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El título se inspira en
las palabras pronunciadas por el papa Benedicto XVI en la homilía de la
Eucaristía celebrada en la ciudad de Friburgo durante su reciente viaje a
Alemania, concretamente llegó a decir: “Los agnósticos que no encuentran paz
por la cuestión de Dios; las personas que sufren a causa de nuestros pecados y
tienen deseo de un corazón puro, están más cercanos al reino de Dios que los
fieles rutinarios, que ya solamente ven en la Iglesia el boato, sin que
su corazón quede tocado por la fe”.
Es necesario un cambio de
mentalidad para salir de la vida rutinaria y estar abiertos a las necesarias y
obligadas reformas de los esquemas pastorales y de los principios que los
sustentan siempre que estén desfasados; sin embargo, ¡cuánto cuesta cambiar!
Ante el reto de la
conversión pastoral a la que nos llama los nuevos tiempos, la tentación más fuerte que pueden sentir principalmente los agentes de
pastoral es la de aferrarse a lo de siempre. Lo cual no es de extrañar porque
tal postura favorece la comodidad, el inmovilismo, el estoy bien donde estoy y
con lo que hago, etc. Es una postura humanamente muy comprensible y merece el
máximo respeto en lo que de humano tiene. Pero la nueva evangelización impone
desinstalarse, levantar tiendas, abrir brechas, hacer camino al andar; y eso es
imposible cuando nuestra mentalidad está ya fosilizada. Cuando hoy se habla
tanto de jubilación del clero, de inmediato pensamos que se están mermando las
fuerzas de la acción pastoral. Sin embargo, olvidamos que la verdadera merma esta en los “jubilados de mente”. Ahí
es donde está ubicado el verdadero lastre del impulso evangelizador.
En nuestro tiempo no se
puede ser menor de edad a nivel cristiano y eclesial, y conformarse con hacer lo
que se ha hecho siempre. Ante los desafíos de una sociedad crecientemente
secularizada es urgente una mejor formación cristiana para conocer nuestra fe y
crecer en ella. Aunque la fe no es fruto de un razonamiento, todos debemos
saber razonarla. San Pedro nos exhorta siempre a estar preparados para
responder a cualquiera que nos pida razones de nuestra esperanza (Cfr. 1Pe 3,15).
Como hemos dicho vivimos
en el mundo confuso de la "dictadura del relativismo" (Benedicto
XVI), que niega la verdad y pretende sustituirla con opiniones subjetivas y
arbitrarias. Es un "mundo líquido" (Z. Bauman), sin alguna certeza y
sin ningún punto de apoyo seguro. En esta situación, el Papa continúa e
insiste: "El deseo de la verdad pertenece a la naturaleza misma del
hombre. Por eso, en la educación de las nuevas generaciones, ciertamente no
puede evitarse la cuestión de la verdad; más aún, debe ocupar un lugar central.
En efecto, al interrogarnos por la verdad ensanchamos el horizonte de nuestra
racionalidad, comenzamos a liberar la razón de los límites demasiado estrechos
dentro de los cuales queda confinada cuando se considera racional solo lo que
puede ser objeto de experimento y calculo. Es precisamente aquí, donde tiene
lugar el encuentro de la razón con la fe. Por eso, el dialogo entre la fe y la
razón, si se realiza con sinceridad y rigor, brinda la posibilidad de percibir
de modo más eficaz y convincente la racionalidad de la fe en Dios». Aquí se
abre el vasto e importante espacio de la evangelización de la cultura, porque —como
decía Pablo VI— "la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna
el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas”.
Hay que ayudar a convertir
en convicciones profundas y personales los sentimientos y vivencias quizás no
suficientemente arraigados en la niñez. La fe cristiana comporta para el
creyente una búsqueda y aceptación personal de la verdad, superando la tentación
de vivir sistemáticamente en la duda sin fundamentarse “en la Palabra de Dios que ni se engaña
ni engaña”.
La
formación sólida, permanente e integral es necesaria. Ningún cristiano debería
decir que está suficientemente preparado para dar razón de su fe.
Continuamente tenemos que profundizar en la Palabra de Dios, acudir a los documentos de la Iglesia para saber cómo
responde ella a las cuestiones más actuales. También la vivencia de la fe a
través de la oración y los sacramentos, y de determinadas experiencias
socio-económicas son medios de formación.
La renovación de la Iglesia puede llevarse a cabo solamente mediante una
fe renovada y la disponibilidad a la conversión personal.
+Ángel Rubio Castro
Obispo de Segovia
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