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“Dios le dará el trono de
David” es el título de la reflexión homilética del teólogo y sacerdote
José-Román Flecha Andrés
La figura de David es como un
diamante con muchas facetas. En la primera lectura que hoy se proclama, aparece
como un rey profundamente religioso y preocupado por el culto. Llama al profeta
Natán y le dice: “Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca
del Señor vive en una tienda” (2 Sam 7, 2).
Tan interesante como la figura de
David es la de Natán. En un primer momento el profeta aprueba la decisión real
de construir un templo para el Señor. Pero en el silencio de la noche, recibe
este oráculo del Señor: “Ve y dile a mi siervo David: ¿Eres tú quien me va a
construir una casa para que habite en ella?” (2 Sam 7,5).
Tal vez había motivos poco
religiosos para aquella decisión del rey. ¿Había de servir el templo para
manifestar la gloria del nuevo reinado? ¿Se trataba con él de vendar y curar
las heridas creadas por el cambio de la dinastía? ¿Pretendía el rey utilizar el proyecto del templo
para acercar al trono a las tribus de Israel?
Nada de esto se nos dice. Pero hay
un cambio de sujetos que es elocuente. En el texto se contraponen el “yo” y el
“tú”. David tiene un proyecto personal y Dios se lo cuestiona: “¿Eres tú quien
me va a construir una casa para que habite en ella?”. Dios no se deja
domesticar ni ganar en generosidad. Es Él quien le dará a David una casa y una
dinastía.
DAVID Y MARÍA
El evangelio de este cuarto
domingo de cuaresma supone a la vez una continuación y un contraste con
relación a la primera lectura.
- La continuación
está señalada por el mensaje que el ángel Gabriel transmite a María. Tendrá un
hijo a quien el Señor Dios le dará el trono de David su padre (Lc 1, 32). En
María de Nazaret se cumple la profecía que el profeta Natán había transmitido
al rey David. Efectivamente, Dios le había dado una casa.
El último anillo de
aquella dinastía habría de llamarse Jesús. Con su mismo nombre se resumía su
misión de hacer visible la salvación que Dios ofrece a los hombres. Heredaba el
reino de David, pero su reinado no se vería limitado por el tiempo y por el
espacio. Sería eterno y universal.
- El contraste se
hace evidente en las palabras finales de María. David decidía por sí mismo.
María se pone a disposición de Dios. David hablaba como un rey y pretendía
hacer él un templo para el Señor. María habla como una sierva y responde al
anuncio del ángel dejando la iniciativa a Dios: “Hágase en mí según tu
palabra”.
La lección que se
desprende de esa contraposición es bien clara. Ni la dinastía de David ni la
salvación humana pueden nacer de una voluntad autónoma e interesada. El templo
había de levantarse cuando el mismo Dios diera la señal. El último eslabón de
la casa de David ha nacido por la voluntad y el poder del mismo Dios.
DIOS Y SU HIJO
En el mensaje del ángel se sugiere
que Dios cuenta con la voluntad humana, al tiempo que se nos revela la grandeza
del misterio del nacimiento de Jesús:
• “El Espíritu Santo
vendrá sobre ti”. Al comienzo de todo, el Espíritu aleteaba sobre las aguas
primordiales. Él había de dar origen al orden y a la belleza del mundo, a la
vida multiforme y variada y a la grandeza de los hijos de Dios. Ahora aletea
sobre María para dar origen a la nueva vida: la del Hijo de Dios y la de sus
seguidores.
• “La fuerza del
Altísimo te cubrirá con su sombra”. A lo largo del largo camino por el
desierto, la nube de Dios se posaba sobre la tienda en la que Él se comunicaba
con Moisés. Ahora, la sombra del Altísimo va a constituir a Jesús como el nuevo
lugar de la alianza y como el profeta definitivo.
• “El Santo que va a
nacer se llamará Hijo de Dios”. A
lo largo de los siglos, Dios se había mostrado como Padre de su pueblo. Lo
había engendrado, educado y protegido. Ahora Dios revelaba su santidad en el
Hijo de María que, con toda razón se revelaba como el Hijo de Dios. En esa
filiación y en su filialidad habíamos de participar todos.
- Señor Jesús, “María
te esperó con inefable amor de Madre”. Junto a ella vivimos, esperando tu
manifestación a este mundo salvado por ti del pecado y de la náusea. Bienvenido
seas a esta tierra que es la tuya. Amén.
José-Román
Flecha Andrés
Universidad
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