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Acerca de la recepción de la Exhortación apostólica
postsinodal Verbum
Domini de Benedicto XVI. Conferencia
del cardenal Piacenza a los sacerdotes de lengua española de la archidiócesis
de Los Ángeles (USA).Es un servicio de la Agencia Zenit.org
La Exhortación apostólica postsinodal Verbum
Domini representa
un paso fundamental en el camino de recepción de la Constitución apostólica Dei
Verbum del Concilio
ecuménico Vaticano II. En ese sentido, siempre es bueno recordar que la única
auténtica hermenéutica del gran acontecimiento conciliar es la de la
continuidad y de la reforma.
Lo recordó explícitamente el Santo Padre en el
Discurso para el intercambio de felicitaciones con ocasión de la Navidad a la
Curia Romana del 22 de diciembre de 2005, dando de ese modo, precisamente al
principio de Su Pontificado, la indicación de un gran tema que hay que afrontar
siempre.
No existen dos Iglesias católicas, una
preconciliar y una postconciliar; ¡si así fuera, la segunda sería ilegítima!
En la única Iglesia católica, instituida por
Nuestro Señor Jesucristo sobre la roca de Pedro y sobre el fundamento de los
Apóstoles, es necesario reconocer una profunda unidad histórica, doctrinal y
teológica.
Para que una doctrina pueda ser acogida no debe
representar una ruptura con el pasado o con todo el cuerpo doctrinal, sino que
debe ser su desarrollo natural, orgánico.
Aunque cambien las circunstancias históricas y
culturales y cambien —a veces— los modos de expresarse, ¡el eterno Evangelio de
Cristo no puede cambiar! Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre. ¡No cambia el Verbum
Domini! Esta estabilidad de Cristo, de la verdad y de la Iglesia no
es sino la traducción histórica de la Teología del Cuerpo Místico de San Pablo.
Al igual que un cuerpo no puede tener órganos incompatibles o partes
desarrolladas de manera no armónica, así sucede con la Iglesia de Cristo.
Queridos amigos, es siempre importante, pues,
sentirse hijos de la única Iglesia, la de Jesús, de la Santísima Virgen María,
de los Apóstoles, de los Padres y de todos los Santos que, a lo largo de dos
mil años, ha suscitado el Espíritu.
El mismo Espíritu que, en la Iglesia, al comienzo
de la era cristiana, inspiró los escritos del Nuevo Testamento y que,
misteriosamente, en la relación entre Dios y el pueblo de Israel, nos ha
entregado todo el patrimonio veterotestamentario.
1. La Palabra de Dios: una Persona
¡Verbum Domini! ¡Palabra de Dios! ¿Qué es la
Palabra de Dios? ¿Qué papel tiene en la vida de un sacerdote?
En el n. 11 de la Exhortación apostólica, el
Santo Padre afirma: «La Palabra eterna, que se expresa en la creación y se
comunica en la historia de la salvación, en Cristo se ha convertido en un
hombre «nacido de una mujer» (Ga 4, 4). La Palabra aquí no se expresa
principalmente mediante un discurso, con conceptos o normas. Aquí nos
encontramos ante la persona misma de Jesús. Su historia única y singular es la
palabra definitiva que Dios dice a la humanidad».
La Palabra de Dios, el Verbo de Dios, por lo
tanto, es ante todo Su Hijo Unigénito, Aquel del cual, en el Credo, decimos:
«Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero del Dios verdadero, engendrado, no
creado, de la misma naturaleza del Padre».
¡Por consiguiente, Su Palabra es una Persona, no
un libro!
Es necesario reconocer que el Cristianismo
mantiene, respecto a los escritos en los cuales se inspira, una relación única,
que ninguna otra tradición religiosa puede tener.
La Palabra de Dios, que es la Persona del Hijo
Eterno, que el Padre pronunció antes de todos los siglos, se hizo carne, entró
en el tiempo y en la historia de los hombres. «Y la Palabra se hizo carne, y
puso su Morada entre nosotros» (Jn 1, 14).
Este hecho marcó y marca, definitivamente, la
historia humana, que, desde la Encarnación en adelante, es la historia del
Enmanuel, el Dios-con-nosotros.
El Hijo de Dios hecho hombre nos ha revelado los
secretos del Padre, nos libró de la condición servil, causada por el pecado, y
nos introdujo en una amistad nueva e inesperada con Dios. «No os llamo ya
siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado
amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,
15).
Sí, el Señor Jesús nos ha dado a conocer todo lo
que ha “oído del Padre”; por lo tanto, en Cristo Único Salvador, hemos recibido
la Revelación definitiva de Dios, es más, a Dios mismo.
