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Una meditación pascual
para la vida de cada día, por Jesús de las Heras Muela
“Así como en primavera
los rayos del sol hacen brotar y abrir las yemas en las ramas de los árboles,
así también la irradiación que surge de la resurrección de Cristo da fuerza y
significado a toda esperanza humana, a toda expectativa, deseo, proyecto”.
Son palabras del Papa
Benedicto XVI en su mensaje urbi et orbi para la Pascua 2011, una Pascua
marcada, una vez más, por el dolor en tantos lugares del mundo –Japón, Costa de
Marfil, Libia, los inmigrantes subsaharianos, los cristianos perseguidos, el
siempre convulso Oriente Medio-, por la crisis económica que no cesa y nos lega
el terrible rastro del paro –en España, por ejemplo, cerca de cinco millones de
personas paradas- amén de la injusticia letal de mil millones de personas que
sufren y mueren de hambre.
El por qué y el para
qué de la Pascua 
Y el Papa, ante el gozo
y el júbilo de la Pascua y ante las sombras de tanto dolor, pecado e injusticia
en el mundo, ha recordado que «en tu resurrección, Señor, se alegren los cielos
y la tierra». A esta invitación de alabanza que sube hoy del corazón de la
Iglesia, los «cielos» responden al completo: La multitud de los ángeles, de los
santos y beatos se suman unánimes a nuestro júbilo. En el cielo, todo es paz y
regocijo. Pero en la tierra, lamentablemente, no es así. Aquí, en nuestro
mundo, el aleluya pascual contrasta todavía con los lamentos y el clamor que
provienen de tantas situaciones dolorosas: miseria, hambre, enfermedades,
guerras, violencias. Y, sin embargo, Cristo ha muerto y resucitado precisamente
por esto. Ha muerto a causa de nuestros pecados de hoy, y ha resucitado también
para redimir nuestra historia de hoy. Por eso, mi mensaje quiere llegar a todos
y, como anuncio profético, especialmente a los pueblos y las comunidades que
están sufriendo un tiempo de pasión, para que Cristo resucitado les abra el
camino de la libertad, la justicia y la paz”.
Si, esta es la gran
verdad, la gran belleza y la gran esperanza de la Pascua: Cristo ha muerto y ha
resucitado precisamente porque hay miseria, hambre, enfermedades, guerra,
violencias, odio, lejanía de Dios, apostasía y blasfemia de su santo nombre. Su
resurrección no es una quimera, una ilusión, un sentimiento místico, un deseo,
una imagen, un símbolo, una especulación. Su resurrección es un hecho
histórico, verdadero, real. Es el hecho de los hechos. Es la verdad de las
verdades. Es la esperanza contra toda y contra tantas esperanzas. Es la luz de
mundo, “una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha
traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien”.
Tanto como necesitamos
¿Qué es, entonces, lo
que más necesita nuestro mundo? ¿Qué es entonces lo más preciso para la
humanidad presente y para la humanidad de todos los tiempos? ¿Qué es lo que más
necesitamos y, en el fondo –tantas veces sin saberlo- anhelamos todos los seres
humanos? Una verdadera y continua primavera. La Pascua es la primavera de la
humanidad. Pero ¿tiene algo que ver la Pascua con nuestros dolores, con
nuestras urgencias, con nuestras necesidades, con nuestros deseos, sueños y
anhelos?
Nuestro mundo necesita
combatir el hambre y la injusticia, repartir bien la riqueza, distribuir con
equidad los recursos más que suficientes de que disponemos, pero que, sin
embargo, no llegan, no mucho menos, a todos ni a casi todos.
Nuestro mundo necesita
encontrar la forma para superar la tan supurante y prolongada crisis económica,
que nos atenaza, entristece y empobrece.
Nuestro mundo, quizás
sin darse cuenta de ello o sin querer darse cuenta, demanda tomar conciencia de
cuáles han sido y siguen siendo las verdaderas causas de esta estrangulante
crisis económica y descubrir que ha sido
y es el culto idolátrico y egocéntrico al becerro de oro del dinero el que la
ha ocasionado, haciendo, pues, de la crisis una oportunidad para no volver a
transitar estos caminos suicidas.
Nuestro mundo urge
recuperar y ahondar en la verdad de valores fundamentales como el esfuerzo, la
disciplina, la lealtad, la fidelidad, la amistad, la fraternidad, el respeto,
la tolerancia, la honradez, la sinceridad, la solidaridad.
Nuestro mundo ha de darse
cuenta de que toda vida humana y de que la vida entera de todas las personas es
sagrada y de que no existe la vida indolora, la vida solo para los útiles, los
bellos, los productivos, los que cuentan y valen más tejas abajo.
Nuestro mundo ha de
promover el respeto, la tutela, la defensa y la promoción de todos los derechos
humanos, empezando –como ya queda dicho- por el derecho a la vida desde su
concepción hasta su ocaso. Y entre esos derechos fundamentales, ha de velar y
comprometer por el derecho a la libertad religiosa, tan vulnerado y preterido.
