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Homilía del arzobispo compostelano, Julián Barrio, en la fiesta 2011 de la traslación del Apóstol Imprimir E-Mail
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Escrito por Redactora   
viernes, 30 de diciembre de 2011

La memoria revive los acontecimientos pasados. Hoy celebramos la traslación de los restos mortales del Apóstol Santiago el Mayor, en torno a cuya tumba se construyó nuestra Catedral cuyo VIII Centenario de la Consagración hemos conmemorado.

 

Esta efemérides ha sido significativa para la comunidad diocesana, para la ciudad en la que se asienta la “Iglesia madre” de la Diócesis, y para toda la Iglesia que considera nuestra Catedral como maestra cuando explica la fe a través del Pórtico de la Gloria, como hospitalera cuando acoge al peregrino cansado por los agobios y las incertidumbres de la vida, y como guardiana que vela ante la tumba del Apóstol Santiago el Mayor. 

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Ésta sigue atrayendo a numerosos peregrinos que llegan para recordar la tradición apostólica que fundamenta nuestra fe, suscitando el deseo de ser como el Apóstol, amigos y testigos del Señor, y reconociendo que “vivir en la caridad es un gozoso anuncio para todos, haciendo creíble el amor de Dios que no abandona a nadie”. El amigo del Señor hace que en nuestra Catedral resuene la esperanza cristiana que da vigor e impulso a la fe y se convierte en fuente de amor y de servicio al prójimo porque la fe funda la esperanza y el amor la acrecienta.

 

Santidad y sociedad

 

La historia de la Iglesia enseña que, cuando entre los cristianos ha florecido la santidad personal y colectiva, también se acrecentó el compromiso apostólico en  todo el pueblo de Dios, reflejándose en la construcción de una sociedad más humana. En medio de una cultura herida por la crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas, hemos de referirnos al Evangelio de Cristo para vivir una vida sobria, honrada y religiosa. El verdadero cristiano es el hombre creyente que vive seriamente su vocación de eternidad en el tiempo y su posibilidad cotidiana de conformar su existencia imitando a Cristo. Sólo la fe vigilante y la fidelidad permanente pueden hacer nuestras vidas dignas de la salvación en el tiempo y para la eternidad. “Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, nos dice san Pablo, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado. Haced vosotros lo mismo” (Col 3,12-14).

 

Observar la ley de Dios y sus preceptos ayuda a que la ciudad de los hombres sea cada vez más conforme a la ciudad de Dios, asumiendo los valores de la dignidad de la persona humana, de la laboriosidad, del amor a la familia, del respeto a la vida, del deseo de cooperación y de paz. Es necesario avivar el compromiso por el bien común a favor, especialmente, de los necesitados. Velar por Dios es velar por el hombre. “Vivimos en un tiempo caracterizado en gran parte por un relativismo subliminal que penetra todos los ambientes de la vida. A veces, este relativismo llega a ser batallador, dirigiéndose contra quienes afirman saber dónde se encuentra la verdad o el sentido de la vida. Y notamos cómo este relativismo ejerce cada vez más un influjo sobre las relaciones humanas y sobre la sociedad. Esto se manifiesta en la inconstancia y discontinuidad de tantas personas y en un excesivo individualismo. Hay quien parece incapaz de renunciar a nada en absoluto o a sacrificarse por los demás”[1].

 

Testimonio de la resurrección del Señor

 

Otra sociedad es posible si creemos en la resurrección de Cristo y en la vida eterna, de la que los apóstoles daban testimonio. “Cristo, resucitado de entre los muertos, brilla en el mundo, y lo hace de la forma más clara, precisamente allí donde según el juicio humano todo parece sombrío y sin esperanza. Él ha vencido a la muerte, vive, y la fe en Él, como una pequeña luz, penetra todo lo que es oscuridad y zozobra. Ciertamente, quien cree en Jesús no siempre ve solamente el sol en la vida, casi como si pudiera ahorrarse sufrimientos y dificultades; ahora bien, tiene siempre una luz clara que le muestra el camino hacia la vida en abundancia (cf. Jn 10, 10). Los ojos de los que creen en Cristo vislumbran aun en la noche más oscura una  luz, y ven ya la claridad de un nuevo día”[2].

