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La sanación, la reconciliación, la libertad, los derechos humanos y la paz desde
Cristo, nuestra esperanza.
La pasada semana, en las
vísperas de la visita apostólica de Benedicto XVI a Estados Unidos de América y
a la sede de la ONU, trazamos diez claves de hermenéutica previa y de lectura
preparatoria al viaje. Eran el contexto previsto de un periplo papal que ha acabado
haciendo historia.
Aquellas claves se han visto confirmadas por la
realidad del viaje, en que, además, el Santo Padre ha subrayado, ha concretado
y ha testimoniado distintos mensajes, todos ellos vertebrados desde el lema de
la visita, "Cristo, nuestra esperanza". De aquí, que, a la hora de sintetizar estos
seis intensos días, nos quedemos con cinco palabras, con cinco sustantivos:
sanación, reconciliación, libertad, derechos humanos y paz.
El principal de sus viajes 
Y es que esta recién
concluida visita apostólica de Benedicto XVI a Washington y a Nueva York ha
sido no solo el principal de sus viajes hasta ahora realizados sino también uno
de los principales hitos y acontecimientos de su ministerio petrino, que
cumplía precisamente tres años en uno de los memorables días de este periplo en
la Costa Este de los Estados Unidos de América.
Nuestra afirmación viene avalada por numerosos
indicadores. El Santo Padre ha demostrado, una vez más, ser el Papa de la
palabra y de las ideas, "un maestro maravilloso", como lo definía el
cardenal George, arzobispo de Chicago y presidente de la Conferencia Episcopal
Estadounidense. Quince han sido los largos, densos, interpeladores, hermosos y
tan brillantes discursos del viaje, a los que hay sumar otras cuatro pequeñas
alocuciones, la entrevista en el avión que le llevaba al país más importante de
la tierra y dos notas oficiales de prensa. La opinión pública, a través de una
cobertura amplia y en general acertada de los medios de comunicación, ha
seguido con expectación y con satisfacción el periplo. Y quienes han
participado directamente en él hablan del entusiasmo generado por Benedicto
XVI, a quienes hemos podido observar cercano, humilde, participativo, contento
y hasta pletórico y cuya figura y referente espiritual y moral ha crecido, sin
duda, en la mente y en el corazón de los católicos y de otras tantas personas
lejanas a nuestra fe.
Benedicto XVI ha
predicado el evangelio de la esperanza -"Cristo, nuestra esperanza"
rezaba el lema de la visita apostólica-en Estados Unidos y en la sede de
Naciones Unidas con la abundancia, la clarividencia, la valentía, la firmeza,
la ternura y la coherencia que le caracterizan. Ha predicado con
palabras -los citados y magníficos discursos-, con silencios y plegarias -ha
hecho historia con su presencia orante y solidaria en la Zona Cero de Nueva
York- y con gestos -sobre todo, en su audiencia a víctimas de abusos sexuales-,
desarrollando de este modo un impagable servicio a la Iglesia y a la humanidad.
Curar las heridas, servir la reconciliación
Ya nada será igual desde
ahora en el firme compromiso eclesial por la erradicación de los deleznables y
vergonzosos abusos sexuales a menores y, por ello, a su contribución a la curación
y desaparición de esta lacra no solo en la Iglesia sino también en todos los
ámbitos de la sociedad. Hasta en cuatro ocasiones se refirió expresamente
Benedicto XVI a este "vergüenza", que, si bien, se refiere a una
minoría de antiguos sacerdotes y religiosos, ha abochornado y condolido a
entera comunidad eclesial.
Benedicto XVI ha descendido
también al "infierno" del odio y de la masacre de los atentados
terroristas del 11 de septiembre de 2001. Cerca de tres mil personas -de ellas,
trescientos cuarenta bomberos y otro medio centenar de agentes de socorro y de
protección civil- perecieron en aquella tragedia, que conmovió al mundo y
mostró una nueva faz del misterio del mal, máxime cuando se perpetró usando
blasfemamente el nombre de una religión.
