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¿De qué salud se trata?, carta del arzobispo de Mérida-Badajoz para la Campaña contra el Hambre Imprimir E-Mail
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Escrito por Redactora   
viernes, 03 de febrero de 2012
Monseñor Santiago García Aracil es el arzobispo de Mérida-Badajoz y escribe esta carta ante la Campaña contra el Hambre 2012 de Manos Unidas

No hay cosa que más preocupe, instintivamente, a las personas de todos los tiempos y lugares, que la salud tanto física como psicológica y mental. En la conciencia social, especialmente de algunos países, dicha preocupación ha encontrado un amplio eco en las instancias políticas, hasta el punto de garantizar su tratamiento gratuito a partir de fórmulas distintas de financiación.
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En España podemos disfrutar de una atención sanitaria bastante extensa, mediante la presencia de servicios sanitarios cada vez más abundantes. De ello debemos estar contentos y dar gracias a Dios. Al fin y al cabo, todo lo bueno que somos capaces de hacer los humanos, es fruto de la ayuda divina que siembra y estimula en nosotros toda obra buena, incluso en quienes no se dan cuenta de ello, y en quienes niegan la obra de Dios en nosotros.

Sin embargo, todavía hoy existen muchísimos países en los que el cuidado preventivo y curativo de la salud, incluso en los niveles de atención primaria, constituyen uno de los vacíos de mayor trascendencia para la seguridad de los ciudadanos y para el progreso de los pueblos. Esto es debido a diversos factores en juego que subyacen a las distintas formas de subdesarrollo.

Entre dichos factores cuentan, además de otros, la falta de promoción humana mediante planes de educación y de formación profesional; la consiguiente pobreza de iniciativa social; la notable deficiencia de justicia en la administración pública y privada de los recursos naturales y de las capacidades humanas; la desmedida prioridad concedida a fines bélicos; la presión de fuerzas extranjeras que ejercen poderes de sumisión económica y empresarial, aprovechándose, como si de trasnochadas épocas coloniales se tratara, de la abundante riqueza que alberga el subsuelo de muchos países.

Todos estos factores inciden poderosamente en la penuria económica y cultural de los pueblos a que nos referimos, en la deficiente estructuración social que les permitiría alcanzar formas justas de convivencia y de progreso a cuyo disfrute podrían acceder todos los ciudadanos indiscriminadamente.

Todos estos factores constituyen un buen caldo de cultivo para la prepotencia y el egoísmo de grupos reducidos a cuyos intereses benefician determinados poderes económicos extranjeros condicionantes, incluso, del desarrollo político. Con ello se cercena la fuerza ciudadana llamada a establecer las pautas necesarias para un justo desarrollo cultural y político. En ese ambiente es muy fáciles el inmovilismo social y la pobreza de capacidades para atender las más elementales necesidades humanas. Entre ellas, como ya dijimos, la salud ocupa un lugar fundamental.

Mi pregunta, a la vista de lo que venimos considerando, es ésta: ¿De qué salud se trata? ¿De la salud corporal o de la salud espiritual? ¿Cuál está en el origen? Evidentemente, en esta campaña de Manos Unidas, como corresponde a toda organización eclesial católica, queremos abogar en favor de la promoción de instituciones, de personas y de instrumentos capaces de hacer frente al urgente cuidado de la salud en los pueblos más necesitados. Es una urgencia que nace en nosotros del amor que Dios nos ha enseñado y del servicio a los hermanos más desposeídos; en ellos debemos volcar nuestra atención caritativa con verdadera generosidad.

Pero, al mismo tiempo, no podemos olvidar que, tanto la solución a los diversos problemas de las personas y de los países subdesarrollados, depende de otra salud. Me refiero a la salud espiritual de quienes contamos con más recursos materiales, culturales, estructurales y, sobre todo, religiosos gracias al Evangelio de Jesucristo.

El Evangelio nos enseña que cuando el alma está vacía de Dios, el corazón se pega a la tierra, y la mirada se encorva sobre uno mismo, perdiendo el horizonte de la fraternidad universal. Para que la salud del orgánica y psicológica de los habitantes de muchos países pobres encuentre vías de solución, es necesario que cultivemos la salud mental y espiritual de quienes pueden aportar una significativa ayuda en cualquiera de sus formas. Ayuda que siempre debe ejercerse con verdadero sentido de responsabilidad y con la generosidad propia de quien se sabe unido esencialmente a todos los demás.

Esta es la ocasión, pues, de meditar en la gravedad de tantas injusticias como enturbian la vida de los pueblos y que impiden su desarrollo, incluso en los ámbitos más elementales.

Esta es la ocasión propicia para que hagamos un examen de conciencia valorando, con sinceridad, nuestras actitudes y comportamientos ante las pobrezas ajenas, y abriéndonos a la necesaria conversión.

Esta es la ocasión en que debemos elevar nuestras plegarias al Señor de cielos y tierra para que derrame su gracia sobre quienes causan o permiten más directamente las injusticias que agobian a tantos pueblos, y les haga ver la trascendencia de su error.

Mientras va tomando curso cuanto ha de corregir las causas endémicas y las externas de tanta injusticia, es un deber de humanidad abrir nuestro corazón a la fraternidad universal que el Señor nos ha enseñado; y poner al servicio de los hermanos los recursos que podemos compartir con ellos. Este es el motivo último de la campaña promovida por Manos Unidas desde el más profundo sentido cristiano de la vida, de la sociedad y del mundo.

¡Seamos generosos en la oración y en la aportación material!

+ Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida- Badajoz

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