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Cuadros de espiritualidad para el mes de febrero de 2012, por Araceli de Anca Imprimir E-Mail
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Escrito por Redactora   
miércoles, 01 de febrero de 2012

"La moral es, ante todo y sobre todo, doctrina sobre el hombre", dice Josef Pieper

 

                  Se oye que alguien canta:

                  Al timón aferrado

                  por intrincadas sendas sin trazar

                  la mar surcando,

                  impulsado por el viento,

                  entre olas, navega el marinero.

                    Tras el ancho y largo mar

                  navega y no tropieza

                  guiando el timón,

                  por las intrincadas sendas de la mar.

Y para navegar por la vida, el cristiano necesitará formar su conciencia en la Doctrina Moral, timón imprescindible para saber cómo guiarse en las enrevesadas sendas de unas tentaciones que, si no siempre harán zozobrar al alma en el pecado mortal, sí pueden detenerla en su marcha hacia Dios por el pecado venial o por la tibieza.

 

Josef  Pieper, en su libro Virtudes fundamentales, explicará que la Moral no es una mera doctrina sobre la acción del hombre, sobre lo permitido y lo prohibido, origen de toda una literatura "moralizante", con una única obsesión: resolver los casos-límite del obrar humano.

 

La Moral es mucho más que un código de normas. La Moral lleva sabiamente a elevar al hombre por encima de intereses humanos y terrenos; sólo con meditar el primer Mandamiento, que obliga a amar a Dios sobre todas las cosas, nos damos cuenta de cómo nos eleva hacia Él.

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                  Se dirige a Dios el salmista:

                  "No me he desviado de tus normas porque Tú me has guiado.

                  ¡Qué dulces al paladar son tus palabras! Más que la miel en mi boca.

                  De tus decretos recibo inteligencia, por eso he detestado toda senda falsa.

                  Antorcha es tu palabra ante mis pasos, luz en mis senderos"  (Salmo 118, 102-105).

 

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Orar es hablar con Dios: así de sencillo.

 

                  Frases hechas, dichas por la fuerza de la costumbre: "buenos días", "qué tal", "bienvenido", "hasta luego", "adiós". Expresiones dirigidas a veces por cortesía que, aun no exentas de afecto, son exclamaciones que saben a poco para la persona que sabe amar.

                  ¡¿Adiós, me dices?!, ¡¿hasta luego?!... ¡No! ¡Quédate! Te respondería con gusto; yo que después de tanta frase corta deseo dialogar despacio contigo siguiendo el imperativo afectuoso de mi corazón que pide hablarte despacio y con sosiego.

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                  En nuestro trato con Dios o con la Virgen nuestra Madre decimos oraciones que recitamos de memoria; unas muy breves, que parecen fórmulas pero que están llenas de contenido: son las jaculatorias, inventadas por la piedad de los fieles; otras, no tan breves, aprendidas del mismo Jesucristo, como el Padrenuestro; otras, sacadas del Evangelio; y muchas más, transmitidas en la Iglesia a lo largo de los siglos, como el Avemaría, el Gloria, la Salve: ¡verdaderos tesoros de oración vocal!

                  Mas, junto a la oración vocal, la piedad cristiana reclama la oración mental: diálogo personal con Dios, con la Virgen nuestra Madre, con los Ángeles y los Santos: oración-diálogo que por una parte es lo que el alma dice a Dios siguiendo lo que le dicta la cabeza y el corazón, y por otra parte lo que Dios le sugiere.

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                  Sea como sea, la Sagrada Escritura, más que aconsejar la oración e invitar a ella, la exige.

                  En el Antiguo Testamento, leemos que dice Isaías: "Clama, no ceses" (58, 1).

                  Y en el Nuevo Testamento insta con fuerza san Pablo: "Perseverad en la oración, velando en ella con acciones de gracias" (Colosenses 4, 2).

 

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Apasionante y "obligada" aventura es descubrir a Dios en el Bien, la Verdad y la Belleza, y también en el misterio del dolor.

 

 ¡Cuánta inquietud! ¡Cuánto deseo de aventuras fascinantes hay por descubrir, explorar, investigar en pequeños y mayores!...

                  En ese afán:

                  Colón descubrió América.

                  El pintor del Renacimiento, la perspectiva pictórica.

