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Es un reportaje del Diario ABC (15-1-2012), por Eduardo
S. Molano, enviado especial a Nigeria
La matanza en la
iglesia nigeriana de Santa Teresa pudo haber sido mucho mayor sin la valerosa
intervención del sacerdote. Aún así, el brutal atentado islamista causó 44
muertos.
Solo. En
silencio. Ajeno a las miradas inquisitorias de la cámara, el pequeño nigeriano
raspa con fuerza el barniz del frío mármol. Pese a su fe ciega, los esfuerzos
son en vano: el esmalte encarnado aún continúa indeleble en la blanca figura.
Tras unos minutos, la criatura —no mayor de seis años— ceja en su esfuerzo. Por
su gesto, los dedos deben de estar aún doloridos. 
Desde la pasada Navidad, el páramo de la iglesia de Santa Teresa de Madalla —una pequeña localidad
situada 60 kilómetros de la capital nigeriana, Abuja— es pasto habitual del
juego de los chiquillos locales. Los entretenimientos no son menores: agujeros
infinitos, figuras enormes o simple curiosidad ante lo inmenso de las
instalaciones.
Pese
a lo ruidoso de sus actos, nadie muestra su desaprobación. Sobre todo, porque a
cada nueva risa, el infierno queda más lejos. En este mismo lugar, el pasado 25
de diciembre, un atentado de la milicia islamista de
Boko Haramse cobraba la vida de al menos 44 personasy
dejaba más de un centenar de heridos. La Piedad (y su frío mármol) continúa aún
ensangrentada. «Eran cerca de las 8 de la mañana», recuerda a ABC el
reverendo Isaac Achi, párroco del templo. «Nada más terminar la tradicional
misa de Navidad, los fieles comenzaron a salir del templo. Fue entonces cuando
un coche bomba hizo explosión».
Sin
apenas pestañear y con la calma propia del paso del tiempo, el reverendo
prosigue su enumeración de los hechos: «A mi salida, el espectáculo era ya
dantesco. Decenas de cuerpos carbonizados se apilaban en las calles, mientras
los supervivientes aullaban sin destino». La masacre, lo cierto, pudo haber
sido mayor. Más aún, cuando la intención primigenia del suicida (evitada a
última hora por la seguridad) era dirigir el vehículo al interior del centro
religioso. 
3.500 fieles cada domingo
No
fueron los únicos adalides. «Cada domingo, a Santa Teresa acuden cerca de 3.500
personas (excluyendo
menores de edad). Si no llega a ser por la intervención del reverendo Achi,
estaríamos hablando de una carnicería inconmensurable», comenta a ABC el
parroquiano Modestus Nnamani, quien colaboró en las tareas de salvamento. Su
narración no deja lugar a la duda. «Nada más producirse la explosión, ante la
ola de pánico generada, los fieles comenzaron a enfrentarse con la Policía. En
ese momento, el párroco realizó un llamamiento a la calma y a que todos los
feligreses se concentraran en el interior del templo», asegura Modestus.
«Cuando
las fuerzas del Estado comenzaron a disparar, el reverendo puso su pecho entre los
muros de la iglesia y las ametralladores. Buscando ser la
primera víctima. Él es el verdadero héroe de Santa Teresa». El destinatario de
los halagos interrumpe, molesto, el final de la crónica. La palabra «héroe» le
incomoda. Durante tres días estuvo recogiendo partículas humanas de los muros
de la iglesia, una tarea ciertamente esquiva a cualquier gloria. Su misión es
otra.
Desde
2004, este nigeriano que roza la cincuentena es la principal voz espiritual de
la comunidad cristiana de Madalla. Unos «dominios», castigados por la
deficitaria política presupuestaria del Gobierno de Abuja, y que ciertamente
permanecen alejados de cualquier Olimpo.
En
sus calles, no resulta extraño comprobar cómo el precio del progreso se pierde entre
piras funerarias repletas
de escombros, mientras centenares de marabúes —un ave carroñera característica
de la región (que no destaca precisamente por su belleza)— asisten impávidos al
espectáculo.
Porque
en Madalla, a cada paso, se suceden exponentes de la tragedia navideña, pero
sobre todo, de la miseria diaria. Inocent Korongo es uno de ellos. Alejado del
maniqueísmo que suele hinchar la gloria de las víctimas de cualquier barbarie
terrorista, de este joven tan solo diremos que era, simplemente, un ser humano.
Nada más. Y más que suficiente.
Entre
lágrimas, su madre —Pauline— también elude cualquier oda innecesaria a la
memoria de su vástago. Durante cinco días, esta mujer de cuarenta años veló en la unidad de cuidados intensivos el alma de su hijo.
