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"Si me olvido de ti..." (13) El día de la PASCUA Imprimir E-Mail
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Escrito por Ecclesia Digital   
jueves, 13 de marzo de 2008

Es el día más grande de la historia. Es la historia más grande jamás contada. Es el día de los días. Es el día en que amaneció más veces. Es el día para la eternidad.

         Y en Jerusalén, el día de la Pascua tiene un epicentro: LA VÍA DOLOROSA EN QUINCE ESTACIONES. La tradición cristiana denomina como "Vía Dolorosa" el supuesto itinerario que Jesús realizó cargado con la cruz a cuestas desde el Pretorio Romano en la Torre o Fortaleza Antonia hasta el monte Calvario. Y esta misma tradición ha establecido los lugares concretos de las catorce estaciones del camino del dolor y de la redención de Jesucristo.

Anteriores Vía Crucis

         En esta peregrinación a Tierra Santa he vuelto a recorrer en oración y en bullicio -no hay otro modo de hacerlo en Jerusalén- este camino de la cruz y de la luz. No éramos en esta ocasión un grupo demasiado numeroso de peregrinos. A las 15,10, con la llegada de los franciscanos de la Custodia, comenzó el recorrido y antes de las 16,30 horas lo habíamos concluido en la Basílica del Santo Sepulcro.

         Mi memoria y mi corazón recordaron con especial afecto el anterior Vía Crucis que realicé en Jerusalén. Fue en agosto de 2000, en pleno Año Jubilar. Guiaba una peregrinación de 86 españoles, la  gran mayoría amigos y paisanos. Fue el Vía Crucis de los jóvenes, concluido en la Basílica del Santo Sepulcro con una hermosísima Eucaristía de la luz y de la pascua, en el altar de Santa María Magdalena, donde la tradición evoca el encuentro pascual entre Jesús Resucitado y la de Magdala. En aquella ocasión, nos presidió la Eucaristía el franciscano español Luis Cerrato Antón, paisano y amigo mío, entonces el guardián de la comunidad franciscana del Santo Sepulcro. Fue una celebración bella, emotiva, cuajada de símbolos, inolvidable.

         Lógicamente también mi memoria se posó en mi primer Vía Crucis de la Vía Dolorosa, en el ya lejano julio de 1987, junto a medio centenar de sacerdotes. También con sacerdotes lo hice en diciembre de 1995. Y con peregrinos laicos en julio de 1992. Antes lo realice también el viernes santo del aquel mismo año 1992. Mi memoria se posó en la tarde del pasado 2 de diciembre de imágenes de estos anteriores Vía Crucis jerosolimitanos. Como sin duda, le acontecerá al lector de esta crónica.

Miles y millones de peregrinos

         La Vía Dolorosa parte del que sería la Fortaleza Antonia, sobre cuyo emplazamiento exacto hay hoy día alguna duda. Pero importa menos tener la última certeza arqueológica sobre si fue aquí mismo o varios metros más arriba o más abajo, máxime en una ciudad como Jerusalén tantas veces destruida y reconstruida. Viajar a Tierra Santa, peregrinar a Jerusalén, no es tanto ir en búsqueda de versificaciones empíricas, cuanto abrir el corazón de la fe y los pulmones del alma, respirar hondo, dejar bombear la sangre renovada y después caminar...

         En la actualidad el Vía Crucis parte del patio del Colegio de Omar. Allí se reza la primera estación del Vía Crucis: Jesús es condenado a muerte. Y desde allí cruza distintas callejas estrechas de la ciudad santa, con paradas en lugares tan significativos como la capilla de la Flagelación, hasta subir al Calvario.

         Este recorrido es de tradición centenario. Es decir, son cientos y miles los peregrinos que han realizado este mismo camino, esta misma Vía Dolorosa, bien el Vía Crucis de la primera hora de la tarde de los franciscanos, bien en Vía Crucis libres y espontáneos. Nada menos infrecuente en este enjambre humano y religioso de la Jerusalén amurallada que encontrarte con algún Vía Crucis, aparte de esos otros Vía Crucis de reyertas, enfermedades e injusticias.

Ya no es una montaña

         El Vía Crucis, la Vía Dolorosa, concluye en el Calvario. Que ya no es una montaña. Nunca lo fue, por otro lado. Era una elevación, tras uno de los valles de Jerusalén, hoy inexistentes. Hoy está dentro de la ciudad amurallada y hace dos mil, no. Estaba a las afueras de la ciudad.

         El Calvario -hoy, el monte menos monte de toda la tierra y siempre el monte más santo de toda la tierra- es una abigarrada Basílica, cuajada de contradicción, de gusto de tan discutible, de tradiciones y horarios centenarios, de disputas y de "status quo". Es lugar de inequívoca certeza arqueológica, histórica y científica.

La túnica inconsútil

         Distintos grupos religiosos cristianos, aunque se estremezca el corazón, están presentes en este lugar. Presentes y a veces hasta en disputa. Dicen que son 32 las confesiones cristianas con representación en el lugar. Y en tiempos disputándose la túnica inconsútil de Jesús. Y cada uno con sus ritos, con sus modos y maneras, con su historia y con sus historias.

