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Un
artículo del sacerdote y teólogo José-Román Flecha Andrés en Diario de León (19-11-2011)
“Yo
que tuve compasión de los hombres, no fui hallado digno de alcanzarla yo mismo,
sino que sin piedad de este modo soy corregido, un espectáculo que para Zeus es
infamante”.
El
que así habla es Prometeo, encadenado a una roca por castigo de un Zeus sin
piedad.
Sus
delitos son tres. Haber tenido compasión de los hombres. Haber puesto en ellos
ciegas esperanzas para que dejaran de pensar en la muerte antes de tiempo. Y
haberles entregado la roja llama del fuego para que progresaran en las artes y
en la técnica. Tres hazañas que, celoso de su imperio, Zeus nunca podría
tolerar.
Esa es
la interpretación del mito que Esquilo ha plasmado en la tragedia del “Prometeo
encadenado”. Como se ve, el hombre se mostraba como un héroe, mientras que el
dios aparecía como un malvado envidioso. De ahí a renegar de su divinidad no
había más que un paso. La apuesta era fácilmente adivinable.
En la
ciudad de Nueva York, la dorada estatua de Prometeo triunfa y rebrilla en el
corazón del Centro Rockefeller. Seguramente el símbolo no ha sido elegido por
azar. Todo aquel conjunto de inmensos rascacielos es como el templo del nuevo
paganismo. Dios ha sido finalmente destronado. Y su trono lo ocupa ahora
Prometeo, que al fin ha sido liberado de las cadenas. Evidentemente Dios es
malo. Y el héroe del fuego y la esperanza es la bondad compasiva y amiga de los
hombres. Esa es la lección que recibe el visitante. Y ése es el catecismo del
ateismo militante.
Pues
bien, alguna vez habrá que desenmascarar un equívoco más que centenario. Es
verdad que el creyente ha de estar dispuesto a confesar al verdadero Dios. Pero
también el ateo ha de saber distinguir al Dios al que renuncia. El ateo
contemporáneo puede tener muchas razones, personales y sociales, para serlo y
pregonarlo. Pero que no se engañe ni trate de engañar a otros, identificando a
Zeus con el Dios de Jesucristo.
En el
viejo mito de los griegos, Zeus odiaba a los hombres. Según el evangelio de
Jesús de Nazaret, “tanto amo Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que
todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Con
hermoso contraste, retomado ahora por Benedicto XVI, lo explicaba ya san
Bernardo de Claraval: “Dios no puede padecer, pero puede compadecer”.
Y para
compadecerse de la suerte humana, adoptó la humana naturaleza, recorrió sus
caminos y aceptó su misma suerte y su misma muerte. El Dios de Jesucristo no es
enemigo de la humanidad. No tiene celos del progreso humano. Al contrario. Dios
es la fuente de la vida. Es la inspiración y la fuerza del desarrollo integral
de la persona y de la armonía de la sociedad.
Jesús
sufre como sufre Prometeo. Pero no se pueden confundir. Si el héroe del fuego
sufre el cruel castigo del padre de los dioses, el Hijo de María sufre para
mostrar a los hombres el amor sin reservas del Dios que los ha creado a su
imagen.
José-Román
Flecha Andrés
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