Con su presencia y
oración en el cráter, en la base rocosa sobre la que se levantaban airosas y
espléndidas las torres gemelas del World Trade Center, ha mostrado que ni el
odio ni la venganza tienen la última palabra. Es el amor quien la tiene pues
permite sanar, recomenzar y reconstruir desde los mismos cimientos de la
destrucción y de la desolación.
Este mensaje de
esperanza lo ha sabido también transmitir el Papa en sus celebraciones con obispos, sacerdotes y
consagrados, en sus encuentros con representantes de otras religiones, con sus
visitas a la comunidad judía, en su vigilia de oración intercristiana y con su
presencia festiva, samaritana y tan aleccionadora con muchachos minusválidos y
con jóvenes y seminaristas, a quienes precisamente alertó sobre los efectos
devastadores de las ideologías del mal: en su juventud el nazismo y ahora -aun
cuando se disfracen de progreso, de liberación y de hallazgos de falsos
paraísos-, el nihilismo y el relativismo.
El don y la responsabilidad de la libertad
En sus primeras palabras
en Washington, en los jardines de la Casa Blanca -era el día de su 81
cumpleaños-, Benedicto XVI elogió la sinceridad religiosidad pluriconfesional
de los estadounidenses. Se trata de una religiosidad insertada y presente en la
vida. Igualmente, el Santo Padre ponderó el aprecio y el servicio en favor de
la libertad de la que siempre ha hecho gala este pueblo. La libertad es un don
y, a su vez, una responsabilidad para usarla correctamente y para hacer el
bien. Al tema de la libertad volvería Benedicto XVI en su homilía del domingo
20 de abril en el estadio nacional de los Yankees de Nueva York y en la vigilia
previa con jóvenes y con seminaristas en los jardines del seminario San José de
la ciudad de los rascielos.
Otro momento
especialmente significativo de la visita papal tenía lugar en la Universidad
católica de Washington. En ella estaban representados los varios miles de
instituciones de la Iglesia que trabajan en la educación, en el diálogo fe y
razón. No hay contradicción -señaló el Papa- entre la verdad de la fe y la
verdad de la razón, entre la verdad del Evangelio y la verdad de la ciencia. No existen una ciencia y progreso verdaderos
sin ética y sin moral. La religión ha de purificarse de adherencias impropias y
la razón ha de ensancharse y perfeccionarse a través de las creencias
religiosas.
La vitalidad de la Iglesia
norteamericana en el mundo de la educación es también expresión del gran
crecimiento y enriquecimiento experimentado en ella en las últimas décadas, con
beneméritos servicios y contribuciones en los campos de las migraciones y de la
asistencia social y caritativa. La Iglesia estadounidense es una Iglesia viva,
pujante, emergente, misionero, generosa, abierta a las necesidades de la
catolicidad y de la humanidad.
La protección de los derechos humanos
Asimismo y desde la
fundamentación de los derechos humanos y su necesario entroncamiento en la ley
natural, Benedicto XVI ha prestado un nuevo y extraordinario servicio a la paz
a través, sobre todo, de su memorable discurso a la Asamblea General de
Naciones Unidas el viernes 18 de abril. Ha sido el tercer Vicario de Cristo en
la tierra en visitar la ONU. En 1965 lo hizo Pablo VI y en 1979 y en 1995, Juan
Pablo II.
La paz se basa en la
justicia y en el respeto a los derechos -incluido, por supuesto, el derecho a
la libertad religiosa, que es su sagrario- y a la dignidad inviolable de toda
persona desde su concepción natural hasta su ocaso. Y ni la ley de las
mayorías, ni el relativismo jurídico, ético y mediático, ni la potente
maquinaria y estructuras de los Estados están por encima de los derechos humanos,
que, en esta hora presente, han de ser protegidos, tutelados, promovidos y
potenciados como presupuesto inexcusable para la paz y el desarrollo de los
pueblos y de las personas, de todos los pueblos y de todas personas.
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