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Escrito por Jesús de las Heras Muela   
lunes, 10 de marzo de 2008

Concatedral de Guadalajara, Viernes, 6 de Abril de 2001.

"En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de mi cuerpo a tu cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mi todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada.

Estar aquí junto a tu imagen muerta

e ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta".

 

 

 

 Hermanos y hermanas, buenas tardes. Un fraternal saludo y mis mejores deseos para todos de una buena pascua, de una pascua cristiana, de la única y definitiva pascua de la cruz y de la luz. Es la mejor noticia, el mayor acontecimiento de toda la historia de la humanidad. Es la historia más grande jamás contada, jamás vivida, jamás superada.

 

 Vengo a pregonar la Semana Santa. Pregonar es, según su primera definición del diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, "decir algo en voz alta para conocimiento de todos". ¿Puede haber algo más importante, que más necesario sea su conocimiento y su vivencia que la pasión de amor de Dios por el hombre? ¿Puede haber algo que sea más preciso decir y vivir en voz alta como que Dios nos ama hasta el extremo de morir por nosotros? ¿Puede haber algún acontecimiento en toda la historia de la humanidad que sea en si mismo más pregón que la vida, pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo?

 

 Permitidme, por ello, que abra mi corazón en esta tarde de primavera recién alboreada y os diga que desde muy niño los misterios que nos disponemos a celebrar me han sobrecogido de manera excepcional, que he sentido siempre una especial predilección, una singular conmoción cada vez que nos acercábamos a ellos, y que una inevitable nostalgia se apoderaba de mi cada vez que, año a año, pasaban. Y es que nos jugamos tanto en ellos...

 Y es que son tan inefables, tan inequívocos, tan hermosos, tan tremendos, tan elocuentes, tan dolorosos, tan radicales, tan hondos, tan redentores...

 

 Hace dieciocho años y medio que recibí la ordenación sacerdotal. En la estampa de recordatorio de la misma puse una frase poco habitual para este tipo de acontecimiento: "El que quiera ser discípulo mío, tome su cruz cada día y me siga". Casi dos décadas después, sigo dándole gracias a Dios por el don y la gracia de un tan singular y tan cristiano lema sacerdotal.

 

La exaltación de la Santa Cruz

 

 Viene esto a propósito, hermanos y hermanas, a fin de deciros que para entender la vida es imprescindible la sabiduría de la cruz. Que la auténtica Semana Santa es la de la cruz, pues es en Semana Santa cuando la cruz se alza de manera especial como la gran y definitiva señal del Dios de cielo, como el único camino de su Hijo el Salvador y como desafío y reto permanente para todos los hombres y mujeres. La cruz no es escándalo, ni burla, ni suplicio ni tormento. La cruz es la luz. Es la gloria. La cruz es resurrección. Es Jesús de Nazaret.

 

 

 "Nada se ha inventado sobre la tierra

 más grande que la cruz.

 Hecha está la cruz a la medida de Dios,

 de nuestro Dios.

 Y hecha está también a la medida del hombre...

 Hazme una cruz sencilla, carpintero...,

 sin añadidos ni ornamentos,

 que se vean desnudos los maderos,

 desnudos y decididamente rectos:

 los brazos en abrazo hacia la tierra,

 el ástil disparándose a los cielos.

 Que no haya un sólo adorno que distraiga este gesto,

 este equilibrio humano de los mandamientos.

 Sencilla, sencilla....

 hazme una cruz sencilla, carpintero.

 Aquí cabe crucificado nuestro Dios,

 nuestro Dios próximo,

 nuestro pequeño Dios,

 el Señor,

 el Enviado Divino,

 el Puente Luminoso,

 el Dios hecho hombre o el hombre hecho Dios,

 el que pone en comunicación

 nuestro pequeño recinto planetario solar

 con el universo de la luz absoluta.

 Aquí cabe... crucificado... en esta cruz...

 Y nuestra pobre y humana arquitectura de barro...

 cabe... ¡crucificada también!" (León Felipe)

 

 Y es que nada, nada, nada se ha inventado ni más grande ni más importante que la cruz. Nada salva como la cruz. Nada purifica como la cruz. Nada ilumina como la cruz. Nada sana y limpia como la cruz. Nada acoge y abraza como la cruz. Nada perdona como la cruz. Nada ama como la cruz.

