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"La tarea educativa -dice Juan Pablo II- tiene sus raíces en la ocasión primordial de los esposos
a participar en la obra creadora de Dios" (Exhortación apostólica Familiaris
consortio, nº 36).
Si el agradecimiento –como se
ha dicho- es la memoria del corazón, mi corazón me dice, ahora, cuánto debo
agradecer el esfuerzo que hicieron por progresar las generaciones que me
precedieron; y cuánto debo agradecerles también que en tantos documentos hayan
dejado constancia de su cultura en la Historia, pues si una generación no
transmitiera a la siguiente sus conocimientos científicos y humanísticos,
pronto la Humanidad volvería al estado salvaje, retrocediendo no menos que a la
Edad de Piedra.
Si la familia -Iglesia doméstica, como la llamaba Juan Pablo
II-, y concretamente los padres, no transmitieran la Fe de Cristo, sus hijos
serían muy pronto paganos.
En la familia cristiana tiene lugar, continúa
diciendo el Papa, "un verdadero ministerio, por medio del cual se
transmite e irradia el Evangelio, hasta el punto de que la misma vida de
familia se hace itinerario de fe y, en cierto modo, iniciación cristiana y
escuela de los seguidores de Cristo. En la familia consciente de tal don, como
escribió Pablo VI, 'todos los miembros evangelizan y son evangelizados'.
En virtud del ministerio de la educación los
padres, mediante el testimonio de su vida, son los primeros mensajeros del
Evangelio ante los hijos. Es más, rezando con los hijos, dedicándose con ellos
a la lectura de la Palabra de Dios e introduciéndoles en la intimidad del
Cuerpo -eucarístico y eclesial- de Cristo mediante la iniciación cristiana,
llegan a ser plenamente padres, es decir, engendradores no sólo de la vida
corporal, sino también de aquélla que, mediante la renovación del Espíritu,
brota de la Cruz y Resurrección de Cristo" (o.c., nº 39).
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Pongamos manos a la obra, para hacer verdad lo que
dice el salmista:
"Cuántas cosas hemos oído y las hemos entendido
y nos las contaron nuestros padres, lo contaremos a la otra generación: las
alabanzas del Señor y sus poderíos y las maravillas que Él hizo.
Los hijos que nacerán y se levantarán, lo contarán
también a sus hijos, para que pongan en Dios su esperanza y no se olviden de
las obras de Dios, y busquen con cuidado sus mandamientos" (Salmo 77, 3-7).
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"Los que esperan en
el Señor -dice Isaías- renuevan las
fuerzas,
remontan
el vuelo como águilas, corren y no se
fatigan, andan y no se cansan"
(Isaías 40, 31).
Se narra en la Sagrada Escritura que cuando los
israelitas, en la conquista de la Tierra prometida, terminaron de dar la última
vuelta alrededor de la muralla de la ciudad de Jericó, oyeron que Josué les
dijo: "¡Gritad, pues el Señor os ha entregado la ciudad! (...). Gritó,
pues, el pueblo, tocaron las trompetas, y cuando la gente oyó el sonido de la
trompa, alzaron gran griterío, y se vino abajo la muralla" (Josué 6,
16 y 20).
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"El 9 de noviembre de 1989 pasará a la
Historia como un día glorioso para la República Democrática Alemana y para
todos los países del Este. En la ciudad de Leipzig se venían desarrollando
desde 1982 unas manifestaciones que daban vueltas alrededor de la Iglesia de
San Nicolás.
Como un moderno asedio a las murallas de Jericó, el
muro (de Berlín, desgraciadamente famoso) no cayó por la fuerza de las armas,
sino por la perseverancia de unos jóvenes que consiguieron abrir la RDA a los
vientos de la libertad" (De la entrevista con los protagonistas de la caída del muro de
Berlín. Revista Mundo Cristiano, mayo 1990).
________________
En nuestros días, habrán de caer otras murallas que
aíslan de Dios, tanto o más que las anteriores: muros del materialismo, del
hedonismo, de la codicia..., que serán abatidos por la oración, el sacrificio y
una recta vida cristiana de los que esperan en Dios.
Y
caerán los actuales muros y murallas como cayeron aquellos de Jericó cuando nos
propongamos que Dios sea el centro de nuestras vidas y de nuestros afanes, de
tal modo que todo gire en torno a Él.
Después, cada cual, en su particular batalla, podrá
decir con el rey David: el Señor me libró "de mis fieros enemigos, de
mis contrarios más potentes que yo. Me asaltaban en días de infortunio pero el
Señor ha sido siempre mi firme apoyo"
(II Samuel 22, 18-19).
