|
Desde 1968 el 1
de enero de cada año es, por iniciativa papal, la Jornada Mundial de Oración
por la Paz. “Educar a los jóvenes en la justicia y la paz” es el tema propuesto
por el Papa Benedicto XVI para 2012. Este es el texto completo del mensaje: 1. El comienzo de un Año nuevo, don de Dios a la
humanidad, es una invitación a desear a todos, con mucha confianza y afecto,
que este tiempo que tenemos por delante esté marcado por la justicia y la paz. 
¿Con qué actitud debemos mirar el nuevo año? En el
salmo 130 encontramos una imagen muy bella. El salmista dice que el hombre de
fe aguarda al Señor «más que el centinela la aurora» (v. 6), lo aguarda con una
sólida esperanza, porque sabe que traerá luz, misericordia, salvación. Esta
espera nace de la experiencia del pueblo elegido, el cual reconoce que Dios lo
ha educado para mirar el mundo en su verdad y a no dejarse abatir por las
tribulaciones. Os invito a abrir el año 2012 con dicha actitud de confianza. Es
verdad que en el año que termina ha aumentado el sentimiento de frustración por
la crisis que agobia a la sociedad, al mundo del trabajo y la economía; una
crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas. Parece como si
un manto de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro tiempo y no dejara ver
con claridad la luz del día. En esta oscuridad, sin embargo, el corazón del hombre
no cesa de esperar la aurora de la que habla el salmista. Se percibe de manera
especialmente viva y visible en los jóvenes, y por esa razón me dirijo a ellos
teniendo en cuenta la aportación que pueden y deben ofrecer a la sociedad. Así
pues, quisiera presentar el Mensaje para la XLV Jornada Mundial de la Paz en
una perspectiva educativa: «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz»,
convencidos de que ellos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales,
pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza. Mi mensaje se dirige también a los padres, las
familias y a todos los estamentos educativos y formativos, así como a los
responsables en los distintos ámbitos de la vida religiosa, social, política,
económica, cultural y de la comunicación. Prestar atención al mundo juvenil,
saber escucharlo y valorarlo, no es sólo una oportunidad, sino un deber
primario de toda la sociedad, para la construcción de un futuro de justicia y
de paz. Se ha de transmitir a los jóvenes el aprecio por el
valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio
del bien. Éste es un deber en el que todos estamos comprometidos en primera
persona. Las preocupaciones manifestadas en estos últimos
tiempos por muchos jóvenes en diversas regiones del mundo expresan el deseo de
mirar con fundada esperanza el futuro. En la actualidad, muchos son los
aspectos que les preocupan: el deseo de recibir una formación que los prepare
con más profundidad a afrontar la realidad, la dificultad de formar una familia
y encontrar un puesto estable de trabajo, la capacidad efectiva de contribuir
al mundo de la política, de la cultura y de la economía, para edificar una
sociedad con un rostro más humano y solidario. Es importante que estos fermentos, y el impulso
idealista que contienen, encuentren la justa atención en todos los sectores de la sociedad. La Iglesia mira
a los jóvenes con esperanza, confía en ellos y los anima a buscar la verdad, a
defender el bien común, a tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos
capaces de ver «cosas nuevas» (Is 42,9; 48,6). Los responsables de la educación 2. La educación es la aventura más fascinante y
difícil de la vida. Educar –que viene de educere en latín– significa
conducir fuera de sí mismos para introducirlos en la realidad, hacia una
plenitud que hacer crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de
dos libertades, la del adulto y la del joven. Requiere la responsabilidad del
discípulo, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la
realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo.
Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o
informaciones, son más necesarios que nunca; testigos que sepan ver más lejos
que los demás, porque su vida abarca espacios más amplios. El testigo es el
primero en vivir el camino que propone. ¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera
educación en la paz y en la justicia? Ante todo la familia, puesto que los
padres son los primeros educadores. La familia es la célula originaria de la
sociedad. «En la familia es donde los hijos aprenden los valores humanos y
cristianos que permiten una convivencia constructiva y pacífica. En la familia es
donde se aprende la solidaridad entre las generaciones, el respeto de las
reglas, el perdón y la acogida del otro»[1].Ella
es la primera escuela donde se recibe educación para la justicia y la paz. Vivimos en un mundo en el que la familia, y también la
misma vida, se ven constantemente amenazadas y, a veces, destrozadas. Unas
condiciones de trabajo a menudo poco conciliables con las responsabilidades
familiares, la preocupación por el futuro, los ritmos de vida frenéticos, la
emigración en busca de un sustento adecuado, cuando no de la simple
supervivencia, acaban por hacer difícil la posibilidad de asegurar a los hijos
uno de los bienes más preciosos: la presencia de los padres; una presencia que
les permita cada vez más compartir el camino con ellos, para poder
transmitirles esa experiencia y cúmulo de certezas que se adquieren con los
años, y que sólo se pueden comunicar pasando juntos el tiempo. Deseo decir a
los padres que no se desanimen. Que exhorten con el ejemplo de su vida a los
hijos a que pongan la esperanza ante todo en Dios, el único del que mana
justicia y paz auténtica. Quisiera dirigirme también a los responsables de las
instituciones dedicadas a la educación: que vigilen con gran sentido de
responsabilidad para que se respete y valore en toda circunstancia la dignidad
de cada persona. Que se preocupen de que cada joven pueda descubrir la propia
vocación, acompañándolo mientras hace fructificar los dones que el Señor le ha
concedido. Que aseguren a las familias que sus hijos puedan tener un camino
formativo que no contraste con su conciencia y principios religiosos. Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura
al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el
que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza
interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría
que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de
participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y
fraterna. Me dirijo también a los responsables políticos,
pidiéndoles que ayuden concretamente a las familias e instituciones educativas
a ejercer su derecho deber de educar. Nunca debe faltar una ayuda adecuada a la
maternidad y a la paternidad. Que se esfuercen para que a nadie se le niegue el
derecho a la instrucción y las familias puedan elegir libremente las
estructuras educativas que consideren más idóneas para el bien de sus hijos.