La experiencia de Dios en medio de los hombres,
lo que Él nos ha revelado del Padre, lo que Él nos ha enseñado para la vida, y
lo que Él ha instituido, ya sea eterno o transitorio, todo está contenido en
las Sagradas Escrituras divinamente inspiradas. En efecto, el Santo Padre
escribe en el n. 17 de la Verbum Domini: «Aunque el Verbo de Dios precede y
trasciende la Sagrada Escritura, en cuanto inspirada por Dios, contiene la
palabra divina (cf. 2 Tm 3, 16) “en modo muy singular”». Por esta razón, las
Sagradas Escrituras son Palabra de Dios y, al mismo tiempo, la Palabra de Dios
es “más grande” de las Sagradas Escrituras, porque es la Persona misma de
Jesús.
2. Dimensión neumática y eclesial de la Palabra
de Dios
Como católicos, además, sabemos muy bien que la
Revelación no consiste, únicamente, en lo que está materialmente contenido en
las Sagradas Escrituras, sino que es el conjunto inseparable de Sagrada
Escritura y de la ininterrumpida Tradición eclesial, autorizadamente
interpretadas por el Magisterio.
Nunca es lícito separar la Escritura de la
Tradición; como tampoco es lícito separarlas de la interpretación que de ellas
ha dado y da el Magisterio de la Iglesia. Separaciones de este tipo conllevan
siempre gravísimas consecuencias espirituales y pastorales.
Una Escritura sin Tradición sería un libro histórico
y la historia nos habla del pensamiento de los demás, mientras que la Teología
quiere hablar de Dios (cf. A. Schökel, Salvezza e liberazione: l’Esodo, 1997, EDB, p. 10).
Del mismo modo, una Tradición desvinculada de la
relación constitutiva con la Sagrada Escritura, correría el riesgo de abrazar,
en su seno, elementos espurios o ilegítimos.
Asimismo, siempre es útil recordar que los textos
del Nuevo Testamento nacieron en el seno de la Tradición eclesial y que, por
menos en las primeras décadas de la Era cristiana, la Iglesia vivió de la
Eucaristía, de la oración, de la memoria viva del acontecimiento de Cristo y de
la guía de los Apóstoles.
Por consiguiente, el tríptico
Escritura-Tradición-Magisterio, en realidad, desde el punto de vista
estrictamente histórico, debería configurarse como: Tradición, entendida como
lugar en el cual la Escritura nace, Escritura y Tradición vinculada a la
Escritura; todo, autorizadamente interpretado por el Magisterio, es decir, por
los legítimos Sucesores de los Apóstoles.
Lo que hemos dicho hasta aquí pertenece al
patrimonio común de la Iglesia y se enseña con autoridad en la Constitución
dogmática Dei Verbum del Concilio ecuménico Vaticano
II. Aunque, de parte de algunos, ha habido en estas décadas otras
interpretaciones, estas no son fieles a la interpretación correcta del Concilio
y, también por esta razón, los Padres, junto con el Romano Pontífice, dedicaron
un Sínodo a la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia, para reconocer su
justo lugar y evitar prudentemente algunas unilateralidades ilegítimas.
Otro aspecto de fundamental importancia, que
subraya ampliamente la Verbum Domini, es la
dimensión neumática de la Revelación, en su conjunto y en los varios
aspectos-momentos que la constituyen. En efecto, se lee en el n. 15 de la
Exhortación: «No se comprende auténticamente la Revelación cristiana sin tener
en cuenta la acción del Paráclito», y también, en el número siguiente: «Puesto
que la Palabra de Dios llega a nosotros en el cuerpo de Cristo, en el cuerpo
eucarístico y en el cuerpo de las Escrituras, mediante la acción del Espíritu
Santo, sólo puede ser acogida y comprendida verdaderamente gracias al mismo
Espíritu».
Ante todo, siempre es necesario recordar la
relación íntima e insustituible entre Jesucristo y el Espíritu: toda la vida
del Señor es una vida en el Espíritu, de la Anunciación a la Ascensión, y el
Espíritu no es algo vago e indefinido para nosotros, los cristianos, sino que
es siempre el Espíritu de Cristo.
Este “de Cristo” es un genitivo posesivo, que nos
dice que el Espíritu es Suyo, al igual que es del Padre; y es el mismo Espíritu
Suyo que se nos da a nosotros, en el Bautismo, en la Confirmación y, con el
poder de transmitirlo a los hermanos, sobre todo en la Ordenación sacerdotal.