 

 Y es que, como escribiera y cantara Teresa de Avila, nuestra Santa Teresa de Jesús o Jesús de Teresa, como ella misma decía en sus soliloquios de amor con su Cristo muy llagado, "abracemos bien la cruz/y sigamos a Jesús/ que es nuestro camino y luz", pues "en la cruz está la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo":

 

 

 "En la cruz está la vida y el consuelo

 y ella sola es el camino para el cielo.

 En la cruz está el Señor de cielo y tierra

 y el gozar da mucha paz, aunque haya guerra.

 Todos los males destierra de este suelo

 y ella sola es el camino para el cielo.

 Es una oliva preciosa la santa cruz,

 que con su aceite nos unta y nos da luz.

 Alma mía, toma la cruz con gran consuelo.

 Que ella sola es el camino para el cielo". 

 

 

 Nada hay más grande sobre la tierra que la cruz. Nada ama tanto como la cruz. Nada salva como la cruz. ¿Lo dudáis? Os invito a que recorráis los títulos y las advocaciones de nuestros Cristos diocesanos y comprobaréis como nada se ha inventado sobre la tierra más grande que la cruz.

 

 

-- La cruz es misericordia (Santísimos Cristos de la Catedral de Sigüenza y de las Parroquias de Quer, Trijueque y Cifuentes)

 -- La cruz es esperanza (Santísimo Cristo de Marchamalo)

 -- La cruz es fe (Santísimo Cristo de Hueva)

 -- La cruz es paz (Santísimos Cristos de Peñalver, Valdepeñas de la Sierra y Tartanedo)

 -- La cruz es agonía y esfuerzo (Santísimo Cristo de Balconete)

 -- La cruz es amparo (Santísimo Cristo de Alocén y de Ciruelos del Pinar)

 -- La cruz es salud (Santísimos Cristo de Buenafuente del Sistal y de  Chiloeches y de una de las Cofradías guadalajareñas)

 -- La cruz es consideración (Santísimo Cristo de Atanzón)

-- La cruz es inspiración (Santísimo Cristo de Cabanillas del Campo)

 -- La cruz es guijarro (Santísimo Cristo de La Yunta)

 -- La cruz es agua (Santísimo Cristo de Argecilla)

 -- La cruz es perdón (Santísimo Cristo de Atienza)

 -- La cruz es milagro (Santísimo Cristo de Jadraque)

-- La cruz es amor y paz (Santísimo Cristo de San Ginés de Guadalajara, Santísimo Cristo de Escamilla y Santísimo Cristo de Tartanedo)

 -- La cruz es el socorro (Cristo del Socorro de Lupiana)

 -- La cruz es la columna (Santísimo Cristo de Solanillos del Extremo)

 -- La cruz es el consuelo (Santísimo Cristo de Ablanque)

-- La cruz es serenidad (Santísimo Cristo del Monasterio benedictino de Valfermoso de las Monjas)

-- La cruz es piedad y pasión (Santísimos Cristos de otras dos de las Cofradías de Guadalajara)

 -- La cruz es fortaleza (Santísimo Cristo de Chequilla)

 -- La cruz es victoria (Santísimo Cristo de Molina de Aragón)

 

 

 ¿Comprobáis, hermanos y hermanas? Nada se ha inventado más grande que la cruz. La cruz es misericordia, esperanza, amparo, salud, consideración, fe, agonía, inspiración, guijarro, agua, perdón, milagro, pasión, amor, paz, piedad, columna, consuelo, fortaleza y victoria.

 

 La cruz es fiesta y sentimiento religioso tan hermoso y profundo en otros lugares de nuestra tierra como Cillas, Villaviciosa del Tajuña, El Casar, Mondéjar, Monasterio, Pálmaces de Jadraque, Azuqueca de Henares, Hontanares, Castellar de la Muela, Cañizar, Casasana, Yálamos de Arriba, Albalate de Zorita, Almoguera, Algora, Brihuega, Escariche, Irueste, Lupiana, Milmarcos, Pastrana, Romancos, Valdeconcha o Villel de Mesa, por citar algunas de las parroquias de nuestra diócesis que tienen títulos y advocaciones al misterio de la Santa Cruz, que se hizo también misterio inefable en la devoción a las Santas Espinas en Atienza, Prados Redondos, Rienda o en Cincovillas y que alza sus mejores llantos y plegarias a la madre del Redentor, bajo los títulos de la Virgen de los Dolores, de la Soledad o de la Quinta Angustia, en lugares como Sigüenza, Atienza, Azuqueca, Yebra, Villel de Mesa, Hombrados, Tartanedo, Hinojosa, Pozo de Almoguera, Tordelrábano, Checa, Cubillo de Uceda, La Toba, Luzaga u Horche, por citar a algunos de ellos.

