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La Pascua es … el paso del Dios del Amor - Todo sale de la Pascua Imprimir E-Mail
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Escrito por Jesús de las Heras Muela - Director de ECCLESIA   
miércoles, 12 de marzo de 2008

Memoria del "Seder" en el Centro católico judeo-cristiano de Madrid

 Participé en la noche del pasado martes santo en una singular cena y vigilia de la Pascua. Éramos 42 personas, de distintas edades, condiciones, procedencias y circunstancias. Image

 Nos congregamos con gozo y con expectación en el piso sexto del número 50 de la calle Hilarión Eslava de Madrid, en Moncloa. Nos reunía el preciso diálogo y encuentro entre católicos y judíos.

 Nos convocaba una consagrada enjuta y plateada, de origen rumano, de categoría intelectual, humana y religiosa, llamada Sor Ionel Mihalovici. Es la directora del Centro católicos de estudios judeo-cristianos en Madrid. Es religiosa de Nuestra Señora de Sión desde 1945. La Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Sión fue fundada en el siglo XIX por un judío converso al cristianismo, que se hizo sacerdote: Teodoro Ratisbon. Son, en la actualidad, unas 600 en toda la Iglesia. Su carisma es el diálogo judeo-cristiana desde su confesión y pertenencia a la Iglesia Católica. Son servidoras solícitas y puentes luminosos para el encuentro de necesaria fraternidad entre quienes profesamos nuestra fe en el único Dios de la Alianza.

 Razones de diálogo y hasta de reconciliación cristiana -ya de amistad y de agradecimiento- me llevaron la tarde del pasado martes santo hasta esta singular y bien hermosa celebración. Sor Ionel me invitó a presidir aquella cena, aquella pascua, aquel "Seder". Debía ser el padre de familia mientras por nuestros ojos y por nuestros corazones desfilaban textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, símbolos del recuerdo y de la memoria, testimonios todos ellos del Paso del Dios del amor. Porque esto, el Paso del Dios del Amor, fue la pascua: la pascua hebrea, la pascua cristiana, la única Pascua del único Dios del Amor y de la Alianza.

Como Jesús lo hizo

 "No es folclore lo que vamos a hacer esta noche", nos dijo con voz quebrada pero sonora Sor Ionel. "Lo que vamos a hacer -prosiguió- es celebrar la cena de la pascua como Jesús lo hizo. Vamos a intentar reproducir los textos, los gestos, los signos, los alimentos y hasta los detalles de aquella cena", de aquella noche -pensaba yo- para la eternidad".

 Jesús de Nazaret -Jesús de Belén o Jesús de Jerusalén, como queramos- era judío. Y aquella noche celebró la cena de la pascua como los judíos. Era una noche de pascua más. Pero era distinta, pero era la última, pero era la única y definitiva. La antigua y la nueva Alianza se iban a juntar y aunar para siempre. El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento encontraban en Jesucristo su punto definitivo de encuentro y de culminación. La antigua y la nueva Alianza eran, de nuevo, el Paso del Dios del Amor, la predilección de Dios por su pueblo, la entrega de la definitiva Tierra Prometida.

Todo bien dispuestoImage

 En distintos pasajes del Evangelio escuchamos a Jesús insistir a sus apóstoles para que todo estuviera bien dispuesto para la cena de la pascua. En nuestro "Seder" del pasado martes santo en la calle Hilarión Eslava de Madrid estaba todo bien dispuesto y preparado. Cuidado con mino, con precisión y con cariño.

 Ahí estaban los panes ácimos recubiertos. Junto a mi, en un plato tapado con un paño que representaba la Torah, había tres panes ácimos, tres panes sin levadura, sin hincharse, símbolos de la humildad precisa. Representaban los tres órdenes del antiguo pueblo de Israel: los sacerdotes, los levitas y el pueblo. La fracción primera que hubimos de realizar en dos trozos sobre el pan ácimos evocaba el paso del pueblo de Israel sobre el mar Rojo y cómo Dios partió en dos sus aguas y de este modo libro a su pueblo del ejército del Faraón, que le perseguía.

