|
El
mandato misionero de Jesús a su Iglesia sigue resonando en nuestros corazones
también hoy: “Id y predicad el Evangelio a todas las gentes, bautizándolas en
el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo… El que crea y se bautice
se salvará” (cf. Mt 28, 19; Mc 16, 16). Este mandato misionero no supone
imponer la fe a nadie, y menos aún por la violencia, sino que propone el
Evangelio como un tesoro descubierto, que se quiere compartir para bien de los
demás. 
Celebramos
en estos días la Infancia Misionera, que quiere inculcar en los niños católicos
ese deseo de que Jesús sea conocido por todos los demás niños del mundo.
Continuamente enseñamos a los niños a ser capaces de compartir, desde un
juguete hasta la necesidad básica del alimento y la cultura. En primer lugar,
para apreciar lo que tienen, pero además, porque se hagan sensibles de que la
inmensa mayoría de los niños del mundo no disfrutan de todos estos bienes.
Iniciativas de todo tipo van educando en ese espíritu solidario: lo que tú has
recibido tienes que compartirlo con los demás, y eso a ti te hace bien.
Esta
jornada misionera nos advierte que el mayor bien que una persona posee es el de
haber encontrado a Jesucristo, y la mayor desgracia consiste en no conocer a
Jesucristo, único salvador del mundo. Muchos niños del mundo no conocen a
Jesucristo, porque nunca han oído hablar de Él o porque no tienen quién les
anuncie esta buena noticia. Y no hemos de irnos a países lejanos, donde puede
darse esta carencia junto con otras muchas de tipo material. No. También entre
nosotros, muchos niños ya no han recibido de sus padres la transmisión de la fe
en Jesucristo, para descubrirlo progresivamente como amigo, como el Hijo de
Dios que se ha acercado hasta nosotros con deseo de ganarse nuestra amistad,
para hacernos partícipes de su vida divina. Muchos niños nuestros viven
rodeados de otros niños que no son cristianos, o que habiendo recibido el
bautismo, apenas conocen a Jesús como verdadero amigo.
Las
actitudes que se cultivan desde la infancia permanecen para toda la vida, son
como cimientos sobre los que se construye la historia de cada persona. Y esta
actitud misionera es una de las actitudes básicas, que influirán en una persona
para siempre. Hemos aflojado en el espíritu misionero, también en este nivel de
la infancia, que al fin y al cabo recibe lo que los adultos queremos
proporcionales. También en este campo se percibe el influjo del relativismo de
nuestro tiempo. Un relativismo en el campo religioso, por el que consideramos
erróneamente que todo vale y que da lo mismo una religión que otra. Por ese
camino, no somos capaces de apreciar como tesoro la fe cristiana recibida desde
los apóstoles y el mandato misionero de ir al mundo entero a anunciar el
Evangelio.
Los mismos
slogans que manejamos en este campo religioso y en el propiamente misionero no
pasan muchas veces de ser una invitación light
a una solidaridad descafeinada que no compromete y, por tanto, no se vive con
entusiasmo. Es preciso tomar conciencia del don de la fe como un tesoro
recibido, que tenemos que compartir con quienes no lo tienen. Un niño es capaz
de conocer a Jesucristo, de hacerse amigo de Él, si tiene a su alrededor
personas mayores –empezando por sus padres y sus educadores– que le hablan con
pasión de Jesús y sus enseñanzas.
Un niño
está llamado a apasionarse por Jesucristo, si encuentra personas apasionadas
que se lo transmiten. Y eso no está reñido con la capacidad de respetar al otro
y sus diferencias. La Infancia Misionera no consiste en animar a los niños a
una solidaridad que igualmente podría darse si uno no fuera cristiano. Podemos
y debemos enseñar a los niños a ser misioneros. Ellos son capaces de recibir
esta llama del ardor misionero, que quiere que todos los hombres se salven porque
han conocido a Jesucristo, único salvador. Muchos niños del mundo –también
cercanos a nosotros– no lo saben, y a nosotros se nos ha dado para que
aprendamos a compartirlo. La fe, también en los niños, se fortalece dándola.
Recibid
mi afecto y mi bendición:
+ Demetrio
Fernández, obispo de Córdoba
|