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En el recio invierno, por motivo de dirigir una tanda de Ejercicios
Espirituales a sacerdotes, he permanecido unos días en la ciudad de Burgos.
Aunque la nieve se resiste a caer, no así el hielo, y en estas circunstancias
es aconsejable cubrirse bien la cabeza. Así, al menos, veía que lo hacían los
nativos, cuando afrontaban el sano ejercicio de andar por el paseo del Espolón. 
En mi estancia en la ciudad del Cid, aproveché para visitar los ámbitos de la Facultad de Teología,
donde en 2006 defendí mi tesis doctoral, y saludé a los profesores amigos. En
el encuentro con ello observé cómo trabajan, en el día a día, y siguen
dedicados a la tarea noble de la investigación y la enseñanza. Uno de ellos me adentró en la historia de una joven, Marta Obregón, que fue
asesinada por resistirse a quien intentaba violarla, precisamente el día de la
virgen Santa Inés, martirizada por la misma causa. El profesor me narró
entusiasmado los pasos del proceso de canonización, recién incoado, de la joven
burgalesa. Al salir de la facultad, coincidí con otro maestro en Teología, que lleva
sobre sí responsabilidades académicas
importantes. En el caminar coincidente, compartió conmigo su circunstancia
familiar: cada mañana, después de dar la clase, se dirigía a su casa para
levantar a su padre anciano, asearlo, y ayudar así a su hermana en el cuidado
amoroso e íntimo de quien veneraban como patriarca. Son dos historias que conviven con otras muchas y que me despertaron la
admiración, al ver a personas reconocidas por su saber dedicadas a tareas de
extrema delicadeza y ternura. No será noticia que un catedrático, después de sus horas de docencia, a
primera hora de la mañana, dedique un tiempo a prestar sus manos y su cariño para
que su padre anciano se sienta querido. Sin embargo, son muchos los gestos,
muchas las manos tendidas, en el anonimato, que prestan a la vida la delicadeza,
el amor, la sabiduría, hasta llegar incluso al heroísmo, si no del martirio
cruento, sí de aquel otro modo de dar la vida, tal como comprendieron los
monjes en su estancia orante en el desierto. Entre nosotros sigue dándose la llamada “martiría blanca”, la de aquellos
que viven en silencio, discreción, fidelidad, su opción de pasar por la vida
haciendo el bien, como nos enseñó el Maestro Jesús. Para este tiempo denominado ordinario, ayuda traer a la memoria la forma de
vivir de los mejores.
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