|
El Evangelio
de este domingo nos presenta el reportaje de una jornada de Jesús, durante los
años de su vida pública. Después de enseñar en la sinagoga, se acerca a casa de Pedro, y cura a su suegra, que estaba
en cama con fiebre; al anochecer le llevan todos los enfermos y poseídos; él cura muchos enfermos y expulsa demonios. De madrugada se retira a un lugar
apartado para orar; después marcha a predicar la llegada del Reino de Dios a
otros pueblos y aldeas. La jornada de la vida terrena de Jesús estaba compuesta
fundamentalmente, pues, de estos tres elementos: predicación del Reino,
curación de los enfermos y oración. 
Deseo referirme, en este
comentario, de manera especial a la relación de la Iglesia con los enfermos,
con quienes sufren tanto en su cuerpo como en su espíritu. El próximo sábado,
11 de febrero, día en que la liturgia hace memoria de la bienaventurada Virgen
de Lourdes, se celebra la vigésima Jornada Mundial del Enfermo. Este año tiene
como lema una frase de Jesús dirigida a un enfermo de lepra curado por él:
“levántate, vete; tu fe te ha salvado” (Lc 17,19).
Benedicto XVI, con motivo de esta
jornada, ha hecho público un mensaje en
el que afirma que “en la acogida generosa y afectuosa de cada vida humana,
sobre todo la débil y enferma, el cristiano expresa un aspecto importante de su
testimonio evangélico, siguiendo el ejemplo de Cristo, que se ha inclinado ante
los sufrimientos materiales y espirituales del hombre para curarlos”.
Estas palabras del Papa son
reflejo del evangelio de este domingo. La Jornada Mundial
del Enfermo no es tarea de un solo día. Lo sabemos muy bien. Es una obra que se
ha de prolongar durante todos los días del año. El 11 de febrero marca en nuestras
diócesis el inicio de esta jornada, que se extiende cada año hasta el sexto
domingo del tiempo pascual, día en que se celebra la llamada “Pascua del
enfermo”.
Como recuerda el Santo Padre, “de
la lectura del Evangelio emerge, claramente, cómo Jesús ha mostrado una
particular predilección por los enfermos. Él no sólo ha enviado a sus
discípulos a curar las heridas, sino que también ha instituido para ellos un
sacramento específico: la unción de los enfermos. La carta de Santiago atestigua la presencia de este gesto
sacramental ya en la primera comunidad cristiana (cf. 5,14-16): con la unción
de los enfermos, acompañada con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda los
enfermos al Señor sufriente y glorificado, para que les alivie sus penas y los
salve; es más, les exhorta a unirse espiritualmente a la pasión y a la muerte
de Cristo, para contribuir, de este modo, al bien del Pueblo de Dios”.
Se afirma de Benedicto XVI que es
el “Papa teólogo”, por su larga vida de estudio, investigación y dedicación a
la enseñanza de la teología. No hay duda en la veracidad de este nombre. Pero,
sobre todo desde su elección como sucesor de San Pedro, creo que también merece
destacarse su condición de pastor, es decir, de obispo preocupado y entregado a
lo que en latín se llama la “cura
animarum”, el trabajo destinado a la debida atención a la vida cristiana de
los fieles. Ambas dimensiones las he visto reflejadas en una frase del mensaje
que he comentado. Dice así: “Este sacramento –se refiere al de la unción de los
enfermos- merece hoy una mayor consideración, tanto en la reflexión
teológica como en la acción pastoral con
los enfermos”. El Papa habla también de otros sacramentos que, Dios mediante,
serán objeto de otros comentarios posteriores.
+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa
|