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Vía Crucis para la sexta semana (Viernes Santo) Imprimir E-Mail
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Escrito por Ecclesia Digital   
miércoles, 27 de febrero de 2008

Ofrecemos el Vía Crucis para la sexta semana (Viernes Santo)

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ORACIÓN PREPARATORIA:

"En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de mi cuerpo a tu cuerpo con vergüenza.
¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?
Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.
Y sólo pido no pedirte nada.
Estar aquí junto a tu imagen muerta
e ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta".
(Gabriela Mistral)

OFRENDA A MARÍA SANTÍSIMA:

"Dame tu mano,
María, la de las tocas moradas.
Clávame tu siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí en mi torpe mejilla
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino,
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
Qué lejos, Madre, la cuna
y tus gozos en Belén:
- No, mi Niño. No, no hay quien
de mis brazos te desuna.
Y rayos tibios de luna
entre las pajas de miel
le acariciaban la piel
sin despertarle. Qué larga
es la distancia y qué amarga
de Jesús muerto a Enmanuel.
¿Dónde está ya el mediodía
luminoso en que Gabriel
desde el marco del dintel
te saludó: - Ave, María?
Virgen ya de la agonía,
tu Hijo es el que cruza ahí.
Déjame hacer junto a ti
ese augusto itinerario.
Para ir al monte Calvario,
cítame en Getsemaní.
A ti, Doncella graciosa,
hoy maestra de dolores,
playa de los pecadores,
nido en el que el alma reposa.
A ti ofrezco, pulcra rosa,
las jornadas de esta vía.
A ti, Madre, a quien quería
cumplir mi humilde promesa.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada María".
(Gerardo Diego)

PRELUDIO
Jesús en el Huerto de los Olivos
 

"Pase este cáliz de mi
si es posible, Padre eterno;
mas no se haga la mía,
tu voluntad obedezco.

Crecieron tanto las ansias,
que fue menester que luego,
rompiendo un ángel los aires,
bajase a darle consuelo.
¡Ay, Jesús de mis entrañas,
cómo habéis venido a tiempo,
que os consuelen siendo Dios
las criaturas que habéis hecho!
¿A dónde estáis, Virgen pura,
que a vuestra falta los cielos
un ángel a Cristo envían?
Llegad, y esforzadle presto.
Decidle: Dulce Hijo mío,
cuando ayunasteis, vinieron
mil ángeles a esforzaros
con soberano sustento.
Cuando nacisteis, bajaron
dos mil ejércitos bellos;
y cuando vais a morir,
uno solo viene a veros.
Limpiadle, Virgen piadosa,
la sangre con los cabellos;
y pues le deja su Padre,
vea a su Madre a lo menos.
Id vos con ella, alma mía,
entrad también en el huerto,
no sospechen que os quedáis
con el que viene a prenderlo.
Decidle: Dulce Jesús,
aquí estoy al lado vuestro,
para padecer con vos,
no para negaros luego.
Vámonos presos los dos,
pues vais por mis deudas preso;
cinco mil son los azotes;
muchos son, partir podemos".
(Félix Lope de Vega y Carpio)

PRIMERA ESTACION
Jesús es condenado a muerte

"Lo vi muy bien,
aquel niño judío
que estaba esperando
a que abriesen
los hornos crematorios de Auschwitz...
Lo vi muy bien,
llevaba una túnica ligera
ceñida con un cordón de esparto.
Tenía doce años,
la misma edad de Cristo,
cuando se escapa de su casa
a discutir con los doctores del templo.
Puede que aquel niño
fuese el mismo Cristo...
El Hombre que todos crucificamos.
(León Felipe) 