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Envuelto en la sombra de
tus alas, Espíritu Santo (cfr. Salmo 35, 8) -señal de
que camino bajo tu amparo-, no me
perderé.
Imaginemos la siguiente ficción: alguien se
encuentra bajo la sombra de unas potentes alas, y como no ve nada, lógicamente,
tiene miedo; luego, atrapado por esas alas que suben y bajan, van y vienen,
vuela con ellas; y porque increíblemente no sufre el menor daño, pierde el
miedo y toma confianza: ¡sabe que no se estrellará!
________________
Expresemos ahora la siguiente realidad: si alguien
por encontrarse envuelto en las sombras de una noche oscura del alma, en
el decir de san Juan de la Cruz, se viera impedido para descubrir el sentido de
la vida y de la muerte bajo el prisma de la Fe..., mas supiera que esa sombra
es proyectada por las Alas amorosas del Espíritu Santo -Segurísimas y
Todopoderosas-, sin duda alguna se abandonaría a la suerte de su Vuelo
acogedor, y con toda confianza se dejaría guiar..., porque recordaría aquello
del Salmo: "...con Él estoy en el tiempo de la adversidad" (90,
15), y aquél otro versículo, lleno de esperanza, que dice: "...en tu
luz (Señor) veremos la luz" (35, 10).
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Si yo veo una montaña en el horizonte no necesito
fe para creer que existe, pero si no la veo y me fío de quien sí la ve, habré
ganado el mérito de la confianza.
Abandonarse a la Acción del Espíritu Santo,
abandonarse al "Dios Providente" es vivir de una Fe que debe
llevarnos a las obras y por las obras al mérito, porque si viéramos con
claridad..., si no fuera oscura la noche..., si no ejercitáramos las
virtudes de la confianza, la esperanza y el abandono en Dios en la Gloria
venidera..., ¿qué mérito tendríamos?..., que por eso dice Jesús: "...bienaventurados
los que sin haber visto han creído" (Juan 20, 29).
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Fuentes de agua para la
vida humana y Fuente de Agua divina para la
Vida trascendente.
Diremos que si cristalina mana el agua del naciente
manantial y de azul plomizo se presenta la del mar, misteriosa y bendita
aparece la del río que asoma en las páginas sagradas de los Libros del
Apocalipsis, de Ezequiel y de Zacarías. "Me mostró (el Ángel)
-escribe san Juan- el río del agua de la vida, claro como un cristal,
procedente del trono de Dios y del Cordero" (Apocalipsis 22, 1).
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Y esa abundancia de agua nos trae a la memoria la
carencia que sufren esas tierras secas de los pobres pueblos que les falta lo
más esencial: el agua potable.
Pero lo que más nos apena es reconocer que mucho
más pobres son aquellas gentes que carecen del Agua de la Gracia. Agua divina
que, prometida por Jesús, salta hasta la Vida Eterna.
¡Agua portadora de la Vida de Dios! Yo te anhelo
más que aquella cierva que, sedienta, corretea entre los Salmos. Entonces,
¿será posible que mientras yo viva en el tiempo –los tiempos que son y serán
siempre los de Cristo-..., siga padeciendo sed, ahora que puedo saciarme de
Ella?... Agua es que, manando del Costado abierto del Dios y Hombre, Cristo
Jesús, "es fuente de la vida" (Salmo 35, 10). Manantial de los
sacramentos, en los que pueden saciarse los que tienen sed de Dios.
Que "El que tenga sed que venga -invita Jesucristo-, el
que quiera que tome gratis el agua de la vida" (Apocalipsis 22, 17).
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En el Libro de Isaías se vislumbran ya los
sacramentos: "¡Ay, sedientos todos, acudid a las aguas, también los que
no tenéis dinero! ¡Id, comprad y comed, y andad, comprad sin dinero! (...).
¡Inclinad vuestro oído y venid a mí! (...). Y concertaré con vosotros una
alianza eterna" (55, 1-3).
Sedientos de Dios que saciarán su sed en el Costado
de Jesús, porque traspasado en la Cruz por la lanza, como dice la Liturgia,
"derramó sangre y agua para que de allí brotasen los Sacramentos de
la Iglesia, y para que todos los hombres, atraídos por el Corazón abierto de su
Salvador, sacaran agua con gozo de las fuentes de la salvación" (Prefacio
del Sagrado Corazón de Jesús).
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La alegría, o fluye de
dentro del alma, donde albergamos a Dios, o no
es verdadera alegría.
Palmas, bailes, cantos,
algarabía, muchas risas, bienestar, placeres, dinero, viajes..., ¡todo nadando
en felicidad!
