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Por Roberto Esteban Duque, sacerdote y profesor de Teología Moral Especial
En una conversación distendida y amable, un sacerdote me decía que hoy es un tiempo formidable para la fe y, por tanto, para la Iglesia, en este año que Benedicto XVI declaró “Año de la fe”, con motivo del cincuenta aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II y el vigésimo de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.
Me preguntaba el sacerdote -y ahora intento
dar respuesta por escrito- si podríamos hacer algo para que fuésemos los
cristianos esa “minoría creativa” de la que habla el Papa, la “sal de la
tierra” y la “luz del mundo”, capaz de un apostolado vivo en medio de una
cultura no pocas veces hostil a la fe y sumergida en planteamientos y medidas secularizadoras
y laicistas.
Esto es algo muy serio, no sólo porque la fe y
el orden religioso no pueden confinarse a la intimidad personal -como pretende el
progresismo y el protestantismo, desde ángulos diversos-, sino también por la
posibilidad, siempre latente, de alcanzarnos a los creyentes, sin dolor alguno,
la astenia de una fe inerte, no vivida ni celebrada; al cabo, como sostenía García
Morente, “las convicciones más arraigadas en nosotros, las realidades más
inmediatas y habituales, son las que menos solicitan de ordinario nuestra
atención”. ¿No es verdad que olvidamos con inusitada frecuencia el cuidado de
nuestra fe?
Llegamos así, mi colega y yo, después de un
intercambio espontáneo de alguna reflexión, a una idea gozosa y determinante: podemos adorar como mejor y más alto
testimonio de la fe. El anclaje de la vida en Dios es lo primero, el
propósito y finalidad al que el hombre debe ajustarse libremente; aprehender el
don de la fe para forjar en esa “religación ontológica”, como la denominara
Zubiri, el hombre bueno que quiero ser, capaz de realizar cualquier actividad
humana determinado por aquella Presencia absoluta residente en el corazón.
La fe es adoración, escucha, un mirar adentro
y hacia arriba, un estar intencional
en Aquel que explica con su Encarnación al hombre, para no caer en la banal
persuasión de dejarse conducir por deseos personales, edificando con nuestras
solas fuerzas. La fe significa “un vivir en la verdad”, como nos dice san Juan,
un “caminar en la luz”, conscientes de que Dios siempre nos tiene en su
presencia.
Nosotros, los sacerdotes, podemos realizar un
magnífico servicio a la verdad cuando dejamos que Dios nos “hiera” con su
Palabra y nos alcance con su amor, cuando nuestra configuración con Cristo se
convierta en el único señorío de nuestras vidas. Mientras no quedemos seducidos
por el Señor no habrá santidad posible, no habremos dejado pasar al Eterno en
nuestra fragilidad y seguiremos viviendo en una desatada aspiración
insatisfecha.
Quizá ya he respondido con
este mínimo análisis al interrogante sobre aquello que podemos hacer en el “Año
de la fe”: ejercer nuestra libertad del mejor modo posible, madurando en la aceptación
trascendente y misteriosa, en la comunión y en la fidelidad, mirando con la fe
y el corazón, antes de que nos sorprenda el gran misterio y la tragedia del
hombre que consiste, como dirá Saint-Exupéry, en perder lo esencial sin darse
cuenta de que lo ha perdido.
Roberto Esteban Duque, sacerdote y
profesor de Teología Moral Especial
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