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“El profeta y su
autoridad” es el título de la reflexión homilética del sacerdote y teólogo
José-Román Flecha Andrés para el domingo 29 de enero de 2012
El profeta es
nostalgia y es promesa. Pero es sobre todo, una voz y una presencia. Su mirada
se extiende al pasado para “recordarlo”, es decir para pasarlo por el filtro
del corazón. Y se orienta también al futuro para convocar a las gentes a
“concordar” los caminos para mejorarlo.
El
profeta no lo es por su propia voluntad y decisión. Obedece a una llamada de
Dios ya trata de llevar a delante una misión divina que le ha sido encomendada.
El profeta no vive para sí, sino para su pueblo. Es mensajero y mensaje. Su
palabra ha de encontrar reflejo y testimonio en el estilo de su vida personal.
Claro
que el profeta no es siempre bien aceptado por su pueblo. Para mucho la
tranquilidad es un bien más precioso que la fidelidad a los valores y a los
principios. Las gentes esperan recibir palabras de halago. No gustan de los que
corrigen y reprenden. Ni de los que incitan a superar la modorra de las metas
conquistadas.
LA
SALUD Y LA CONFESIÓN
“El
Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo de entre tus hermanos. A él le
escucharéis”. Eso es lo que promete Moisés a su pueblo, según el texto de la
primera lectura de la liturgia de hoy (Dt 18, 15-20). El pueblo esperaba esa
figura prometida desde antiguo. No es extraño que los enviados desde Jerusalén
pregunten a Juan Bautista si él es “el profeta”.
Según
el evangelio de Marcos, Jesús inicia su vida pública a las orillas del Lago de
Galilea. Después de elegir a sus primeros discípulos, acude el sábado a la
sinagoga de Cafarnaúm. Su primera acción es la de devolver la salud a un pobre
enfermo que se retuerce y grita. Las gentes dicen que tiene un espíritu
inmundo. Jesús lo libera de su mal (Mc 1, 21-28).
Hoy
nos extraña ver que los evangelios colocan algunas de las grandes confesiones
de fe en la boca de las personas más impensables, como Herodes, los sacerdotes
y los fariseos o el centurión que vigila la crucifixión. En este caso es el
enfermo epiléptico quien revela y reconoce la identidad de Jesús: “Sé quien
eres: el Santo de Dios”.
LA
VERDAD Y LA FIESTA
Pues bien, las
gentes de Nazaret han sabido ver la coherencia que existe entre las palabras de
Jesús y sus acciones.“Este enseñar con autoridad es nuevo”. Con esta exclamación parecen reconocer en Jesús
al profeta prometido por Moisés.
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“Este enseñar con autoridad es nuevo”. Con razón estas palabras se aplican a
Jesús. Otros maestros apoyaban sus opiniones en la autoridad de reconocidos
doctores. Jesús se permitía interpretar la Ley de Moisés. Con el tiempo la irá
resumiendo en el mandato del amor. E irá revelando el verdadero rostro de Dios.
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“Este enseñar con autoridad es nuevo”. Es ésta una frase que deberá aplicarse a
la Iglesia de hoy. La Iglesia escucha la voz de la humanidad. Presta atención a
sus dolores y esperanzas. Pero no puede idolatrar a una u otra ideología. Su
autoridad tampoco viene del poder político o económico. Está al servicio del
Reino de Dios. De ahí viene su novedad.
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“Este enseñar con autoridad es nuevo”. Cada uno de los cristianos es
evangelizado cada día. Y es llamado a ser evangelizador. El Evangelio ha de
sonar como nuevo en nuestros oídos. Y ha de sonar como nuevo cuando lo
proclamamos. Con la novedad de la verdad y de la vida, de la cercanía y de la
ternura, de la compasión y de la fiesta.
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Señor Jesús, te reconocemos como el Maestro y el Profeta enviado por Dios para
revelarnos su rostro de Padre y nuestra propia dignidad de hijos. Bendito seas
por siempre. Amén.
José-Román
Flecha Andrés
Universidad
Pontificia de Salamanca
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