Mas, regresamos de un viaje..., de una fiesta...,
concluye un placer..., los amigos nos abandonan...
Apagadas las luces festivas, desaparecerá aquélla
que sólo fue caduca alegría; y es una lástima, porque de haber sido disfrutada
en Dios, aun apagadas esas luces del momento, la Felicidad interior no se
hubiera oscurecido nunca.
"Si tenemos fija la mirada en las cosas de la
eternidad
-escribe Casiano-, y estamos persuadidos de que todo lo de este mundo pasa y
termina, viviremos siempre contentos y permaneceremos inquebrantables en
nuestro entusiasmo hasta el fin. Ni nos abatirá el infortunio, ni nos llenará
de soberbia la prosperidad, porque consideraremos ambas cosas como caducas y
transitorias" (INSTITUCIONES, 9).
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Incomodidad, contrariedades, sufrimiento, pobreza,
soledad, trabajos..., todo aquello que el mundo lo tiene por desgracia, ha sido
para los Santos ¡Alegría de gozo espiritual!; y ahora lo sigue siendo para los
que como ellos, saben entroncarlo en la Cruz de Cristo.
"El gozo en el Señor debe ir creciendo
continuamente
-predica san Agustín-, mientras que el gozo en el mundo debe ir disminuyendo
hasta extinguirse. Esto no debe entenderse en el sentido de que no debamos
alegrarnos mientras estemos en el mundo, sino que es una exhortación a que, aun
viviendo en el mundo, nos alegremos ya en el Señor" (SERMON, 171).
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"Y ciertamente -se pregunta el salmista- ¿qué cosa puedo yo
apetecer del cielo, ni qué he de desear sobre la tierra fuera de ti, oh Dios
mío? (...).
Mas yo hallo mi bien en estar unido con Dios, en
poner en el Señor Dios mi esperanza" (Salmo 72, 25 y 28).
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"Dios es luz
sobrenatural de los ojos del alma y sin ella está en
tinieblas", dice san Juan de la Cruz (CANTICO
ESPIRITUAL 10, 8).
Que sí, que lo sabemos..., que con la sola luz
natural de la razón -parafraseando al sabio griego- cuanto más se sabe, más se
sabe que no se sabe nada.
El científico español Juan Oró comenta: "A
veces digo que el conocimiento aumenta aritméticamente, mientras que la
ignorancia lo hace en progresión geométrica. Se descubre una cosa y se ven dos
más que no son ciertas. Cuanto más se avanza en investigación se siente uno más
pequeño, porque el problema se ensancha.
No hay contradicción entre ciencia y religión.
Ciencia y religión tienen fundamentos distintos. Aquella está basada en
observaciones, experimentaciones, etc., mientras que la religión se fomenta en
la creencia, que es un hecho interior".
________________
Que una investigación científica a punto de ser
concluida se malogre por falta de tenacidad o por carencia de medios económicos,
será una lástima porque se habrá perdido el tiempo. ¡Paciencia!, ya habrá otra
oportunidad, ya vendrán tiempos mejores.
Pero en el orden sobrenatural, la Gracia divina ha
de acogerse en cuanto se presente. El cardenal Newman dice que "las
oportunidades de Dios no esperan. Llegan y pasan. La palabra de vida no aguarda;
si no nos la apropiamos, se la llevará el demonio. El no es perezoso, antes
bien, tiene los ojos siempre abiertos y está siempre preparado para saltar, y
llevarse el don que vosotros no usáis" (SERMON PARA EL DOMINGO DE
SEXAGESIMA. LLAMADAS DE LA GRACIA).
________________
Encontrará la Verdad de las realidades
sobrenaturales trascendentes para la Vida Eterna quien la busque y la trabaje
con la oración, porque Dios no niega esta Gracia a quien se esfuerza por
encontrarla.
"Todos los hombres tienen el deber de
buscar la verdad -declara el Concilio Vaticano II-, especialmente en lo
que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, abrazarla y
custodiarla y ordenar su vida según las exigencias de la verdad" (Declaración
Dignitatis humanae, nº 21).
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Porque
el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios reflejará
unos atributos divinos, mas siempre que
el pecado no los distorsione y
desfigure.
Tarde de verbena: se ríen unos chavales contemplándose
en el típico espejo de feria que distorsiona los cuerpos: tan pronto aparecen
gordos, gordísimos, como finos cual fideos.
Está claro que ese espejo no refleja el verdadero
tamaño y figura de sus graciosos cuerpos.
