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“Mensaje del precursor” es el
título de la reflexión homilética del teólogo y sacerdote José-Román Flecha
Andrés
Los profetas son enviados por Dios
para nuestra salvación. Es verdad que demasiadas veces tienen que denunciar el
mal y el pecado. Pero son llamados para ser pregoneros de esperanza: anuncian
un mundo de paz y de armonía que Dios ha preparado para nosotros. Su mensaje es
siempre una buena noticia.
El texto que hoy se proclama en la
liturgia está contenido en la última parte del libro de Isaías. Y resume la
misión de un profeta, sobre el que reposa el Espíritu de Dios. Ha sido enviado
para aliviar el dolor de los que sufren y anunciarles la gracia del Señor. Es
verdad que él es el primer beneficiado. Una misión como ésa llena de gozo al
profeta.
Pero su misión es prenda de
bendición para su pueblo y para todos los pueblos de la tierra. Dios no es tacaño
en repartir sus dones. El mundo de justicia que anuncia el profeta tiene
dimensiones universales: “Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace
brotar sus semillas así el Señor hará brotar la justicia y los himnos, ante
todos los pueblos” (Is 61,11).
VIDA Y LIBERTAD
Junto a la figura de Isaías, la
liturgia del Adviento nos presenta una y otra vez la imagen fascinante de Juan Bautista, el Precursor del Mesías
esperado por Israel. En el texto evangélico de hoy (Jn 1, 5-8, 19-28), el mismo
Juan define su misión por medio de tres rotundas negaciones y de una extraña
afirmación.
• Juan no es el Mesías tan larga e
intensamente esperado por su pueblo. Tampoco es el profeta Elías, arrebatado a
los cielos por un carro de fuego, del que las gentes decían que habría de
regresar un día (Eclo 48,10). Ni es el misterioso profeta, semejante a Moisés,
que Dios había anunciado al gran guía de su pueblo (Dt 18,18).
• Después de estas tres claras y
cortantes negaciones, cabía esperar una afirmación. Pues bien, Juan el Bautista
se presenta a sí mismo con una frase que se encuentra en la segunda parte del
libro de Isaías: “Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del
Señor”. No era mucho. Pero él no pretendía ser más que una voz abierta a la
esperanza y a la conversión.
La voz puede resonar potente en un
lugar estepario. Pero su eco se pierde al otro lado de las colinas. Su potencia
y su debilidad van parejas. Con todo, la voz de Juan exhorta a preparar los
caminos para la nueva liberación. Él sabía y anunciaba que Dios tenía planes de
vida y de libertad para su pueblo y para todos los pueblos.
PRESENTE PERO DESCONOCIDO
“En medio de vosotros hay uno que
no conocéis, el que viene detrás de mí” (Jn 1, 26). Al referirse a Cristo, el
segundo de los prefacios del Adviento añade: “A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con
inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los
hombres”. El evangelio de hoy nos
da cuenta de esta revelación.
• “En medio de vosotros hay uno
que no conocéis”. También hoy Juan Bautista dirige esas palabras a cada uno de nosotros. Los que nos
llamamos cristianos no siempre somos conscientes de la presencia de Cristo en
el mundo. Y sin embargo, Él está en la asamblea litúrgica, en la Palabra evangélica
que se proclama, en la Eucaristía y en el fondo de nuestro corazón. No
conocerlo y no reconocerlo nos descalifica como discípulos.
• “En medio de vosotros hay uno
que no conocéis”. El mensaje del Precursor se dirige también a toda la Iglesia.
La comunidad de los seguidores de Jesús ha de reconocerlo siempre en la persona
de los pobres. Jesús nos dijo que los tendremos siempre con nosotros como
recordatorio de su presencia y como llamada a nuestra responsabilidad.
• “En medio de vosotros hay uno
que no conocéis”. La Iglesia, por otra parte, ha de ejercer a lo largo de los
siglos el papel de Juan Bautista. También ella ha de anunciar la presencia de
Cristo e interpelar a toda la humanidad. Creyentes y no creyentes han de
escuchar el lamento de los hambrientos y sedientos, de los encarcelados y los
enfermos. Con ellos se identificó Jesucristo. Y por la atención que se les
preste se define el progreso integral de los pueblos y la justicia de sus
estructuras.
- Señor Jesús, con esperanza y
humildad te pedimos que no cieguen nuestra vista las luces de este mundo, para
que podamos descubrirte presente entre nosotros y acogerte con un corazón
generoso. Amén.
José-Román Flecha Andrés
Universidad Pontificia de
Salamanca
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