SEGUNDA ESTACIÓN
Jesús carga con la cruz

"Nada se ha inventado sobre la tierra
más grande que la cruz.
Hecha está la cruz a la medida de Dios,
de nuestro Dios.
Y hecha está también a la medida del hombre...
Hazme una cruz sencilla, carpintero...,
sin añadidos ni ornamentos,
que se vean desnudos los maderos,
desnudos y decididamente rectos:
los brazos en abrazo hacia la tierra,
el ástil disparándose a los cielos.
Que no haya un sólo adorno que distraiga este gesto,
este equilibrio humano de los mandamientos.
Sencilla, sencilla....
hazme una cruz sencilla, carpintero.
Aquí cabe crucificado nuestro Dios,
nuestro Dios próximo,
nuestro pequeño Dios,
el Señor,
el Enviado Divino,
el Puente Luminoso,
el Dios hecho hombre o el hombre hecho Dios,
el que pone en comunicación
nuestro pequeño recinto planetario solar
con el universo de la luz absoluta.
Aquí cabe... crucificado... en esta cruz...
Y nuestra pobre y humana arquitectura de barro...
cabe... ¡crucificada también!"
(León Felipe)

TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez

"En la cruz está la vida y el consuelo
y ella sola es el camino para el cielo.
En la cruz está el Señor de cielo y tierra
y el gozar da mucha paz, aunque haya guerra.
Todos los males destierra de este suelo
y ella sola es el camino para el cielo.
Es una oliva preciosa la santa cruz,
que con su aceite nos unta y nos da luz.
Alma mía, toma la cruz con gran consuelo.
Que ella sola es el camino para el cielo".
(Santa Teresa de Jesús)

"Vive de amor aquel que, en frágil vaso,
un tesoro divino, humilde, guarda.
¡Oh Jesús! ¡Oh mi bien! ¡Cuál desfallezco!
No tengo, como el ángel, fuertes alas,
y caigo a cada paso; pero al punto
Tú vienes hacia mí, Tú te levantas
y me abrazas, tal vez, y otra vez, luego...
desfallezco de amor, como la Amada".
(Santa Teresa de Jesús)

CUARTA ESTACION
Jesús se encuentra con Madre en la Via Dolorosa

"Por el rastro de la sangre
que Jesús dejaba
va caminando su Madre:
quiebra el corazón miralla.
Las palabras que decía
son de mujer lastimada,
y cuando mira la sangre
por el suelo derramada,
acrecienta los suspiros
con dolor y ansia extraña.
Dice que va con prisiones
y con soga a la garganta,
y como un ciervo herido
que con sed va a buscar
agua.
Está mirando a su hijo,
que el alma se le arrancaba,
que casi no le conoce,
dícele de esta manera,
la cara desfigurada
con la voz llorosa y mansa:
¡Oh cordero sin mancilla!
¡Oh cordero que quitabas
los pecados con tu muerte
del mundo que tanto amabas!
Y estando en la cruz clavado,
vio a su Madre fatigada,
y no la pudo hablar
sino sólo una palabra".
(Juan López de Ubeda)

"¡Qué dulce sueño en tu regazo, madreo,
soto seguro y verde entre corrientes rugidoras,
alto nido colgante sobre el pinar cimero,
nieve en quien Dios se posa como el aire del estío,
en un enorme beso azul,
oh, tú primera y extrañísima creación de su amor!
... Déjame ahora que te sienta humana,
madre de carne solo,
igual que te pintaron tus más tiernos amantes,
déjame que contemple tras tus ojos bellísimos
los ojos apenados de tu Hijo Jesús,
permíteme que piense
que posas un instante esa divina carga
y me tiendes los brazos,
me acunas en tu brazos,
acunas mi dolor,
nombre que lloro.
Virgen María, madre,
dormir quiero en tus brazos
hasta que Dios despierte".
(Dámaso Alonso)

QUINTA ESTACION
El cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz

"!Ven, dulce cruz, así quiero decirlo! ¡Jesús mío, dámela siempre.
Si mis sufrimientos llegaran a ser demasiado pesados, ayúdame a llevarlos...
Mira como extiende las manos Jesucristo en la cruz
para abrazarnos.
-¡Ven!
-¿Dónde?
-A los brazos de Jesús, dulce refugio y consuelo.
-¡Buscad!
-¿Dónde?
-En los brazos de Jesús.
-Avecillas del nido abandonado, vivid, morid,
descansad aquí, ¡quedaos!
-¿Dónde?
-En los brazos de Jesús crucificado"
(La Pasión según San Mateo de Bach)

