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Monseñor Miguel Asurmendi es el obispo de Vitoria, monseñor
José Ignacio Munilla es el obispo de Vitoria y monseñor Mario Iceta es el obispo de Bilbao
Queridos hermanos y hermanas:
1. Las bienaventuranzas nos muestran el testimonio de vida
de quienes han sido renovados en Cristo. Entre ellas, se encuentra la que hace
referencia a quienes construyen la paz: “Bienaventurados los que trabajan por
la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Con la
proclamación de las bienaventuranzas, la antigua ley ha sido culminada por la
ley nueva del amor. 
Como afirma San Pablo, “el que es de Cristo es una criatura
nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo” (2 Co 5, 17). Jesús inaugura
y posibilita un nuevo modo de relación humana: el “ama al prójimo como a ti
mismo” ha sido superado por el mandamiento nuevo: “amaos unos a otros como Yo
os he amado”. Es más, el Señor nos dice que la nueva condición de hijos e hijas
de Dios conlleva el amar a los enemigos y rezar por los que nos persiguen (cfr.
Mt 5, 44).
2. Jesús es consciente de que para amar de este modo nuevo,
es necesaria la renovación profunda de la humanidad. Y así Él
se humilló y se rebajó hasta la muerte, y una muerte de cruz. Cristo quiere
descender a la profundidad del dolor y sufrimiento humano para, desde ahí,
renovar radicalmente nuestra humanidad, haciendo brotar la vida desde el abismo
del dolor y de la muerte: “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros
dolores” (Is 53, 4). Esta impresionante descripción que el profeta Isaías
refiere al Siervo de Yahveh nos muestra el modo en que el Hijo de Dios,
asumiendo nuestra carne, acoge en sí mismo todo mal y toda injusticia. Él no es
ajeno a las oscuridades y dolores de la humanidad, sino que se hace solidario, hasta
el extremo, de todo padecimiento e incluso de la misma muerte.
3. Isaías prosigue clamando con admiración: “Sus heridas nos
han curado” (Is 53, 5). El misterio Pascual del Señor torna la herida en
curación, el sufrimiento en gozo, la muerte en vida. De la herida abierta de
Jesús muerto en la cruz brotan el agua y la sangre, la fuente de la vida, el
surtidor de agua viva que salta hasta la vida eterna. De la profundidad del
sepulcro surge el anuncio luminoso de la resurrección y se realiza el inicio de
la nueva creación. Sus heridas asumieron las nuestras y de ellas, en Cristo,
renace una nueva vida llena de vigor y de esperanza.
4. El primer día de la semana, estando los discípulos con
las puertas cerradas, porque tenían miedo, se presentó Jesús, y les mostró las
heridas, las manos y el costado. Queridos hermanos y hermanas. También hoy,
aquí y ahora, el Señor quiere mostrarnos sus heridas para que nos llenemos de
paz y esperanza. ¡Tus heridas nos han curado! Con Cristo es posible que el leño
viejo y seco pueda reverdecer. Se nos ofrece la posibilidad de que el odio, la
violencia y la división sean vencidos por el amor, el perdón y la reconciliación.
Necesitamos ver esas manos y ese costado para emprender con
decisión el camino de la
reconciliación. En esas llagas de Jesús vemos, de modo
particular, a quienes han sufrido brutalmente las heridas y la muerte causadas
por el terrorismo y toda clase de violencia injusta. Cristo es la Víctima pascual, y en Él,
las víctimas son abrazadas por el amor de Jesús y asociadas para siempre a su
propia entrega, haciendo que su sangre no sea inútil. Su memoria, así como el
acompañamiento a sus familias, constituyen una exigencia de la justicia, así
como un testimonio perenne de gratitud y reconocimiento y un elemento ineludible
para la reconciliación social.
5. Y les dijo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy, no os la doy
como la da el mundo” (Jn 14, 27). La paz que Dios nos ofrece, es acogida por
aquellos que reconocen sus faltas y sus pecados, por aquellos que abren su corazón
a la gracia de la
conversión. La paz, como don de Dios, secundada por la tarea
humana, nace de un corazón nuevo, transformado por el Espíritu. “Sopló sobre
ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados
les quedan perdonados” (Jn 20, 22). Es el Espíritu Santo quien opera el cambio
del corazón y el que posibilita la construcción de la paz. La paz procede
originariamente de Dios, pero precisa de nuestra colaboración para que
fructifique. Jesús nos invita a contemplar: “Ya ves, estaba muerto, pero ahora
vivo” (Ap 1, 18). La muerte, en Jesús, se transforma en vida. Es la esperanza
cierta que puede llenar de paz y serenidad a quienes han padecido en carne
propia la herida profundamente injusta del terror y de la violencia. En Cristo
encontramos nuestra paz y también el sufrimiento y la muerte encuentran un
motivo para esperar y ser curados, restituyéndonos a la vida nueva de Dios.