________________
Así, el pecado también distorsiona la semejanza
divina con la que el hombre fue creado:
- si yo miento, no reflejaré la Verdad de Dios
porque Él es "el Espíritu de la verdad" (Juan 16, 13),
- si yo soy egoísta, no reflejaré la Generosidad de
un Dios que dio su Vida por nosotros (cfr. I Juan 3, 16),
- si soy vengativo y no
perdono, no reflejaré la Bondad y Misericordia de Dios, de la que dice la
Escritura Santa: "¡Cuán grande es la misericordia del Señor y su perdón
para los que a Él se tornan" (Eclesiástico 17, 28).
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Y si yo por el pecado no reflejo el Bien, la
Belleza y la Verdad, atributos divinos, reflejaré al demonio, todo él maldad,
fealdad, mentira, soberbia, odio...
Del diablo, dice Jesús que fue "homicida
desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él.
Cuando habla la mentira, de lo suyo habla, porque es mentiroso y padre de la
mentira" (Juan 8, 44).
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"...la mayor gracia
que puede Dios dispensar a un alma, no consiste en
darle mucho, sino en
pedirle mucho",
dejó escrito santa Teresita
(SANTA TERESITA DEL NIÑO JESUS. CARTA A UN
MISIONERO 26-12-1895).
Por eso, cuando Dios nos pida
sufrir, no pensemos que el sufrimiento -ni siquiera la muerte- nos lo envía
como castigo, sino como purificación personal o ajena, pues Dios pide a veces
que unos hombres -incluso pueblos enteros- sufran por otros.
"Vosotros, ofreciendo al Señor vuestras
limitadas fuerzas
-dice el Papa a los enfermos- sois la riqueza de la Iglesia, la reserva de
energías para su tarea evangelizadora". Así entendido el sufrimiento
hace que la vida sea "más honda, más comprensiva, más humilde, más
sincera, más solidaria, más generosa" (JUAN PABLO II. A LOS
ENFERMOS DE COMPOSTELA. Año 1989).
________________
Es Cristo -afirma Juan Pablo II- quien "nos
hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el porqué del sufrimiento en
cuanto somos capaces de comprender la sublimidad del amor divino" (Carta
Salvifici doloris, 11-2-84).
"...el sufrimiento -continua en otro momento el
Pontífice- está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer
obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la
civilización del amor".
________________
"Considera mi vida toda llena de sufrimientos -dijo el Señor a santa Teresa
de Jesús-, persuádete que aquél es más amado de mi Padre que recibe mayores
cruces; la medida de su amor es también la medida de las cruces que envía. ¿En
qué pudiera demostrar mejor mi predilección que deseando para vosotros lo que
deseé para mí mismo?".
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"Gobierna tu
corazón y muéstrate firme y no te apresures en el tiempo
de la oscuridad", leemos en la Sagrada Escritura (Eclesiástico
2, 2).
Con paciencia, con gran paciencia, aguarda el
campesino el fin del invierno esperando que en la primavera crezcan las
espigas, los campos se cubran de flores y los frutos maduren. Y no desesperará
cuando las heladas cubran los campos, ni venderá sus tierras en un año de
sequía, ni tomará una decisión precipitada cuando con dolor, inseguridad o
confusión, vea que sus tierras no producen. Él espera: ya vendrán tiempos
mejores.
________________
De modo semejante, en la vida interior, cuando se
hace “noche oscura en el alma”,
cuando todo es confusión, cuando no se entiende el porqué del dolor, debemos
traer a la memoria el consejo clásico de los Santos: En un estado de ánimo en
crisis no hagas "mudanza", no tomes decisiones drásticas (San Ignacio
de Loyola)..
¡Mantente en la vocación que Dios quiso que
siguieras! ¡Persevera en la oración, en la virtud, en las obras!, porque en ese
momento de oscura noche, aunque no veas, ni oigas, ni sientas
a Dios, no por eso Él deja de estar a tu lado. ¡Ánimo!, y haz tuyas las
palabras del Señor que fueron recogidas por el profeta Jeremías: "Te he
amado con amor eterno, por eso,
misericordioso, te atraje a mí" (31, 3).
Y convéncete de que si estás en Dios, ya viva tu
alma una noche clara, ya sufra una noche oscura, tú estarás
siempre...
- cobijado por las Inmensas Manos del Padre Eterno,
- dentro del Corazón Sagrado de Jesucristo,
- al amparo amoroso del Espíritu Santo (cfr. Salmo
16, 6 y 35, 8).
________________
Y como todo es para bien de los que aman a Dios (cfr.
Romanos 8, 28), ese como invierno de sufrimiento dará paso, a su tiempo, a los
frutos de santidad.
Aconseja el Libro del Eclesiástico: "Endereza
tu corazón y sufre con paciencia, y no te inquietes cuando persiste la
adversidad. Únete con Dios y no te separes, para que seas enaltecido al final
de tu vida" (2, 3).
