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Por José Luis Restán, director editorial de la Cadena
Cope, en Páginas Digital del 23/02/2012
Ha sido todo un concierto desplegado con su elegancia
única, pero sobre todo con esa humildad que desarma, que huele a Evangelio por
los cuatro costados. Así que mientras las ranas y los topos entonan su
cacofonía, aumentada por el rácano interés de determinados medios, Pedro sigue
a su Maestro una vez más, como tantas a través de los siglos. 
Esperábamos las intervenciones de Benedicto XVI en
torno al Consistorio, y con razón. Porque en estos casi seis años de
pontificado nos ha demostrado con creces que sabe convertir cada crisis, cada
situación de ahogo, en ocasión para realizar más eficazmente su misión, hacia
dentro y hacia fuera. Comenzó la víspera de la llegada de los cardenales a
Roma, en el encuentro anual con los seminaristas de Roma, "sus
seminaristas". Y en ese ambiente familiar, casi de confidencia, lanzó la
primera estocada al comentar la Carta de San Pablo a los Romanos, cuando
enaltece la fe de la Iglesia de Roma, de la que se hace lenguas el mundo
entero: "también hoy se habla mucho de la Iglesia de Roma, de muchas
cosas, pero esperamos que se hable también de nuestra fe, de la fe ejemplar de
esta Iglesia, y pidamos al Señor que logremos que no se hable de tantas cosas,
sino de la fe de la Iglesia de Roma". Touché. Y después, siempre
sin papeles, habla a los futuros sacerdotes de ese inconformismo propio del
cristiano, que le permite amar y servir verdaderamente al mundo. Inconformismo,
por ejemplo, frente al poder de la opinión dominante y su inacabable
charlatanería.
Pero el grueso había de llegar en la alocución
pronunciada durante el Consistorio. Allí habla de la lógica del poder y del
egoísmo que también se infiltra entre los hijos de la Iglesia. La misma lógica
que llevó a la madre de los zebedeos a pedir para sus hijos un puesto a la
derecha de Jesús y otro a su izquierda, la misma que irritó al resto de los
discípulos al sentirse preteridos. ¡Qué poco cambian las cosas! Pero lo que
podría haber sido un amargo improperio Benedicto XVI lo convierte en paternidad
que cura y construye: "dominio y servicio, egoísmo y altruismo, posesión y
don, interés y gratuidad: estas lógicas profundamente contrarias se enfrentan
en todo tiempo y lugar. No hay ninguna duda sobre el camino escogido por Jesús:
Él no se limita a señalarlo con palabras a los discípulos de entonces y de hoy,
sino que lo vive en su misma carne".
Los hombres vestidos de rojo han debido sentir estas
palabras como un aguijón, pero en realidad valen para cada uno de nosotros:
"que vuestra misión en la Iglesia y en el mundo sea siempre y sólo «en
Cristo», que responda a su lógica y no a la del mundo, que esté iluminada por
la fe y animada por la caridad que llegan hasta nosotros por la Cruz gloriosa
del Señor". Así que no hay otra estrategia, otro gobierno, otra sagacidad
que la del cáliz del Señor, aunque como dijo el Cardenal Dolan sintamos ganas
de eludirlo una y otra vez.
Es impresionante cómo enseña, cómo corrige y gobierna
este hombre al que algunos medios han descrito estos días como cansado y
aislado, casi en las últimas, tentado por una fantasmagórica dimisión. Alguna
corresponsal despistada titula su crónica diciendo que el Vati-leaks ha
debilitado al Papa y ha desatado los movimientos para su sucesión. Haría mejor
carrera escribiendo panfletos a lo Dan Brown. Lo cierto es que del dolor y la
dificultad emerge una y otra vez la figura de Pedro el pescador, el hombre
caracterizado por su triple amor a Jesús, el timonel de la barca. Como diría el
poeta Eliot, "mucho que derribar, mucho que construir, mucho que
restaurar".
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