                  El investigador, muchos secretos de la Ciencia...

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                  Y el hombre en su afán de desentrañar el sentido de la vida, descubre su sentido divino.

                  ¡Verdaderamente afortunadas son las palabras de san Josemaría Escrivá, cuando dice!: "...hay 'un algo' santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir" (CONVERSACIONES..., nº 114).

________________

 

                  Y sea o no creyente, a cualquier ser humano, la Huella divina que quedó plasmada en la Creación, le llevará a descubrir a Dios, pues aun siendo Dios "un Dios escondido" (Isaías 45, 15), sin embargo, "lo que se puede conocer de Dios -escribe san Pablo- es manifiesto entre ellos (los hombres), ya que Dios se lo ha revelado. En efecto, las perfecciones invisibles de Dios, a saber: su eterno poder y su divinidad, se han hecho visibles a la inteligencia, después de la creación del mundo, a través de las cosas creadas, de modo que son inexcusa­bles" (Romanos 1, 19-20).

 

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La seguridad de saber que nuestra Fe es la verdadera, nos la da nuestra Madre la Iglesia.

                  Quizá los científicos ateos no creen porque no piensan que cuando investigan no lo hacen sino profundizando en las leyes dadas por el Creador para toda la Creación: lo que conocemos por Ley Eterna.

                  Y si por una imposible rebeldía no quisieran someterse a esas leyes, habrían de dedicarse a hacer ciencia-ficción en el arte del cinematógrafo.

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                  Y en materia de Fe, las conclusiones teológicas no saldrán a la luz sino investigando en el Depósito de la Fe. Será el Papa y los Obispos en comunión con él quienes las aprueben. Ellos, asistidos por el Espíritu Santo, son los que orientan en la Fe a los creyentes.

                  Quienes sacasen conclusiones teológicas de otras fuentes que no fueran las del Depósito de la Fe, estarían haciendo pseudoteología.

                  Pablo VI define el acto de Fe como "una virtud teologal que hace al hombre partícipe de la misma vida de Dios, una virtud que no sólo está orientada hacia Dios, sino que es orientada por Dios"  (Alocución 20-IV-1966).

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                  En el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos: "Para mantener a la Iglesia en la pureza de la fe transmitida por los apóstoles, Cristo, que es la Verdad, quiso conferir a su Iglesia una participación de su propia infalibilidad. Por medio del 'sentido sobrenatural de la fe', el Pueblo de Dios' se une indefectiblemente a la fe', bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia" (nº 889).

 

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Cuanto se ofrece a Dios en Honor y Gloria de su Santo Nombre, será premiado con inmenso Cielo.

 

                  Como nada ante la Majestad divina,

                  así son el trabajo y los afanes de nuestra vida;

                  mas si con amor a Dios es ofrecido,        eso "como nada",

                  trabajo y afanes, se convertirán en flor de homenaje:

                  flor que exhalará rico aroma para recreo divino.

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                   En el Plan divino de Salvación, para los que aman a Dios y todo lo desean para Gloria de su Santo Nombre: lo costoso de su trabajo con su cansancio y rutina y todo sufrimiento, Dios lo convertirá en frutos de purificación y santificación, merecedores de Cielo.

                  "El reparto que su divina bondad hace con nosotros -escribe san Francisco de Sales- es éste: nos cede el fruto de sus beneficios y se reserva el honor y la alabanza".

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         Dice el Señor en el Antiguo Testamento, sobre el honor de su Nombre: "Por amor mío, por amor mío obraré porque mi nombre no ha de ser profanado, y mi gloria no la cedo a nadie" (Isaías 48, 11).

                  Y en el Nuevo Testamento, el mismo Cristo, en la oración del Padrenuestro nos enseña a pedir y desear que ante todo, y antes de pedir para nosotros el Cielo, sea el Nombre del Padre celestial por siempre bendito y alabado: "Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino..." (Oración del Padrenuestro).

 

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Dios nos pide hacer las cosas con buena voluntad y mucho amor, y no perder la paz si palpamos nuestra pobre limitación.