 

 Nada se ha inventado más grande que la cruz. Esa cruz que es santo y seña en Guadalajara de vuestros pasos, de vuestras procesiones y de vuestras Cofradías y Hermandades: Cofradía del Cristo Yacente del Santo Sepulcro, Cofradía de la Esclavitud de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Cofradía de la Pasión del Señor, Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Salud.

 

 La cruz atravesó también el pecho inmaculado de la Madre de Redentor y la religiosidad popular la ha llamado y la ha cantado con nombres tan hermosos como los de vuestras Cofradías y Hermandades guadalajareñas en honor de la Madre del Ajusticiado, de la Madre del Crucificado: Ntra. Sra. de la Soledad, de Ntra. Sra. de los Dolores, de la Virgen de la Esperanza Macarena, de la Virgen del Traspaso y la Soledad de Usanos, de la Virgen de los Dolores de Taracena o de la Virgen de la Soledad de Valdenoches y de Iriépal.

 

 Nada se ha inventado más grande que la cruz. "Mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo.". "Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero." Se hizo realidad la profecía: "Mirarán al que atravesaron" y en el crucificado, como el centurión, descubramos al Hijo de Dios: "Verdaderamente este es el Hijo de Dios".

 

 "Cristo, cristal purísimo

 que no se rompe nunca.

 Cristo, creo en tu cruz

 que nutre nuestra arteria.

 Bebo debajo de tu trono de espinas,

 duermo en tu ala siempre viva,

 y no hay porque pedirte por los hombres

 porque todos los hombres están en tu memoria,

 en tu luz desbordante con que nos amas sin méritos.

 Sé que te desvives hasta morir, de nuevo,

 en cada instante, por los son

 que son ingratos con los otros.

 Cristo, cristal purísimo

 que no se rompe nunca.

 Cristo, creo en tu cruz

 que nutre nuestra arteria". (Gloria Fuertes) 

 

 

 Con Teresa de Jesús, en las dificultades y en los afanes de la vida, mirad al crucificado; en los gozos y en las sombras, mirad al crucificado; en la salud y en la enfermedad, mirad al crucificado, en la vida y en la muerte, mirad al crucificado. Porque, como ya anunció el Señor, "cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a mí a todos los hombres".

 

 "Mirad, sí, el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo... "Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero". "Oh cruz fiel, árbol único en nobleza. Jamás el bosque dió mejor tributo en hoja, en flor y en fruto. ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza con un peso tan dulce en su corteza. Cantemos la nobleza de esta guerra, el triunfo de la sangre y del madero; y un Redentor, que en trance de cordero, sacrificado en cruz, salvó la tierra". "¡Tu cruz, adoramos, Señor!"

 

"!Ven, dulce cruz, así quiero decirlo! ¡Jesús mío, dámela siempre. Si mis sufrimientos llegaran a ser demasiado pesados, ayúdame a llevarlos... Mira como extiende las manos Jesucristo en la cruz para abrazarnos. ¡Ven! ¿Dónde? A los brazos de Jesús, dulce refugio y consuelo. ¡Buscad! ¿Dónde? En los brazos de Jesús. Avecillas del nido abandonado, vivid, morid, descansad aquí, ¡quedaos! ¿Dónde? En los brazos de Jesús crucificado" (La Pasión según San Mateo de Bach)

 

 ¿Veis, hermanos y hermanas? Nada se ha inventado sobre la tierra más grande que la cruz. Y es que en la cruz está el Señor de cielos y tierra, el Enviado Divino, el Puente Luminoso, el amigo, el hermano, el maestro. Y "estás por mi en la cruz y no te quejas" (Miguel de Unamuno). Que esta hecha la cruz a medida de Dios y a medida del hombre. Que es la cruz el resumen de los mandamientos. Que es la cruz el árbol bendito de la vida.

