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La memoria revive los acontecimientos
pasados. Hoy celebramos la traslación de los restos mortales del Apóstol
Santiago el Mayor, en torno a cuya tumba se construyó nuestra Catedral cuyo
VIII Centenario de la
Consagración hemos conmemorado.
Esta
efemérides ha sido significativa para la comunidad diocesana, para la ciudad en
la que se asienta la “Iglesia madre” de la Diócesis, y para toda la Iglesia que considera
nuestra Catedral como maestra cuando explica la fe a través del Pórtico de la Gloria,
como hospitalera cuando acoge al peregrino cansado por los agobios y las
incertidumbres de la vida, y como guardiana que vela ante la tumba del Apóstol
Santiago el Mayor. 
Ésta
sigue atrayendo a numerosos peregrinos que llegan para recordar la tradición
apostólica que fundamenta nuestra fe, suscitando el deseo de ser como el
Apóstol, amigos y testigos del Señor, y reconociendo que “vivir en la caridad
es un gozoso anuncio para todos, haciendo creíble el amor de Dios que no
abandona a nadie”. El amigo del Señor hace que en nuestra Catedral resuene la esperanza cristiana que da
vigor e impulso a la fe y se convierte en fuente de amor y de servicio al
prójimo porque la fe funda la esperanza y el amor la acrecienta.
Santidad y sociedad
La historia de la Iglesia enseña que, cuando entre los cristianos ha
florecido la santidad personal y colectiva, también se acrecentó el compromiso apostólico
en todo el pueblo de Dios, reflejándose
en la construcción de una sociedad más humana. En medio de una cultura herida
por la crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas, hemos de
referirnos al Evangelio de Cristo para vivir una vida sobria, honrada y
religiosa. El verdadero cristiano es el hombre creyente que vive seriamente su vocación
de eternidad en el tiempo y su posibilidad cotidiana de conformar su existencia
imitando a Cristo. Sólo la fe vigilante y la fidelidad permanente pueden hacer
nuestras vidas dignas de la salvación en el tiempo y para la eternidad. “Como
pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, nos dice san Pablo, sea vuestro
uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la
comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas
contra otro. El Señor os ha perdonado. Haced vosotros lo mismo” (Col 3,12-14).
Observar la ley de Dios y sus preceptos ayuda a que la ciudad de los
hombres sea cada vez más conforme a la ciudad de Dios, asumiendo los valores de
la
dignidad de la persona humana, de la laboriosidad, del amor a la familia, del respeto
a la vida, del deseo de cooperación y de paz. Es necesario avivar el compromiso por el bien común a favor,
especialmente, de los necesitados. Velar por Dios es velar por el hombre. “Vivimos en un
tiempo caracterizado en gran parte por un relativismo subliminal que penetra
todos los ambientes de la vida. A veces, este relativismo llega a ser
batallador, dirigiéndose contra quienes afirman saber dónde se encuentra la
verdad o el sentido de la vida. Y notamos cómo este relativismo ejerce cada vez
más un influjo sobre las relaciones humanas y sobre la sociedad. Esto se
manifiesta en la inconstancia y discontinuidad de tantas personas y en un
excesivo individualismo. Hay quien parece incapaz de renunciar a nada en
absoluto o a sacrificarse por los demás”.
Testimonio de la
resurrección del Señor
Otra
sociedad es posible si creemos en la resurrección de Cristo y en la vida eterna,
de la que los apóstoles daban testimonio. “Cristo, resucitado de entre los
muertos, brilla en el mundo, y lo hace de la forma más clara, precisamente allí
donde según el juicio humano todo parece sombrío y sin esperanza. Él ha vencido
a la muerte, vive, y la fe en Él, como una pequeña luz, penetra todo lo que es
oscuridad y zozobra. Ciertamente, quien cree en Jesús no siempre ve solamente
el sol en la vida, casi como si pudiera ahorrarse sufrimientos y dificultades;
ahora bien, tiene siempre una luz clara que le muestra el camino hacia la vida
en abundancia (cf. Jn 10, 10).