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La soberbia prepotente, que
tan frecuentemente desplegamos con
nuestros iguales, contrasta con la
actitud humilde de Jesucristo que,
aun siendo Dios, no vino a ser servido
sino a servir y a dar su vida por
nosotros (cfr. Mateo 20, 28).
Nos situamos en un año cualquiera antes de la
Venida de Cristo, el Mesías. La tierra entera se agrupa en tribus y ciudades. Y
un pequeño pueblo, el de Israel, es escogido por Dios para desde él llevar su
Salvación al mundo entero. Desde entonces, el pueblo de Israel será el Pueblo
de Dios.
Pasan los años... Cuando Cristo venga a la tierra,
los creyentes en Cristo serán el verdadero y nuevo Pueblo de Dios sin
distinción de razas ni naciones. Y así lo da a conocer san Pedro: "...los
que en un tiempo no erais pueblo, ahora sois Pueblo de Dios, los que antes no
habíais alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia"
(I Pedro 2, 10).
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Y si Dios nos hace Pueblo suyo, yo quiero que Él
sea el Dios mío. Y se lo diré con las mismas palabras del profeta Oseas: "¡Dios
mío!": expresión de amor que luego, tan profundamente, ha calado en el
corazón cristiano.
Y puedo decir con toda verdad que Dios es mío
porque el Espíritu Santo -Espíritu que es del Padre y del Hijo- nos ha sido
dado (cfr. Romanos 5, 5).
Pues "Aquél que desde toda la eternidad es
el Espíritu común del Padre y del Hijo, y el mismo Dios -dice Alexis Riaud-,
se ha convertido con el tiempo por una condescendencia inaudita en nuestro
Espíritu, el Espíritu del hombre, puesto que nos ha sido dado y que nos
pertenece y que podemos disponer de Él, utilizando y disfrutando libremente,
como queremos, 'libere... ut volumus'"
(LA
ACCION DEL ESPIRITU SANTO EN LAS ALMAS, cap. III).
________________
Con Cristo, el Espíritu Santo es nuestro. Él
habitará en nuestra alma y la Gracia del Amor divino en nuestros corazones (cfr.
Romanos 5, 5). Y con Él iremos perdiendo nuestra insultante prepotencia,
pasando de la actitud altiva, propia de los que viven alejados de Dios, a los
modos de Cristo: servir como Él sirvió y verle a Él en nuestros iguales.
Liberados del pecado, humildes, podremos, gozosos,
cantar con los cautivos de Sión, cuando volvían del destierro: "Grandes
cosas ha hecho el Señor con nosotros: estamos alegres" (Salmo 125, 3).
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Cristo, con infinita
Generosidad compró nuestra vida con la suya,
¿será posible entonces que no estemos
ávidos de esa Vida divina que
nos salva?
¡Cuánta mezquindad humana, Señor!
Yo te oigo, Jesús, lamentarte con la Santa de
Ávila: "Yo quise, Teresa, pero los hombres no quisieron".
Y te veo triste, llorando sobre Jerusalén: "¡Jerusalén,
Jerusalén! (...). Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina
cobija a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste" (Mateo 23, 37).
________________
Y para ablandar nuestros corazones y hacer que
"queramos" aquello que tantas veces no queremos, te dejaste, Jesús
mío, crucificar.
"...Cristo
(...), a su tiempo murió por los impíos -reflexiona san Pablo-. Apenas
hay, en efecto, quien muera por un justo. Puede que alguien sea capaz de morir
por una persona buena. Pero Dios
demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía
pecadores, Cristo murió por nosotros" (Romanos 5, 6-8).
________________
Habiendo pues visto al Señor ávido de nuestra
Salvación, ¿continuará nuestro corazón sin ansiar la Vida divina que nos
salva?, ¿seguiremos apáticos por alcanzar nuestra propia Salvación?
"Que si cuando éramos enemigos fuimos
reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo -escribe el Apóstol-, mucho
más, una vez reconciliados, seremos salvados por su vida" (Romanos 5,
10).
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"No queráis a un
mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y deseos
mundanos en el corazón", dice san Ignacio de Antioquia
(Ep. ad romanos, cap. VII, pág 5).
¡No! No podemos estar en las cosas de Dios y al
mismo tiempo ansiar, como fin, las cosas de este mundo: son quereres opuestos
que expresa plásticamente la sabiduría popular: "No se puede encender una
vela a Dios y otra al diablo", dice la sabiduría popular.