 

 ¿Qué es entonces la cruz? ¿Cuál es su rostro? ¿Cómo es su faz? ¿Cuál es su misterio y su gracia? La cruz es el deber nuestro de cada día. La cruz es el dolor y el llanto, el mío y el del hermano. La cruz es las vasijas de barro de nuestra humanidad.

 

 La cruz es aceptación, es inmolación, es entrega, es ofrenda, es opción, es paz. Es respuesta de amor. Es sabiduría: "Porque para entrar en estas riquezas de la sabiduría de Dios- escribe fray Juan de la Cruz-, la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear pasar por ella es cosa de pocos". En la cruz, escribió asimismo Santo Tomás de Aquino, se nos dan "ejemplos de todas las virtudes: amor, paciencia, humildad, obediencia, desapego de las cosas materiales". La cruz es la clave del evangelio, la llave de la puerta santa del cielo. La cruz es la gran escuela del amor y la sabiduría de un Dios clavado y abierto: “¿Pero cómo, clavado, enseñas tanto?/ Debe ser que siempre estás abierto, ¡Oh Cristo, Oh ciencia eterna, Oh libro santo!” (Lope de Vega).

 

 

 La cruz es el abandono supremo y confiado en las manos de Dios, que es Padre. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". "No se haga mi voluntad sino la tuya", exclamó Jesucristo en uno de los momentos más intensos de su pasión y de su agonía: en Getsemaní y en el Calvario. Cerca de dos mil años después Charles de Foucauld, el antiguo Vizconde y militar francés y ya entonces y para siempre hermano universal, mendigo y pobre entre los pobres tuareg de Argelia, compuso y vivió la bellísima oración del abandono:

 

 "Padre, me pongo en tus manos.

 Haz de mi lo que quieras.

 Sea lo que sea.

 Lo acepto todo con tal que tu voluntad

 se cumpla en mi y en todas tus criaturas.

 No deseo nada más, Padre.

 No deseo más.

 Pongo mi alma en tus manos.

 Te la doy, Dios mío,

 con todo el amor del que soy capaz.

 Porque para mi amarte es darme

 entregarme en tus manos sin medida,

 con infinita confianza,

 porque Tú eres mi Padre".

 

Cur Christus tan doluit?

 

 Pero la cruz sigue dándonos miedo. Como escribió el teólogo Moltmann, "hasta los discípulos huyeron todos de la cruz de su Maestro". Nos compadecemos, sí, del Cristo crucificado. Pero seguimos preguntándonos el por qué de tanto dolor, el por qué de la cruz. Cur Christus tan doluit? ¿Por qué sufrió tanto Cristo? ¿Por qué Dios, que es amor y misericordia infinitas, permitió la cruz? Cur Christus tan doluit? ¿Por qué Cristo sufrió tanto? se han preguntado a lo largo de los siglos los místicos y los doctores, los predicadores y los teólogos, los artistas y los artesanos, los poetas y los escritores, el pueblo fiel, en suma, que tantas veces conmovido, lloró ante su imagen muerta. Cur Christus tan doluit? ¿Por qué sufrió tanto Cristo? ¿Por qué Dios, que es Padre, permitió la cruz? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para quién?

 

 Santo Tomás de Aquino se formuló esta cuestión, respondiéndola a renglón seguido con estas palabras: "¿Qué necesidad hubo para que el Hijo de Dios padeciera la cruz por nosotros? Una gran necesidad, una doble necesidad: la primera para redimir nuestros pecados; la segunda, para ofrecernos ejemplo de cara a nuestro comportamiento".

 

 La cruz de Cristo, hermanos, nos recuerda que "hemos sido comprados, que hemos sido redimidos a precio no de oro o de plata corruptibles, sino en la sangre preciosa de Jesucristo". La cruz de Jesucristo testimonia que "no hay remisión sin efusión de sangre", "que hemos de tomar la cruz cada día", que el árbol de la cruz es el único que da frutos de salvación.

 

 Cur Christus tan doluit? ¿Por qué sufrió tanto Cristo? ¿Por qué Dios, que es ternura, que es Madre también, permitió la cruz? Cur Christus tan doluit? ¿Por qué Cristo sufrió tanto?

 

 1.- Porque el amor se revela el dolor. Porque nadie ama más que quien sufre por el amado y por amar y por sanar sufre, llora y muere. "Nadie tiene amor más grande que el da la vida por sus amigos" había adelantado el Señor.

