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El domingo después de la solemnidad de la Epifanía del Señor, la Iglesia celebra la fiesta
del bautismo de Jesús. Este acontecimiento nos lleva a recordar lo que
significa nuestro bautismo.
El bautismo es el primer sacramento de la
iniciación cristiana junto con la confirmación y la eucaristía. A través de
estos tres sacramentos quedamos unidos a Cristo e incorporados a la Iglesia, para vivir en
ella la vida de hijos de Dios. Estos tres sacramentos configuran nuestra
personalidad cristiana. 
Por el bautismo, llamado en la tradición, “puerta de la Iglesia”, Dios sella
la primera adhesión del hombre a Cristo, y el bautizado comienza a vivir la
vida nueva de hijo de Dios en la comunidad de la Iglesia.
El bautismo celebrado en nombre de la Trinidad hace que los
bautizados queden consagrados y entren en la comunión con el Padre y el Hijo y
el Espíritu Santo.
Dios
Padre
actúa con poder en el acontecimiento bautismal, como actuó en la resurrección
del Hijo: “en el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, habéis resucitado
también con Él por la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los
muertos” (Col 2, 12). A la fe, que se profesa solemnemente en la celebración
del bautismo, el Padre responde concediendo al creyente el perdón de los
pecados y la gracia de la condición filial. Gracias al bautismo podemos
dirigirnos a Dios llamándole Abbá (Padre)
y experimentar la ternura del abandono en sus manos incluso en situaciones
difíciles y ante los sufrimientos más grandes de nuestra vida.
El bautismo es también encuentro con el Hijo Jesucristo, una participación en la
muerte y resurrección del Señor. Toda la existencia bautismal es un vivir con
Cristo y en Él, es experimentar su presencia en nosotros: “Estoy crucificado
con Cristo; y vivo yo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,
19-20).
El bautismo es asimismo sacramento de la
acción del Espíritu Santo. El Nuevo
Testamento habla de un bautismo en el Espíritu (cfr. 1 Cor 12, 13; Tit 3, 5) y
define el nacimiento desde arriba como un nacimiento del agua y del Espíritu
(cfr. Jn 3, 5).
El cristiano, hijo en el Hijo Jesucristo
delante del Padre, forma en el Espíritu un solo cuerpo con quienes como él han
sido bautizados en el nombre de la Trinidad. Este cuerpo es la Iglesia.
En resumen, el bautismo nos da el gozo de
ser y de sentirnos hijos amados por el Padre, llamados a vivir en el
seguimiento del Hijo Jesús, guiados por el Espíritu Santo en la comunión
fraterna de la Iglesia. Esta
es la tarea permanente de los bautizados, hombres nuevos, que lo son gracias al
encuentro con Cristo en el agua de la vida, santificada en el nombre de la Trinidad.
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