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"La moral es, ante todo y sobre todo, doctrina sobre el hombre", dice Josef Pieper
Se oye que alguien canta:
Al timón aferrado
por intrincadas sendas sin
trazar
la mar surcando,
impulsado por el viento,
entre olas, navega el
marinero.
Tras el ancho y largo mar
navega y no tropieza
guiando el timón,
por las intrincadas sendas de
la mar.
Y
para navegar por la vida, el cristiano necesitará formar su conciencia en la
Doctrina Moral, timón imprescindible para saber cómo guiarse en las enrevesadas
sendas de unas tentaciones que, si no siempre harán zozobrar al alma en el
pecado mortal, sí pueden detenerla en su marcha hacia Dios por el pecado venial
o por la tibieza.
Josef Pieper, en su libro Virtudes fundamentales,
explicará que la Moral no es una mera doctrina sobre la acción del hombre,
sobre lo permitido y lo prohibido, origen de toda una literatura
"moralizante", con una única obsesión: resolver los casos-límite del
obrar humano.
La
Moral es mucho más que un código de normas. La Moral lleva sabiamente a elevar
al hombre por encima de intereses humanos y terrenos; sólo con meditar el
primer Mandamiento, que obliga a amar a Dios sobre todas las cosas, nos damos
cuenta de cómo nos eleva hacia Él.
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Se dirige a Dios el salmista:
"No me he desviado de tus
normas porque Tú me has guiado.
¡Qué dulces al paladar son tus
palabras! Más que la miel en mi boca.
De tus decretos recibo
inteligencia, por eso he detestado toda senda falsa.
Antorcha es tu palabra ante
mis pasos, luz en mis senderos" (Salmo 118, 102-105).
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Orar es hablar
con Dios: así de sencillo.
Frases hechas, dichas por la
fuerza de la costumbre: "buenos días", "qué tal", "bienvenido",
"hasta luego", "adiós". Expresiones dirigidas a veces por
cortesía que, aun no exentas de afecto, son exclamaciones que saben a poco para
la persona que sabe amar.
¡¿Adiós, me dices?!, ¡¿hasta
luego?!... ¡No! ¡Quédate! Te respondería con gusto; yo que después de tanta
frase corta deseo dialogar despacio contigo siguiendo el imperativo afectuoso
de mi corazón que pide hablarte despacio y con sosiego.
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En nuestro trato con Dios o
con la Virgen nuestra Madre decimos oraciones que recitamos de memoria; unas
muy breves, que parecen fórmulas pero que están llenas de contenido: son las
jaculatorias, inventadas por la piedad de los fieles; otras, no tan breves,
aprendidas del mismo Jesucristo, como el Padrenuestro; otras, sacadas del
Evangelio; y muchas más, transmitidas en la Iglesia a lo largo de los siglos,
como el Avemaría, el Gloria, la Salve: ¡verdaderos tesoros de oración vocal!
Mas, junto a la oración vocal,
la piedad cristiana reclama la oración mental: diálogo personal con
Dios, con la Virgen nuestra Madre, con los Ángeles y los Santos:
oración-diálogo que por una parte es lo que el alma dice a Dios siguiendo lo
que le dicta la cabeza y el corazón, y por otra parte lo que Dios le sugiere.
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Sea como sea, la Sagrada
Escritura, más que aconsejar la oración e invitar a ella, la exige.
En el Antiguo Testamento,
leemos que dice Isaías: "Clama, no ceses" (58, 1).
Y en el Nuevo Testamento insta
con fuerza san Pablo: "Perseverad en la oración, velando en ella con
acciones de gracias" (Colosenses 4, 2).
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Apasionante y
"obligada" aventura es descubrir a Dios en el Bien, la Verdad y la Belleza,
y también en el misterio del dolor.
¡Cuánta
inquietud! ¡Cuánto deseo de aventuras fascinantes hay por descubrir,
explorar, investigar en pequeños y mayores!...
En ese afán:
Colón descubrió América.
El pintor del Renacimiento, la
perspectiva pictórica.
El investigador, muchos
secretos de la Ciencia...
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Y el hombre en su afán de
desentrañar el sentido de la vida, descubre su sentido divino.