 

 Pablo de Tarso, cautivo de la cruz de Cristo, diría "me amó y se entregó por mi", y a Ignacio de Loyola, en las jornadas previas a su gran conversión, esta frase se le quedó clavada en el alma y en la conciencia como una letanía y como un desafío, que marcaría toda su vida: "me amó y se entregó por mi", decía, y añadía "¿qué voy yo a hacer por Cristo?".

 

 El misterio de la cruz, el misterio del sufrimiento de Jesucristo, es un misterio de amor. Y el amor sólo con amor se paga. La cruz es, sí, el principal misterio de la historia de la salvación y de la misma historia de la humanidad, que ha levantado cruces por sus caminos y ha retratado y ha reflejado al Señor crucificado en los mejores lienzos, en las mejores esculturas, en los mejores poemas, en las mejores composiciones musicales.

 

 El signo inequívoco del amor es justamente el dolor, el sufrimiento extremo que el amante es capaz de soportar en favor del amado. Lo demuestra además la experiencia. Lo sabéis bien, hermanos y hermanas. Lo sabe bien la madre, lo sabe bien el esposo, lo saben bien los novios, lo sabe bien el amigo. La cruz es la prueba definitiva y sublime del amor. El amor se aquilata, se forja, se muestra y se demuestra en el dolor.

 

 2.- En segundo lugar, la cruz nos revela cómo Dios nos ama, como Jesucristo nos amó. "Dios acreditó su amor hacia nosotros, en que siendo todavía nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros", vuelve a exclamar San Pablo, inequívoco y tan cualificado apóstol de la cruz, y quien tras su visita al areópago de Atenas, manifestó de manera bien nítida el modo y el fin de la evangelización y del estilo de los evangelizadores: "nunca entre vosotros me precié saber cosa alguna sino a Jesucristo, y este crucificado".

 

 Unas líneas antes, en los primeros párrafos de la primera carta a los Corintios, Pablo ha dejado bien sentado que los caminos de la evangelización y de la vida cristiana no son de sabias dialécticas, "para que no desvirtúe la cruz de Cristo, porque la doctrina de la cruz de Cristo es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan".

 

 Una hermosa y popular canción religiosa de hace unos veinte años glosa con sencillez este misterio del amor sublime de Dios al hombre evidenciado en la cruz. Dice la canción: "Yo no soy nada y del polvo nací. Pero tú me amas y sufriste por mi. Ante la cruz, sólo puedo exclamar tuyo soy, tuyo soy".

 

 En la literatura española del siglo de oro encontramos un espléndido y bien conocido soneto, que expresa de manera fehaciente esta realidad y estos sentimientos. Quizá escribió este verso Teresa de Avila o Francisco Javier o Juan de la Cruz o Lope de Vega. Da igual. Es la oración intensa y agradecida del cristiano que ante la cruz de Cristo ha descubierto el amor de Dios:

 

 "No me mueve mi Dios para quererte

 el cielo que me tienes prometido.

 Ni me mueve el infierno tan temido

 para dejar por eso de ofenderte.

 Tú mueves, Señor, muéveme

 el verte clavado en una cruz y escarnecido.

 Muéveme ver tu cuerpo tan herido.

 Muévenme tus afrentas y tu muerte.

 Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

 que aunque no hubiera cielo yo te amará

 y aunque no hubiera infierno te temiera.

 No me tienes que dar porque te espere,

 porque aunque lo que espero no esperara,

 lo mismo que te quiero, te quisiera". 

 

 

 3.- De ahí, y en tercer lugar, que la cruz, el gran signo del amor de Dios, se convierte también para nosotros en una lección, en un ejemplo, en un reto. Ya lo decíamos al comienzo: "Quien quiera ser discípulo mío tome su cruz cada día y me siga". La cruz nos muestra cómo nosotros debemos amar a Dios y como debemos amar a los hermanos.

 

 La cruz es la revelación suprema del amor que el Hijo tiene al Padre. Ningún precepto divino podrá ya desconcertarnos contemplando el amor de Cristo Crucificado: "Ahora mi alma se siente turbada. ¿Y qué diré?, ¡Padre, líbrame de esta hora! Mas para esto he venido yo al mundo. Padre, ¡glorifica tu nombre! "Cristo, -nos dice el autor de la Carta a los Hebreos- habiendo ofrecido en los días de su vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su reverencial temor. Y, aunque era Hijo, aprendió, con sus padecimientos, a obedecer, y al ser consumado, viene a ser para todos los que le obedecen causa de la salud eterna".

