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Han pasado las fiestas navideñas donde, en
principio, todo es cordialidad, amabilidad y cortesía. Sin embargo, hay no
pocos casos en que el “espíritu de contradicción”, de algunos, enturbia el
ambiente familiar o de amistad. Con demasiada frecuencia, la grosería, la falta
de respeto y la prepotencia verbal parece el hilo conductor de muchas
conversaciones, ello envenena el ambiente social y familiar.
A esto hay que añadir, la crispación que
crea la actual situación de crisis económica, financiera y moral que padecemos. 
Por ello, al comenzar un nuevo año, no está
mal que hablemos de la virtud de la amabilidad o afabilidad como algo esencial
para una convivencia pacífica.
Las relaciones de las personas con sus
semejantes, tanto en palabras como en los hechos, requieren unos
comportamientos que hagan más grata y amable la vida a quienes les rodean. Del
mismo modo que no es posible vivir en sociedad sin la verdad, la afabilidad es
necesaria en la vida comunitaria.
Digamos que ser afable con quienes se
convive es un cierto deber natural de honestidad, porque lo requiere la misma
justicia del trato que merece todo persona por su dignidad ¡Qué difíciles se
hacen las relaciones humanas cuando hay que aguantar o sobrellevar a una
persona triste, desagradable o malhumorada! Parece como si todo se
ennegreciera alrededor.
Es entonces cuando se echa de menos la
afabilidad, virtud que hace poco ruido y que sin embargo, por su misma
naturaleza, es opuesta al egoísmo, al gesto destemplado, a la mala educación, a
los gritos, a la violencia, al rencor, a la obstinación.
Es verdad que una palabra amable se dice
pronto, pero a veces se nos hace difícil pronunciarla debido al cansancio, a
las preocupaciones, al estrés de la vida moderna, o a la indiferencia egoísta.
Así sucede que pasamos al lado de las personas que más tratamos y la frialdad
del silencio, o la severidad del gesto, hacen como si las ignoráramos.
Por ello, dice el Beato Juan Pablo II que
“bastaría una palabra cordial, un gesto afectuoso, e inmediatamente algo se
despertaría en ellas: una señal de atención y de cortesía puede ser una ráfaga
de aire fresco en lo cerrado de una existencia, oprimida por la tristeza y por
el desaliento” (11.2.1981).
Los vicios contrarios a la virtud de la
amabilidad son: el autoritarismo, la adulación, la vana palabrería o la charla
que busca obtener algunas ventajas personales. Una persona afable sabe llegar
al corazón y a la vez mantener la suave distancia e independencia que requiere
las sanas relaciones interpersonales. Digamos que se sitúa en el punto
medio, entre lo mucho y lo poco.
El amor a Dios fortalece y amplía en el
cristiano los horizontes de la virtud humana de la afabilidad. El anuncio del
Evangelio como Buena Noticia requiere, tanto de los sacerdotes como de los
seglares, afabilidad, amabilidad, cordialidad, gentileza, urbanidad,
sociabilidad. Con caras largas, modales bruscos y aires antipáticos no
estimulamos a seguir a Jesucristo y a permanecer en su Iglesia. Los “nuevos
evangelizadores” han de estar caracterizados por saber comunicar afablemente en
todo momento y lugar ¡Aprendamos a saber decir las cosas como lo hace nuestro
Santo Padre Benedicto XVI, que es la cercanía y la amabilidad personificada!
Por último, no perder de vista que el
apóstol, el pastor, el catequista o cualquier cristiano tiene que tratar a los
otros como el Señor trataba a todos aquellos con quienes se encontraba: sanos,
enfermos, ricos, pobres, niños, mayores, mendigos, pecadores…Hagamos lo que
hizo Él y seguro que seremos más generosos, amables y respetuosos en nuestra
convivencia diaria en este nuevo año.
† Juan del Río Martín,
Arzobispo Castrense de España.
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