¡Verdaderamente afortunadas
son las palabras de san Josemaría Escrivá, cuando dice!: "...hay 'un
algo' santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca
a cada uno de vosotros descubrir" (CONVERSACIONES..., nº 114).
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Y sea o no creyente, a
cualquier ser humano, la Huella divina que quedó plasmada en la Creación, le
llevará a descubrir a Dios, pues aun siendo Dios "un Dios
escondido" (Isaías 45, 15), sin embargo, "lo que se puede
conocer de Dios -escribe san Pablo- es manifiesto entre ellos (los
hombres), ya que Dios se lo ha revelado. En efecto, las perfecciones invisibles
de Dios, a saber: su eterno poder y su divinidad, se han hecho visibles a la
inteligencia, después de la creación del mundo, a través de las cosas creadas,
de modo que son inexcusables" (Romanos 1, 19-20).
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La seguridad de saber
que nuestra Fe es la verdadera, nos la da nuestra Madre la Iglesia.
Quizá los científicos ateos no
creen porque no piensan que cuando investigan no lo hacen sino profundizando en
las leyes dadas por el Creador para toda la Creación: lo que conocemos por Ley
Eterna.
Y si por una imposible
rebeldía no quisieran someterse a esas leyes, habrían de dedicarse a hacer
ciencia-ficción en el arte del cinematógrafo.
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Y en materia de Fe, las
conclusiones teológicas no saldrán a la luz sino investigando en el
Depósito de la Fe. Será el Papa y los Obispos en comunión con él quienes las
aprueben. Ellos, asistidos por el Espíritu Santo, son los que orientan
en la Fe a los creyentes.
Quienes sacasen conclusiones
teológicas de otras fuentes que no fueran las del Depósito de la Fe, estarían
haciendo pseudoteología.
Pablo VI define el acto de Fe
como "una virtud teologal que hace al hombre partícipe de la misma vida
de Dios, una virtud que no sólo está orientada hacia Dios, sino que es
orientada por Dios" (Alocución
20-IV-1966).
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En el Catecismo de la Iglesia
Católica, leemos: "Para mantener a la Iglesia en la pureza de la fe
transmitida por los apóstoles, Cristo, que es la Verdad, quiso conferir a su
Iglesia una participación de su propia infalibilidad. Por medio del 'sentido
sobrenatural de la fe', el Pueblo de Dios' se une indefectiblemente a la fe',
bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia" (nº 889).
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Cuanto se ofrece
a Dios en Honor y Gloria de su Santo Nombre, será premiado con inmenso Cielo.
Como nada ante la Majestad
divina,
así son el trabajo y los
afanes de nuestra vida;
mas si con amor a Dios es
ofrecido, eso "como
nada",
trabajo y afanes, se
convertirán en flor de homenaje:
flor que exhalará rico aroma
para recreo divino.
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En el Plan divino de Salvación, para los que
aman a Dios y todo lo desean para Gloria de su Santo Nombre: lo costoso de su
trabajo con su cansancio y rutina y todo sufrimiento, Dios lo convertirá en
frutos de purificación y santificación, merecedores de Cielo.
"El reparto que su divina
bondad hace con nosotros -escribe san Francisco de Sales- es éste:
nos cede el fruto de sus beneficios y se reserva el honor y la alabanza".
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Dice
el Señor en el Antiguo Testamento, sobre el honor de su Nombre: "Por
amor mío, por amor mío obraré porque mi nombre no ha de ser profanado, y mi
gloria no la cedo a nadie" (Isaías 48, 11).
Y en el Nuevo Testamento, el
mismo Cristo, en la oración del Padrenuestro nos enseña a pedir y desear que
ante todo, y antes de pedir para nosotros el Cielo, sea el Nombre del Padre
celestial por siempre bendito y alabado: "Padre nuestro, que estás en
el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino..." (Oración
del Padrenuestro).
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Dios nos pide
hacer las cosas con buena voluntad y mucho amor, y no perder la paz si palpamos
nuestra pobre limitación.