SEXTA ESTACION
La Verónica enjuga el rostro de Jesús

"Ahí la tenéis
con su paño de lágrimas
levantándolo entre los dedos.
Parece la hija de un fotógrafo antiguo y mediocre,
mostrando la negativa de un retrato mal hecho.
¿Quién es?...¿Quién es ese del retrato?
¿A quién se parece?
Se parece a mucha gente;
se parece a ese transeunte;
se parece al mal ladrón;
se parece a mí...;
se parece a todos los hombres de la tierra.
Es una fotografía muy mal hecha,
pero a mi me gusta mucho;
está revelada
con una extraña mixtura
de sudor, de lágrimas y sangre".
(León Felipe)

SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez

"Calor de Dios en sangre redentora
y en río de piedad en tu costado.
Bajo tu cruz quedéme arrodillado
con ansia y gratitud siempre deudora.
Conózcate, mi Cristo, en esta hora
de tu perdón si beso apasionado,
de ardiente labios de tu pie clavado,
sea flecha de amor y paz de aurora.
Conózcate en tu Vía Dolorosa,
y conozca, Señor, en los fulgores,
de tus siete palabras, mi caída.
Que en esa cruz pujante y misteriosa
pongo, sobre el amor de mis amores,
el amor entrañable de mi vida"
(Martín Alonso)

OCTAVA ESTACIÓN
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

"¿Quién colocó mentira sobre el suelo
para las descansadas avenidas?
¿Para qué fe sin luz ansias mullidas
arropan al dolor con terciopelo?
Quien cabalgue amargura vaya a pelo
con las roncas esquelas doloridas,
fluyéndole la sangre por las bridas
sobre las ancas de la bestia en celo.
De rodillas aquellos los que ignoren
que pueden encontrarte en un rosa
o en la terrible soledad espesa...
Que es muy fácil, Señor que aquí te lloren
con una bienvenida presurosa
y la sangre rotundamente ilesa"
(Pilar Paz Pasamar)

NOVENA ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez

"Cristo, cristal purísimo
que no se rompe nunca.
Cristo, creo en tu cruz
que nutre nuestra arteria.
Bebo debajo de tu trono de espinas,
duermo en tu ala siempre viva,
y no hay porque pedirte por los hombres
porque todos los hombres están en tu memoria,
en tu luz desbordante con que nos amas sin méritos.
Sé que te desvives hasta morir, de nuevo,
en cada instante, por los son
que son ingratos con los otros.
Cristo, cristal purísimo
que no se rompe nunca.
Cristo, creo en tu cruz
que nutre nuestra arteria".
(Gloria Fuertes) 

DÉCIMA ESTACION
Jesús es despojado de sus vestiduras

"¡Qué vergüenza le daría
al Cordero santo el verse,
siendo tan honesto y casto,
desnudo enetre tanta gente!
¡Ay, divina Madre suya!
Si ahora llegáis a verle
en tan miserable estado,
¿quién ha de haber que os consule?
Mirad, Reina de los cielos,
si el mismo Señor es este,
cuyas carnes parecían azucenas y claveles.
Más ¡a Madre de piedad
que sobre la cruz le tienden
para tomar la medida
por donde los claves entren!
(Félix Lope de Vega y Carpio)

"No me mueve mi Dios para quererte
el cielo que me tienes prometido.
Ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú mueves, Señor, muéveme
el verte clavado en una cruz y escarnecido.
Muéveme ver tu cuerpo tan herido.
Muévenme tus afrentas y tu muerte.
Mueveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo yo te amará
y aunque no hubiera infierno te temiera.
No me tienes que dar porque te espere,
porque aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero, te quisiera".
(Anónimo siglo XVI)

"Pastor, que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño;
tú que hiciste cayado de este leño
en que tiendes los brazos poderosos;
vuelve los ojos a mi piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguirte empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.
Oye, Pastor, que por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres;
espera, pues, y escucha mis cuidados;
pero, ¿cómo te digo que me esperes,
si estás, para esperar, los pies clavados?"
(Félix Lope de Vega y Carpio)

UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es crucificado

"¿Quién cuando cala el clavo, traspasada la albura,
tiene poder de hacer que la madera no sufra
al ser -cuidado puesto en ellos- ¡ay!, extraído...?
Y si el clavo es luz, ¿cómo sacarlo?
Sacar se puede de una vez la espina
sepultada en la carne; pero clavos macizos,
clavos de amor, ¡no pueden, no, sacarse!
Hay un destrozo en la toda la madera
y se derrama a un lado, como un río,
toda la savia en flor, toda la albura.
Está en el corazón la punta fiera
y está haciendo más daño que la herida;
pero qué bien guardar este tesoro
y no sacarle nunca, nunca, nunca, pues no hay mano
que le alcanze a sacar sin el destrozo:
dejadla donde está, y que su sitio
sea en la luz del fondo, donde en punta
de diamante se recorta y relumbre y donde brilla
en gran constelación suya la carne.
¡Dejad el clavo del amor adentro!
No vengáis, no, por él...¡El clavo es uno
con el tuétano, y es uno con el hueso y la carne,
y tiene el brillo y el fulgor del golpe,
y es uno con el alma y el espíritu!
(Bernardo Casanueva)

"¡Oh maravillosa y nueva virtud!
¡Lo que no hiciste desde el cielo servido de ángeles, hiciste desde la cruz acompañado de ladrones!
Y no solamente la cruz,
mas la misma figura que en ella tienes,
nos llama dulcemente a amor;
la cabeza tienes reclinada,
para oírnos y darnos besos de paz,
con la cual convidas a los culpados,
siendo tú el ofendido;
los brazos tendidos, para abrazarnos;
las manos agujereadas, para darnos tus bienes;
el costado abierto, para recibirnos en tus entrañas; los pies clavados, para esperarnos
y para nunca poder apartarte de nosotros.
De manera, que mirándote, Señor,
todo me convida a amor:
el madero, la figura, el misterio,
las heridas de tu cuerpo;
y, sobre todo, el amor interior me da voces
que te ame y que nunca te olvide de mi corazón".
(San Juan de Avila)


"Padre, me pongo en tus manos.
Haz de mi lo que quieras.
Sea lo que sea.
Lo acepto todo con tal que tu voluntad
se cumpla en mi y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Padre.
No deseo más.
Pongo mi alma en tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor del que soy capaz.
Porque para mi amarte es darme
entregarme en tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre".
(Charles de Foucauld)

DUODÉCIMA ESTACION
Jesús muere en la cruz

"Muere Jesús del Gólgota en la cumbre
con amor perdonando al que le hería,
siente deshecho el corazón María
del dolor de la inmensa pesadumbre.
Se aleja con pavor la muchedumbre
cumplida ya la santa profecía;
tiembla la tierra; el iluminar del día
cegando en tal horror, pierde su lumbre.
Se abren las tumbas, se desgarra el velo,
y a impulso del amor grande y fecundo
parece estar la cruz, signo de duelo,
cerrando augusta, con el pie al profundo
y con la excelsa cabeza abriendo el cielo
y con los brazos abarcando el mundo".
(Antonio Almedros Aguilar)


