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Al venerado hermano Antonio Mª Cardenal Rouco
Varela, Arzobispo de Madrid:
Me es grato
saludar cordialmente a Vuestra Eminencia, así como a los participantes en esa
solemne Eucaristía celebrada en el centro de Madrid con motivo de la fiesta de
la Sagrada Familia, para dar gracias a Dios por este gran misterio que ilumina
todo hogar cristiano y dar muestra a la humanidad entera de esperanza y
alegría. 
Invito a todos a considerar esta celebración como
continuación de la Navidad: Jesús se hizo hombre para traer al mundo la bondad
y el amor de Dios; y lo hizo allí donde el ser humano está más dispuesto a
desear lo mejor para el otro, a desvivirse por él, y a anteponer el amor por
encima de cualquier otro interés y pretensión. Así, vino a una familia de
corazón sencillo, nada presuntuoso, pero henchido de ese afecto que vale más
que cualquier otra cosa. Según el Evangelio, los primeros de nuestro mundo que
fueron a ver a Jesús, los pastores, “vieron a María y a José, y al niño
acostado en el pesebre” (Lc12,6). Aquella familia, por decirlo así, es la
puerta de ingreso en la tierra del Salvador de la humanidad, el cual, al mismo
tiempo, da a la vida de amor y comunión hogareña la grandeza de ser un reflejo
privilegiado del misterio trinitario de Dios.
Esta grandeza es también una espléndida vocación y
un cometido decisivo para la familia, que mi venerado predecesor, el beato Juan
Pablo II, describía hace treinta años como una participación “viva y
responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir,
poniendo al servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en
cuanto comunidad íntima de vida y amor” (Familiaris Consortio, 50). Os animo,
pues, especialmente a las familias que participan en esa celebración, a ser
conscientes de tener a Dios a vuestro lado y de invocarlo siempre para recibir
de él la ayuda necesaria para superar vuestras dificultades, una ayuda cierta,
fundada en la gracia del sacramento del matrimonio. Dejaos guiar por la
Iglesia, a la que Cristo ha encomendado la misión de propagar la buena noticia
de la salvación a través de los siglos, sin ceder a tantas fuerzas mundanas que
amenazan el gran tesoro de la familia, que debéis custodiar cada día.
El Niño Jesús, que crecía y se fortalecía, lleno de
sabiduría, en la intimidad del hogar de Nazaret (cf. Lc2,40), aprendió también
en él de alguna manera el modo humano de vivir. Esto nos lleva a pensar en la
dimensión educativa imprescindible de la familia, donde se aprende a convivir,
se transmite la fe, se afianzan los valores y se va encauzando la libertad,
para lograr que un día los hijos tengan plena conciencia de la propia vocación
y dignidad, y de la de los demás. El calor del hogar, el ejemplo doméstico, es
capaz de enseñar muchas más cosas de las que pueden decir las palabras. Esta
dimensión educativa de la familia puede recibir un aliento especial en el Año
de la Fe, que comenzará dentro de unos meses. Con este motivo, os invito a
revitalizar la fe en vuestras casas y tomar mayor conciencia del Credo que
profesamos.
Cuando sigo evocando con emoción inolvidable la
alegría de los jóvenes reunidos en Madrid para la Jornada Mundial de la
Juventud, pido a Dios, por intercesión de Jesús, María y José, que no dejen de
darle gracias por el don de la familia, que sean agradecidos también con sus
padres, y que se comprometan a defender y hacer brillar la auténtica dignidad
de esta institución primaria para la sociedad y tan vital para la Iglesia. Con
estos sentimientos, os imparto de corazón la Bendición Apostólica”.
Vaticano, 27 de diciembre de 2011.
Benedicto XVI
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