 En otro plato jerosolimitano había un huevo duro, un pastel dulce, una verdura amarga y un hueso de cordero. El huevo duro hacía memoria de la destrucción del Templo, el pastel dulce hablaba de los trabajos en forma de ladrillos que los israelitas laboraron en Egipto, la verdura amarga eran sus sufrimientos y las opresiones recibidas, y el hueso del cordero señalaba que el cordero era la cena de la Pascua, pero que, ahora como no hay Templo, ya no se come el cordero.

 El "seder" -palabra hebrea que significa cena de pascua- en el que participé es fiesta del vino. Del vino con todo su simbolismo: el vino que alegra el corazón, el vino fruto de la vid y del trabajo del hombre, el vino rojo que es color de sangre derramada. Cuatro copas estaban bien dispuestas ante nuestros platos y nuestras miradas. Recordaban las cuatro promesas del Señor: "Os sacaré del país del Egipto...", "Os salvaré...", "Os liberaré" y "Os haré mi pueblo".

 Junto a mí, el padre de familias de este "seder", había una quinta copa: era la copa de Elías, era el signo de la escatología, de los cielos nuevos y de las tierras nuevas que el Dios de la Alianza prometió a su pueblo. En los hogares hebreos, los niños miran y miran la copa de Elías llena de vino para saber si, por fin, ha regresado Elías y la ha bebido. Entonces sería la plenitud de los tiempos.

 Y las velas, tampoco podían faltar las velas. Que son signos de luz. Que son antorchas de fe -fe recibida y fe que ha de ser transmitida cual antorcha y relevo "olímpico...-. Que son muestras de calor y de acogida. Y, por ello, ¿quién mejor que la madre de la familia para encenderlas, para crear el ambiente preciso y necesario en el hogar?

 Todo sale de la pascua. Y como todo salió para el pueblo de Dios -primero, el pueblo de Israel; después, toda la humanidad redimida por Cristo- de la pascua, esta noche, esta cena, este "seder" ha de estar repleto de las palabras, de los textos, de las plegarias y de los gestos precisos. Todo sale de la pascua.

Cuatro partesImage

 En cuatro partes se divide esta singular liturgia que estoy narrando, este "seder" judeo-cristiano. Su duración supera las dos horas y media.

 Comienza con los ritos preliminares: la bendición de las velas, la bendición de la familia, la bendición de la copa de la santificación del nombre de Dios, el primer lavado de las manos, la bendición de las hierbas amargas, la presentación del pan ácimo y la invitación a los pobres, mientras se abren las puertas del hogar que celebra el "seder".

 Todo sale de la pascua y esta pascua está revistada en esta primera parte también de presencia de la Palabra de Dios, de momentos para la oración y de gestos explicativos.

Una catequesis de la memoria y del compromiso

 La segunda parte del "seder" judeo-cristiano es la Liturgia de la Palabra. Pero es más bien la liturgia de la catequesis, una catequesis. Y es que la Palabra de Dios está presente no sólo en este momento sino en toda la cena, en todo el "seder". Y digo que es una catequesis porque la celebración en este segundo momento está dirigida especialmente a los niños.

 Claro, ellos se extrañaban del por qué de una cena tan singular. Y preguntaban al padre de familias por sus ritos, sus presencias, sus signos. "¿Por qué esta noche es distinta a las demás?"

 La liberación de Egipto, las diez plagas -sangre, ranas, mosquitos, sarna, peste del ganado, animales feroces, granizo, langosta, tinieblas, muerte de los primogénitos-, el canto de acción de gracias por la liberación, el significado del cordero, del pan ácimo y de las hierbas amargas y la bendición de la copa de la liberación se suceden, entre cantos y entre lecturas, como una espléndida catequesis de la memoria y del compromiso. Son las maravillas que Dios obró en favor de su pueblo y que el creyente ha de guardar en su memoria, hay de fijar en el dintel de su hogar y en lo más íntimo de su corazón, ha de hablar de ellas yendo de camino, acostado y levantado y ha de transmitir a sus hijos y a los hijos de sus hijos por mil generaciones.

