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“Leproso
con los leprosos” es el título de la reflexión homilética del sacerdote y
teólogo Jose-Román Flecha Andrés para el Domingo 6º del tiempo ordinario, 12 de
febrero de 2012
“La
grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el
sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como
para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es
capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y
sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana”. Así ha
escrito Benedicto XVI en su encíclica “Salvados en esperanza”.
Los que
sufren eran en tiempos de Jesús los leprosos. “Impuro, impuro!”
Así tenía que gritar el leproso para que nadie se le acercara. Para que nadie
se contagiara con su tremendo mal. Según
el libro del Levítico (13, 44-46), el
leproso no sólo era un enfermo repugnante. Era también una persona abandonada
por la sociedad. “Vivirá sólo y tendrá su morada fuera del campamento”. Aun estando vivo, era obligado a vivir como
un muerto. El leproso, como un día lo será el apestado, es el icono más
elocuente del marginado.
Pero
el problema es más grave aún si se tiene en cuenta el aspecto religioso. Ya se sabe que para la mentalidad hebrea
primitiva, el mal físico se relacionaba inmediatamente con el mal moral. De
forma espontánea se pensaba que el enfermo era un pecador. Así que el leproso
debía de ser un pecador notable. Por tanto, parecía merecer el rechazo social.
EL
ESCÁNDALO DEL GESTO
Ya al
principio del evangelio de Marcos, se nos recuerda el encuentro de Jesús con un
leproso (Mc 1, 40-45). El relato nos ofrece algunos detalles importantes.
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En primer lugar, el leproso conserva un resto de autoestima. Toma una
iniciativa que revela su propia dignidad. Y su fe. A pesar de todas las
prohibiciones de su tiempo, decide acercarse a Jesús. Y dirige al Maestro una
plegaria llena de confianza: “Si quieres puedes limpiarme”.
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Además, el evangelio anota que “sintiendo lástima, Jesús extendió su mano y lo
tocó”. Es muy significativa esa enumeración. Sentir lástima y compasión era y
es el primer paso para reconocer el valor de la persona. Al extender la mano,
se expresa la voluntad de convertir el sentimiento en acción. Y tocar al
leproso era mucho más de lo que se podía esperar del Maestro.
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En tercer lugar, el evangelio incluye una frase desconcertante. El leproso
queda curado. Por toda la comarca se difunde la noticia del hecho y del modo.
La curación produce admiración. Pero el
tocamiento es escandaloso. Al tocar a un leproso, Jesús asume su mal y el miedo
que el mal produce. Por eso “ya no puede entrar abiertamente en pueblo alguno”.
Con
todo, la esperanza de los desesperados es más fuerte que las prohibiciones de
los satisfechos. Jesús se ha convertido en un marginado. Y por eso acuden a él
todos los enfermos y todos los proscritos.
Y LA
LIMPIEZA QUE SALVA
En el
centro del relato se escucha la voz de Jesús: “Quiero, queda limpio”. Esta
decisión del Señor nos interpela y requiere de nosotros una profunda reflexión.
• “Quiero, queda limpio”. Con esas palabras Jesús cura al leproso que
se acerca hasta Él. El gesto del Maestro va acompañado por una palabra luminosa
y eficaz. El gesto hace evidente la voluntad del que actúa y la fuerza de la
palabra. Y la palabra da sentido al gesto de Aquel que se hace cercano al
enfermo.
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“Quiero, queda limpio”. También hoy, Jesús se muestra acogedor al que acude
confiado a implorar su gracia y su misericordia. Él nos limpia de nuestros
males y sobre todo de nuestro mal moral. Com-padece con el que padece y asume
sobre sí la marginación y el escarnio
que pesa sobre el débil.
•
“Quiero, queda limpio”. He ahí una consigna para la Iglesia de todos los
tiempos. Salvando las distancia, esa decisión es un modelo para nuestra
comunidad cristiana. Hemos sido enviados a liberar a los que sufren, aun a
costa de cargar con su segregación y con la persecución de que son objeto.
- Señor Jesús, tú conoces los dolores y la
frustración de esta humanidad. Danos la fuerza para acudir a ti, superando
todos los prejuicios y suspicacias. Haznos sentir tu compasión y límpianos de nuestras lepras. Amén.
José-Román
Flecha Andrés
Universidad
Pontificia de Salamanca
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