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Queridos diocesanos:
Siempre hay una razón para que nos
felicitemos en Navidad: Jesucristo, el Hijo de Dios, ha nacido en carne moral y
nos ha traído la paz, la alegría, la felicidad y la salvación. Esta alegre
noticia acerca a nuestros oídos y a nuestros corazones lo que más deseamos
escuchar los seres humanos, aunque en ocasiones demos la impresión de que no
nos interesa oírlo: Dios está de nuestra parte y Dios es fiel. Es verdad que
esta noticia a veces llega en situaciones difíciles: a unos cuando piensan que
ya han encontrado la felicidad y, por tanto, no necesitan seguir ahondando más
allá de su día a día con sus satisfacciones parciales y superficiales; a otros,
sin embargo, les llega esta noticia cuando sus condiciones de vida son tan
complejas, que les resulta muy difícil entender que esta buena noticia sea
realmente la propuesta que necesitan.
Lo primero le suele suceder a los
satisfechos de bienes, de fiesta, de consumo y de otras cosas, que han logrado
ocultar su interés por cuestiones de fondo, entre ellas las espirituales. A
estos les cuesta pasar más allá de noticias que no estén relacionadas con el
tener y el disfrutar. Lo segundo le sucede en estas navidades a muchos
diocesanos bastante dramáticamente. Son todos los que a lo largo de estos años
de crisis económica se están viendo afectados por ella, de un modo u otro, en
su situación personal y familiar. Por desgracia son cada vez más los que han perdido
el trabajo y han visto disminuidos sus ingresos, algunos parcialmente y otros
por completo. En efecto, son también cada vez más las familias en las que todos
o algunos de sus miembros están parados. Y muchos son los agobiados por las
hipotecas que firmaron en tiempos de bonanza y ahora, sin embargo, les resulta
imposible hacerles frente. Muchos son los jóvenes que ven frustrado su acceso
al primer trabajo o que viven la inestabilidad de unos trabajos que lo mismo
que llegan se van. Muchos viven en esta navidad la angustia del despido en un
mercado laboral sin ofertas y en el que se destruyen de un modo alarmante y
progresivo tantos puestos de trabajo.
A todos y a todas, sea cual sea
vuestra situación, quiero deciros, aunque soy consciente de que os pueda costar
aceptarlo: Nuestra Señor Jesucristo, el que nació como Niño Dios en Belén, no está
ajeno ni lejos de vuestros problemas, al contrario, su nacimiento, su
encarnación, es un gesto solidario, con el que quiere mostrarnos que en nuestras
alegrías y esperanzas, en nuestras tristezas y problemas, él está a nuestro
lado y las comparte. La navidad nos dice que no estamos solos, que,
aunque muchos nos hayan abandonados, Dios no lo ha hecho ni lo hará. Por eso,
os animo a celebrar la navidad más y mejor que nunca, y a buscar en ella los
dos calores que, en medio del frío que a veces hiela nuestros corazones, ella siempre
ofrece: el del amor y el de la
fe. Con ambos la navidad se convierte en un nuevo modo de ser
y de vivir.
Este año la navidad quiere
adornarse también con la austeridad y la solidaridad, dos de sus valores esenciales.
La austeridad, para sentir que hay un modo, de entender la vida, más modesto,
sencillo y respetuoso con los pobres de la tierra; y la solidaridad para saber
compartir lo que aún tengamos. Como ha propuesto Cáritas como lema de esta
navidad: “Vive sencillamente para que
otros, sencillamente, puedan vivir”.
Os lo repito; sean cuales sean las
condiciones humanas de vuestra navidad, quiero compartir con vosotros una muy
buena noticia: Jesús ha nacido. Dejad que entre por las rendijas de vuestros
problemas y os puedo asegurar que, a pesar de todos los pesares, encontraréis
la paz y la felicidad.
Que el Niño Dios, que os quiere tanto, os ayude a todos y os
abra a caminos de luz y de esperanza.
Con mi afecto y bendición os
repito: Feliz Navidad 2011.
+ Amadeo Rodríguez Magro - Obispo de Plasencia
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