 

 La cruz nos enseña el amor de Dios y cómo nosotros, al igual que Jesús, debemos amar a Dios. Del mismo modo, la cruz nos muestra cómo debemos amarnos los unos a los otros. Dijimos antes que la cruz es el compendio de los mandamientos. El poeta nos recordó que la cruz se forma de palos verticales y horizontales. "El dio su vida por nosotros y nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos", afirma Pablo. Ya nos lo dijo el mismo Señor de la Cruz y de la Gloria: "en esto conocerán que sois discípulos en que os améis los unos a los otros como yo os he amado". ¡Y ya sabemos cómo nos ha amado El, crucificado!

 

 Hermanos, la dimensión horizontal es tan ineludible en la vida cristiana como el palo horizontal lo es en la cruz. El verdadero cristiano es el que ha descubierto que el amor de Dios, manifestado en Jesucristo, se encarna en los hombres y mujeres, especialmente en los más pobres y necesitados. Nuestro cristianismo será tanto más verdadero cuanto más solidario sea, cuanto más fraterno se manifieste, cuanto más atento esté al llanto y al ruego del hermano que sufre, que no es otra persona sino Jesucristo y éste crucificado.

 

 No podemos reducir nuestra vida a una serie de prácticas externas. No podemos empequeñecer la existencia cristiana y muy particularmente la Semana Santa a sentimientos, oficios o procesiones. Debemos descubrir en nuestro derredor a Cristo crucificado y roto hoy entre nosotros: los enfermos del sida y de la droga, los parados, los emigrantes ilegales y explotados, los enfermos, los ancianos, los discapacitados, las víctimas del terrorismo y del odio, los calumniados, los preteridos, en suma, de un mundo donde sólo cuentan las eficacias, los éxitos, el poder, el dinero y la belleza.

 Y, sin embargo, en los pobres y en los necesitados, ¡allí está Jesucristo! ¡Allí, en su cruz, están ellos con El crucificados! No busquéis entre los muertos al que vive. La cruz de Jesucristo está entre nosotros plantada e interpeladora. Pablo de Tarso nos urge a cargar unos con otros con la cruz y a completar en nuestra propia vida lo que le falta a la pasión de Cristo. Y Cristo sigue en nuestro mundo roto y crucificado. ¿Seremos capaces de pasar de El, aun creyendo que le seguimos porque asistimos al culto y participamos de las tradiciones?

 

 Los santos han sido a lo largo de los siglos los grandes amantes y los grandes descubridores de la cruz de Jesucristo. Y han sido, a su vez, los grandes defensores y promotores de la cruz de los necesitados. En el cristianismo no existen contraposición entre el amor a Dios y el servicio al prójimo. Es más, la prueba de nuestro amor a Dios, la certidumbre de nuestro amor a Jesucristo, es la caridad, es la acogida y el servicio a los hermanos. Y aquello que decíamos antes de la cruz, es también expresión, eco y resonancia, lo que debe ser nuestra caridad hacia los hermanos. La cruz, decíamos, es misericordia, esperanza, amparo, salud, consideración, fe, agonía, inspiración, guijarro, agua, perdón, milagro, amor, paz, serenidad, consuelo, fortaleza y victoria.

 

 El servicio fraterno al prójimo, la caridad, es misericordia, esperanza, amparo, salud, consideración, fe, agonía, inspiración, guijarro, socorro, agua, perdón, milagro, pasión, amor, paz, serenidad, columna, consuelo y victoria.

 

 No penséis, no pensemos que fueron otros ni mayores los "milagros" y las obras que llevaron al cielo a los santos. Santo es el que descubre el amor de Dios, encarnado en Jesucristo y éste crucificado, y adecúa su vida a responder al amor que tantas veces no es amado en la vida de relación con Dios -el palo vertical de la cruz- y en el servicio incondicional a los hombres -el madero horizontal-. La cruz es así la gran parábola, la gran cátedra, el gran signo del amor.

