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La
entrevista de L’Osservatore Romano con monseñor Gianfranco Girotti. Primera
traducción en español realizada por la Revista Ecclesia de la entrevista con el regente de la Penitenciaría
Apostólica.
Manipulaciones
genéticas, contaminación medioambiental, desigualdades sociales, justicia
social insostenible: éstas son las nuevas formas de pecado que asoman al
horizonte de la Humanidad, casi como un corolario del imparable proceso de
globalización. Constituyen también un nuevo reto para un dicasterio como el de
la Penitenciaría Apostólica, al que incluso le cuesta reafirmar su papel en una
época en la que se desvanece la propia percepción del pecado. Monseñor
Gianfranco Girotti, obispo regente de la Penitenciaría, habla de ello en esta
entrevista, concedida a «L’Osservatore Romano» el día después de clausurarse el
curso para confesores.
La Penitenciaría
Apostólica parece ser un objeto misterioso para la opinión pública, pero
también para gran parte de los fieles.
Desafortunadamente,
la realidad corrobora su afirmación. Aunque es actualmente —tras la supresión
de la Dataría en 1976 y la de la Cancillería en 1973— el organismo más antiguo
de la Curia Romana, resulta poco conocido, incluso para gran parte del clero.
El motivo de ello tal vez resida en que su actividad carece de la visibilidad
más propia de las tareas de los demás dicasterios. Y es que, de entre los
dicasterios de la Curia Romana, la Penitenciaría Apostólica es el que
desempeña, de manera siempre directa, una actividad propiamente espiritual: la
que guarda más sintonía con la misión fundamental de la Iglesia, que consiste
en la salus animarum. Se trata del órgano universal y exclusivo del Pontífice
en materia de fuero interno. Al fuero interno no se recurre tan sólo en materia
de pecados, censuras e irregularidades, sino, en general, en relación con situaciones
ocultas, como es el caso de las dispensas, las sanaciones y las convalidaciones
de actos nulos derivados de circunstancias ocultas. También examina y resuelve
los casos de conciencia que se le proponen. Y resuelve dudas en materia moral o
jurídica cuando se trata de circunstancias ocultas o de hechos concretos
individuales.
¿Qué valor tienen
las respuestas de la Penitenciaría?
Propiamente, se
trata de un valor autoritativo —preceptivo o liberatorio, según los casos— sólo
en lo que respecta a las circunstancias reales y singulares que se proponen y
no para los demás casos, a los que sin embargo tales respuestas pueden hacerse
extensivas como criterio prudencial. Ello significa que, con prudencia y por
analogía, el sacerdote que se ha prestado a recurrir puede aplicar las
orientaciones doctrinales y disciplinarias incluidas en sus propias soluciones
en un ámbito más amplio, si bien en
ningún caso está permitido divulgar las respuestas.
¿Tiene aún sentido
un organismo como la Penitenciaría, que parece crear problemas en el ámbito
ecuménico?
Me resulta difícil
comprender las razones y los motivos objetivos de esa incomodidad que la
Penitenciaría supuestamente crearía en el ámbito ecuménico. Si con ello se
pretende hacer referencia al error historiográfico acerca del perdón —error que
desde el Renacimiento no ha facilitado ciertamente un correcto debate
ecuménico—, bastaría con cotejar la reciente y abundante documentación de
estudiosos por encima de toda sospecha que ponen de relieve con gran honradez
la función de este dicasterio, considerado la auténtica «fuente de gracia» y
libre de todo interés.
¿Nace la atención
al pecado de una sensibilidad a las exigencias de la sociedad moderna, o
responde más bien a referencias propias del pasado?
La referencia
estriba siempre en la violación de la alianza con Dios y con los hermanos y en
las repercusiones sociales del pecado. Si hasta ayer el pecado tenía una
dimensión más bien individualista, hoy
tiene un valor, yuna resonancia, amén de individuales, sobre todo sociales,
debido al gran fenómeno de la globalización. De ahí que la atención al pecado
sea más urgente hoy que ayer, precisamente porque sus repercusiones son más
amplias y más destructivas.
¿Sirve aún para
algo la Penitenciaría?
Indudablemente. En
una época marcada por la imagen y por la publicidad, en la que todo se vuelve
público, creo que un dicasterio como la Penitenciaría Apostólica, atento al
mundo interior en su vertiente más delicada y menos visible, constituye un
instrumento muy valioso en el contexto articulado de la vida de la Iglesia.
¿Cuáles son las
cuestiones que centran preferentemente la atención de la Penitenciaría?
Son los delitos por
cuya gravedad la Santa Sede se reserva la absolución de los mismos: la
absolución del propio cómplice en un pecado contra el sexto mandamiento (canon
1378); la profanación sacrílega del Santísimo Sacramento de la Eucaristía
(canon 1367); la violación directa del sigilo sacramental (canon 1388, § 1); la
dispensación de irregularidad «ad recipiendos ordines» contraída por aborto
procurado (canon 1041, § 4); la dispensación por irregularidad «ad exercendos
ordines» (canon 1044, § 1).
¿Cómo interpreta el
desconcierto que la opinión pública siente ante tantas situaciones de escándalo
y de pecado que se dan en la Iglesia?
