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Vivir, sufrir, servir y amar según la voluntad del
Padre Las siete últimas palabras de Jesús en
la cruz bien podrían simplificarse compendiarse en otras dos, pronunciadas
pocas horas de ser elevado sobre la cruz y morir.
La primera de ellas,
separada cronológicamente de la segunda apenas un par de horas, fue la que
pronunció al concluir el rito -gesto que vale y simboliza toda una vida- del
lavatorio de los pies: "Os he dado ejemplo para que lo yo he hecho con
vosotros, también vosotros lo hagáis". La segunda, todavía en Jueves
Santo, fue la exclamada en Getsemaní, mientras sudaba sangre y pasión:
"Padre, pasa de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la
tuya".
La Misión
de las Misiones
Toda la existencia terrena de Jesús
tuvo un sentido, una lógica, una dirección: cumplir la voluntad del Padre,
servir la misión redentora que le había sido encomendada. Ya nos los narra la
carta a los Hebreos cuando afirma en labios del Señor que "he aquí, Padre,
que vengo a hacer tu voluntad".
Cumplir la voluntad del Padre fue la
misión de Jesús. La suya fue la más excelsa de las misiones jamás encomendada.
Fue la Misión de las Misiones. Fue la misión de la salvación. Tenía que ser
así: el Hijo del Hombre tenía que tomar nuestra condición en todo menos en el
pecado, recorrer nuestros caminos y nuestras latitudes, sentir el gozo y el
dolor de la humanidad, su necesidad, su precariedad y su esperanza. Tenía que
redimir hasta lo más hondo, hasta el final, hasta lo más recóndito del hombre,
hasta la muerte y muerte de cruz. Era la misión del Amor pues nadie tiene amor
más grande que el que da la vida por sus amigos. "Vosotros sois mis
amigos".
Esta era la voluntad del Padre: sanar el
corazón del corazón del hombre. Y solo podía hacerlo quien supiera de nuestras
dolencias y quien poseyera la medicina de la salud verdadera. La misión de
Jesús tenía, de este modo, la fuerza salvífica y redentora que necesitaba,
necesita y necesitará la humanidad dolorida y anhelante. En sus cicatrices
todos hemos sido sanados. La gracia está en el fondo de la pena y la salud
naciendo de la herida.
Llamados a
la misión desde la cruz
Y, a su vez, la misión de Jesús había
de mostrarnos el camino: "Os he dado ejemplo para que lo yo he hecho con
vosotros, también vosotros lo hagáis". Esto es, también nosotros hemos de
ser medicina de salud verdadera para los demás. También nosotros estamos
llamados a reproducir, en mayor o en menor escala, su Pasión de Pasiones, su
Pascua. La fuerza de la cruz
-"cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mi"- no
nos garantiza automáticamente la salvación sino que nos pone en camino, nos
lanza a la misión. La cruz está transida de fuerza y de gracia. Pero corresponde
a nosotros saber llenarnos de ella, irrigar nuestras venas y las de nuestros
hermanos de su sangre salvadora.
De ahí, que la escucha dolorida de las
Siete Palabras de Jesús en la cruz venga en ayuda de nuestra debilidad. Y lo
hará iluminando -aun en las tinieblas de la duda, de la lejanía, de la
apostasía silenciosa y de la increencia; aun en la noche del dolor abismal- el
sentido auténtico de la vida.
Tres
respuestas claves
Tres claves fundamentales, tres
respuestas definitivas se escuchan desde el silencio y el tormento de la cruz
de Cristo: la fidelidad a la voluntad del Padre en el cumplimiento de la misión
encomendada (Palabras 1 -"Padre, perdónales porque no saben lo que
hacen" y 6 -"Todo está consumado"-), el ejercicio heroico y
sublime del amor hasta el extremo -amor transido de solidaridad y de servicio
al prójimo- (Palabras 2 -"Hoy estarás conmigo en el Paraíso", 3
-"Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu Madre", 4 -"Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?- y 5 -"Tengo sed") y la
confianza plena en que el Padre sabe lo hace y que siempre -máxime en el dolor,
en la prueba y en la misión- nos acoge en sus manos misericordiosas, en su
regazo materno (Palabra 7 -"Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu"-).
Las Siete Palabras de Jesús en la cruz
son, por ello, la síntesis de su vida y de su muerte, la prenda y anticipo de
su resurrección. Son su testamento. Comienzan y acaban invocando, con dolor y
amor infinitos, el nombre del Padre. He ahí, pues, su significado y su legado:
vivir en la voluntad de Padre cuya gloria es la vida del hombre.
Por ello y desde entonces, la vida
tiene sentido. La cruz es no solo un suplicio atroz e inhumano. Del costado de
Cristo, abierto y traspasado por una lanza, brotan sangre y agua. La cruz es el
árbol de la vida. Las palabras de Jesús en la cruz no son un monólogo
desesperado. Son un cántico de alabanza, desgarrado y confiado, atormentado y
esperanzado. Son palabras para los demás. Son palabras pendientes de los demás:
del buen ladrón -"Hoy estarás conmigo en el Paraíso-, de la Madre y del
discípulo -"Madre, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu Madre"- y de
la humanidad gimiente y redimida -"Padre, perdónales porque no saben lo
que hacen", "Tengo sed". Son palabras del Hijo en diálogo de
dolor y amor con el Padre: "Todo está consumado"."En tus manos
encomiendo mi espíritu".
Palabras
de gloria,
de una
gloria que es siempre la vida del hombre
Señor
de las Siete Palabras, Tu cruz, tu silencio y tus palabras adoramos, y tu santa
resurrección glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero.
En tus palabras y en tus silencios ha hablado Dios, ha hablado el Hombre, y ha
hablado para siempre. Nunca fuiste tan Verbo Eterno del Padre. Nunca una
palabra, siete palabras, dijeron tanto y lo dijeron todo. Es tu testamento de
amor y de heredad eternas. Es tu legado que ahora nos corresponde a nosotros
llevar a plenitud de entrega, de amor y de servicio en nuestras existencias y
en las existencias de una humanidad que solo puede ser redimida en tu cruz
salvadora, en tu silencio elocuente, en tus palabras de Vida.
"Os he dado ejemplo para que lo yo
he hecho con vosotros, también vosotros lo hagáis". "Padre, pasa de
mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya". Ahora es
glorificado el Padre en el Hijo y por el Hijo; ahora es glorificado el Hijo en
el Padre y por el Padre. Y ahora, a esta hora de la gloria, le falta tan solo
la gloria, ya en prenda y en simiente, del hombre. Porque desde el Calvario la
gloria plena de Dios es la vida del hombre, es que el hombre viva esa vida sembrada para
siempre en la tierra abierta sobre la que se levantó y se levanta la cruz de
Cristo, que elevado sobre cielos y tierra ha de atraer a todos hacia sí. Amén
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