"Dios no tiene necesidad
de que nosotros seamos servidores suyos -dice san Agustín-, pero
nosotros tenemos necesidad de que Él sea nuestro dueño para obrar en nosotros y
poseernos. Por eso también sólo Él es verdaderamente Señor y Amo, puesto que
nosotros le servimos sin utilidad para Él, tornándose toda la utilidad a
nosotros y a nuestra salvación. Si él tuviera necesidad de nosotros ya no sería
totalmente Señor, puesto que Él mismo sería esclavo de una necesidad que
encontraría remedio en nosotros".
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Dios, que podría no haber
contado con nuestra colaboración -aún conociendo nuestras limitaciones-, quiso
necesitar de nuestro trabajo en su obra creadora y de nuestra acción apostólica
en su obra Redentora.
Ahora bien, si a la hora de
hacer lo que Dios quiere que hagamos no conseguimos hacerlo todo lo bien que
hubiéramos querido, si somos humildes, nuestras limitaciones jamás nos
inquietarán: Dios cuenta con ellas, Él sabe bien de qué "material"
estamos hechos.
Con el salmista, diremos
llenos de paz y confianza: "El Señor acabará por mí su obra" (Salmo
137, 8).
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Y nos llenaremos de paz
sabiendo que, aun pobres y limitadas, Dios da por buenas y meritorias nuestras
obras.
Vosotros, dice Jesucristo, "cuando
hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: somos unos siervos inútiles;
no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer" (Lucas 17, 10).
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Haced oídos
sordos al diablo, de quien dice Jesús que "es mentiroso y padre de la mentira"; ni por curiosidad le
escuchéis, porque de él dice también que es "homicida desde el principio" (Juan 8, 44).
Tarde de ocio en un parque de
atracciones. Qué risa. De pronto, tú y yo, ante un singular espejo nos vemos
deformados, gordos, muy gordos. ¡Qué susto!, nuestra nariz y todo nuestro
cuerpo ha crecido.
- Señores, un poco de calma:
están ustedes frente a un espejo mágico que distorsiona las figuras.
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Analizando ahora la realidad
de la vida, vemos cómo muchas veces el diablo distorsiona la verdad, haciendo
que se llame:
- al crimen del aborto
voluntario, "interrupción del embarazo",
- al pudor -guardián de la
pureza-, "prejuicio de abuelas",
- a las Verdades Eternas
-Tesoros de la Fe-, "conceptos superados",
- a la plausible libertad de
las conciencias, "libertad de conciencia", relativizándolo todo para
hacer lo que viene en gana,
- a la libertad -que nos trajo
Cristo (cfr. Gálatas 5, 13)-, "liberación de lo que nos desagrada"
- y obviando el concepto
trascendente de la Justificación por la Gracia, el diablo sólo hablará de
justicia humana.
...
Siguiendo estas falacias, el
demonio llamará:
- "cristiano adulto"
al que se adhiera a estas distorsiones,
- "retrógrado" al
que beba en las doctrinas de san Agustín, de santo Tomás y de los demás Padres de la Iglesia,
- "reprimido" al que
obedezca al Magisterio eclesiástico, haciendo creer a las comunidades de fieles
que son ellas las que ostentan la luz del Espíritu Santo.
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A la memoria nos vienen los
ayes de Isaías:
"¡Ay de los que a lo malo
llaman bueno, y a lo bueno, malo
de quienes de la tiniebla
hacen luz y de la luz tiniebla,
que truecan lo amargo en dulce
y lo dulce en amargo!
¡Ay de los que son sabios a
sus propios ojos y se tienen a sí mismos por prudentes!" (5,
20-21).
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Recibir el
descanso no como compensación sino como algo que forma parte del trabajo.
Simpática la figura del
borriquillo, del que ya casi sólo se le puede ver pastar y dormir en los
parques zoológicos.
Pero observamos que a los que
se sigue utilizando para la labranza en algunos pueblos, se les hace descansar
y se les da de comer, no en compensación de su duro trabajo, sino para que
puedan continuar trabajando y sacar de ellos el máximo rendimiento.
¡Un aplauso para el borrico!,
que borrico fue el animal elegido para llevar a Cristo a Jerusalén.
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Y yo, borrico de Dios, tampoco
querré compensaciones humanas. No diré: "Me he ganado un merecido
descanso", porque con esas cuentas mi trabajo quedaría pagado aquí ya en
la tierra y yo quiero diferir la recompensa al Cielo; si descanso es para
recuperar fuerzas y después seguir trabajando.
