|
“Escuchar y ver” es el título
de la reflexión homilética del teólogo y sacerdote José-Román Flecha Andrés,
para el segundo domingo del tiempo ordinario B
Su nacimiento había sido recibido
como un don extraordinario de Dios. Así que bien pronto fue consagrado al
Señor. Su infancia transcurre ahora en el ámbito del santuario. En medio de la
noche se siente llamado por una voz misteriosa. Contra lo que él cree, no es el
sacerdote quien le llama. Es el mismo Dios (1 Sam 3, 10.19).
Este hermoso relato de la vocación
de Samuel es el icono perfecto de la vocación. Dios es el Señor de la historia
humana y no le es indiferente el camino que sigue su pueblo. Y es también el Señor de cada una de
las vidas de los hombres. Dios tiene la iniciativa. Llama a quien quiere y
cuando quiere. Como decía San Juan de Ávila, “llama Dios a los hombres y usa
con ellos de sus inmensas maravillas”.
Por otra parte, la misión que
confía Dios a cada ser humano no puede ser olvidado. Ante la llamada de Dios, a
la persona corresponde la responsabilidad de la escucha, la sinceridad de la
respuesta y la fidelidad a la misión encomendada. Esas tres actitudes revelan
la autenticidad de la vocación del profeta Samuel.
LAS PREGUNTAS
También el evangelio que hoy se
proclama contiene el relato de una vocación (Jn 1,35-42). Si la de Samuel
pasaba por la mediación de su familia, la de los primeros discípulos de Jesús
pasa por la mediación de Juan el Bautista. Sus acciones y su palabra orientan
la atención de sus discípulos hacia la figura de Jesús, el Cordero de Dios.
El texto recoge tres frases de
Jesús. Una pregunta, una invitación y una promesa. La primera interpela a los
que andan buscando un sentido para su vida: “¿Qué buscáis?” Ser persona es una
tarea siempre inacabada. Y lo es también el ser creyente. La búsqueda nos
define. No puede uno estancarse en las metas conquistadas.
La segunda frase abre la mirada
hacia un horizonte insospechado: “Venid y lo veréis”. Aquellos jóvenes hebreos
pertenecían a un pueblo al que sus escritos sagrados invitaban a “escuchar” la
palabra de Dios. Ahora llegaba la hora de “ver”. Los discípulos habrían de ser
testigos de las obras de Dios.
La tercera frase era una promesa a
Simón. El cambio de nombre sugería siempre el cambio de misión. Simón habría de
llamarse Cefas, es decir, Piedra. Sobre Él construiría Jesús una nueva
comunidad, caracterizada por el seguimiento del Maestro y la fraternidad entre
los discípulos.
Y LAS RESPUESTAS
También en boca de los discípulos
coloca el evangelio dos frases inolvidables. La primera encierra una confesión
y una pregunta. La segunda es un gozoso anuncio que trasciende el lugar y los
tiempos.
• “Rabí (que significa Maestro),
¿dónde vives”. La persona de Jesús es rica e interpelante. Cada uno la ve desde
un punto de vista diferente. El creyente lo reconoce como Maestro y está
dispuesto a asimilar sus enseñanzas. Y sabe que para vivir como Él ha de
aprender a convivir con Él y vivir donde Él vive.
• “Hemos encontrado al Mesías”.
Hay una relación entre la búsqueda y el hallazgo. Por gracia y don de Dios
podemos pasar de buscar algo a
encontrarnos a Alguien. Los discípulos verdaderos saben que han encontrado al
Mesías. Y lo proclaman con la convicción y la alegría de quien ha encontrado al
Salvador.
Evidentemente estas respuestas de
los discípulos primeros se aplican también a los discípulos de hoy. Reconocer a
Jesús como Maestro y como Mesías compromete la vida de la persona. Y, sobre
todo, orienta toda la existencia. Los cristianos sabemos que hemos sido llamados a ser discípulos y
enviados. Y por ello damos gracias a Dios cada día.
- Señor Jesús, vuélvete a
nosotros, pregúntanos cada día por el sentido de nuestra búsqueda y danos luz
para encontrarte y valentía para anunciar el valor de ese encuentro. Amén.
José-Román
Flecha Andrés
Universidad
Pontificia de Salamanca
|