________________
Porque, como escribe Casiano, "Es imposible
al que tiene una doble voluntad pelear y salir airoso de las batallas del
Señor: 'El hombre de doble corazón -dice la Escritura- es inconstante en todos
sus caminos" (INSTITUCIONES, 7).
________________
De modo que "Nadie puede servir a dos
señores –dirá Jesús, el Señor-, porque o tendrá aversión al uno y amor
al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no
podéis servir a Dios y a las riquezas" (Mateo 6, 24).
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"No habría guerras
en el mundo si la Humanidad escuchara el
Evangelio", dice Juan
Pablo II
(Homilía en la Parroquia Romana de Santa Elena
17-01-1993).
Se lamenta con irritación Dios, el Señor:
"Por cuanto he llamado y habéis rehusado, he
extendido mi mano y nadie presta atención; y habéis desechado todos mis
consejos y mi amonestación no habéis querido; también yo me reiré de vuestro
infortunio, me mofaré cuando sobrevenga el espanto" (Proverbios 1, 24- 26).
________________
Pero es espanto no sobrevendrá: "Si los
hombres oyesen el Evangelio -volvemos a escuchar a Juan Pablo II- no
quedaría espacio para la incomprensión, el resentimiento y el odio que dividen
a los pueblos, las familias y los individuos y encienden focos preocupantes de
violencia y guerra" (Rezo
del Angelus 17-01-1993).
________________
Ante la desgracia que pronto se avecinaría en
Jerusalén lloró Jesús. Y yo me aventuro a asegurar que también lloraría por
tantas desgracias que siempre hubo y habrá en el mundo. "¡Si conocieras
también tú en este día lo que te lleva a la paz!; sin embargo ahora está oculto
a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que no sólo te rodearán tus
enemigos con vayas, y te cercarán y te estrecharán por todas partes, sino que
te aplastarán contra el suelo a ti y a tus hijos que están dentro de ti y no
dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de la
visita que se te ha hecho"
(Lucas 19, 41-44).
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Porque Dios así lo quiso,
el hombre es llamado a la vida; después, el
hombre, si quiere, alcanzará la
verdadera Vida... ¡Si quiere!, según el
uso que haga de su libertad.
El hombre es llamado por el Creador a la vida
humana.
Y es creado en libertad para que pueda merecer: si
la usa con responsabilidad se ganará el Cielo.
"Creó Dios desde el principio al hombre, y le
dejó en manos de su decisión.
Si quieres cumplir, los mandamientos, ellos te
protegerán.
Ante ti ha colocado el fuego y el agua: adonde
quieras extenderás tu mano.
Ante el hombre está la vida y la muerte: lo que
escogiere le será dado"
(Eclesiástico 15, 14-18).
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El hombre es llamado por el Redentor a la Vida
sobrenatural.
Y pues la vida sobrenatural no puede vivirse sin
libertad -coartada por el demonio desde que nuestros primeros padres cometieran
aquel primer pecado, pecado original transmitido a toda la humanidad-, se hizo
necesario que Cristo nos la ganara.
Así pues, la libertad "que Cristo nos ha
ganado -escribe Francisco Fernández Carvajal- consiste sobre todo en la
liberación del pecado y, en consecuencia, de la muerte eterna y del dominio del
demonio; nos hace hijos de Dios y hermanos de los demás hombres".
Ahora bien: "Esta libertad inicial
adquirida en el bautismo debe ser desarrollada después, con la ayuda de la
gracia, y aplicada a todos los campos de la existencia del cristiano" (ANTOLOGIA DE TEXTOS. LIBERTAD).
De modo que, "donde está el Espíritu del
Señor -dice san Pablo-, allí está la libertad" (II Corintios 3,
17).
________________
El hombre es llamado por el Santificador a una
vida de intimidad divina.
Paradójicamente, el hombre, a medida que se va
sintiendo más y más libre de las ataduras de este mundo, habiendo ya controlado
sus pasiones con la indispensable ayuda de la Gracia, le pide a Dios perder en
las Inmensas Manos del Padre esa libertad conquistada; perderla ¡dentro del
Corazón de Cristo!, perderla ¡bajo las Alas de Amor del Espíritu divino!
"Cuando
nos decidimos a contestar al
Señor: 'mi libertad para ti' -dice san Josemaría Escrivá-, nos encontramos liberados de todas
las cadenas que nos habían atado a cosas sin importancia, a preocupaciones
ridículas, a ambiciones mezquinas. Y la libertad -tesoro incalculable, perla
maravillosa que sería triste arrojar a las bestias (cfr. Mt VII, 6.)- se emplea
entera en aprender a hacer el bien (cfr. Is I, 17.). Ésta es la libertad
gloriosa de los hijos de Dios" (AMIGOS DE DIOS, nº 38).