Y si por pereza no trabajo,
menos aún mereceré descansar, pues el descanso es en función del trabajo: no se
puede hacer descansar al que se encuentra en perpetuo descanso.
Que todos debemos trabajar...
fue una disposición del Creador desde que dio vida al hombre (cfr. Génesis 2,
15). Alcanza a todos: tanto al rico, que aunque viva de sus rentas no puede
hacerse insolidario y no trabajar, como a algunos de los pedigüeños vagabundos,
que por pereza les es más cómodo vivir de los demás.
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San Pablo se ve obligado a
escribir a los Tesalonicenses: "...si alguno no quiere trabajar, que no
coma. Pues oímos que hay algunos que andan con desorden entre vosotros sin
hacer nada pero metiéndose en todo. A esos ordenamos y exhortamos en el Señor
Jesucristo a que coman su propio pan trabajando con sosiego" (II Tesalonicenses 3, 10-12).
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Quien se tiene
por santo, señal es de que todavía le queda mucho por llegar a serlo; quien,
luchando por conseguirlo, se tiene por pecador, señal es de que va por buen camino.
A ti, lector, que me prestas
atención, te invito a entrar en una habitación en penumbra, en la que sólo se
distingue la armonía de sus dimensiones y el empaque de unos señoriales
muebles. Pienso que una vez llegados allí, exclamarías: ¡Qué maravilla!
Mas si después de entrar
encendiéramos una lámpara, iríamos apreciando muchos objetos de gran valor, y
también algún desorden; y cuando por fin diéramos todas las luces, notaríamos
que en medio de tanta riqueza hay polvo, desconchones, y en un rincón alguna
tela de araña. Dirías entonces: ¡Es hermoso, a pesar de sus imperfecciones y
defectos!
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Trasladando esta escena a la
vida interior, diremos que cuando estamos conformes con nosotros mismos, con
nuestra conciencia, es porque carecemos de la suficiente Luz de la Gracia para
ver nuestros defectos.
Pero después, a medida que
vayamos recibiendo los sacramentos y acercándonos más y más a Dios, nos iremos
inundando de más Gracia santificante, viendo entonces que anidan en nosotros
los pecados capitales y que hay desorden en nuestros afectos: que no amamos a
Dios sobre todas las cosas.
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Jesús decía a los fariseos de
su época, y dice ahora a todos los pretenciosos, ciegos por culpa de sus pecados:
"Si fuerais ciegos no tendríais pecado, pero ahora decís: Vemos; por
eso vuestro pecado permanece" (Juan 9, 41).
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"Aprended a
haced el bien, buscad lo que es justo", dice el Señor (Isaías 1, 17).
Fácil es creer que fuerte y
muy duro es el entrenamiento y la preparación que necesita el astronauta para
alejarse de la tierra kilómetros y kilómetros y navegar por el espacio sideral.
Y fácil es creer también que
no necesitarían esa preparación para
bajar velozmente a tierra los desdichados pasajeros de un avión que de pronto y
sin remedio se estrellara contra el suelo.
El intelectual, el científico
necesitarán asimismo preparación, pero le sobrará al perezoso de relax
permanente.
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De semejante manera, el
cristiano necesitará una correcta preparación ascética y doctrinal si quiere
agradar a Dios y cumplir seriamente su Voluntad... pero no la necesitará quien,
marginando a Dios de su vida, sólo aspire a la comodidad y al placer: ¡al
aburguesamiento!
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En el Libro de los Proverbios,
leemos:
"Hijo mío, si acoges
mis palabras y guardas mis preceptos, prestando oídos a la sabiduría,
inclinando tu corazón a la prudencia (...); si la procuras como a la plata y la
buscas como a los tesoros, entonces comprenderás el temor del Señor y hallarás
el conocimiento de Dios" (2, 1-6).
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En pocas
palabras resume san Ambrosio el lugar donde encontramos a Dios: "Donde está Pedro, allí está la
Iglesia, allí está Dios".