 

Responsabilidad de los cristianos

 

No debemos ocultar nuestro testimonio cristiano. Nuestra responsabilidad está en saber actuar, identificados interior y exteriormente con Cristo, acogiendo la providencia de Dios en nuestra vida y actuando siempre en la verdad que nos hace libres. “La libertad necesita de una referencia a una instancia superior. El que haya valores que nada ni nadie pueda manipular, es la autentica garantía de nuestra libertad. El hombre que se sabe obligado a lo verdadero y al bien, estará inmediatamente de acuerdo con esto: la libertad se desarrolla sólo en la responsabilidad ante un bien mayor. Este bien existe sólo si es para todos; por tanto debo interesarme siempre de mis prójimos. La libertad no se puede vivir sin relaciones. En la convivencia humana no es posible la libertad sin solidaridad”[3]. Aquello que hacemos a costa de otros, no es libertad, sino una acción culpable que les perjudica a ellos y también a nosotros mismos. Podemos realizarnos como personas libres cuando usamos también nuestras fuerzas para el bien de los demás. Esto vale no solo en el ámbito privado, sino también en el social.

 

Necesidad de personas creyentes y creíbles

 

Os tempos de crise son especialmente tempos de graza. Axúdannos a dirixir a mirada ao esencial, e chámannos a unha nova decisión, máis alá do desalento e resignación. Só a forza espiritual da verdade de Cristo pode axudarnos a recuperar a confianza porque a falta de confianza lévanos á trivialidade. Ante o “drama social e cultural”, hai que presentar a grandeza e o sentido dunha vida fundada sobre “a solidez da verdade e a solidariedade, sobre a vivencia do amor e a beleza e o compromiso co ben e a paz”. No deserto cultural necesitamos mirar a Deus e ter moi presente o sentido da transcendencia na nosa vida. “Quen negaba e segue negando a Deus e, en consecuencia, non respecta o home, parece ter a vida doada e conseguir un éxito material. Pero abonda resgar a superficie para constatar que, nestas persoas, hai tristura e insatisfacción. Só quen conserva no corazón o santo temor de Deus ten confianza tamén no home e emprega a súa existencia en construír un mundo máis xusto e máis fraterno. Hoxe necesítanse persoas que sexan crentes e cribles, dispostas a difundir en cada ámbito da sociedade eses principios e ideais cristiáns nos que se inspira a súa acción”[4]. Dubidar sobre Deus leva a dubidar sobre o ser humano, “pero Deus fíxose home xustamente para axudarnos a superar estas dúbidas”.

 

Con confianza poño sobre o Altar, co Patrocinio do Apóstolo, a vosa ofrenda, Excmo. Sr. Delegado Rexio, tendo en conta as intencións das Súas Maxestades e da Familia Real, dos nosos gobernantes estatais, autonómicos e locais, de quen padecen calquera tipo de violencia física ou moral, e de todos os que formamos os distintos pobos de España, de xeito especial dos queridos fillos desta terra galega. Encomendo ó amigo do Señor esta querida Arquidiocese Compostelá para que asuma o compromiso de transmitir de xeito especial o legado da nosa fe ós nenos e ós mozos para que sexan a ledicia da Igrexa e a esperanza da nosa sociedade. Pido ao Señor coa intercesión do Apóstolo Santiago o fortalecemento da nosa vida cristiá, como membros da única Igrexa de Cristo, a axuda necesaria para Vosa Excelencia, Sr. Oferente, e os seus colaboradores, a santificación e protección dos padres de familia a fin de que realicen a súa misión de coidar e educar os seus fillos en perfecta tranquilidade de espírito. Que Deus nos axude e o Apóstolo Santiago. Amén.

 



[1] BENEDICTO XVI, Discurso en Friburgo, 24 de septiembre de 2011.

[2] BENEDICTO XVI, Ibid.

[3] BENEDICTO XVI, Discurso en Berlín, 22 de septiembre de 2011.

[4] BENEDICTO XVI, Homilía, 28 de setembro de 2009.

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Modificado el ( domingo, 01 de abril de 2012 )
 
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