 

                  "Dios no tiene necesidad de que nosotros seamos servidores suyos -dice san Agustín-, pero nosotros tenemos necesidad de que Él sea nuestro dueño para obrar en nosotros y poseernos. Por eso también sólo Él es verdaderamente Señor y Amo, puesto que nosotros le servimos sin utilidad para Él, tornándose toda la utilidad a nosotros y a nuestra salvación. Si él tuviera necesidad de nosotros ya no sería totalmente Señor, puesto que Él mismo sería esclavo de una necesidad que encontraría remedio en nosotros".

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                  Dios, que podría no haber contado con nuestra colaboración -aún conociendo nuestras limitaciones-, quiso necesitar de nuestro trabajo en su obra creadora y de nuestra acción apostólica en su obra Redentora.

                  Ahora bien, si a la hora de hacer lo que Dios quiere que hagamos no conseguimos hacerlo todo lo bien que hubiéramos querido, si somos humildes, nuestras limitaciones jamás nos inquietarán: Dios cuenta con ellas, Él sabe bien de qué "material" estamos hechos.

                  Con el salmista, diremos llenos de paz y confianza: "El Señor acabará por mí su obra" (Salmo 137, 8).

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                  Y nos llenaremos de paz sabiendo que, aun pobres y limitadas, Dios da por buenas y meritorias nuestras obras.

                  Vosotros, dice Jesucristo, "cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: somos unos siervos inútiles; no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer" (Lucas 17, 10).

 

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Haced oídos sordos al diablo, de quien dice Jesús que "es mentiroso y padre de la  mentira"; ni por curiosidad le escuchéis, porque de él dice también que es "homicida  desde el principio" (Juan 8, 44).

 

                  Tarde de ocio en un parque de atracciones. Qué risa. De pronto, tú y yo, ante un singular espejo nos vemos deformados, gordos, muy gordos. ¡Qué susto!, nuestra nariz y todo nuestro cuerpo ha crecido.

                  - Señores, un poco de calma: están ustedes frente a un espejo mágico que distorsiona las figuras.

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                  Analizando ahora la realidad de la vida, vemos cómo muchas veces el diablo distorsiona la verdad, haciendo que se llame:

                  - al crimen del aborto voluntario, "interrupción del embarazo",

                  - al pudor -guardián de la pureza-, "prejuicio de abuelas",

                  - a las Verdades Eternas -Tesoros de la Fe-, "conceptos superados",

                  - a la plausible libertad de las conciencias, "libertad de conciencia", relativizándolo todo para hacer lo que viene en gana,

                  - a la libertad -que nos trajo Cristo (cfr. Gálatas 5, 13)-, "liberación de lo que nos desagrada"

                  - y obviando el concepto trascendente de la Justificación por la Gracia, el diablo sólo hablará de justicia humana.

                  ...

                  Siguiendo estas falacias, el demonio llamará:

                  - "cristiano adulto" al que se adhiera a estas distorsiones,

                  - "retrógrado" al que beba en las doctrinas de san Agustín, de santo Tomás y de los demás  Padres de la Iglesia,

                  - "reprimido" al que obedezca al Magisterio eclesiástico, haciendo creer a las comunidades de fieles que son ellas las que ostentan la luz del Espíritu Santo.

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                  A la memoria nos vienen los ayes de Isaías:

                  "¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno, malo

                  de quienes de la tiniebla hacen luz y de la luz tiniebla,

                  que truecan lo amargo en dulce y lo dulce en amargo!

                  ¡Ay de los que son sabios a sus propios ojos y se tienen a sí mismos por prudentes!" (5, 20-21).

 

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Recibir el descanso no como compensación sino como algo que forma parte del trabajo.

 

                  Simpática la figura del borriquillo, del que ya casi sólo se le puede ver pastar y dormir en los parques zoológicos.

                  Pero observamos que a los que se sigue utilizando para la labranza en algunos pueblos, se les hace descansar y se les da de comer, no en compensación de su duro trabajo, sino para que puedan continuar trabajando y sacar de ellos el máximo rendimiento.

                  ¡Un aplauso para el borrico!, que borrico fue el animal elegido para llevar a Cristo a Jerusalén.

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                  Y yo, borrico de Dios, tampoco querré compensaciones humanas. No diré: "Me he ganado un merecido descanso", porque con esas cuentas mi trabajo quedaría pagado aquí ya en la tierra y yo quiero diferir la recompensa al Cielo; si descanso es para recuperar fuerzas y después seguir trabajando.