 

 Como ejemplo de todos ellos, de los santos y santas, siempre enamorados de la cruz, siempre al servicio de los hombres, escuchemos el siguiente texto de San Juan de Avila, en su "Tratado del amor de Dios". Titula la meditación que voy a leer "La locura de la cruz". Estos pensamientos fueron fraguándose en el patrón del clero secular español tras muchas horas de oración, abrazado a una impresionante talla del siglo XVI de Cristo crucificado, que presidía su oratorio. Escribe el Maestro Avila:

 

"¡Oh maravillosa y nueva virtud! ¡Lo que no hiciste desde el cielo servido de ángeles, hiciste desde la cruz acompañado de ladrones! Y no solamente la cruz, mas la misma figura que en ella tienes, nos llama dulcemente a amor; la cabeza tienes reclinada, para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados, siendo tú el ofendido; los brazos tendidos, para abrazarnos; las manos agujereadas, para darnos tus bienes; el costado abierto, para recibirnos en tus entrañas; los pies clavados, para esperarnos y para nunca poder apartarte de nosotros. De manera, que mirándote, Señor, todo me convida a amor: el madero, la figura, el misterio, las heridas de tu cuerpo; y, sobre todo, el amor interior me da voces que te ame y que nunca te olvide de mi corazón".

 

Pascua: la cruz transfigurada 

 

 "Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mi". "Ha llegado la hora de que sea glorificado el hijo del hombre. En verdad, os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda infecundo. Pero si muere, da mucho fruto". Y es que "el que se humilla, será enaltecido".

 

 Al alba del tercer día, la cruz reventó en vida y en resurrección. El amor no podía quedar estéril. El amor nunca es infecundo. El amor es siempre vida. La cruz es la luz. Y la cruz floreció hasta la eternidad. "No busquéis entre los muertos al que vive. ¡Ha resucitado según había predicho! Id a Galilea. Allí le veréis".

 

 Si nada hay más grande sobre la tierra que la cruz de Cristo, nada hay más grande todavía sobre cielos y tierras que la cruz florecida, que la cruz transfigurada, que la cruz resucitada de la pascua siempre nueva. La historia de la humanidad y del hombre -escribió Bonhöeffer- es un grito unánime y muchas veces hasta desesperado de resurrección.

 

 

"¿Pascua? -escribe este teólogo alemán, martirizado por los nazis en un campo de concentración- Nos preocupamos más de morir que de la muerte... Sócrates supo morir. Cristo venció a la muerte como "el último enemigo". Saber morir no significa vencer a la muerte... No será el "ars amandi", sino la resurrección de Cristo la que dará un nuevo viento que purifique al mundo actual. Aquí es donde se halla la respuesta al "dame un punto de apoyo y levantaré el mundo". Si algunos hombres creyeran realmente esto y se dejaran guiar así en su actividad terrestre, muchas cosas cambiarían. Porque la Pascua significa vivir a partir de la resurrección. ¿No te parece que la mayor parte de los hombres ignoran de que viven en el fondo?"

 

 La resurrección es la página que lo explica todo, la luz que lo ilumina todo, el aroma que lo perfuma todo, la seguridad que lo invade todo. "Si Cristo no hubiera resucitado -escribe Pablo a los Romanos- vana sería nuestra fe. Pero como Cristo ha resucitado somos los más felices de los hombres". Nada ya podrá con nosotros, nada ya podrá apartarnos del amor de Dios: ni la espada, ni el hambre, ni la sed, ni la desnudez, ni el peligro, ni la persecución, ni la enfermedad, ni la muerte. En todo vencemos por Aquel que nos ha amado y nos ha amado hasta hacerse cruz redentora, cruz florecida, cruz transfigurada, pascua sin ocaso, humanidad nueva y definitiva, aurora de eternidad.

 

 La cruz nos lleva a la luz como el Tabor fue preludio, anuncio y anticipo del Calvario. El Calvario no es sólo el monte santo de la cruz sino también y, sobre todo, el jardín de la resurrección, la montaña sagrada de la luz y de la vida.

 

"La cruz -escribió José Luis Martín Descalzo- es la gloria. La gloria es la cruz. Jesús no sufrió y después -el domingo- fue glorificado. La gloria de Jesús estaba ya en la entretelas de la cruz. El viernes santo y el domingo de pascua se juntan. Son un único día. Hasta que el hombre no comprenda esto tiene incompleta su alma".