Nuestro mundo ha de
seguir empeñado y comprometido con el desarrollo técnico, científico, médico,
sanitario para curar más enfermedades, sanar mejor las heridas, prolongar la
vida, buscando una mayor calidad de vida… Sí.
Nuestro mundo ha de
investigar e invertir en la prevención de los riesgos laborales, en instrumentos
y sistemas que nos alerten y prevengan
ante terremotos, tsunamis, mareas y demás desgracias naturales.
La Pascua es la clave
Sí, sí, sí. Todo ello
es necesario. Todo ello merece todos los esfuerzos, todos los afanes y todos
los compromisos. Pero todo ello para ser verdadero y definitivo ha de nacer de
la Pascua, ha de brotar del costado abierto por la lanza y herido por nuestro
amor de Jesucristo crucificado y resucitado. Es nuestra vida, nuestra alegría,
nuestra paz, nuestra justicia, nuestro valor supremo, nuestra plenitud, nuestra
plenitud. Él es nuestro futuro, ya presente.
“Él –afirmó también el
Papa Benedicto XVI en su extraordinario mensaje urbi et orbi para la Pascua
2011- está con nosotros hasta el fin de
los tiempos. Vayamos tras Él en este mundo lacerado, cantando el Aleluya. En
nuestro corazón hay alegría y dolor; en nuestro rostro, sonrisas y lágrimas.
Así es nuestra realidad terrena. Pero Cristo ha resucitado, está vivo y camina
con nosotros. Por eso cantamos y caminamos, con la mirada puesta en el Cielo,
fieles a nuestro compromiso en este mundo”.
Y es que nada
necesitamos más que la Pascua. La Pascua no nos aleja del llanto del hermano,
ni del dolor propio, ni del esfuerzo por el bien, la bondad, la verdad, la
justicia y la belleza. Todo lo contrario: la Pascua nos pone en camino hace
estas realidades. Porque la Pascua nos sitúa más y mejor en la realidad. No nos
hace personas ausentes, lejanas, desencarnadas, espiritualistas. Nos hace
personas cabales, realistas, conscientes de que Él, sí, lo hace todo nuevo y
mejor y que, a su vez, a nosotros nos encomienda proseguir esta tarea.
La Pascua es la gran
solidaridad. La Pascua es la brújula. La Pascua es la clave. La Pascua es la
llave. La Pascua es la esperanza. Nada necesitamos más que la Pascua. Y por
ello nada necesitamos más que volver a Dios, al Dios de Jesucristo, al Dios de
la Pascua, al Dios que se prolonga en la
Iglesia.
La Pascua no es enemiga
del progreso, del bienestar, del desarrollo. Es su motor. La Pascua no llama al
conformismo, sino al esfuerzo y al compromiso. La Pascua no nos deja ya
instalados, precipitada y anticipadamente, en el cielo, sino que no pone en
camino hacia él. Cambia nuestros valores, sí. Nos hace mirar hacia los bienes
de allá arriba, pero para iluminar y sanar a los valores de acá abajo. 
El afán de cada,
anticipo y prenda de la Pascua
“Solo en el afán de
cada día –escribió el gran teólogo contemporáneo Kart Rahner- se vislumbra el
rostro de al eternidad”. Y a al afán de cada día nos convoca la Pascua. En él,
el afán, en el quehacer, en la búsqueda, en el esfuerzo de cada día está ya en
prensa y en semilla la Pascua.
Repitamos otro
fragmento del mensaje urbi et orbi de Benedicto XVI: “Aquí, en nuestro
mundo, el aleluya pascual contrasta todavía con los lamentos y el clamor que
provienen de tantas situaciones dolorosas: miseria, hambre, enfermedades,
guerras, violencias. Y, sin embargo, Cristo ha muerto y resucitado precisamente
por esto. Ha muerto a causa de nuestros pecados de hoy, y ha resucitado también
para redimir nuestra historia de hoy”.
Y por eso la Pascua ha
de llegar, “quiere llegar a todos y, como anuncio profético, especialmente a
los pueblos y las comunidades que están sufriendo un tiempo de pasión, para que
Cristo resucitado les abra el camino de la libertad, la justicia y la paz”.
¿Por qué entonces
seguimos alejándonos del Dios de la Pascua, de la Iglesia que sirve la Pascua? ¿Por
qué entonces seguimos pensando, en la teoría o en la práctica, que nosotros
solos nos las valemos para arreglar nuestros problemas? ¿Por qué entonces
nuestro corazón no vibra con la Pascua, por qué entonces tantas veces no somos
el Pueblo de la Pascua? Nada, absolutamente nada, necesitamos más que la
Pascua. Nada, absolutamente nada, necesitamos que a Cristo y a este crucificado
y resucitado. Es nuestra Pascua, nuestro gozo, nuestra esperanza para siempre.
Amén
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