                  Y si por pereza no trabajo, menos aún mereceré descansar, pues el descanso es en función del trabajo: no se puede hacer descansar al que se encuentra en perpetuo descanso.

                  Que todos debemos trabajar... fue una disposición del Creador desde que dio vida al hombre (cfr. Génesis 2, 15). Alcanza a todos: tanto al rico, que aunque viva de sus rentas no puede hacerse insolidario y no trabajar, como a algunos de los pedigüeños vagabundos, que por pereza les es más cómodo vivir de los demás.

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                  San Pablo se ve obligado a escribir a los Tesalonicenses: "...si alguno no quiere trabajar, que no coma. Pues oímos que hay algunos que andan con desorden entre vosotros sin hacer nada pero metiéndose en todo. A esos ordenamos y exhortamos en el Señor Jesucristo a que coman su propio pan trabajando con sosiego"  (II Tesalonicenses 3, 10-12).

 

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Quien se tiene por santo, señal es de que todavía le queda mucho por llegar a serlo; quien, luchando por conseguirlo, se tiene por pecador, señal es de que va por buen camino.

 

                  A ti, lector, que me prestas atención, te invito a entrar en una habitación en penumbra, en la que sólo se distingue la armonía de sus dimensiones y el empaque de unos señoriales muebles. Pienso que una vez llegados allí, exclamarías: ¡Qué maravilla!

                  Mas si después de entrar encendiéramos una lámpara, iríamos apreciando muchos objetos de gran valor, y también algún desorden; y cuando por fin diéramos todas las luces, notaríamos que en medio de tanta riqueza hay polvo, desconchones, y en un rincón alguna tela de araña. Dirías entonces: ¡Es hermoso, a pesar de sus imperfecciones y defectos!

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                  Trasladando esta escena a la vida interior, diremos que cuando estamos conformes con nosotros mismos, con nuestra conciencia, es porque carecemos de la suficiente Luz de la Gracia para ver nuestros defectos.

                  Pero después, a medida que vayamos recibiendo los sacramentos y acercándonos más y más a Dios, nos iremos inundando de más Gracia santificante, viendo entonces que anidan en nosotros los pecados capitales y que hay desorden en nuestros afectos: que no amamos a Dios sobre todas las cosas.

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                  Jesús decía a los fariseos de su época, y dice ahora a todos los pretenciosos, ciegos por culpa de sus pecados: "Si fuerais ciegos no tendríais pecado, pero ahora decís: Vemos; por eso vuestro pecado permanece" (Juan 9, 41).

 

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"Aprended a haced el bien, buscad lo que es justo", dice el Señor (Isaías 1, 17).

 

                  Fácil es creer que fuerte y muy duro es el entrenamiento y la preparación que necesita el astronauta para alejarse de la tierra kilómetros y kilómetros y navegar por el espacio sideral.

                  Y fácil es creer también que no  necesitarían esa preparación para bajar velozmente a tierra los desdichados pasajeros de un avión que de pronto y sin remedio se estrellara contra el suelo.

                  El intelectual, el científico necesitarán asimismo preparación, pero le sobrará al perezoso de relax permanente.

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                  De semejante manera, el cristiano necesitará una correcta preparación ascética y doctrinal si quiere agradar a Dios y cumplir seriamente su Voluntad... pero no la necesitará quien, marginando a Dios de su vida, sólo aspire a la comodidad y al placer: ¡al aburguesamiento!

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                  En el Libro de los Proverbios, leemos:

                  "Hijo mío, si acoges mis palabras y guardas mis preceptos, prestando oídos a la sabiduría, inclinando tu corazón a la prudencia (...); si la procuras como a la plata y la buscas como a los tesoros, entonces comprenderás el temor del Señor y hallarás el conocimiento de Dios" (2, 1-6).

 

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En pocas palabras resume san Ambrosio el lugar donde encontramos a Dios:  "Donde está Pedro, allí está la Iglesia, allí está Dios".

 

                  A los ochenta años cumplidos, Malcolm Muggeridge nos descubre sus sentimientos cuando, junto con su mujer, pide la admisión en la Iglesia católica: "Una sensación de 'llegar a casa', de reanudar una vida perdida, de contestar a un timbre que ha estado sonando largo rato, de encontrar en una mesa un puesto que se ha dejado vacío por mucho tiempo".