6. Sólo el Cordero degollado es capaz de recibir el libro,
abrir sus sellos y ver su contenido (cfr. Ap 5, 7). Cristo, el Cordero
degollado, aparece vivo y de pie. Ello significa la verdad con capacidad de
juzgar verazmente, pues conoce hasta la profundidad del corazón humano y de la
historia. Él es la Verdad,
una Verdad personal e imperecedera. Él arroja luz sobre nuestra historia y sólo
desde Él podemos conocer la verdad de las cosas, superando visiones parciales y
fragmentadas de una realidad tan dolorosa como la que hemos vivido. Con Él
podemos volver la mirada sobre el relato de nuestra historia, y unidos a Él
podremos reconocer el daño causado, valorar críticamente nuestras acciones y
omisiones, restablecer la justicia y abrirnos al perdón y a la reconciliación.
7. “Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos
encargó el ministerio de la reconciliación” (2 Co 5, 18). En efecto, el
ministerio de la reconciliación está en el corazón mismo de la misión de la Iglesia. Es un encargo
que el Señor otorga a quienes ha reconciliado consigo por el Misterio pascual.
Los cristianos de nuestras diócesis, acompañados por sus pastores, han
realizado un largo recorrido en el servicio de la reconciliación, mediante
múltiples y variadas iniciativas, con la conciencia de estar ejerciendo un
ministerio fruto de la voluntad y el envío por parte de Dios, que al mismo
tiempo responde a una necesidad de nuestra sociedad. “Nosotros actuamos como
enviados de Cristo y en su nombre os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2
Co 5, 20). El anuncio del perdón y de la misericordia de Dios, así como la
exhortación a la conversión y el arrepentimiento, es esencial y permanente en
la predicación de Jesús. La
Iglesia tiene por cometido primordial anunciar esta gracia
que exhorta a la conversión profunda y a acoger y ofrecer el perdón en el
camino de la reconciliación.
8. En esta nueva etapa, la Iglesia quiere renovar su
misión y compromiso de ser servidora de reconciliación. El anuncio por parte de
ETA del final definitivo de toda actividad violenta ha sido acogido por
nosotros y por la sociedad con satisfacción y esperanza, pero continuamos
deseando y demandando su definitiva desaparición. Tras el cese de todo lo que
amenaza la integridad física o moral de las personas, los senderos de la verdad
y de la justicia constituyen el itinerario para una reconstrucción moral y
social, que garantice una convivencia en paz, digna y respetuosa. Particularmente
el arrepentimiento y el perdón son necesarios allí donde las agresiones del
terrorismo y de toda clase de violencia o injusticia han abierto heridas
profundas. Pedimos a Dios que quienes han dañado y ofendido al prójimo sientan
su llamada al arrepentimiento verdadero y a la petición sincera de perdón.
9. Queridos hermanos y hermanas. Cristo nos enseña a
perdonar y por el don del Espíritu se nos ofrece la capacidad de practicarlo.
El perdón pedido y otorgado libera el corazón humano y nos hace semejantes a
nuestro Padre misericordioso. Por eso, también rogamos a Dios que, a quienes
han experimentado la agresión y todo tipo de violencia física o moral les
conceda la gracia de poder ofrecer este perdón sanador y liberador que, sin
anular las exigencias de la justicia, la supera.
10. El salmo 33 que hemos recitado nos anima a buscar la paz
y correr tras ella. Gracias a Dios, en esta búsqueda hemos tenido y tenemos
tantos compañeros de camino: instituciones, asociaciones, movimientos,
iniciativas de diverso tipo, y tantos hermanos y hermanas, que se han empeñado
con esfuerzo y constancia en lograr el fin de toda violencia y nos han invitado
reiteradamente a recorrer el camino de la reconciliación. El Señor
nos convoca a todos, instituciones y particulares, a colaborar en el
afianzamiento de una cultura de la reconciliación y de la paz promoviendo e
impulsando el encuentro, el diálogo y la reflexión, actuando con sabiduría.
Aprendamos a vivir en el respeto y aprecio mutuos, más allá de nuestros
condicionamientos ideológicos, sociales o políticos para encontrarnos
respetuosamente con quienes piensan o viven de distinta manera que nosotros, en
una sociedad que es plural y compleja pero que quiere vivir en paz y
prosperidad, mirando al futuro con esperanza.
11. Sintámonos nuevamente enviados por el Señor a ser
ministros de reconciliación, constructores de paz. El Espíritu Santo sigue
derramando sus dones para que germine entre nosotros la paz como don de Dios,
que requiere a su vez nuestro esfuerzo y colaboración. Que el Señor nos
fortalezca y María nuestra Madre nos acompañe en esta hermosa y necesaria
tarea. Como nos anunció el Señor resucitado: ¡Que la paz esté siempre con
nosotros! AMEN.
+ Mario, Obispo de Bilbao
+ Jose Ignacio, Obispo de San Sebastián
+ Miguel, Obispo de Vitoria
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