

Como Pilatos nos rendimos ante el poder –ante tantos poderes establecidos, de hecho o de derecho, ante quienes rendimos la pleitesía de la comodidad y del conservar nuestros privilegios y nos rendimos a mitad de camino en la búsqueda de la verdad, escuchando más los cantos de sirena de quienes dicen y aseguran que no hay verdad, que todo es relativo y acomodaticia, de todo depende de color del cristal con que se mira.

Como el pueblo jerosolimitano, también nosotros cambiamos de parecer como las veletas, también nosotros nos dejamos llevar por la incoherencia y la inconsistencia, por la ira, por el influjo de los poderosos, por los cantos de sirena…

Y como los soldados, nuestros pecados –los pecados de toda la humanidad de ayer, de hoy y de mañana- vuelvan a dejar al cuerpo de Jesús el semblante y la figura ya adelantadas por el profeta Isaías en sus cantos del Siervo, del varón de dolores probado en sufrimientos, desfigurado, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza, sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, desestimado, leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros errores, maltratado, como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecido, sin defensa, sin justicia.

 

¿Qué cuándo lo hacemos, que cuándo así actuamos? Recordemos el capítulo 25 del evangelio según San Mateo. Sí, cada vez que así lo hacemos y así actuamos –y son tantas veces- con nuestros hermanos menores los pobres, los enfermos, los ancianos, los parados, los necesitados. Cada vez que desconectamos del llanto de la humanidad gimiente y, por ejemplo, lo único que, en el fondo, nos preocupa de los terremotos y tsunamis de Japón es si se pueden producir en nuestros lindes, que si la ola radiactiva envenenará también nuestros mares y si o no son seguras las centrales nucleares.

 

¿Qué cuándo lo hacemos, que cuándo así actuamos? Cuando dejamos, por ejemplo, que los símbolos religiosos, los símbolos que forman parte de nuestro patrimonio del alma, se puedan ver expuestos al vaivén de lo políticamente correcto, al único juego de mayorías o minorías, de consensos o contrapartidas.

 

¿Qué cuándo lo hacemos, que cuándo así actuamos? Cuando, en la teoría o en la práctica, optamos por una vida a la carta, indolora, blanda, solo para sanos y “perfectos”, de “calidad”, estúpida e irrealmente feliz solo para mi y los míos.

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¿Qué cuándo lo hacemos, que cuándo así actuamos? Cuando queremos y creemos en un Cristo sin su Iglesia, en un Cristo a mi medida, a la medida del hombre y no a la medida de Dios.

 

¿Qué cuándo lo hacemos, que cuándo así actuamos? Cuando queremos y creemos en una Iglesia y en un cristianismo light, bajo en calorías, descafeinado, endulcorado. En una Iglesia a mi gusto, medida y manera. En una Iglesia en rebajas que necesariamente tiene que hacerse atractiva no desde la verdad sino desde el relativismo de la moda, de la cultura y de las apetencias y gustos coyunturales. En una Iglesia donde yo me confieso solo con Dios, donde yo participó en la misa dominical solo cuando toca… y, eso sí, tengo todos los derechos del mundo y muy poquitas –por no decir ninguna- obligaciones.

 

Nos preguntaba ayer el Papa Benedicto XVI en la misa crismal de Roma: “¿Somos verdaderamente el santuario de Dios en el mundo y para el mundo? ¿Abrimos a los hombres el acceso a Dios o, por el contrario, se lo escondemos? Nosotros –el Pueblo de Dios– ¿acaso no nos hemos convertido en un pueblo de incredulidad y de lejanía de Dios? ¿No es verdad que el Occidente, que los países centrales del cristianismo están cansados de su fe y, aburridos de su propia historia y cultura, ya no quieren conocer la fe en Jesucristo?”.

 

En la segunda parte de su libro sobre Jesús de Nazaret, Joseph Ratzinger-Benedicto XVI nos alerta sobre el mal que devoró el Jueves Santo en Getsemaní a los apóstoles y que sigue planteando con tanta fuerza también entre nosotros: “La somnolencia de los discípulos sigue siendo a lo largo de los siglos una ocasión favorable para el poder del mal. Esta somnolencia es un embotamiento del alma que no se deja inquietar por el poder del mal en el mundo, por toda la injusticia y sufrimiento que devastan la tierra. Es una insensibilidad que prefiere ignorar todo eso; que se tranquiliza pensando que, en el fondo, no es tan grave, para poder permanecer así en la autocomplacencia de la propia existencia satisfecha. Pero esta falta de sensibilidad de las almas, esta falta de vigilancia, tanto por lo que se refiere a la cercanía de Dios como al poder amenazador del mal, otorga un poder en el mundo al maligno”.

 

Sin embargo, la Pasión de Cristo es, sigue siendo nuestra fuerza, y seguimos teniendo “motivos para gritar en esta hora a Dios: "No permitas que nos convirtamos en no-pueblo. Haz que te reconozcamos de nuevo. Sí, nos has ungido con tu amor, has infundido tu Espíritu Santo sobre nosotros. Haz que la fuerza de tu Espíritu se haga nuevamente eficaz en nosotros, para que demos testimonio de tu mensaje con alegría”.

 

Y es que “no obstante toda la vergüenza por nuestros errores, no debemos olvidar que también hoy existen ejemplos luminosos de fe; que también hoy hay personas que, mediante su fe y su amor, dan esperanza al mundo. Cuando sea beatificado, el próximo uno de mayo, el Papa Juan Pablo II, pensaremos en él llenos de gratitud como un gran testigo de Dios y de Jesucristo en nuestro tiempo, como un hombre lleno del Espíritu Santo. Junto a él pensemos al gran número de aquellos que él ha beatificado y canonizado, y que nos dan la certeza de que también hoy la promesa de Dios y su encomienda no caen en saco roto”.

 

Alma de Cristo, Santifícame
Cuerpo de Cristo, Sálvame
Sangre de Cristo, Embriágame
Agua del Costado de Cristo, Lávame

Pasión de Cristo, Confórtame
Oh buen Jesús, Óyeme
Y dentro de tus llagas, Escóndeme
No permitas que me aparte de Ti

Del enemigo, Defiéndeme
En la hora de mi muerte, Llámame
Y mándame ir a Ti
Para con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. 

 

 

"En esta mañana, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de mi cuerpo a tu cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mi todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada.

Estar aquí junto a tu imagen muerta

e ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta". Amén.

 

 

Jesús de las Heras Muela

Catedral de Sigüenza,

Viernes Santo, 22 de abril de 2011

 
Comentarios
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Isabel  - PAZ Y BIEN   |187.144.81.xxx |2011-04-26 19:58:15
GRACIAS PADRE JESUS DE LAS HERAS, POR TAN VIVO EJEMPLO DE COMO DEBEMOS RESUCITAR
EN Y CON JESUCRISTO. OJALÁ Y DE VERDAD LLEGUEMOS CON ÉL HASTA EL FINAL Y BEBER
CON ÉL ESE CALIZ QUE MUCHAS VECES NO QUEREMOS NI OLER MUCHO MENOS PROBAR PERO
QUE SI REALMENTE DESEAMOS UN MUNDO MEJOR EMPECEMOS YA A HACER ALGO DESDE HOY
PARA UN MEJOR FUTURO. DIOS LE BENDIGA EN ABUNDANCIA. DESDE MEXICO CON EL AMOR EN
CRISTO!!!Isabel
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