Que trabajen para favorecer el reagrupamiento de las familias divididas por la
necesidad de encontrar medios de subsistencia. Ofrezcan a los jóvenes una
imagen límpida de la política, como verdadero servicio al bien de todos. No puedo dejar de hacer un llamamiento, además, al
mundo de los medios, para que den su aportación educativa. En la sociedad
actual, los medios de comunicación de masa tienen un papel particular: no sólo
informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por
tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es
importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy
estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que
influye positiva o negativamente en la formación de la persona. También los jóvenes han de tener el valor de vivir
ante todo ellos mismos lo que piden a quienes están en su entorno. Les
corresponde una gran responsabilidad: que tengan la fuerza de usar bien y
conscientemente la libertad. También ellos son responsables de la propia
educación y formación en la justicia y la paz. Educar en la verdad y en la libertad 3. San Agustín se preguntaba: «Quid enim fortius
desiderat anima quam veritatem? - ¿Ama algo el alma con más ardor que la
verdad?»[2].
El rostro humano de una sociedad depende mucho de la contribución de la
educación a mantener viva esa cuestión insoslayable. En efecto, la educación
persigue la formación integral de la persona, incluida la dimensión moral y
espiritual del ser, con vistas a su fin último y al bien de la sociedad de la
que es miembro. Por eso, para educar en la verdad es necesario saber sobre todo
quién es la persona humana, conocer su naturaleza. Contemplando la realidad que
lo rodea, el salmista reflexiona: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus
dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te
acuerdes de él, el ser humano, para que de él te cuides?» (Sal 8,4-5).
Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Quién es el hombre?
El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de
verdad –no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida– porque ha
sido creado a imagen y semejanza de Dios. Así pues, reconocer con gratitud la
vida como un don inestimable lleva a descubrir la propia dignidad profunda y la
inviolabilidad de toda persona. Por eso, la primera educación consiste en
aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a
tener un profundo respeto por cada ser humano y ayudar a los otros a llevar una
vida conforme a esta altísima dignidad. Nunca podemos olvidar que «el auténtico
desarrollo del hombre se refiere a la totalidad de la persona en todas sus
dimensiones»[3],incluida
la trascendente, y que no se puede sacrificar a la persona para obtener un bien
particular, ya sea económico o social, individual o colectivo. Sólo en la relación con Dios comprende también el
hombre el significado de la propia libertad. Y es cometido de la educación el
formar en la auténtica libertad. Ésta no es la ausencia de vínculos o el
dominio del libre albedrío, no es el absolutismo del yo. El hombre que cree ser
absoluto, no depender de nada ni de nadie, que puede hacer todo lo que se le
antoja, termina por contradecir la verdad del propio ser, perdiendo su
libertad. Por el contrario, el hombre es un ser relacional, que vive en
relación con los otros y, sobre todo, con Dios. La auténtica libertad nunca se
puede alcanzar alejándose de Él. La libertad es un valor precioso, pero delicado; se la
puede entender y usar mal. «En la actualidad, un obstáculo particularmente
insidioso para la obra educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad y
cultura, del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como
última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la
libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del
otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio “yo”. Por consiguiente,
dentro de ese horizonte relativista no es posible una auténtica educación, pues
sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona queda condenada a dudar
de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la
validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común»[4]. Para ejercer su libertad, el hombre debe superar por
tanto el horizonte del relativismo y conocer la verdad sobre sí mismo y sobre
el bien y el mal. En lo más íntimo de la conciencia el hombre descubre una ley
que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz lo llama a
amar, a hacer el bien y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien que
ha hecho y del mal que ha cometido[5].Por
eso, el ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado con la ley moral
natural, que tiene un carácter universal, expresa la dignidad de toda persona,
sienta la base de sus derechos y deberes fundamentales, y, por tanto, en último
análisis, de la convivencia justa y pacífica entre las personas. El uso recto de la libertad es, pues, central en la
promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno mismo y
hacia el otro, aunque se distancie de la propia forma de ser y vivir. De esa
actitud brotan los elementos sin los cuales la paz y la justicia se quedan en
palabras sin contenido: la confianza recíproca, la capacidad de entablar un
diálogo constructivo, la posibilidad del perdón, que tantas veces se quisiera
obtener pero que cuesta conceder, la caridad recíproca, la compasión hacia los
más débiles, así como la disponibilidad para el sacrificio. Educar en la justicia 4. En nuestro mundo, en el que el valor de la persona,
de su dignidad y de sus derechos, más allá de las declaraciones de intenciones,
está seriamente amenazo por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a
los criterios de utilidad, del beneficio y del tener, es importante no separar
el concepto de justicia de sus raíces transcendentes. La justicia, en efecto,
no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado
originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser
humano. La visión integral del hombre es lo que permite no caer en una
concepción contractualista de la justicia y abrir también para ella el
horizonte de la solidaridad y del amor[6]. No podemos ignorar que ciertas corrientes de la
cultura moderna, sostenida por principios económicos racionalistas e
individualistas, han sustraído al concepto de justicia sus raíces
transcendentes, separándolo de la caridad y la solidaridad: «La “ciudad del
hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y
más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad
manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando
valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo»[7]. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la
justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Serán saciados
porque tienen hambre y sed de relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus
hermanos y hermanas, y con toda la creación. Educar en la paz 5. «La paz no es sólo ausencia de guerra y no se
limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse
en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre
comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas
y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad»[8].La
paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios.
Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz,
Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos
separaban a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él, hay una única familia
reconciliada en el amor. Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino
también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores
de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la
colaboración, la fraternidad; hemos de ser activos dentro de las comunidades y
atentos a despertar las consciencias sobre las cuestiones nacionales e
internacionales, así como sobre la importancia de buscar modos adecuados de
redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación
al desarrollo y de la resolución de los conflictos. «Bienaventurados los que
trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt
5,9). La paz para todos nace de la justicia de cada uno y
ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según
las propias competencias y responsabilidades. Invito de modo particular a los
jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia los ideales, a tener la
paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por
lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir
contracorriente. Levantar los ojos a Dios 6. Ante el difícil desafío que supone recorrer la vía
de la justicia y de la paz, podemos sentirnos tentados de preguntarnos como el
salmista: «Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal
121,1). Deseo decir con fuerza a todos, y particularmente a
los jóvenes: «No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir
la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra
libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico [...], mirar a
Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor
eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?»[9].
El amor se complace en la verdad, es la fuerza que nos hace capaces de
comprometernos con la verdad, la justicia, la paz, porque todo lo excusa, todo
lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1 Co 13,1-13). Queridos jóvenes, vosotros sois un don precioso para
la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo ante a las dificultades y no
os entreguéis a las falsas soluciones, que con frecuencia se presentan como el
camino más fácil para superar los problemas. No tengáis miedo de comprometeros,
de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que
requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación. Vivid con confianza
vuestra juventud y esos profundos deseos de felicidad, verdad, belleza y amor
verdadero que experimentáis. Vivid con intensidad esta etapa de vuestra vida
tan rica y llena de entusiasmo. Sed conscientes de que vosotros sois un ejemplo y
estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os esforcéis por superar las
injusticias y la corrupción, cuanto más deseéis un futuro mejor y os
comprometáis en construirlo. Sed conscientes de vuestras capacidades y nunca os
encerréis en vosotros mismos, sino sabed trabajar por un futuro más luminoso
para todos. Nunca estáis solos. La Iglesia confía en vosotros, os sigue, os
anima y desea ofreceros lo que tiene de más valor: la posibilidad de levantar
los ojos hacia Dios, de encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la
paz. A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados por la
causa de la paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a la que todos
debemos aspirar. Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos mutuamente
en nuestro camino, trabajemos para dar a nuestro mundo un rostro más humano y
fraterno y sintámonos unidos en la responsabilidad respecto a las jóvenes
generaciones de hoy y del mañana, particularmente en educarlas a ser pacíficas
y artífices de paz. Consciente de todo ello, os envío estas reflexiones y os
dirijo un llamamiento: unamos nuestras fuerzas espirituales, morales y
materiales para «educar a los jóvenes en la justicia y la paz». Vaticano, 8 de diciembre de 2011 BENEDICTUS PP XVI
Notas [1] Discurso a los Administradores de la Región del Lacio, del
Ayuntamiento y de la Provincia de Roma, (14 enero 2011), L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (23 enero 2011), 3. [2] Comentario al Evangelio de S.
Juan, 26,5. [3] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 11: AAS
101 (2009), 648; cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 14: AAS
59 (1967), 264. [4] Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial
de la diócesis de Roma (6 junio 2005): AAS 97 (2005), 816. [5] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 16. [6]Cf. Discurso en el Bundestag (Berlín, 22 septiembre
2011): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 septiembre
2011), 6-7. [7] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 6: AAS
101 (2009), 644-645. [8] Catecismo de la Iglesia Católica, 2304. [9] Vigilia de oración con los jóvenes (Colonia,
20 agosto 2005): AAS 97 (2005), 885-886.
|