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1.- Dondequiera que haya
un hambriento, un extranjero, un enfermo, un encarcelado, allí está Cristo
mismo, que espera nuestra visita y nuestra ayuda. Es ésta la razón principal
que me causa felicidad por estar aquí, para rezar, dialogar y escuchar.
2.- La Iglesia siempre ha
contado, entre las obras de misericordia corporal, la visita a los encarcelados
(Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2447). Y ésta, para ser completa,
requiere una plena capacidad de acogida del detenido, “haciéndole espacio en el
propio tiempo, en la propia casa, en las propias amistades, en las propias
leyes, en las propias ciudades” (Cf. CEI, Evangelización y testimonio de la
caridad, 39).
3.- En efecto, quisiera
ponerme en escucha de las vicisitudes personales de cada uno, pero
lamentablemente no es posible; he venido para deciros sencillamente que Dios os
ama con un amor infinito y que sois siempre hijos de Dios. 
4.- Y el mismo unigénito
Hijo de Dios, el Señor Jesús, experimentó la cárcel, fue sometido a un juicio
ante un tribunal y sufrió la más feroz condena de la pena capital.
5.- Se han de desterrar
también los casos de errores judiciales y los malos tratos a los reclusos, así
como las numerosas ocasiones en que no se aplica la ley, lo que comporta una
violación de los derechos humanos, y también los encarcelamientos que sólo muy
tarde, o nunca, terminan en un proceso.
6.- Los reclusos son seres
humanos que merecen, no obstante su crimen, ser tratados con respeto y
dignidad. Necesitan nuestra atención.
7.- Queridos hermanos y
hermanas, la justicia humana y la divina son muy diversas. Ciertamente, los
hombres no son capaces de aplicar la justicia divina, pero al menos deben
verla, tratar de captar el espíritu profundo que la anima, para que también
ilumine la justicia humana, para evitar –como lamentablemente sucede frecuentemente–
que el detenido se convierta en un excluido.
8.- En efecto, Dios es
Aquel que proclama la justicia con fuerza, pero al mismo tiempo, cura las
heridas con el bálsamo de la misericordia.
9.- Justicia y misericordia, justicia y caridad, puntos cardinales de la
doctrina social de la Iglesia, son dos realidades diferentes sólo para
nosotros, los hombres, que distinguimos atentamente un acto justo de un acto de
amor.
10.- Justo para nosotros
es “lo que al otro le es debido”, mientras misericordioso es lo que es donado
por bondad. Y una cosa parece excluir a la otra. Pero para Dios no es así: en
Él justicia y caridad coinciden; no hay una acción justa que no sea también
acto de misericordia y de perdón y, al mismo tiempo, no hay ninguna acción
misericordiosa que no sea perfectamente justa.
11.- ¡Qué lejana es la lógica de Dios de la nuestra! ¡Y qué diverso del nuestro
es su modo de actuar! El Señor nos invita a comprender y observar el verdadero
espíritu de la ley, para darle pleno cumplimiento en el amor hacia quien está
necesitado.
12.- Queridos amigos, el sistema de detención gira en torno a dos puntos
firmes, ambos importantes: por un lado tutelar a la sociedad de eventuales
amenazas y, por otro, reintegrar a quien se ha equivocado sin pisotear la
dignidad y sin excluirlo de la vida social. Estos dos aspectos tienen su
importancia y tienden a no crear ese “abismo” entre la realidad carcelaria real
y la pensada por la ley, que prevé como elemento fundamental la función
reeducadora de la pena y el respeto de los derechos y de la dignidad de las
personas.
13.- ¡La vida humana
pertenece sólo a Dios, que nos la ha dado, y no es abandonada a la merced de
nadie, ni siquiera a nuestro libre albedrío! Nosotros estamos llamados a
custodiar la perla preciosa de nuestra vida la de los demás.
14.- Sé que la aglomeración y el deterioro de las cárceles pueden hacer aún más
amarga la detención: he recibido varias cartas de detenidos que lo subrayan.
15.- Es importante que las
instituciones promuevan un análisis atento de la situación carcelaria hoy,
verifiquen las estructuras, los medios y el personal, de modo que los detenidos
jamás descuenten una “doble pena”; y es importante promover un desarrollo del
sistema carcelario, que, si bien en el respeto de la justicia, sea cada vez más
adecuado a las exigencias de la persona humana, con el recurso también a las
penas de no detención o a modalidades diversas de detención.
16.- Queridos amigos, hoy es el cuarto domingo del tiempo de Adviento. Que la
Navidad del Señor, ya cercana, vuelva a encender con esperanza y amor vuestro
corazón. El nacimiento del Señor Jesús, del que haremos memoria dentro de pocos
días, nos recuerda su misión de llevar la salvación a todos los hombres, sin
exclusión de nadie. Su salvación no se impone, pero nos llega a través de los
actos de amor, de misericordia y de perdón que nosotros mismos sabemos
realizar.
17.- El Niño de Belén será
feliz cuando todos los hombres vuelvan a Dios con corazón renovado. Pidámosle
en el silencio y en la oración que seamos todos liberados de la prisión del
pecado, de la soberbia y del orgullo.
18.- En efecto, cada uno
tiene necesidad de de salir de esta cárcel interior para estar verdaderamente
libre del mal, de las angustias y de la muerte.
19.- ¡Sólo ese Niño
colocado en el pesebre es capaz de dar a todos esta plena liberación!
20.- Quisiera terminar diciéndoos que la Iglesia sostiene y anima todo esfuerzo
tendente a garantizar a todos una vida digna. Estad seguros de que yo estoy
cerca de cada uno de vosotros, de vuestras familias, de vuestros niños, de
vuestros jóvenes, de vuestros ancianos y os llevo a todos en mi corazón ante
Dios. ¡Que el Señor os bendiga a vosotros y vuestro futuro!
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