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Al final de la primera semana del Tiempo
Ordinario, después de haber meditado los textos que nos ha propuesto la
Liturgia de la Palabra de cada día, resalta la coincidencia y concordancia de
los pasajes escogidos como lectio continua, que en su mayor parte narran
diversas vocaciones.
El primer domingo Jesús se manifestaba como
el ungido del Espíritu Santo, el Hijo amado de Dios, el enviado por el Padre, la Palabra que debe ser
escuchada (Mc 1, 7-11). El lunes, el evangelista San Marcos concentra en un
breve texto la vocación de Andrés y Pedro, de Santiago y de Juan (Mc 1, 14-20).
El miércoles se nos narraba la vocación del pequeño Samuel (1 Sam 3, 19-20). El
sábado se describe la elección del primer rey de Israel, Saúl (1Sam 10,1), y la
elección de Leví (Mc 2, 13-17). 
Es revelador que en todos los casos los
elegidos, ungidos, llamados, lo son por una opción divina. Es Dios, en el caso
de los textos del Antiguo Testamento, el que inspira que Samuel sea elegido el
primer profeta y que Saúl sea el primer rey de Israel. Es Jesús, en el
evangelio, quien, al pasar junto al Lago, ve y llama a los que serán sus
primeros discípulos. Leví es escogido mientras estaba sentado a la mesa de los
impuestos en Cafarnaúm.
En las vocaciones del Nuevo Testamento se
puede observar que los escogidos y llamados siempre están haciendo algo. El
Maestro se fija en trabajadores, pescadores, agentes fiscales… No se puede
decir que Jesús llame a los ociosos, ni que la vocación sea para remediar a
parados.
En todos los casos el seguimiento de la
llamada implica un despojo, bien sea la casa, la familia, la tierra -Samuel
desde niño fue entregado al culto del templo-, bien sean las redes, la barca,
el dinero. La vocación sagrada se podría describir como la decisión personal, por
obediencia a la llamada, de dejar algo por seguir a Alguien.
En el evangelio, el motivo esencial de
seguimiento es la persona de Jesús. Los discípulos son llamados para ir detrás
de Él, forma de decir que el discipulado consiste en seguir al Maestro, no
dejar de mirarlo, poner los ojos en Él, asumir su modo de vida.
Después de orar los textos, en los que cabe
haber personalizado la propia vocación, ¿has sentido reavivarse en ti la
atracción por ir detrás de Jesús? ¿En qué o en quién pones tus ojos?
¿Has renovado tu opción de no anteponer
nada al amor de Cristo? ¿Has escuchado alguna moción interior que deberías
obedecer? ¿Tienes apegos que no te permiten ser libre para responder con
generosidad a la llamada?
No tengas miedo. Seguir a Jesús plenifica
la vida.
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