Los ojos de los que creen en Cristo vislumbran aun en la noche más oscura una luz, y ven ya la claridad de un nuevo día”.
Responsabilidad
de los cristianos
No debemos ocultar nuestro
testimonio cristiano. Nuestra
responsabilidad está en saber actuar, identificados interior y exteriormente
con Cristo, acogiendo la providencia de Dios en nuestra vida y actuando siempre
en la verdad que nos hace libres. “La libertad necesita de una referencia a una
instancia superior. El que haya valores que nada ni nadie pueda manipular, es
la autentica garantía de nuestra libertad. El hombre que se sabe obligado a lo
verdadero y al bien, estará inmediatamente de acuerdo con esto: la libertad se
desarrolla sólo en la responsabilidad ante un bien mayor. Este bien existe sólo
si es para todos; por tanto debo interesarme siempre de mis prójimos. La
libertad no se puede vivir sin relaciones. En la convivencia humana no es
posible la libertad sin solidaridad”.
Aquello que hacemos a costa de otros, no es libertad, sino una acción culpable
que les perjudica a ellos y también a nosotros mismos. Podemos realizarnos como
personas libres cuando usamos también nuestras fuerzas para el bien de los
demás. Esto vale no solo en el ámbito privado, sino también en el social.
Necesidad de personas
creyentes y creíbles
Os tempos de crise son
especialmente tempos de graza. Axúdannos a dirixir a mirada ao esencial, e
chámannos a unha nova decisión, máis alá do desalento e resignación. Só a forza
espiritual da verdade de Cristo pode axudarnos a recuperar a confianza porque a
falta de confianza lévanos á trivialidade. Ante o “drama social e cultural”,
hai que presentar a grandeza e o sentido dunha vida fundada sobre “a solidez da
verdade e a solidariedade, sobre a vivencia do amor e a beleza e o compromiso
co ben e a paz”. No deserto cultural necesitamos mirar a Deus e ter moi
presente o sentido da transcendencia na nosa vida. “Quen negaba e segue negando
a Deus e, en consecuencia, non respecta o home, parece ter a vida doada e
conseguir un éxito material. Pero abonda resgar a superficie para constatar
que, nestas persoas, hai tristura e insatisfacción. Só quen conserva no corazón
o santo temor de Deus ten confianza
tamén no home e emprega a súa existencia en construír un mundo máis xusto e
máis fraterno. Hoxe necesítanse persoas que sexan crentes e cribles, dispostas a difundir en cada ámbito da sociedade
eses principios e ideais cristiáns nos que se inspira a súa acción”. Dubidar
sobre Deus leva a dubidar sobre o ser humano, “pero Deus fíxose home xustamente
para axudarnos a superar estas dúbidas”.
Con confianza poño sobre o Altar,
co Patrocinio do Apóstolo, a vosa ofrenda, Excmo. Sr. Delegado Rexio, tendo en
conta as intencións das Súas Maxestades e da Familia Real, dos nosos
gobernantes estatais, autonómicos e locais, de quen padecen calquera tipo de
violencia física ou moral, e de todos os que formamos os distintos pobos de
España, de xeito especial dos queridos fillos desta terra galega. Encomendo ó
amigo do Señor esta querida Arquidiocese Compostelá para que asuma o compromiso
de transmitir de xeito especial o legado da nosa fe ós nenos e ós mozos para
que sexan a ledicia da Igrexa e a esperanza da nosa sociedade. Pido ao Señor coa
intercesión do Apóstolo Santiago o fortalecemento da nosa vida cristiá, como
membros da única Igrexa de Cristo, a axuda necesaria para Vosa Excelencia, Sr.
Oferente, e os seus colaboradores, a santificación e protección dos padres de familia
a fin de que realicen a súa misión de coidar e educar os seus fillos en
perfecta tranquilidade de espírito. Que Deus nos axude e o Apóstolo Santiago.
Amén.
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