*********************************************
"Dios previno las
cosas para que vivamos piadosamente, porque sin Él
nada podemos", dice san Agustín
(SERMON, 30 SOBRE LA NATURALEZA Y LA GRACIA).
Tomamos del Antiguo Testamento un episodio de la
batalla que se libró entre Madián y Gedeón para pincelar en este Cuadro de
espiritualidad cómo Dios que estuvo al frente de aquella batalla, también lo
está al frente de las de nuestra vida interior.
Se encuentran enfrentados Madián y Gedeón. El Señor
previene a Gedeón:
"La gente que te acompaña es sobrado numerosa
para que te entregue yo a Madián en sus manos; no vaya a gloriarse Israel
frente a mí diciendo: ¡Mi mano me ha salvado!" (Jueces 7, 2)..., el Señor
entonces, ordenando que se redujera el número de hombres a trescientos, entregó
a Gedeón sus enemigos (cfr. Jueces 7, 7-25).
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Aconseja Francisco de Osuna cómo debemos atribuir a
Dios nuestros éxitos: "¿Quieres que no se seque nunca el agua de la
gracia que Dios te ha dado? Vuélvela a referir a Él por gratitud; y como Él no
tiene necesidad de ella, te la devuelve bendecida y multiplicada, y se alegra
viendo en ti viva su gracia y que sube en alto como agua viva que vuelve a su
Primera Causa; pero si retienes en ti los dones, no dando las gracias por
ellos, serás como el río malo que no entra en el mar, y se estanca en balsas y
lagunas donde el agua muere y se corrompe, no criando peces sino cosas sucias y
venenosas" (TERCER ABECEDARIO ESPIRITUAL, cap. II, 1).
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"Así dice el Señor: 'No se gloríe el sabio en
su sabiduría, ni se gloríe el fuerte en su fuerza, ni se gloríe el rico en su
riqueza; sino que en esto se ha de gloriar quien desee gloriarse: en tener
inteligencia y conocerme, pues yo soy el Señor, que hago misericordia, derecho
y justicia en la tierra, pues en estas cosas me complazco', dice el Señor" (Jeremías 9, 23-24).
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La dejación en el ejercicio
de la autoridad provoca injusticias.
Cemento, ladrillos, hierros..., andamios e ir y
venir de trabajadores: ¡están levantando un edificio!
Está claro, si el constructor
de una casa introdujera materiales de poca firmeza en las vigas puntales, con
toda seguridad provocaría el derrumbamiento del edificio; si luego es
denunciado, que no se lamente: se lo tuvo bien merecido.
________________
Quien ejerza la autoridad, lógicamente, actuará con
firmeza, aunque ante hechos excepcionales admita cierta flexibilidad. Y esto lo
comprenderá quien sepa distinguir entre el áspero mandar del sargento y un mandar
sirviendo, que nada tiene que ver con el irresponsable comportamiento permisivo
de quien debe servir a los demás ejerciendo su autoridad; y se debe ejercer,
porque sin ella se cometerían innumerables injusticias, hundiendo el ánimo de
los que afanosamente sirven obedeciendo.
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El ejercicio de la autoridad bien entendido puede
decirse que "no es más que un oficio de amor", manifiesta san
Agustín (Trat. Evang. S. Juan,
123).
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En el Mandamiento Nuevo de
Cristo se entrañan el dar y el darse.
Palabras de aliento, de
cariño... ¡Quién me las diera!
Palabras de consuelo, yo las quisiera.
El pan y un techo..., ¡Dios mío, que no me falten!
Pero nada como un hermano, un amigo, un colega:
tesoros son ellos para la vida.
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Avalado por la Sagrada Escritura decimos que:
- la palabra es riqueza para el espíritu.
"¿No es verdad que el rocío templa el calor?
Pues así también la palabra vale más que la dádiva" (Eclesiástico 18, 16).
- la palabra y la dádiva son riqueza para el
cuerpo y el espíritu.
"¿No conoces tú que la palabra vale más que el
don? Pues el hombre justo acompañará lo uno con lo otro" (Eclesiástico 18, 17).
- la palabra, la dádiva y la entrega de sí
mismo son tesoros que enriquecen la perfección cristiana.
El discípulo de Cristo debe saber que se
santificará cuando se esfuerce por unir la entrega del corazón -¡el don de sí
mismo!- a la palabra y a la dádiva, haciendo vida aquel consejo de san Pablo: "Llevad
los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo" (Gálatas
6, 2).
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Predica Cesáreo de Arlés: "Dios, en este
mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los necesitados, como dijo
él mismo: 'Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos,
conmigo lo hicisteis'. El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere
recibir en la tierra" (SERMON
25, 1).