"La tarde se oscurecía
entre la una y las dos,
que, viendo que el Sol se muere,
se vistió de luto el sol.
Tinieblas cubren los aires,
las piedras de dos en dos
se rompen unas con otras,
y el pecho del hombre, no.
No cesan los serafines
de llorar con tal dolor
que los cielos y la tierra
conocen que muere Dios
cuando Cristo está en la cruz
diciendo al Padre: <Señor,
¿por qué me has abandonado?>
¡Ay Dios, qué tierna razón!
¿Qué sentiría su Madre
cuando tal palabra oyó
viendo que Hijo dice
que Dios le desamparó?
No lloréis, Virgen piadosa,
que, aunque se va vuestro amor,
volverá a verse con vos.
Pero como las entrañas
que nueve meses vivió,
verán que corta la muerte
fruto de tal bendición.
<¡Ay Hijo! -la Virgen dice-:
¿Qué madre vio como yo
tantas espadas sangrientas
traspasar su corazón?
¿Dónde está vuestra hermosura?
¿Quién los ojos eclipsó
donde se miraba el cielo
como de su mismo autor?
Partamos, dulce Jesús,
el cáliz de esta pasión,
que vos le bebéis de sangre
y yo de pena y dolor.
¿De qué me sirve guardaros
de aquel rey que os persiguió,
si al fin os quitan la vida
vuestros enemigos hoy?>
Esto diciendo la Virgen,
Cristo el espíritu dió.
Alma, si no sois de piedra,
llorad, pues la culpa sois".
(Félix Lope de Vega y Carpio)

"¡Cristo de la Buena Muerte,
el de la faz amorosa,
tronchada, como una rosa,
sobre el blanco cuerpo inerte
que en el madero reposa!
¿Quién pudo de esa manera
darte esta noble y severa
majestad, llena de calma?
¡No fue una mano, fue un alma,
la que talló tu madera!
Fue, Señor, el que tallaba
tu figura, con tal celo,
y con tal ansia te amaba,
que, a fuerza de amor, llevaba,
dentro del alma el modelo.
Fue el que tallarte sentía
un ansia tan verdadera,
que en arrobos le sumía,
y cuajaba en la madera
lo que arrobos veía.
Fue que ese rostro, Señor,
y esa ternura al tallarte,
y esa expresión de dolor,
más que milagros del arte,
fueron milagros de amor.
Fue, en fin, que ya no pudieron
sus manos llegar a tanto
y desmayadas cayeron...
¡Y los ángeles te hicieron
con sus manos mientras tanto!
Por eso a tus pies postrado:
por tus dolores herido
de un dolor desconsolado;
ante tu imagen vencido
y ante tu Cruz humillado,
siento unas ansias fogosas
de abrazarte y bendecirte;
y ante tus plantas piadosas
quiero decirte mil cosas
que no sé cómo decirte...
¡Frente, qué herida de amor,
te rindes de sufrimientos
sobre el pecho del Señor,
como los lirios que, en flor,
tronchan, al paso, los vientos!
¡Brazos rígidos y yertos,
por tres garfios traspasados,
que aquí estáis, por mis pecados,
para recibirme, abiertos;
para esperarme, clavados!
¡Cuerpo llagado de amores,
yo te adoro y yo te sigo!
Yo, Señor de los señores,
quiero partir tus dolores,
subiendo a la Cruz contigo.
Quiero en la vida seguirte
y por sus caminos irte
alabando y bendiciendo,
y bendecirte sufriendo
y muriendo, bendecirte.
Quiero, Señor, en tu encanto,
tener mis sentidos presos,
y, unido a tu cuerpo santo,
mojar tu rostro con llanto,
secar tu llanto con besos.
Quiero, en este santo desvarío,
besando tu rostro frío,
llamarte mil veces mío...
¡Cristo de la Buena Muerte!
Y Tú, Rey de las Bondades,
que mueres por tu bondad,
muéstrame con claridad
la Verdad de las verdades
que es sobre toda verdad.
Que mi alma, en Ti prisionera,
vaya fuera de su centro
por la vida bullanguera:
que no le lleguen adentro
las algarazas de fuera;
que no ame la poquedad
de cosas que van y vienen;
que adore la austeridad
de estos sentires que tienen
sabores de eternidad;
que no turbe mi conciencia
la opinión del mundo necio;
que aprenda, Señor, la ciencia
de ver con indiferencia
la adulación y el desprecio;
que sienta una dulce herida
de ansia de amor desmedida;
que ame tu Ciencia y tu Luz;
que vaya, en fin, por la vida
como Tú estás en la Cruz:
de sangre los pies cubiertos,
llagadas de amor las manos,
los ojos al mundo muertos
y los dos brazos abiertos
para todos mis hermanos.
Señor, aunque no merezco
que tú escuches mi quejido,
por la muerte que has sufrido,
escucha lo que te ofrezco
y escucha lo que pido.
Al ofrecerte, Señor, vengo
mi ser, mi vida, mi amor,
mi alegría, mi dolor;
cuanto puedo y cuanto tengo;
cuanto me has dado, Señor.
Y a cambio de esta alma llena
de amor que vengo a ofrecerte,
dame una vida serena
y una muerte santa y buena...
¡Cristo de la Buena Muerte!
(José María Pemán)

DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús muerto en los brazos de su madre

"Estaba en la honda agonía
al pie de la cruz llorosa
la Madre, Virgen María,
y de la cruz afrentosa
el hijo muerto pendía.
Y porque culpa tan fea
ofrenda tan suave borre,
la hirviente sangre gotea,
y en el peñasco que corre
avaro el viento la orea.
Allí por tierra postrada,
moribunda y desolada,
la castísima María,
con el suplicio abrazada,
la ardiente sangre bebía.
Y parado el mundo entero
asombrado la miraba,
que sola en dolor tan fiero,
a su Dios muerto lloraba
al pie del santo madero.
-¡Ella llora y yo pequé...!
Madre amorosa, perdón,
que yo le crucifiqué,
yo su sangre derramé
y manché la creación.
Yo le robé de tus brazos,
si respeto a su deidad;
le até con estrechos lazos
para arrancarle, es verdad,
las entrañas en pedazos.
¡Tú llorando, Madre mía,
cuando una lágrima tuya
el mundo rescataría
cuando el tiempo le concluya
en el postrimero día!
¡Tus ojos llorosos tanto
cuando al sol prestan su luz!
¡Oh Madre, por tal quebranto,
que me salve a mí tu llanto,
al pie de la santa cruz".
(José Zorrilla)


<Stabat Mater dolorosa
iuxta crucem lacrymosa>

"Estaba la Dolorosa
junto al leño de la Cruz.
¡Qué alta palabra de Luz!
¡Qué manera tan graciosa
de enseñarnos la preciosa
lección del callar doliente!
Tronaba el cielo rugiente.
La tierra se estremecía.
Bramaba el agua... María
<estaba> sencillamente".
(José María Pemán)


"Señora:
como una Primavera de puñales
miro tu corazón que parpadea
al pie del árbol sangre.
Tu soledad sin horizonte alcanza
la original potencia elemental
y el pálido perfil que perece en manto
me seca la garganta con el llanto olvidado
en la mitad del desierto.
Sin una lágrima, sin un sollozo, sin una sombra,
tu rostro hecho de espinas y de clavos
me mira al pie de tus pies apagados.
Soy el eco de tu soledad, Señora,
Reina de reinas de las soledades.
Yo te acompaño en este no decir nada.
Yo te acompaño en esta sangre santa.
Yo te acompaño en este fruto quieto.
Yo te acompaño allá muy hondo,
en tu virginal sabiduría.
Estamos solos en medio del mundo,
divinamente misterioso y terrible.
Reina de reinas de las soledades".
(Carlos Pellicer)

DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús es depositado en el sepulcro

"¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abandonada cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Mirás dentro de Ti, donde está el Reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.
Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico;
blanco tu cuerpo, al modo de la luna
que muerta ronda en torno de su madre
nuestra cansada vagabunda tierra;
blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno.
Que eres, Cristo, el único
Hombre que sucumbió de pleno grado,
triunfador de la muerte, que a la vida
por Ti quedó emcumbrada. Desde entonces
por Ti nos vivifica esa tu muerte,
por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
por Ti la muerte es el amparo dulce
que azucara amargores de la vida,
por Ti el hombre muerto que no muere,
blanco cual luna de la noche. Es sueño,
Cristo, la vida y es la muerte vela.
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra;
vela el Hombre que dió toda su sangre
porque las gentes sepan que son hombres".
(Miguel de Unamuno)

 

 

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Modificado el ( miércoles, 27 de febrero de 2008 )
 
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