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Plasencia, 30 de diciembre de 2011
Queridas familias, querido
Ovidio:
1. Como ves, estás muy bien acompañado. Todos estos están felices
de poder participar en tu ordenación de diácono, pero también vienen a celebrar
la fiesta de la
Sagrada Familia. Fuimos muy conscientes al elegir esta
celebración litúrgica como el día de tu ordenación; y la razón era obvia: el
misterio de tu vida tiene siempre como fondo a la familia: la familia que es
fuente de todos los dones, la del Dios Trinidad; el seno familiar en el que has
nacido, has crecido y te has criado; y la familia cristiana en la que has
recibido y vivido la fe. Hoy,
en efecto, celebramos la fiesta de la Familia que es modelo de todas las
familias, por ser “hogar de amor, oración y trabajo”, como la definió el Papa
Benedicto en Barcelona.
2. El Evangelio que nos ha sido proclamado nos presenta un texto
especialmente bello y tierno. La ternura y le belleza está en los brazos del anciano
Simeón, hombre justo y piadoso que aguardaba, como gracia del Espíritu, el
consuelo de Israel. No le va a la zaga, en la esperanza y la ternura, Ana, la
profetisa, esa ancianita que no se apartaba del templo y que tenía a flor de
piel la sensibilidad de la fe de los sencillos. Y por eso reconoció en Jesús al
liberador de Israel.
La escena sucede en el lugar de encuentro con el Padre del cielo,
en el templo, a donde la familia se había acercado para cumplir con la ley de
Moisés. Es en el entorno de Dios donde la gracia bendita del Espíritu Santo se
manifiesta, y los padres de Jesús escuchan admirados que su Hijo es luz de las
naciones y gloria de Israel. Y es también en el templo donde quiere Dios que la
madre, que había sido bendecida como la “llena de gracia” para llevar en sus
entrañas al que es vida y salvación y para acompañarle en su misión redentora,
fuera preparando su corazón para el dolor y el amor de la cruz. Tras esta
manifestación luminosa todo vuelve al misterio cotidiano de la vida en Nazaret,
donde “el niño iba creciendo y robusteciéndose; se llenaba de sabiduría y la
gracia de Dios lo acompañaba”. Esto ya sucedía en el hogar que formaron José y
María. Es en familia donde Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nació,
vivió, creció y murió.
3. Hoy es un día, por tanto, para proponer una vez más que la
familia es un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para
la sociedad, un gran tesoro para los esposos, un bien insustituible para los
hijos, para que puedan crecer en un clima de aceptación y de amor” (Benedicto
XVI en Valencia). Hoy es un día para que las familias católicas confiesen y den
testimonio del bien que son y del bien que poseen. Hoy es un día para
manifestar que la familia tiene como misión favorecer el crecimiento de los
hijos, respetarlos y guiarlos; y que tiene la tarea de favorecer el pleno
desarrollo de todas las cualidades que Dios les da.
De todos es sabido que por el bautismo, los hijos son también introducidos
en la familia de Dios, que es la
Iglesia. A partir del renacimiento bautismal, los padres
colaboran con Cristo y la Iglesia en la transmisión de la fe, en la iniciación
cristiana y en el desarrollo vocacional de sus hijos e hijas. La familia es,
como le llamó San Agustín hace más de 1500 años, “iglesia doméstica”. De hecho
es en la convivencia familiar donde se cultivan los valores que los hijos van
plasmando en su vida, cada cual en la vocación a la que es llamado. La
convivencia familiar es donde mejor se cultiva lo que San Pablo propone en la
carta a los Colosenses: “Como elegidos de
Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, la bondad, la
humildad, la dulzura, la comprensión”.
4. También tú, querido Ovidio, procedes de lo que el Señor ha ido
haciendo en ti desde el seno de tu hogar. Son ciertas las palabras del profeta
Jeremías, que hoy han sido proclamadas: “Antes
de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno,
te consagré: te nombre profeta de los gentiles”. Pero el hecho de que
vengas de esa lontananza divina no significa que el Señor, en su llamada, no se
haya servido del cariño y la educación de tus padres para hacerte apto de
recibir la gracia del Señor que hoy te será conferida. La familia pone las
bases humanas y cristianas sobre las que fragua la vocación. Es más, sin
algunos de los valores familiares, la vocación de cada uno no podría
seguramente tener un desarrollo fecundo, como muchas veces se pone de relieve
en nuestros seminarios.
5. Uno de esos valores es el servicio. El servicio, en efecto, se
aprende cada día en la vida familiar. Pues bien, lo que has aprendido en la
convivencia con los tuyos se va a convertir en ti en gracia permanente del
Espíritu Santo, una gracia que sellará tu vida para el servicio de las mesas de
los pobres y de la
Eucaristía. Por la gracia del diaconado tú vas a ser
configurado con Cristo que vino a servir. Ser un servidor, como Jesús, será a
partir de ahora, tu forma de vida y el modo identificativo de tu ser en la
Iglesia y en el mundo.
