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El “humus” de la secularización ha penetrado en los
diversos sectores de la vida cristiana. Desde Pablo VI a Benedicto XVI ha sido
una constante denuncia de este mal que mundaniza a la Iglesia y la hace
inoperante para la evangelización del mundo.
Por otra parte, la cultura
dominante y globalizada lleva la marca de la cristofobía y de
lo anti-católico, que rechaza la dimensión social de la fe y el
derecho de la Iglesia a vivir en libertad. Este contexto, repercute
fuertemente tanto en la familia cristiana, como la vida consagrada y el
ministerio sacerdotal. 
Durante estas décadas posconciliares, no solo se han secularizados
bastantes curas y se han relajado la vida comunitaria de órdenes y
congregaciones, sino también ese “virus” ha contaminado a la
misma “Iglesia doméstica”, que se manifiesta en las rupturas
matrimoniales y en la caída de la natalidad. Es fácil quedarse en los
diagnósticos, utilizar las estadísticas y los fallos personales
para ir unos contra otros dentro de la misma Iglesia, mientras los de fueras
aplauden viendo a los católicos como se pelean entre ellos: unos alardeando
de salvadores de las esencias de la ortodoxia y otros exponiendo
obsesivamente la falta de compromiso de los pastores con el pueblo. ¡No es este
el camino! El Papa Benedicto XVI nos insta constantemente a recuperar a Dios
como centro de nuestra opción de vida cristiana y ser humildes para podernos
preguntar ¿qué me pide el Señor a mí y a su Iglesia en estos momentos tan
complejos y turbulentos que estamos viviendo?
Centremos ahora nuestra mirada en los religiosos y religiosas, aprovechando
la festividad de la Presentación de Jesús en el Templo, fecha en que tiene
lugar la Jornada Mundial de la Vida Consagrada cuyo lema de este año es: “Ven
y Sígueme” (Mc 10,21). La vida religiosa en todas sus formas tiene
estrecha relación con la Palabra de Dios, detrás de una monja, fraile,
religiosa, religioso, consagrado está un dicho o hecho de Jesús que cautivó a
ese fundador y dio como consecuencia el nacimiento de una nueva familia de
consagrados para el bien de la edificación de la Iglesia y de su misión
evangelizadora en el mundo.
Las dos modalidades de la Vida Consagrada, contemplativa y activa son
los dos pulmones de la comunidad eclesial. Su presencia entre los hombres
representa la geografía de la oración, del apostolado, de la caridad. Todo ello
vivido según los consejos evangélicos en fraternidad cristiana, sometidos a sus
propios superiores y en comunión con los sucesores de los apóstoles. La Iglesia
no puede prescindir de este gran tesoro de fidelidad a Dios y de servicio a los
más necesitados. El pueblo cristiano actual ha de despertar de su
adormecimiento y tomar mayor conciencia de cooperación en el resurgimiento
vocacional para extender el Reino de Dios y su Justicia (cf. Mt 6,33).
Entrar hoy en “religión”, como se decía antiguamente, es remar
contracorriente. Es para gente muy centrada en lo esencial de la fe, que
no desea someterse al pensamiento único, que no se conforma con el hedonismo
placentero dominante, que tienen muy claro que los pobres no son artículos de
modas ideológicas, que han descubierto a la Iglesia como el mayor espacio de
libertad personal y comunitario, que se han enamorado apasionadamente de la
forma de vivir el Evangelio de un fundador. Ser religioso o religiosa es optar
por una forma de vida que no se cotiza, que no tiene aplausos, en la que no hay
seguridades. Sin embargo, es la manera más bella de vivir la vida “escondida
en Cristo” (Col 3,3), de ser “sal y luz del mundo” (Mt
5,13-16), de encarnar el espíritu de las Bienaventuranzas.
Hay que alejar esa idea de que los curas, frailes y monjas son “especies en
vía de extinción”. Dios no abandona a su Iglesia y cuando parece agotarse las
aguas del pozo eclesial de Europa, surgen abundantes vocaciones en países de
otros continentes. Cuando un carisma se apaga, brotan otras formas de vida
consagrada. Aún entre nosotros, a pesar del problema demográfico en occidente y
de la crisis de fe, hay algunos jóvenes que con la gracia de Dios rompen con
los esquemas establecidos y entran en una orden, congregación o instituto
secular. Todavía tenemos madres y padres cristianos que se alegran cuando una
hija o hijo se van a un convento o a misiones. ¡No está tan seco el hontanar de
nuestras comunidades cristianas!
Podemos estar tan obsesionados por el número y la suplencia en los diversos
servicios y no dar gracias al Señor por ese gran testimonio de fidelidad que
hoy representan tantos y tantas religiosos que mueren sin haber “mirado
atrás” (Lc 9,62). Ahí tenemos, el gran ejemplo de humildad y
anonadamiento que en estos momentos supone aceptar la realidad dolorosa de
cerrar casas y reestructurar las provincias. ¡Dios también está hablando en ese
empobrecimiento institucional! Y por último, los testimonios del servicio a los
pobres, ancianos, enfermos, niños, y jóvenes, cuando el otoño de la existencia
toca a retirada, ellos y ellas están allí hasta que llegue la “hermana muerte”,
que en no pocos casos tienen el nombre de martirio.
En fin, son nuevos tiempos con grandes desafíos. No tenemos formulas
mágicas, no debemos caer en pesimismo contagioso, ni alentar espejismos
trinfalistas. Sólo la fe en Dios nos hace ver que sigue habiendo “mas
trigo que cizaña”, más santidad que pecado en la Iglesia.
† Juan del Río Martín, Arzobispo Castrense de España
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