A los ochenta años cumplidos,
Malcolm Muggeridge nos descubre sus sentimientos cuando, junto con su mujer,
pide la admisión en la Iglesia católica: "Una sensación de 'llegar a
casa', de reanudar una vida perdida, de contestar a un timbre que ha estado
sonando largo rato, de encontrar en una mesa un puesto que se ha dejado vacío
por mucho tiempo".
Pero una tristeza se mezcla
con su gozo personal por la decadencia moral de la sociedad. Se lamenta porque
en el occidente cristiano, donde felizmente encontró esa "mesa", haya
desorden: "...lo que seguimos llamando civilización occidental se
encuentra en una situación tan lamentable como la del Imperio Romano en tiempos
de san Agustín".
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Y a nosotros, yendo más lejos,
pensando en la Casa del Padre, una alegre esperanza de ir a ocupar un puesto en
la mesa del Banquete Celestial -imagen de la Iglesia futura en el Antiguo
Testamento- nos invade al escuchar a Isaías:
"Levántate, oh
Jerusalén, recibe la luz: porque ha venido
tu lumbrera, y ha nacido sobre ti la gloria del Señor;
pues he aquí que tinieblas
cubren la tierra y oscuros nubarrones los pueblos;
mas sobre ti nacerá el Señor,
y en ti se dejará ver su gloria.
Y a tu luz caminarán las
gentes, y los reyes al resplandor de tu astro naciente" (60,
1-3).
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Porque todos somos Iglesia,
escucharemos lo que dice el Concilio Vaticano II: "La Iglesia, ayudando
al mundo y siendo ayudada por el, solamente busca una cosa: que el Reino de
Dios venga y se instaure la salvación del género humano. Pues todo el bien que
el Pueblo de Dios puede aportar a la
familia humana en
el tiempo de su peregrinar
terreno, nace de que la Iglesia es 'sacramento universal de salvación',
que proclama y realiza a la vez, el misterio del amor de Dios a los
hombres"
(Constitución
Pastoral Sobre la Iglesia en el mundo actual, nº 45).
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Para Reinar,
servir.
Describe Fanfani cómo la
Providencia de Dios se extiende a todas y a cada una de las cosas creadas,
incluso a las más bajas y viles, y cómo de hecho suele gobernar las cosas
inferiores por medio de las superiores; así, los minerales sirven a las
plantas; las plantas a los animales; los animales al hombre; el hombre a
Cristo; y Cristo Jesús, finalmente, a su Padre Dios.
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Acabamos de conjugar el verbo
servir.
El Sucesor de Pedro, el Romano
Pontífice, es por excelencia el Siervo de los siervos de Dios, título
que se atribuyen a sí mismos todos ellos y ejercen con gusto.
Pues también a nosotros, que
somos siervos de Dios, el Concilio Vaticano II nos insta a entrar en el juego
del servir: "...los discípulos (...), sirviendo a Cristo también en los
demás, conduzcan en humildad y paciencia a sus hermanos hasta aquel Rey, a
quien servir es reinar" (Const. Dogm. Sobre la Iglesia, nº 36).
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"En la casa del justo -ha
escrito san Agustín- los que mandan sirven a aquellos a quienes parecen
mandar. La razón es que no mandan por afán de poder, sino porque tienen el
ministerio de cuidar de los demás; no son los primeros por soberbia, sino por
amor, para atenderlos" (LA CIUDAD DE DIOS, 19, 14).
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La Humildad que
demuestra Dios al pedirnos, al querer ser necesitado de nosotros, nos honra y
nos honrará eternamente.
Se podría decir que:
El lazarillo es para el ciego
sus ojos.
El cuidador del inválido, sus
pies y sus manos.
El animoso, para el desalentado,
su otra alma.
El amante, para el herido de
amor, su propia alegría.
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Y Cristo, Dios y Hombre,
encerrado en el Sagrario, como no puede hacer físicamente lo que hizo mientras
estuvo en la tierra, nos pide a nosotros que continuemos su tarea de Salvación:
ganar almas para la Gloria del Cielo. Por eso rezará a su Padre: "Padre
Santo (...). Como Tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo al mundo"
(Juan 17, 18).
Por lo que ahora serán los
fieles creyentes, miembros de su Cuerpo Místico, los que prestarán a Cristo:
Su boca para extender su
Doctrina.
Su trabajo para santificar las
actividades humanas.