 

 Y si todavía dudamos en la íntima y tan estrecha y fecunda relación entre la cruz y la resurrección escuchemos el siguiente texto del escritor Edward Shillito. Se titula "El Cristo de las llagas": "

 

"Los cielos nos espantan; están demasiado serenos; en todo el universo no hay lugar para nosotros. Nos duelen nuestras heridas, ¿dónde hallaremos el bálsamo? Señor Jesús, por tus llagas pedimos misericordia. Si, estando cerradas las puertas, te acercas a nosotros, no has de hacer sino mostrar, las manos y ese costado tuyo. Hoy día sabemos lo que son las heridas, no temas; muéstranos tus llagas, conocemos la contraseña. Los otros dioses eran fuertes, pero tú eres débil; cabalgaban, mas tu tropezaste en su trono; pero a nuestras heridas, sólo las heridas de Dios pueden hablarles y sanarlas y no hay Dios alguno que tenga heridas, niguno más que Tú. Muéstranos tus llagas, conocemos la contraseña".

  

 ¿Conocemos la contraseña, hermanos y hermanas? Vivamos la Semana Santa, pues, como cristianos. Como discípulos del Señor de la Cruz y de la Gloria. Ya nos lo dijo El: el destino del discípulo nunca es distinto al del Maestro. ¿Cómo podremos vivir como enemigos de su cruz? No podemos permitirnos el lujo de despreciarla, ignorarla o endulcorarla. El mundo moderno, tan secularizado y tan hedonista, -escribió el téólogo Domenico Grasso- vive en la antípodas de la cruz. ¿También nosotros, los cristianos? Vivamos, por tanto, la Semana Santa como cristianos, no como paganos o como meros y ajenos espectadores.

 

 Vivamos la Semana Santa y existencia entera con nuestras heridas y con las heridas de nuestros hermanos. Vivamos la Semana Santa desde la cruz siempre florecida y transfigurada. Vivamos la Semana Santa y la vida entera como testigos de la cruz y de la gloria. "Si Cristo ha resucitado, buscad las cosas que son de arriba". Quitemos la levadura vieja, que estorba, y seamos masa nueva, panes ácimos. Masa nueva, panes ácimos de perdón, de comprensión, de escucha, de diálogo, de sencillez, de humildad, de cercanía, de reconciliación, de servicialidad, de amor. Abandonemos la levadura vieja de la corrupción, de la envidia, del arribismo, de la crítica, de la presunción, del protagonismo, de la maledicencia, del rencor, de la soberbia, del desamor.

 

 ¿Conocemos la contraseña del Señor crucificado y resucitado? Son sus llagas. Son sus heridas. Es su cruz transfigurada. Es el Cristo roto de nuestros caminos y de nuestras latitudes, el Cristo cercano y vilipendiado. ¿Conocemos la contraseña del Señor crucificado y resucitado? Son sus llagas. Son sus heridas. Es su cruz y su gloria.

 

 

 ¡Feliz Semana Santa a todos! ¡Buena Pascua, la mejor Pascua! Y ahora, mientras tanto, mientras nos adentramos en los días grandes e inefables de la Semana Santa, al igual que hacía Moisés cada vez que se acercaba a la zarza ardiente, pisaba la tierra sagrada y dialogaba con el Dios que es, quitémonos las sandalias y cubramos nuestro rostro, y mientras alborea y vuelve a deslumbrar con su resplandor y su contraluz la Gloria del Crucificado, miremos de nuevo al Señor de la Cruz y de la Luz para decirle como yo ahora, en mi nombre y en el vuestro:

 

 

 "En esta tarde, Cristo del Calvario,

 vine a rogarte por mi carne enferma;

 pero, al verte, mis ojos van y vienen

 de mi cuerpo a tu cuerpo con vergüenza.

 ¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

 cuando veo los tuyos destrozados?

 ¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

 cuando las tuyas están llenas de heridas?

 ¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

 cuando en la cruz alzado y solo estás?

 ¿Cómo explicarte que no tengo amor,

 cuando tienes rasgado el corazón?

  Ahora ya no me acuerdo de nada,

 huyeron de mi todas mis dolencias.

 El ímpetu del ruego que traía

 se me ahoga en la boca pedigüeña.

 Y sólo pido no pedirte nada.

 Estar aquí junto a tu imagen muerta

 e ir aprendiendo que el dolor es sólo

 la llave santa de tu santa puerta".

 (Gabriela Mistral)

 

 

 

 

 JESÚS DE LAS HERAS MUELA

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