                  Pero una tristeza se mezcla con su gozo personal por la decadencia moral de la sociedad. Se lamenta porque en el occidente cristiano, donde felizmente encontró esa "mesa", haya desorden: "...lo que seguimos llamando civilización occidental se encuentra en una situación tan lamentable como la del Imperio Romano en tiempos de san Agustín".

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                  Y a nosotros, yendo más lejos, pensando en la Casa del Padre, una alegre esperanza de ir a ocupar un puesto en la mesa del Banquete Celestial -imagen de la Iglesia futura en el Antiguo Testamento- nos invade al escuchar a Isaías:

                  "Levántate, oh Jerusalén, recibe la luz:  porque ha venido tu lumbrera, y ha nacido sobre ti la gloria del Señor;

                  pues he aquí que tinieblas cubren la tierra y oscuros nubarrones los pueblos;

                  mas sobre ti nacerá el Señor, y en ti se dejará ver su gloria.

                  Y a tu luz caminarán las gentes, y los reyes al resplandor de tu astro naciente" (60, 1-3).

________________

 

                  Porque todos somos Iglesia, escucharemos lo que dice el Concilio Vaticano II: "La Iglesia, ayudando al mundo y siendo ayudada por el, solamente busca una cosa: que el Reino de Dios venga y se instaure la salvación del género humano. Pues todo el bien que el Pueblo de Dios puede  aportar a  la  familia  humana  en  el  tiempo de su peregrinar terreno, nace de que la Iglesia es 'sacramento universal de salvación', que proclama y realiza a la vez, el misterio del amor de Dios a los hombres"

(Constitución  Pastoral Sobre la Iglesia en el mundo actual, nº 45).

 

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Para Reinar, servir.

 

                  Describe Fanfani cómo la Providencia de Dios se extiende a todas y a cada una de las cosas creadas, incluso a las más bajas y viles, y cómo de hecho suele gobernar las cosas inferiores por medio de las superiores; así, los minerales sirven a las plantas; las plantas a los animales; los animales al hombre; el hombre a Cristo; y Cristo Jesús, finalmente, a su Padre Dios.

________________

 

                  Acabamos de conjugar el verbo servir.

                  El Sucesor de Pedro, el Romano Pontífice, es por excelencia el Siervo de los siervos de Dios, título que se atribuyen a sí mismos todos ellos y ejercen con gusto.

                  Pues también a nosotros, que somos siervos de Dios, el Concilio Vaticano II nos insta a entrar en el juego del servir: "...los discípulos (...), sirviendo a Cristo también en los demás, conduzcan en humildad y paciencia a sus hermanos hasta aquel Rey, a quien servir es reinar" (Const. Dogm. Sobre la Iglesia, nº 36).

________________

 

                  "En la casa del justo -ha escrito san Agustín- los que mandan sirven a aquellos a quienes parecen mandar. La razón es que no mandan por afán de poder, sino porque tienen el ministerio de cuidar de los demás; no son los primeros por soberbia, sino por amor, para atenderlos" (LA CIUDAD DE DIOS, 19, 14).

 

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La Humildad que demuestra Dios al pedirnos, al querer ser necesitado de nosotros, nos honra y nos honrará eternamente.

 

                  Se podría decir que:

                  El lazarillo es para el ciego sus ojos.

                  El cuidador del inválido, sus pies y sus manos.

                  El animoso, para el desalentado, su otra alma.

                  El amante, para el herido de amor, su propia alegría.

________________

 

                  Y Cristo, Dios y Hombre, encerrado en el Sagrario, como no puede hacer físicamente lo que hizo mientras estuvo en la tierra, nos pide a nosotros que continuemos su tarea de Salvación: ganar almas para la Gloria del Cielo. Por eso rezará a su Padre: "Padre Santo (...). Como Tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo" (Juan 17, 18).

                  Por lo que ahora serán los fieles creyentes, miembros de su Cuerpo Místico, los que prestarán a Cristo:

                  Su boca para extender su Doctrina.

                  Su trabajo para santificar las actividades humanas.