La cena ritual

 Hemos llegado ya a la tercera parte del "seder". Es la cena ritual. Comienza con el segundo lavatorio de las manos, sigue con la bendición de los panes -"Tomad y comed esto es mi cuerpo"- y de las hierbas amargas y culmina en la cena de la fiesta.

 En tiempos de Jesús, los judíos comían el cordero pascual asado. Ya no lo comen para recordar la destrucción del Templo. Los cristianos sí lo podemos comer porque sabemos cuál y dónde está nuestro definitivo templo. Y el pasado martes, en el "seder" del Sor Ionel comimos el cordero asado, antecedido de pescado traído y cocinado en Israel y de una ensalada de arroz. Fue el tiempo para la convivencia gozosa entre los participantes en la cena. Fue el tiempo para el diálogo, para las preguntas y las respuestas, para el conocimiento de los unos y de los otros, para sellar y rubricar las nuevas amistades recién surgidas... Todo sale de la pascua.

 Y acabada la cena de fiesta, una parte del pan guardado desde el comienzo de la celebración, se corta en pedazos -el "Afikoman"-, se da gracias a Dios con el salmo 125 -"Cuando el Señor cambio la suerte de Sión..."-, se come y se toma la tercera copa, la copa de la bendición: "Este el cáliz de la nueva alianza en mi sangre. Haced esto en memoria mía".

La Copa del Mesías y Hallel

 Y llega la última y cuarta parte. Es la parte de la cuarta copa, la copa del Mesías y del salmo 118, el "Hallel": "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia...".

 Y, ya según se aproxima el final del "seder", plenos de agradecimientos y de alabanza, en nombre de todos, el padre de familia reza conmovido: "Señor, Dios nuestro, si nuestras bocas cantaran como el mar rugiente, si nuestras lenguas cual olas imploraran, si nuestros labios tuvieran la adoración del cielo y de la tierra y nuestros ojos el resplandor del sol y de la luna, nuestras manos extendidas cual alas de águila, alzándose hacia el cielo para alcanzarte, si nuestros pies fueran ágiles cual las ciervas, todo eso no bastaría para ofrecerte, Señor, la plenitud de nuestro agradecimiento, para agradecerte la más pequeña parte del inmenso amor que nos dispensaste en todos los siglos./Amén".

Todo sale de la Pascua

 Todo sale de la Pascua. La Pascua es el Amor. Es el Paso del Dios del Amor sobre nuestra historia, sobre nuestro presente, sobre nuestro futuro. La Pascua es el Paso del Dios del Amor sobre nuestras personas, sobre nuestras familias, sobre nuestros lugares, sobre los enfermos, sobre los pobres, sobre los necesitados. La Pascua es el Paso del Dios del Amor que ya no hiere sino abrasa de amor. Y libera, y salva, y redime y nos hace para siempre su pueblo, su heredad, su patrimonio y la expresión y el testimonio de su amor.

 "Ahora termina nuestro Seder. Toda costumbre. Toda ley. Todo está cumplido". Y "después de haber cantado los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos".

 La Pascua aguardaba el Paso definitivo, sublime, inconmensurable e insuperable del Dios del Amor. Todo sale de la Pascua. Y nosotros somos testigos. Somos testigos del amor. Somos testigos de la antigua, de la nueva y de la eterna Alianza: Dios está con nosotros, nos ama hasta el don total de sí mismo y Dios quiere de nosotros el amor. La Pascua es el amor. Todo sale de la Pascua.

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Modificado el ( viernes, 01 de mayo de 2009 )
 
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