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Por las lecturas que hoy se nos
proponen para meditar, se puede comprender cómo los textos del Antiguo
Testamento se iluminan desde el Nuevo, y la promesa que Dios hace a Moisés de
suscitar un profeta para que hable al pueblo se realiza plenamente en la
persona de Jesús.
Si el profeta que se le anuncia a
Moisés hablará de lo que Dios le revele, Jesús no dirá nada por su propia
cuenta, sino que nos comunicará lo que ha escuchado a su Padre. 
Si hay que escuchar y obedecer la
enseñanza de los verdaderos profetas, según el texto del Deuteronomio, ¡cuánto más
habrá que acoger y llevar a la práctica la predicación de Jesús, Maestro que
habla con autoridad, según reconocen sus contemporáneos!
Uno de los secretos para que se
reciba un discurso, se encierra en la autoridad del que lo pronuncia. No se
puede predicar de oídas, ni inventarse la doctrina. La propuesta que hace un
auténtico maestro debe ir avalada por la coherencia. En el libro del
Deuteronomio se afirma que Dios mismo pondrá las palabras en la boca del
profeta. Jesús dirá de sí mismo que Él habla de lo que ha oído a su Padre.
¡Tantas veces nuestros parlamentos
son vacíos! No tocan el corazón porque tampoco salen las palabras de las
entrañas, sino que quizá son aprendidas y estudiadas, y aun siendo noble el
trabajo de preparar el discurso, hoy se necesitan más testigos que maestros, y
estos en cuanto testigos, según decía Pablo VI.
En esta perspectiva, San Pablo,
desde la coherencia de su opción de vida, aconseja dedicarse enteramente a
Dios, con opción célibe, aunque él sabe que no todos pueden con ello. “Os digo
todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a
una cosa noble y al trato con el Señor, sin preocupaciones”.
El salmista nos dicta la mejor
actitud posible: “Ojalá escuhéis hoy la voz del Señor y no endurezcáis el
corazón”.
Hoy se nos invita a acudir donde
se nos expliquen las Escrituras, a tener el lugar de pertenencia comunitaria para
la formación de nuestra fe y sostenimiento de nuestra fidelidad. Jesús acudía los
sábados a la sinagoga.
Hoy nos podemos examinar de la
coherencia que se da entre nuestra forma de hablar y de vivir.
Hoy se nos invita a ser testigos
del Señor, al igual que Él lo es de su Padre.
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