Si Cristo es la plenitud de la Revelación y toda
la existencia de Cristo está en el Espíritu, entonces la misma Revelación es un
evento neumático: la Tradición la anima el Espíritu, la Escritura la inspira el
Espíritu y el Magisterio, en la tarea de interpretar autorizadamente Escritura
y Tradición, la guía el Espíritu.
De ello deriva que la misma relación del
Sacerdote con la Palabra de Dios debe ser una relación neumática. Es decir, se
debe evitar todo enfoque meramente positivista o limitado al historicismo, que
no permita la comprensión del significado real del texto. Las Escrituras, si
nos acercamos a ellas prescindiendo de su dimensión neumática, se quedan como
mudas y, en lugar de hablar de Dios y hacer que escuchemos Su Voz, narran
simplemente una historia.
3. Palabra de Dios y Ministerio ordenado
Como afirma el gran San Jerónimo: «Quien ignora
las Escrituras, ignora a Cristo». No podemos, por tanto, ignorar las
Escrituras, y el primer elemento para que haya una relación entre el sacerdote
y la Sagrada Escritura, es conocer su contenido: leerlas, conocer su
estructura, tener en la mente los nexos entre las distintas partes y, sobre
todo, conocer la Escritura en su globalidad, sin los excesos de parcelación
que, con demasiada frecuencia, caracterizan el conocimiento de la realidad en
la época, del relativismo y del cientificismo.
Esta obra de conocimiento de las Escrituras,
lejos de consistir en una mera memorización, se convierte en uno de los
principales factores para favorecer en el sacerdote el conocimiento y la
consiguiente identificación con el pensamiento de Cristo: «[al sacerdote] no le
basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario
—afirma el Santo Padre en el n. 80—; necesita acercarse a la Palabra con un
corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y
sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: “la mente de Cristo”
(1 Co 2, 16)».
Leer y releer los episodios de los que el Señor
es protagonista, las respuestas que Él da en las diferentes circunstancias y la
actitud que asume ante los pobres, los pequeños, los débiles, los pecadores,
las mujeres, etc. determina la progresiva asimilación de Su pensamiento y de Su
modo de actuar.
En este sentido, la obligada fidelidad a la
Liturgia de las Horas, en su integridad, es maestra fundamental para permanecer
establemente en contacto con la Palabra de Dios, especialmente en el Oficio de
las Lecturas, que nos la da abundantemente, junto a ese momento de autorizada
Tradición eclesial que representan los Padres de la Iglesia.
Así hacemos experiencia progresivamente de que la
Palabra de Dios narra nuestra vida; narrando las vicisitudes del pueblo de Israel
y las de quien se encontró con Jesús, nuestro Señor, narra el camino de fe de
todo hombre y, por tanto, de todo sacerdote.
Por otra parte, por el ministerio que se nos ha
encomendado, no somos solamente, con todos nuestros hermanos, oyentes de la Palabra,
sino también autorizados anunciadores e intérpretes de esta. Todo bautizado, en
virtud la inmersión en el Misterio pascual de la muerte y Resurrección está
llamado a dar testimonio de Cristo y a anunciar la Palabra. El sacerdote,
además de participar de este mandato común a todo cristiano, recibe otro
específico y ministerial, y su anuncio, sobre todo en la predicación y en la
catequesis, participa, en cierto modo, de la autoridad del mismo Magisterio
eclesial.
Se cae por su propio peso que no podemos anunciar
lo que no conocemos y no hemos hecho nuestro; por tanto, la posibilidad del
anuncio está estructuralmente vinculada al conocimiento de las Escrituras y a
la familiaridad e identificación con el pensamiento de Cristo.
No es así, en cambio, para la eficacia del
anuncio, que, contrariamente a cuanto se piensa habitualmente, no depende del
conocimiento sino de la vida y del testimonio. Además la eficacia es totalmente
dependiente de la acción poderosa de la gracia y del insondable misterio de la
libertad humana. En ese sentido, no existe, en la dinámica del anuncio, ningún
mecanicismo. También esto nos ayuda, como ministros de la Palabra, a
purificarnos del funcionalismo y a encomendar totalmente al Señor, en la
oración, la acción de la Palabra en el corazón de los hombres.
En la tarea de anunciadores es necesario tener
constantemente presente la unidad de Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio,
de la que hemos hablado. No es posible anunciar la Palabra, olvidando o —peor—
reprobando la Tradición que la ha generado. Igualmente ineficaz resultará el
anuncio separado o —peor— en contraste con el Magisterio eclesial.
