|
Por Ángel Moreno de
Buenafuente
Durante las primeras semanas de lo que en liturgia
se llama Tiempo Ordinario, en la primera lectura, correspondiente a los años
pares, se proclama el libro de Samuel. La meditación de este texto bíblico no
sólo nos da noticias de los orígenes de
la monarquía de Israel y de Judá, sino que ilumina la historia de cada uno de
los que nos dejamos acompañar por la
Palabra de Dios.
La vocación de David
En el libro de Samuel se narra cómo eligió
Dios a David para ponerlo al frente de su pueblo. Una sucesión de hechos
providentes resaltan la figura del más pequeño de los hijos de Jesé, pastor, de
buen parecer y valiente.
Ungido por el profeta Samuel, destaca por
su destreza, y le consigue al rey Saúl victorias importantes. Sucede al rey
Saúl y se le proclama rey de Israel y de Judá. Conquista Hebrón y el corazón de
la tierra de los cananeos, Jerusalén. Lo aclaman las doncellas de Sión, y entra
victorioso con el Arca de la Alianza hasta la cima de la que será su ciudad.
El pecado de David
Encumbrado por los éxitos y la popularidad,
el rey David, que siempre acompañaba a sus hombres en las batallas, se quedó en
casa, mientras enviaba a sus soldados a la guerra. Dio paso al deseo de la
mujer de su prójimo, extorsionó y violentó a la esposa de Urías, el hitita,
quiso encubrir su delito con agasajos a su fiel soldado para que no descubriera
la maldad de su acción con Betsabé, y ante la imposibilidad de ocultar su
pecado, mandó ejecutar una estrategia para que pereciera su más fiel y valiente
guerrero. Así pudo tomar por esposa a
Betsabé, de la que esperaba un hijo.
Un primer acto de infidelidad de David, como
fue no ir con sus soldados al frente, provocó una cadena de hechos contrarios a
la honestidad y al respeto debido a la mujer de su prójimo. Esta acción
desencadenó un huracán de proyectos malvados, violentos, criminales, hasta
llegar a provocar la muerte de Urías.
Reacción de David
Dios le hizo saber a David que había
cometido un pecado terrible, semejante al de aquel que, teniendo abundantes
ganados, a la hora de dar un banquete, le roba a un pobre la única corderilla
que tenía.
David, ante la denuncia de su pecado,
reaccionó con humildad, rogó el perdón de Dios, asumió su delito, confesó su
pecado: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra
mi culpa, limpia mi pecado…” (Sal 50).
La fidelidad de Dios
Dios no se retracta, no retira su bendición
a David, acepta su confesión, lo perdona, y le devuelve su favor después de haberle
hecho expiar su pecado y sentir el dolor de la muerte del hijo engendrado.
En esta historia se contienen tantos
procesos de nuestro corazón que sólo se resuelven con la humildad y la
conversión.
|