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Carta del
arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo Pelegrina
Queridos
hermanos y hermanas: Comenzamos el año litúrgico y, con él, el
tiempo santo de Adviento, en el que nos preparamos para recordar la venida del
Señor en carne hace veinte siglos y su nacimiento en la cueva de Belén. Pero la
celebración del nacimiento del Señor es algo más que un recuerdo, un
aniversario o un cumpleaños.
Es un acontecimiento actual, porque
la liturgia místicamente lo actualiza cada año y porque toca y compromete
profundamente nuestra existencia: el Señor que vino al mundo en la primera
Navidad y que volverá glorioso al final de los tiempos, quiere venir ahora a
nuestros corazones y a nuestras vidas.
Del mismo modo que el pueblo de
Israel se preparó para la venida del Mesías, que era esperado como el
cumplimiento de la promesa hecha por Dios a nuestros primeros padres, renovada
a los patriarcas y reiterada una y mil veces por la palabra de los profetas,
así también hoy el nuevo pueblo de Dios, los cristianos, nos preparamos
intensamente para celebrar el recuerdo actualizado de aquel gran
acontecimiento, que significó el comienzo de nuestra salvación. Sólo si
disponemos nuestro corazón para acoger al Señor, como lo hicieron María y José,
los pastores y los magos, el Adviento y la Navidad será para nosotros un hito
de gracia y salvación.
A lo largo de las cuatro semanas de
Adviento escuchamos en la liturgia a los profetas que anunciaron la llegada del
Mesías esperado. Isaías, Zacarías, Sofonías y Juan el Bautista nos invitan a
prepararnos para recibir a Jesús, a allanar y limpiar los caminos de nuestra
alma, es decir, a la conversión y al cambio interior, para acoger con un
corazón limpio al Señor que nace, que debe nacer o renacer con mayor intensidad
en nuestras vidas.
Adviento significa advenimiento y
llegada; significa también encuentro de Dios con el hombre. En estos días, el
Señor, que vino hace 2000 años, se va a hacer el encontradizo con nosotros.
Para propiciar nuestro encuentro con Él, yo os propongo algunos caminos: en
primer lugar, el camino del desierto, de la soledad y del silencio interior,
tan necesarios en el mundo de ruidos y prisas en que estamos inmersos, que
tantas veces propicia actitudes de inconsciencia y atolondramiento. Necesitamos
en estos días cultivar la interioridad; necesitamos entrar con sinceridad y sin
miedo en el hondón de nuestra alma para conocernos y tomar conciencia de las
miserias, infidelidades y pecados que llenan nuestro corazón e impiden que Jesucristo
sea verdaderamente el Señor de nuestras vidas. Qué bueno sería iniciar o
concluir el Adviento con una buena confesión, que nos reconcilie con el Señor y
con la Iglesia, permitiéndonos reencontrarnos con Él.
El Adviento es tiempo además de
oración intensa, prolongada, humilde y confiada, en la que, como los justos del
Antiguo Testamento repetimos muchas veces Ven, Señor Jesús. La oración tonifica
y renueva nuestra vida, nos ayuda a crecer en espíritu de conversión, a romper
con aquello que nos esclaviza y que nos impide progresar en nuestra fidelidad.
Por ello, es siempre escuela de
esperanza. La oración nos ayuda además a abrir las estancias más recónditas de
nuestra alma para que el Señor las posea, las ilumine y dé un nuevo sentido a
nuestra vida. Nuestro encuentro con el Señor que viene de nuevo a nosotros en
este Adviento no será posible sin la mortificación, el ayuno y la penitencia,
que preparan nuestro espíritu y lo hace más dócil y receptivo a la gracia de
Dios. Tampoco será posible si no está precedido de un encuentro cálido con
nuestros hermanos, con actitudes de perdón, ayuda, desprendimiento, servicio y
amor, pues no podemos decir que acogemos al Señor que viene de nuevo a
nosotros, si no renovamos nuestra fraternidad, si no le acogemos en los
hermanos, especialmente en los más pobres y necesitados.
El Adviento es uno de los tiempos
especialmente fuertes del año litúrgico. Por ello, hemos de vivirlo con
intensidad y con esperanza, la virtud propia del Adviento, la esperanza en el
Dios que viene a salvarnos, que viene a dar respuesta a nuestras perplejidades
y sinsentidos, a poner bálsamo en nuestras heridas, a devolvernos la libertad y
a alentarnos con la promesa de la salvación definitiva, de una vida eterna,
feliz y dichosa.
Iniciamos el Adviento y con él la
novena de la Inmaculada Concepción. Os invito a vivirla con intensidad. La
Santísima Virgen es el mejor modelo del Adviento. Ella acogió a su Hijo,
primero en su corazón y después en sus entrañas. Ella, como dice la liturgia,
esperó al Señor con inefable amor de Madre y preparó como nadie su corazón para
recibirlo. Que ella sea nuestra compañera y guía en nuestro camino de Adviento.
Que Ella nos ayude a prepararnos para recibir al Señor y para que el encuentro
con Él transforme nuestras vidas y nos impulse a testimoniarlo y anunciarlo.
Para todos, mi saludo fraterno y mi
bendición.
+ Juan José
Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla
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