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Lectio divina 6 Domingo Tiempo Ordinario, B, por Ángel Moreno de Buenafuente Imprimir E-Mail
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Escrito por Redactora   
martes, 07 de febrero de 2012
Liturgia de la Palabra: Lv 13, 1-2. 44-46; Sal 131; 1 Co 10, 31-11; Mc 1, 40.45

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:

- «Si quieres, puedes limpiarme.»

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

-«Quiero: queda limpio».

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La imagen del enfermo postrado a los pies de Jesús impulsa a hacer un gesto similar, cuando la conciencia susurra la necesidad de la misericordia y del perdón por sentir en el alma los efectos del egoísmo, del orgullo, de la vanidad, del amor propio, de la envidia y de la sensualidad.

Hay muchas clases de dolencias espirituales que llevan a encerrarse en uno mismo mismo, al apartamiento nocivo, a la clandestinidad del corazón, a vivir en las zonas oscuras de la egolatría, como enfermos de lepra de tiempos de Jesús.

Es necesario romper el cerco, saltar la muralla de la desidia, de la apatía y el conformismo. Un grito de auxilio puede liberarnos de sucumbir en la soledad que atrapa, cuando hemos perdido la ilusión, la alegría, el ánimo de darnos en favor de los demás, y hemos sucumbido en el despotismo de nuestros instintos.

Como el leproso del evangelio que cruzó todas las líneas convencionales, para pedir el don del Señor, que le limpiara; como el ciego de Jericó, que se levantó de un salto, al paso de Jesús, gritando “Señor, ten piedad de mí”; como el centurión, que acudió humilde y creyente: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, basta una palabra tuya y mi criado quedará sano”, podemos rezar:

Si tú quieres, Señor, puedes limpiarme.
Si tú quieres, Jesús, puedes devolver la luz a mis ojos.
Si tú quieres, Maestro, puedes dejarme ir detrás de ti como discípulo.
Si tú quieres, Dios mío, puedes concederme correr siempre por la senda del bien.

La curación es posible por la fe. La claridad de los ojos se obtiene cuando se sabe mirar a través de la voluntad divina. La agilidad del ánimo se mantiene cuando no nos buscamos a nosotros mismos. La postración se termina al levantarse para ir detrás de Jesús.

El salmista pone en nuestros labios las palabras:

“Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.
Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.
Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa» y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.”

El apóstol San Pablo nos da la consigna más adecuada: “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios.”

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Modificado el ( sábado, 14 de abril de 2012 )
 
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