No se puede
infravalorar la gravedad objetiva de una serie de fenómenos recientemente
denunciados y que encierran en sí las
consecuencias de la fragilidad humana e institucional de la Iglesia; a este
respecto, sin embargo, no se puede dejar de comprobar hasta qué punto la
Iglesia, preocupada por el gran daño que se le ha infligido, ha reaccionado y
sigue reaccionando por medio de acciones e iniciativas severas con el fin de
preservar la propia imagen de la Iglesia y por el bien del Pueblo de Dios. Pero
hay que denunciar también el desmedido realce que dan a dichos fenómenos los
medios de comunicación, los cuales, en un contexto cada vez más mundano,
desacreditan a la Iglesia.
A veces la gente no
comprende la indulgencia de la Iglesia y el perdón cristiano. ¿Por qué, según
su opinión?
Hoy en día parece
concebirse la penitencia como apertura de sí a otro para resolver problemas que
centran la atención de esa esfera social en la que halla expresión la propia
existencia, ofreciendo la propia aportación de esclarecimiento, de apoyo a
quien se encuentra en dificultad. La penitencia, pues, se concibe hoy
preferentemente en su dimensión social, ya que las relaciones sociales se han
debilitado y complicado al mismo tiempo por causa de la globalización.
En su opinión,
¿cuáles son los nuevos pecados?
Existen amplias
áreas en las que hoy en día se detectan actitudes pecaminosas relacionadas con
derechos individuales y sociales. En primer lugar, el área de la bioética, en
cuyo seno no podemos dejar de denunciar algunas violaciones de los derechos
fundamentales de la naturaleza humana mediante experimentos y manipulaciones
genéticas, cuyos resultados resulta difícil vislumbrar y mantener bajo control.
Otra área, propiamente social, es la de la droga, que debilita la psique y
ofusca la inteligencia, lo que excluye a muchos jóvenes del circuito eclesial.
También está el área de las desigualdades sociales y económicas, por las que
los pobres se vuelven cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos, lo
que alimenta una injusticia social insostenible. Y el área de la ecología, que
reviste hoy en día especial interés.
El recurso
frecuente a las indulgencias, ¿no incentiva tal vez una mentalidad mágica en
relación con la culpa y la pena?
Para no caer en una
visión tan peligrosa como falsa, creo ante todo que es absolutamente necesario
conocer y comprender la recta doctrina de la práctica de las indulgencias,
concebida por la Iglesia como expresión significativa de la misericordia de
Dios que ayuda a sus hijos a satisfacer las penas debidas por sus pecados,
«pero también y sobre todo para impulsarlos a un mayor fervor de caridad».
Mueve a la Iglesia en primer lugar el deseo de educar, más que en la repetición
de fórmulas y prácticas, en el espíritu de oración y de penitencia y en el
ejercicio de las virtudes teologales. La reforma que el Siervo de Dios Pablo VI
llevó a cabo mediante la Constitución apostólica Indulgentiarum doctrina, de 1
de enero de 1967, elimina, de alguna forma, todo aquello que podía llevar a los
fieles a cultivar una mentalidad mágica. Dicha doctrina expone con claridad los
presupuestos teológicos de las indulgencias; trata de la solidaridad vigente
entre los hombres en Adán y en Cristo, de la comunión de los santos, del tesoro
de la Iglesia —que consiste en las expiaciones y en los méritos de Cristo—, de
la Bienaventurada Virgen María y de los santos, que están a disposición de los
fieles. Y es preciso subrayar que las indulgencias no pueden lucrarse sin una
conversión sincera y sin unión con Dios, a lo que se le añade la realización de
las obras prescritas.
¿No le parecen
demasiado leves las condiciones necesarias para lucrar la indulgencia?
Si, además de las
condiciones que suelen imponerse —confesión sacramental en un plazo máximo de
15 o 20 días antes o después, comunión eucarística y oración según las
intenciones del Pontífice—, consideramos que para lucrar la indulgencia se
requiere un grado de pureza eminente y signos de caridad ardiente —cuyo logro
sigue resultando difícil para nuestra fragilidad—, creo que no cabe minimizar
lo establecido.
¿Existen pecados de
los que la Penitenciaría no puede absolver?
La Penitenciaría es
la longa manus del Papa en su ejercicio de la potestas clavium. De ahí que,
para realizar las funciones que tiene encomendadas en el fuero interno, posea
todas las facultades necesarias, con la única excepción de las que el Pontífice
haya declarado expresamente al Cardenal Penitenciario querer reservar para sí.
Puede, por lo tanto, realizar, en el ámbito del fuero interno, todos los actos
que son competencia de los restantes dicasterios de la Curia Romana.
En relación con el
aborto, cunde la sensación de que la Iglesia no toma en consideración la
difícil situación de las mujeres.
Creo que semejante
preocupación no tiene absolutamente en cuenta la actitud que, por el contrario,
la Iglesia manifiesta de manera constante, salvaguardando y tutelando
precisamente la dignidad y los derechos de la mujer. Son muchas, en efecto, las
iniciativas que organismos católicos y movimientos eclesiales, con una labor
valiente e inteligente, promueven de forma continuada con el fin de
contrarrestar las actuales tendencias culturales y sociales contrarias a la
mujer, ayudando de manera eficaz a las madres solteras, dedicándose a educar a
sus hijos traídos al mundo por imprevisión, e incluso facilitando la adopción
de éstos.
(«L’Osservatore
Romano» 9-3-08; original italiano; traducción
de ECCLESIA.)
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