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Del esconderse Dios en los
hombres (cfr. Isaías 45, 15) y del querer
que éstos
le descubran (cfr. Isaías 55, 6).
Al inicio de la Creación, nos cuenta la Historia
Sagrada cómo Dios Creador, cada día, se hacía el encontradizo con el primer
hombre y la primera mujer, Adán y Eva, cuando "se paseaba por el vergel
a la brisa de la tarde", (Génesis 3, 8).
Con el pecado original, durante siglos, cae sobre
la Tierra una oscuridad que hace difícil vislumbrar a Dios. Sólo una Promesa de
Redención abre la Esperanza de una futura Luz al escuchar lo que dice el Señor
a la serpiente -diablo tentador-: "...enemistad pondré entre ti y la
mujer y entre tu prole y su prole, la cual te apuntará la cabeza mientras tú
apuntarás a su calcañar" (Génesis 3, 15).
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En efecto, la Luz divina vuelve a iluminar la
Tierra con la Venida de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
"...el Sol naciente ha venido a visitarnos
desde lo alto",
nos dirá san Lucas
(Lucas 1, 78).
Transcurren treinta y tres años de la Vida de
Cristo...
Después de la Última Cena, en aquella entrañable
"tertulia", el Señor dice a sus discípulos: "...yo os digo la
verdad: Os conviene que me vaya, pues si no me voy, el Paráclito no vendrá a
vosotros. En cambio, si yo me voy os lo enviaré" (Juan 16, 7).
Pero Jesús, que no dio
explicaciones de por qué el Paráclito no vendría si Él no se iba, después de su
Muerte y Resurrección se esconderá ante la mirada de los hijos de los hombres
bajo el velo de las Especies Sacramentales de la Eucaristía, sin que ninguna
luz de este mundo pueda desvelar el Cuerpo Glorioso de Jesús Resucitado.
Y cuando después de recibir a Jesús en la Sagrada
Comunión se quede en nuestra alma, el Espíritu Santo, este Espíritu que es
Espíritu de Cristo, volverá a esconderse en el alma en Gracia, siendo su
Presencia revelada por los destellos de sus Frutos divinos, de los que san
Pablo enumera nueve: Caridad, Gozo, Paz, Longanimidad, Benignidad, Bondad, Fe,
Mansedumbre y Continencia (cfr. Gálatas 5, 22-23).
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A nosotros, ahora, nos toca descubrir lo que es la
Vida Eterna; y podremos porque nuestra "vida está escondida con Cristo
en Dios", como dice san Pablo (Colosenses 3, 3); y nos será fácil si
escuchamos la revelación que nos hace Jesús: "Esta es la vida eterna:
Que te conozcan a Ti (Padre), el único Dios verdadero, y a Jesucristo a
quien Tú has enviado" (Juan 17, 3).
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El cristiano, debiendo dar
culto a Dios individualmente, debe ofrecerle
También culto público, en cuanto que
forma parte de un grupo humano: el Pueblo de Dios.
Lo comprobamos por la prensa
diaria. Con rabiosa actualidad se rinde homenaje a mucha gente: a unos
merecidamente, pero a otros ¿por qué y de qué?
Hoy es aplaudido un futbolista por sus hinchas;
ayer, un escritor por sus lectores; y mañana, ¿un político por sus seguidores
de turno, ¡quién sabe!
¿Razón de tanto homenaje? La naturaleza humana que
necesita expresar sus sentimientos con el corazón, con la palabra y con las
obras, interna y externamente.
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Y Dios, que habita en la Tierra, en todos los
Sagrarios del mundo, ¿no es Él el más digno de homenaje público?, Él, que es
Sabio entre los sabios, Artífice entre los artistas, Rey entre los reyes.
Homenaje tributado en honor de Dios es el culto
público celebrado en los actos litúrgicos, en las oraciones comunitarias, en
las procesiones.
Así, por el culto público, los fieles creyentes,
formando un pueblo, el Pueblo de Dios, para alabanza de su gloria (cfr. Efesios
1, 14) celebrarán la Excelsitud y Sublimidad de la Majestad divina, sin relegar
el culto divino al solo acto interior de la conciencia.
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Desde antiguo, el Pueblo de Israel da culto a Dios,
entonando Salmos:
"Ofrendad al Señor, razas humanas,
venid a ofrecer al Señor honra y gloria.
Tributad al Señor la gloria debida a su Nombre.
Postraos ante el Señor en su atrio santo;
adorad al Señor en su santa morada;
temblad en su presencia, tierra entera" (Salmo 95, 7-9).
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