Con la fuerza que nos da la experiencia de que la
Palabra de Dios describe nuestra vida, es necesario anunciarla, acompañando
también a los fieles a la misma conciencia. En este sentido, en la
evangelización pueden coexistir dos dinámicas diferentes, ambas legítimas. Es
posible que del anuncio de la Palabra nazca la fe y la renovación de la vida, y
es igualmente posible que la experiencia de una vida nueva, que se da de modo
imprevisto y gratuito mediante un encuentro, abra a la fe y, sucesivamente, sea
reconocida en el encuentro con las Sagradas Escrituras.
¡No os escondo mi propensión y mi simpatía humana
por esta segunda dinámica, que, como creo comprender leyendo los textos de las
Sagradas Escrituras, fue también la de Andrés y Juan, cuando esa tarde,
alrededor de las cuatro, se encontraron con Jesús!
El núcleo de la relación entre el sacerdote y la
Palabra de Dios, por lo tanto, está representado por esa “Palabra de Dios en
acto” que es su propia existencia y la de los fieles. Estos, mediante el
anuncio y el ministerio de los sacerdotes, encuentran al Señor.
En este sentido, el Cristianismo no es “religión
del libro” sino que es un hecho, un Acontecimiento que sucedió en la historia,
del cual, en la actualidad, es posible hacer experiencia vital y esta
experiencia es contagiosa, misionera en sí misma, es más, ¡es el elemento más
eficazmente misionero con el que el Espíritu ha dotado a Su Iglesia!
Esta claridad de juicio en la relación con las
Sagradas Escrituras, las sitúa en su justo lugar, insustituible, también
en la vida de la Iglesia, la cual vive de la eficacia de la Palabra, también y
sobre todo en la administración de los Sacramentos. Sin Palabra, no sólo no
tendríamos el anuncio, sino que no tendríamos tampoco los Sacramentos.
4. Palabra de Dios y cultura
Ser personas que escuchan y anuncian la Palabra
de Dios hace de los sacerdotes hombres necesariamente capaces de incidir en la
cultura. En ese sentido, es bueno recuperar una noción amplia del término
"cultura", no relegada a los simples conocimientos, sino capaz de
imprimir un estilo, plasmar una mentalidad, generar una civilización.
Nada, como el anuncio de la Palabra, genera cultura.
Es decir, genera un modo nuevo de concebir la vida, las relaciones, la sociedad
e incluso la política. Un modo que, cuanto más evangélico es, más se descubre
profunda y sorprendentemente correspondiente al corazón humano.
Es urgente y necesario, en ese sentido, superar
todo complejo de inferioridad respecto de la cultura; la Palabra de Dios, y
nosotros con ella, es portadora de un significado, que ninguna cultura sólo
humana posee.
Como recuerda la Verbum
Domini: «Dios no se revela al hombre en abstracto, sino asumiendo
lenguajes, imágenes y expresiones vinculadas a las diferentes culturas. Es una
relación fecunda, atestiguada ampliamente en la historia de la Iglesia» (n.
109).
Relación que, por un lado, ve como normativos los
datos culturales a través de los cuales aconteció la Revelación y, por otro,
requiere nuestra aportación continua, creativa y sobre todo misionera.
En una cultura relativista, hedonista, consumista
e individualista, la Palabra de Dios, y nosotros con ella, está llamada a poner
de nuevo al hombre en relación con Dios y con sus hermanos, en relación
auténtica con la realidad y con la razón, abriéndole continuamente a la verdad.
Los fieles esperan oír la Palabra de Dios de los
labios del sacerdote; buscan el pensamiento de Dios en las valoraciones del
sacerdote; los caminos de Dios en los caminos que indica y recorre el
sacerdote.
Debemos ser conscientes de que, contrariamente a
cuanto algunos poderes fuertes tienden a insinuar, el Cristianismo representa
el mayor movimiento de desarrollo y de civilización que la historia humana haya
conocido jamás.
Nos recuerda la Exhortación apostólica al
respecto: «[La Palabra de Dios] nunca destruye la verdadera cultura, sino que
representa un estímulo constante en la búsqueda de expresiones humanas cada vez
más apropiadas y significativas. Toda auténtica cultura, si quiere ser
realmente para el hombre, ha de estar abierta a la transcendencia, en último
término, a Dios» (n. 109).
¡Toda cultura, incluida la contemporánea,
queridísimos hermanos, necesita siempre esta transcendencia! Y nosotros debemos
ser portadores de ella.
Que nos sostenga en esta obra la Santísima Virgen
María, primera portadora de la Palabra hecha carne en Ella, que se convirtió en
su "cultura", porque era su horizonte.
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