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Hay verdades fundamentales de la fe
cristiana que estamos acostumbrados a oír, y a las cuales prestamos nuestro
asentimiento como la cosa más normal del mundo. Sin embargo, en determinados
momentos, cuando las decisiones vitales han de basarse en la real aceptación de
lo que decimos creer firmemente, asoma una cierta desconfianza respecto de esas
verdades. Parece que se aceptan, pero
sin que ello comprometa demasiado la propia vida. Da la impresión, entonces, de
que por muy fundamentales que sean esas verdades, son más fuertes el miedo al
rechazo que puede provocar su exposición, o la duda de que vayan a producirse
los frutos en la medida y en el plazo que imaginamos o desearíamos. Vamos al
caso concreto. 
El Evangelio está lleno de afirmaciones
hechas por el mismo Jesucristo, de cuyas palabras ningún cristiano manifestaría
dudar. Sin embargo, cuando esas palabras ponen en juego la propia vida, el
prestigio propio, o incluso la propia orientación del trabajo, del futuro o de
la vida familiar, son muchos los que sucumben. Su comportamiento discurre como
si no estuvieran del todo convencidos de lo que afirman creer.
El Señor ha dicho: “No temáis, yo he vencido
al mundo”, “Venid a mí los que estéis casados y agobiados que yo os aliviaré,
porque mi yugo es suave y mi carga es ligera”, “Tú eres Pedro, y sobre esta
piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra
ella”, “Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá, buscad y encontraréis”,
“Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá”.
Si el Señor manifiesta que el mundo ya está
vencido por él, como ocurrió en su muerte y resurrección, ¿por qué temer que
las corrientes mundanas vayan a poder contra la Iglesia hasta vencer la fuerza
de su condición de Cuerpo de Cristo y testimonio de su amor infinito y
redentor? Sin embargo, así parece ocurrir cuando, con motivo de cualquier
circunstancia adversa, se abandona la acción pastoral o apostólica en un sector
especialmente difícil. Para disimular
esa falta de fe en las palabras de Jesucristo suele justificarse la retirada
pretendiendo explicar que, para persistir con sentido en el trabajo abandonado,
sería necesaria una previa actuación en otro sector directamente relacionado
con el que se abandona. Si eso fuera verdad, ¿cuál sería el sector por el que
comenzar?
Es frecuente escuchar que no se puede llevar
a cabo un apostolado serio entre los niños si los padres permanecen alejados o
contrarios a lo que están recibiendo en la catequesis o en el colegio. Pero ¿se
puede pensar que los padres vayan a prestar la debida colaboración apostólica
si han llegado al matrimonio desde una juventud distante del evangelio y
abandonada a una cultura de la satisfacción inmediata de las apetencias
materiales? En este caso habría que comenzar por los jóvenes. Pero ¿qué pasa
con la pastoral y el apostolado entre los jóvenes, cuya eficacia es considerada
por muchos casi nula puesto que la juventud aparece volcada a la
superficialidad, a la promiscuidad, a la falta de valores y a la inmediatez? En
ese caso habría que comenzar por los niños. Y nos encontraríamos con la
dificultad inicial.
Para romper el círculo vicioso que
fácilmente se establece en cualquier intento de justificar la retirada o la
notable reducción de una tarea pastoral o apostólica, es necesario toma muy en
serio las palabras de Jesucristo; es necesario meditar frecuentemente en ellas;
es necesario convertirlas en motivo de oración para que el Señor nos conceda la
gracia de creer firmemente en que es posible que se realice la obra del Señor a
través nuestro; es necesario pedir a Dios el don de la paciencia evangélica
para saber esperar el tiempo de los frutos.
Es posible que estas consideraciones den la
impresión de pertenecer a los sermones convencionales; pero constituyen el
nervio fundamental de toda acción pastoral y apostólica. El Señor nos pide
vencer el miedo apoyándonos en su palabra, en su testimonio personal y en el
ejemplo de los santos que nos precedieron y que llegaron a realizar acciones
aparentemente prodigiosas en situaciones de mayor adversidad que las nuestras.;
y todo porque creyeron firmemente en el Señor y fueron capaces de actuar en su
nombre.
El problema que tenemos es un problema de
fe. Necesitamos revisar los fundamentos en que la apoyamos. Necesitamos
pensar analizando los problemas con
serenidad. Necesitamos asumir nuestras responsabilidades eclesiales con el
ánimo puesto en el Señor.
Santiago.
Arzobispo de Mérida-Badajoz
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