En estos tiempos, en los que merodea en nuestro entorno la pobreza,
has de saber que tienes la tarea de ser expresión personal y ministerial de la caridad. Te recuerdo
unas palabras del Papa Benedicto, que tú le escuchaste en la catedral de la
Almudena en el encuentro con los seminaristas. Con él te invito a que desees que
se hagan realidad en tu vida: “Pedidle, pues, a Él, -os decía el Papa- que os conceda imitarlo en su caridad hasta el extremo para con todos,
sin rehuir a los alejados y pecadores, de forma que, con vuestra ayuda, se
conviertan y vuelvan al buen camino. Pedidle que os enseñe a estar muy cerca de
los enfermos y de los pobres, con sencillez y generosidad. Afrontad este reto
sin complejos ni mediocridad, antes bien como una bella forma de realizar la vida
humana en gratuidad y en servicio, siendo testigos de Dios hecho hombre,
mensajeros de la altísima dignidad de la persona humana y, por consiguiente,
sus defensores incondicionales.”
6. Te recuerdo que, además de la mesa de los pobres,
servirás la mesa de la Eucaristía, el altar. Y, como tú sabes, entre las dos
hay una relación indisoluble: el servicio cristiano, como expresión del amor de
Cristo, encuentra su fuente en la Eucaristía, donde Cristo está presente como
amor. La gracia sacramental de la Eucaristía está en incrementar el amor. La
gracia sacramental del diaconado consiste en promover el servicio, que es el
ejercicio del amor. Que este periodo del diaconado sea un noviciado cotidiano
en el que aprendas a conocer a fondo el corazón de Cristo y de ese modo puedas
imitarle a lo largo de toda tu vida, en el ejercicio del ministerio, en la
caridad pastoral. Adóralo en la Eucaristía, y ten en cuenta que sólo se adora
en el amor.
7. Recuerda también que para ser servidor has de
tener un corazón fuertemente arraigado en Cristo. El pueblo de Dios que hoy te
acompaña y contempla con gratitud y con orgullo ha de saber que, justamente
para servirles, acabas de comprometerte a vivir célibe. Y lo has hecho por
amor, porque el celibato no te castra ni te limita como persona, sino que te da
plenitud y generosidad, y es causa de tu alegría. El pueblo de Dios ha de saber
que no te conviertes con el celibato en un hombre soltero, sino que eres un
hombre plenamente comprometido con un amor como el de Cristo, en favor de tus
hermanos. Cada célibe por el Reino de los cielos ha de mostrarse como un esposo
enamorado, que se ha comprometido con la Iglesia para dar vida, para engendrar,
educar y hacer crecer vidas. Cada célibe ha de manifestar en su ministerio que,
como el Maestro,
también él vive para que otros tengan vida y la tengan en abundancia.
A este respecto, me vais a permitir que cuente una
bella historia que también a mi me contaron hace sólo unos días, de un
sacerdote de nuestra diócesis, de Don
Emeterio, que se ordenó de sacerdote en zona republicana –concretamente en
Toledo- durante la guerra civil española, en 1938. Como la comunicación con sus
padres, que vivían en Plasencia –zona nacional- era muy difícil y comprometida,
pues se corría el peligro de que alguien les abriese las cartas, según contaba
él, les comunicó su ordenación de esta manera: “el día 18 de septiembre me caso con la novia de siempre”. Hermosa
anécdota, ¿verdad? Pues bien, esto sucede hoy en Ovidio.
8. He dejado para el final el marco necesario de tu
misión, pues el servicio de la Palabra ha de impregnar todo lo que vivas y
hagas. La predicación del Evangelio pertenece a la misión ministerial del
diácono. Enseguida lo veremos de un modo gráfico en la liturgia de la ordenación,
cuando te entregue el Evangelio y te diga: “convierte
en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva, enséñalo y cumple aquello
que has enseñado”. A ti, Ovidio, que has sido enviado por mí a Roma a estudiar
precisamente Sagrada Escritura, te recomiendo que recibas dócilmente lo que
estas palabras te encomiendan.
Benedicto
XVI, en su exhortación apostólica Verbum
Domini habla de un triple acercamiento a la Sagrada Escritura:
la relación personal, la interpretación en la liturgia y en la catequesis y la
investigación científica. Tú tienes ahora por misión estudiar científicamente la Sagrada Escritura,
hazlo con todo tu interés y con todas tus capacidades, pero no olvides tu
relación personal con ella. Rézala. Rézala sobre todo en la Liturgia de las
Horas, que ahora ya es compromiso ministerial para ti. Te recuerdo con Verbum Domini que “los aspirantes al
sacerdocio ministerial están llamados a una profunda relación personal con la
Palabra de Dios”.
Y no olvides nunca que la Palabra es misión, es
evangelización. “En efecto, la Palabra no sólo nos concierne como destinatarios
de la revelación divina, sino también como sus anunciadores. No nos podemos
quedar para nosotros las palabras de vida eterna que hemos recibido en el
encuentro con ella” (VD 91). Por eso, querido Ovidio, aprende en la Palabra a
conocer el amor infinito de Dios y así te verás más a ti mismo como un servidor
de su Palabra salvadora. Deja que la Palabra te renueve interiormente y te abra
a caminos nuevos de servicio, para ser en la Iglesia un nuevo evangelizador, en
la nueva evangelización. Sé como María, oyente de la Palabra, y, como Ella,
proclamarás las grandezas del Señor. Amén.
Amadeo
Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia
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