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La vocación recibida,
“Sal de tu tierra”, la recomendación bíblica, “No mires atrás”, la actitud evangélica, “Seguir detrás de
Jesús”, marcan el camino y señalan la actitud emblemática de los discípulos.
Los ejemplos que hemos leído los días pasados referidos a Saúl, Samuel, David,
Andrés, Pedro, Santiago, Juan, Leví, los doce…, nos centran en el punto de
partida de nuestra identidad y forma de vida como respuesta a la llamada y a la
vocación
La disponibilidad y la
obediencia a la llamada exigen una actitud de serena acogida y una atenta
presencia por las que se toma conciencia del querer de Dios. 
En general, solemos
avanzar por propia iniciativa y a poco que llevemos de camino, enseguida
deseamos plantar la tienda e instalarnos. Sin embargo, la vida misma, los
acontecimientos, la edad, las circunstancias, a veces adversas, fuerzan a
ejecutar obediencias. Ante esta realidad, no permanezcas como movido por el
destino, sino por seguimiento de la voluntad de Dios.
Atrévete a decirle a
Dios: “Señor, ¿qué quieres de mí?” “¿Qué quieres que yo haga?”
Es posible que te
asalte el miedo, la sensación de vértigo. Pero ¿qué es mejor, que la vida te
imponga el camino o que tú aceptes los hechos como Providencia?
Hay momentos en los
que la misión es identificadora de la forma de vida. Dentro de la dirección
tomada, cabe escuchar otras insinuaciones del Espíritu, como expresión renovada
de vitalidad espiritual, para cada momento.
Hoy, ¿qué te pide Dios
en tu relación más íntima y personal con Él?
Jesús envió a sus
discípulos a realizar tareas y misiones concretas.
En tu pertenencia
comunitaria, social, familiar ¿qué debes hacer como explicitación del querer de
Dios?
Los discípulos,
después de realizar la misión, volvieron a la comunidad.
Tu trabajo y oficio
¿los realizas como colaborador de quien te concedió el don? ¿Trabajas de manera
emancipada, por las fuerzas que tienes? ¿Cómo vuelves a tu casa, áspero,
gozoso, pasando la factura de tu cansancio o estado de ánimo?
¿Estás donde te
mandan, o donde tú eliges? Quizá no tienes alternativa, pero en tu tarea,
¿haces las cosas porque te gustan o con sentido de obediencia religiosa?
¿Realizas con gusto las cosas que te piden, o prefieres realizar aquello que
más te apetece?
Jesús, en la hora
suprema, nos enseñó el modo de actuar: “Padre, que no se haga mi voluntad, sino
la tuya”. “Padre, que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú”.
Atrévete a seguir la
voz interior, confirmada por la Palabra y por los acontecimientos.
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