                  Sus bienes materiales para atender al necesitado y a su Iglesia.

                  Su alegría para hacer ver que el mensaje del Evangelio es mensaje de Esperanza en la Vida eterna.

                  Su corazón para hacer el bien amando a todos los hombres.

                  Su sacrificio para reparar y salvar almas.

                  Y las manos consagradas de sus sacerdotes para llevar la Gracia divina a todos.

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                  "Cada cristiano -dice san Josemaría Escrivá- debe hacer presente a Cristo entre los hombres; debe obrar de tal manera que quienes le traten perciban el 'bonus odor Christi', el buen olor de Cristo; debe actuar de modo que a través de las acciones del discípulo pueda descubrirse el rostro del Maestro" (ES CRISTO QUE PASA, nº 105).

 

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Porque nuestra vida se desarrolla en la Presencia de Dios, se hace necesario cuidar  nuestras palabras, pues no sería delicado que la misma Palabra divina –Jesucristo Dios y Hombre- escuchara expresiones torpes.

 

                  Seguro que sí, seguro que te tapas la nariz al pasar por un estercolero..., y te tapas los oídos ante la desmesura de tanta palabra torpe y gruesa: vocablos malsonantes que aun sin querer hacen chirriar una sana y limpia sensibilidad humana.

                  Y es que no hace falta ser poeta, ni muy delicado, ni casto, ni cristiano para no querer escuchar tanta palabra gruesa.

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                  Se lee en el Antiguo Testamento: "No acostumbres tu boca a groserías impuras, que en ellas hay palabras pecaminosas" (Eclesiástico 23, 17).

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                  Que al cristiano lo que le va es decir palabras que puedan ser escuchadas por la Presencia divina y que hagan bien a los demás.

                  Desechad, exigirá san Pablo, "la ira, la indignación, la malicia, la blasfemia, y lejos de vuestra boca la palabra deshonesta" (Colosenses 3, 8).

 

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La libertad no significa que el hombre pueda ser totalmente independiente, porque la independen­cia absoluta es sólo potestad de Dios.

 

                  Lo comprobamos fácilmente. Ni el pulmón puede independizarse del aire porque la persona se asfixiaría, ni la hierba de la clorofila porque se agostaría, ni los astros de la ley de la gravedad porque se trastornaría el equilibrio estelar. Y en cuanto a los procesos técnicos, qué decir de tantas conexiones acopladas a la red eléctrica: el desastre que se desencadenaría si se rompieran los cables de conexión, sería penoso.

________________

 

                  El hombre, que como toda criatura en Dios vive, se mueve y existe (cfr. Actas 17, 28), si por una impensable permisión divina, se lanzara hacia una pretendida independencia de su Creador, en el mismo punto que la alcanzara se vería sumergido en la nada: dejaría de vivir, moverse y existir, porque sólo estando en Dios hay vida, movimiento y existencia. Y porque todo lo que existe recibe su ser del Ser y en el Ser -Él es el que Es (cfr. Éxodo 3, 14)-, no puede haber nada fuera de Él.

                  Por tanto, a mayor unión con Dios, por movernos en la misma Libertad divina, alcanzaremos una mayor libertad. A menor unión con Dios, por la misma razón, menor libertad. De ahí la situación de esclavitud en la que, tiranizado por sus pecados (cfr. Juan 8, 34), se halla el que se rebela contra Dios.

________________

 

                  "Cuando la dependencia de Dios -de su paternidad- se vive en el rechazo -dice Chiristian Chabanis-, se concibe como una privación de libertad. Sin embargo, no puede suprimirse, porque no se puede aniquilar el hecho de haber recibido el ser. Querer ignorar esa dependencia del hombre respecto de Dios es tanto como intentar modificar nuestra realidad. La finitud del hombre pide ser sostenida por la infinitud de Dios.

                  La permisividad llevada al extremo es una utopía, porque ello supondría pretender la absoluta independencia del hombre, y esa es una ambición diabólica en sentido fundamental. La independencia total haría a los hombres como Dios, que es el único que no depende de nadie. Y la realidad es que el hombre es una criatura" (ENTREVISTA REVISTA PALABRA, nº 267, octubre 1987).

 

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Modificado el ( domingo, 01 de abril de 2012 )
 
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