         Para colmo, la llave de la Basílica la guarda desde tiempos de Salamino (siglos XIII-XIV) un musulmán, quien cierra la Basílica a las 19 horas, vuelve a abrirla a las 23 horas para cerrarla poco después y no volver a abrirla hasta las 4 de la madrugada. En un par de ocasiones, yo permanecí "encerrado" en la Basílica entre las 19 y las 23 horas, en búsqueda de la plegaria precisa para lugar tan santo.

La Roca y el Jardín

         El Calvario ya no es una montaña. Es una Roca. Es la Roca del Gólgota -las estaciones décima y undécima, duodécima del Vía Crucis. Es una losa ungida -la estación décima tercera-. Es un sepulcro -la estación decimoquinta-.

         Es una Roca. Pero es, sobre todo, un Jardín: el Jardín de la Resurrección, la decimoquinta estación. Es un Hontanar, es un Brocal, es una Luminaria, es una Hoguera, es un Faro. Es el lugar más santísimo de toda la tierra y de la toda la historia.

         El Calvario -la Roca- queda en un alto. Y el peregrino puede palpar con sus manos la roca del Calvario y regar con lágrimas emocionadas y agradecidas su base.

         El Calvario es también un Jardín. Varias capillas se yuxtaponen en la rotonda y en los lados de la Basílica. En el centro aparece el Cenotafio del Sepulcro de Jesús. Pertrechada de antecámara -la capilla del Ángel, que se anuncia el gozo definitivo de la Pascua-, a la estancia de la tumba de Jesús se accede, de nuevo -casual o providencialmente- por una puerta de un metro y treinta centímetros de altura. También a la Pascua se llega sólo desde la sencillez, la pequeñez, la humildad. Lógico.

         Ya en la sala, junto a la losa del Sepulcro apenas caben arrodilladas cuatro o cinco personas. La estancia rezuma incienso, perfumes, óleo y humanidad. Y todo ello transido del aura de lo definitivo.

         La roca primitiva que sirvió a Jesús de lecho fúnebre está revestida de mármol. Plagada de besos y de lágrimas. Y huele a vela a luminaria ortodoxa. Apenas entra la luz. Pero si se logra poder orar, siquiera unos minutos, en paz, la estancia del alma se reviste de luz, de emoción, de alegría y de esperanza.

¡Silencio! Se ora

         Y en este sentido, este peregrino debe dejar constancia agradecida de que pudo en esta ocasión orar más tiempo y con más paz quizás que nunca en la misma sala del Sepulcro, en la misma sala de la Resurrección. Es difícil de transmitir las sensaciones del alma. Pero las veces -en torno a media docena- que entré y oré esta vez al lugar mismísimo de la Pascua, experimenté quizás mejor que otras la verdad y el desafío de la Resurrección. Sentí primero hasta temor para después verme confortado de fuerza y de esperanza. ¡Es tal misterio la Cruz y la Gloria, el Calvario y la Resurrección! ¡Es tal suerte y tal reto!

         Los últimos tres cuartos de hora de esta mi última peregrinación a Jerusalén y a Tierra Santa tuvieron su "lugar" y su escenario en el Santo Sepulcro. Tenía cerca de una hora libre. Y la elección no ofrecía dudas. Era domingo al mediodía. Era el día de Pascua y hora de media jornada en el corazón del día. Mi oración en el Calvario, en su Roca y en su Jardín, fue como otras veces en esfuerzo, en gozo, en sentimiento y en silencio sólo anhelado. Porque fue como siempre bulliciosa en la presencia de peregrinos impacientes y anhelantes… "El próximo año en Jerusalén" decían los judíos de la diáspora. La próxima vez, en Jerusalén, en el Santo Sepulcro, digo yo también.

La luz

         El Vía Crucis de la Vía Dolorosa concluye en la Basílica del Santo Sepulcro. Pero no lo hace en la tradicional estación catorce: el enterramiento del Señor. Pero Jesús no está físicamente presente en el Santo Sepulcro, ni la capilla de las apariciones, ni en la de María Magdalena.

         ¿Dónde está? "No busquéis entre los muertos al que vive. Ha resucitado. Id a Galilea. Allí lo veréis". ¿Dónde está? ¿En qué Galilea? En la Galilea del afán nuestro de cada día. En la Galilea espacial y universal. En la Galilea del que sirve, del que sufre, del que perdona, del que construye la paz, del que ama. En la Galilea donde todavía hay injusticia, opresión, mentira, odio, rencor y necesita, por tanto, de la luz de la Pascua. En la Galilea de la historia, del hoy y del mañana. En la Galilea de la humanidad.

         Es el Día de la Pascua. La Vía Dolorosa se ha transfigurado. Como nuestra fe y nuestra vivencia cristiana tras recorrer este día en sus mismos lugares. No hay palabras ni imágenes para describirlo. Sólo el corazón es capaz de contener tanta emoción y tanta gracia. El Señor ha resucitado. Está vivo. Id a Galilea. Allí lo veréis. Y allí os habréis de convertir en sus testigos si queréis, en verdad, encontrar la roca, el jardín y la luz de vuestras vidas.

Jesús de las Heras Muela - Director de ECCLESIA (Enviado especial)

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