Su cuerpo —destrozado tras la explosión— no aguantó ni una hora más. «Cada
mañana me levanto buscando a mi hijo entre sueños», reconoce Pauline. «Pero la
pesadilla nunca acaba».
La tragedia, puerta con puerta
Sentada.
En silencio. La mujer se pierde en el recuerdo de su hijo (22 años) y marido
(52), también fallecido en el atentado, mientras de escolta improvisado ejerce
Thomas, retoño perteneciente a sus vecinos de escalera. No es casualidad. Desde
la muerte de sus familiares y sin cesar ni un segundo, el pequeño acompaña,
cual lazarillo, en su tristeza a la mujer. Aunque eso sí, sus apenas cinco años
le impidan demostrar cualquier tipo de empatía con la magnitud de las lágrimas.
Puerta
con puerta con los sollozos de Pauline, descansa la familia de Uche Bonavente,
un joven para el que las heridas de Navidad no son solo morales, también
físicas. Su cuerpo, abrasado por la furia islamista, es el
verdadero lienzo de estos crímenes de
primer grado: «Fue como si el infierno hubiera abierto sus puertas. Su señal,
un inquietante silencio (el nigeriano ha perdido la audición en uno de sus
oídos) todavía me lo recuerda».
Sin
embargo, la miseria de Bonavente no se limita a las cicatrices que recorren su
cuerpo. En la actualidad, este mecánico de profesión sobrevive con apenas
20.000 naira (poco más de 100 euros) al mes. Unos emolumentos a todos visos
insuficientes para sostener a una familia de tres miembros. Y menos aún para el
tratamiento de sus heridas. «Esta
mañana fui dado de alta en el hospital. Ahora toca la recuperación sin medicinas»,
se resigna el joven.
Tres
calles más abajo, Chioma Dike sonríe al vernos pasar. Acaba de volver del
hospital. Las noticias son buenas. Parece que sus dos hijas saldrán adelante. A
falta de champán, brindamos con té aguado. El último recuerdo, para los que ya
no están.
«Hay que seguir»
Dike
perdió a su marido y tres de sus hijos en el atentado. «Justo acabábamos de abandonar el acto religioso cuando
la explosión nos sobrevino. Ese
día se acabó mi vida pasada y comenzó una nueva. Aunque no hay tiempo para la
tristeza. Debemos seguir luchando», reconoce la mujer, a solo unos metros de un
altar improvisado dedicado a su prole.
Pese
a su magnitud, las tragedias de estas tres familias no son casos aislados en
Nigeria. Desde su fundación hace apenas una década, la milicia islamista Boko
Haram —«la educación occidental está prohibida», en el dialecto hausa y también
conocido como Al Sunna wal Jamma, o «seguidores de las enseñanzas de Mahoma» en
árabe— se ha convertido en fiel reflejo del fallido experimento demográfico del
país africano: más de 167 millones de personas repartidas casi a partes iguales
entre cristianos, sur, y musulmanes, norte. No en vano, solo en 2011, al menos
491 personas fueron asesinadas a sangre fría por el grupo rebelde.
«Mi primera tarea ha sido la de evitar
cualquier tipo de venganza contra la comunicad musulmana por parte de nuestros
fieles», destaca el reverendo Isaac. Todavía queda mucho que hacer. El pasado
miércoles, al menos cinco personas fallecían en el ataque a una mezquita de la
ciudad de Benin, al sur del país. Sin embargo, no todo es infamia en este gigante
irreal. «Desde que se produjo la tragedia, el principal apoyo lo hemos
encontrado en los centros islámicos del barrio (Santa Teresa se encuentra
enmarcada entre dos mezquitas)», señala el padre Isaac.
Un diálogo aún posible
Para
el reverendo, el auxilio demostrado por los imanes locales demuestra que es
posible el diálogo entre ambas religiones. «No debemos olvidar que nuestra
misión —como líderes comunitarios— es educar a nuestros fieles en el respeto al
prójimo, al margen del credo de nuestra parroquia».
Quizá
por ello, desde que se produjera la explosión, el párroco no ha renegado ni un
solo día de su quehacer diario. A cada nueva mañana, un nuevo oficio
abre sus puertas en Santa Teresa. Y la fecha elegida para el
primero de ellos no pudo ser más adecuada. «Era 26 de diciembre, San Esteban.
Tiempo de honrar a los mártires. Y en Nigeria, a nuestro pesar, tenemos ya
demasiados», destaca el padre Isaac.
El
reverendo se despide. Es hora de continuar con el lavado de la Piedad. Pero
sobre todo, de curar sus heridas. Porque en Madalla, a cada nueva risa, el
infierno queda aún más lejos.
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