Sus bienes materiales para
atender al necesitado y a su Iglesia.
Su alegría para hacer ver que
el mensaje del Evangelio es mensaje de Esperanza en la Vida eterna.
Su corazón para hacer el bien
amando a todos los hombres.
Su sacrificio para reparar y
salvar almas.
Y las manos consagradas de sus
sacerdotes para llevar la Gracia divina a todos.
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"Cada cristiano
-dice san Josemaría Escrivá- debe hacer presente a Cristo entre los hombres;
debe obrar de tal manera que quienes le traten perciban el 'bonus odor
Christi', el buen olor de Cristo; debe actuar de modo que a través de las
acciones del discípulo pueda descubrirse el rostro del Maestro" (ES
CRISTO QUE PASA, nº 105).
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Porque nuestra
vida se desarrolla en la Presencia de Dios, se hace necesario cuidar nuestras palabras, pues no sería delicado que
la misma Palabra divina –Jesucristo Dios y Hombre- escuchara expresiones
torpes.
Seguro que sí, seguro que te
tapas la nariz al pasar por un estercolero..., y te tapas los oídos ante la
desmesura de tanta palabra torpe y gruesa: vocablos malsonantes que aun sin
querer hacen chirriar una sana y limpia sensibilidad humana.
Y es que no hace falta ser
poeta, ni muy delicado, ni casto, ni cristiano para no querer escuchar tanta
palabra gruesa.
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Se lee en el Antiguo
Testamento: "No acostumbres tu boca a groserías impuras, que en ellas
hay palabras pecaminosas" (Eclesiástico 23, 17).
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Que al cristiano lo que le va
es decir palabras que puedan ser escuchadas por la Presencia divina y que hagan
bien a los demás.
Desechad, exigirá san Pablo, "la
ira, la indignación, la malicia, la blasfemia, y lejos de vuestra boca la
palabra deshonesta" (Colosenses 3, 8).
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La libertad no
significa que el hombre pueda ser totalmente independiente, porque la independencia
absoluta es sólo potestad de Dios.
Lo comprobamos fácilmente. Ni
el pulmón puede independizarse del aire porque la persona se asfixiaría, ni la
hierba de la clorofila porque se agostaría, ni los astros de la ley de la
gravedad porque se trastornaría el equilibrio estelar. Y en cuanto a los
procesos técnicos, qué decir de tantas conexiones acopladas a la red eléctrica:
el desastre que se desencadenaría si se rompieran los cables de conexión, sería
penoso.
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El hombre, que como toda
criatura en Dios vive, se mueve y existe (cfr. Actas 17, 28), si por una
impensable permisión divina, se lanzara hacia una pretendida independencia de
su Creador, en el mismo punto que la alcanzara se vería sumergido en la nada:
dejaría de vivir, moverse y existir, porque sólo estando en Dios hay vida,
movimiento y existencia. Y porque todo lo que existe recibe su ser del Ser
y en el Ser -Él es el que Es (cfr. Éxodo 3, 14)-, no puede haber nada fuera de
Él.
Por tanto, a mayor unión con
Dios, por movernos en la misma Libertad divina, alcanzaremos una mayor
libertad. A menor unión con Dios, por la misma razón, menor libertad. De ahí la
situación de esclavitud en la que, tiranizado por sus pecados (cfr. Juan 8, 34),
se halla el que se rebela contra Dios.
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"Cuando la dependencia de
Dios -de su paternidad- se vive en el rechazo -dice Chiristian
Chabanis-, se concibe como una privación de libertad. Sin embargo, no puede
suprimirse, porque no se puede aniquilar el hecho de haber recibido el ser.
Querer ignorar esa dependencia del hombre respecto de Dios es tanto como
intentar modificar nuestra realidad. La finitud del hombre pide ser sostenida
por la infinitud de Dios.
La permisividad llevada al extremo
es una utopía, porque ello supondría pretender la absoluta independencia del
hombre, y esa es una ambición diabólica en sentido fundamental. La
independencia total haría a los hombres como Dios, que es el único que no
depende de nadie. Y la realidad es que el hombre es una criatura" (ENTREVISTA
REVISTA PALABRA, nº 267, octubre 1987).
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