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MENSAJE DE LA COMISIÓN EPISCOPAL DE
PASTORAL SOCIAL
LA EUCARISTÍA, ESPERANZA PARA EL POBRE
La
festividad del Corpus Christi nos invita a entrar en el corazón del misterio de
la Eucaristía, que se ha de creer, celebrar y vivir. “Sacramento de la caridad,
la Santísima Eucaristía es el don que
Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito para cada hombre”.
Este año, a la luz
de la última encíclica de Benedicto XVI
–“Spe salvi; Salvados en la esperanza”-, contemplamos la Eucaristía
descubriendo en ella un verdadero sacramento de esperanza para toda la
humanidad y, de manera muy especial, para los más pobres y excluidos de los
bienes necesarios.
Nos unimos a la
campaña que viene desarrollando Cáritas sobre derechos humanos e igualdad de
oportunidades. Dentro de ella, este año dedicó la campaña de Navidad al derecho
a la salud; y ahora, cuando nos sentamos juntos hombres y mujeres en la misma
mesa del Señor, la dedica a los derechos
de la mujer y nos invita a poner de manifiesto la igualdad entre hombres y
mujeres y la importancia de que se
reconozcan oportunidades equitativas para ambos sexos como expresión de la
común dignidad humana que compartimos y como base de una sociedad más justa y
más fraterna.
La
Eucaristía, sacramento de esperanza
La
Eucaristía, sacramento del amor, aviva en nosotros la conciencia de que donde
hay amor brilla, también, la esperanza, de que donde el ser humano experimenta
el amor se abren para él puertas y caminos de esperanza.
Así nos lo ha
recordado Benedicto XVI cuando dice: « No
es la ciencia la que redime al hombre. El
hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito
intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un
momento de “redención” que da un nuevo sentido a su existencia». Y porque el amor es lo
que salva, salva tanto más cuanto más grande y fuerte es. Por eso, no basta el
amor frágil que nosotros podemos ofrecer. El hombre, todo hombre, también el
pobre, en palabras del Papa, «necesita un amor incondicionado». Ese es
el amor absoluto que Dios nos ha manifestado en Jesús: «Por medio de Él
estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana “causa primera” del
mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de
Él: “vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Gal
2,20)».
Este amor absoluto
e incondicionado de Dios que el hombre necesita para encontrar sentido a la
vida y vivirla con esperanza, se ha manifestado en Cristo y tiene su máxima
expresión sacramental en el misterio de la Eucaristía.
Cuando se descubre
y vive la Eucaristía, como misterio de presencia de Cristo acompañando al hombre en el camino de la
vida, como misterio de vida entregada por el “Otro” y como servicio humilde y
generoso al hermano necesitado, como misterio de comunión que nos hace sentar
en la misma mesa superando toda diferencia, resulta fácil descubrir que la
Eucaristía es el gran sacramento de la esperanza, anticipo de los bienes
definitivos a los que todos aspiramos en lo hondo de nuestro corazón y que esperamos
alentados por la fe.
Celebremos
la Eucaristía ofreciendo a los pobres signos de esperanza
Vivida y
celebrada la Eucaristía como el gran sacramento del amor, la fe en ella se
traduce inevitablemente en gestos y signos de esperanza. Lo dice el Papa con
otras palabras: «Toda actuación seria y recta es esperanza en acto. Lo es
ante todo en el sentido de que así tratamos de llevar adelante nuestras
esperanzas más grandes o pequeñas; solucionar éste o aquel otro cometido
importante para el porvenir de nuestra vida: colaborar con nuestro esfuerzo
para que el mundo llegue a ser un poco más luminoso y humano, y se abran así
también las puertas hacia el futuro».
Según las palabras
del Papa, toda nuestra acción en favor de la justicia y de los pobres, es “esperanza
en acto”, es decir, es un signo y un testimonio de esperanza. Afortunadamente,
podemos ofrecer al mundo muchos signos de esperanza.
Es verdad
que cuando miramos el momento histórico que nos toca vivir y la sociedad que
estamos construyendo, hay muchas sombras
que oscurecen y debilitan la esperanza. Baste recordar algunas de ellas
que es necesario denunciar y que están demandando la luz de nuestro compromiso
abierto y decidido:
- La igualdad original
entre hombres y mujeres se ha constituido en un principio jurídico universal;
sin embargo, asistimos en el mundo a una feminización de la pobreza que se
caracteriza por el creciente empobrecimiento de las mujeres, al empeoramiento
de sus condiciones de vida y a la vulneración de sus derechos fundamentales. Entre
nosotros, los logros en este campo, aun siendo muchos, resultan todavía
insuficientes. La violencia doméstica,
la discriminación salarial, el mayor desempleo femenino, la todavía escasa
presencia de las mujeres en puestos de responsabilidad política, social y
económica, las cargas familiares que tienen que soportar en situaciones de
escasos recursos y los problemas de conciliación entre la vida personal,
laboral y familiar, muestran cómo la igualdad, siendo diversos el hombre
y la mujer, es todavía una tarea muy
incompleta.
- La
trata de mujeres es una de las formas más crueles de violencia y de esclavitud.
Son miles las mujeres extranjeras que son captadas y traídas a España por
personas, grupos de delincuentes o redes criminales organizadas, a través de
engaño, amenazas o coacción, con el fin de someterlas a explotación, en la
prostitución, en la agricultura, en el servicio doméstico, en la construcción,
la hostelería o los talleres clandestinos.
- Todo
ello, sin olvidar otros datos como que hemos rebasado la escalofriante cifra de
100.000 abortos al año en España; que unos 20.000 niños son objeto en España de
la trata de personas y están sometidos a diversas formas de explotación sexual
y laboral; que miles de inmigrantes
llegan a nuestras fronteras huyendo del hambre y sin ser reconocidos en su
derechos humanos.
No
obstante, si son muchas las sombras también hemos de reconocer las luces y los signos de esperanza que apuntan entre
nosotros y que hemos de cuidar y potenciar. Seríamos injustos si no
reconociéramos algunos de ellos:
- El compromiso de muchas comunidades parroquiales con su entorno cercano, siendo activas en la
formación de un tejido social solidario y responsable ante los más pobres.
- El servicio de las Cáritas y de
otros grupos eclesiales, asistiendo a las víctimas de la explotación en su
proceso de recuperación física, psicológica, económica y de integración social,
así como brindándoles asistencia jurídica.
- La implicación de cristianos en movimientos sociales diversos en
defensa de los derechos humanos, personales y sociales, de las personas y de
los pueblos empobrecidos.
- El compromiso de personas e instituciones en la
promoción de políticas sociales que eviten formas de discriminación ofensivas a
la dignidad y vocación de la mujer en la esfera social.
- El protagonismo que están asumiendo las mujeres en
muchos países del sur empobrecido, para sacar sus familias adelante y abrir
caminos hacia un orden social nuevo, como reconocen los Obispos africanos.
Contemplando el don
de la Eucaristía en este Día de la Caridad, os invitamos a entrar en su
misterio y a dejaros configurar por él, para que todo el caudal de amor y de vida generosamente entregados por el
Señor, y ofrecido por cuantos entran en comunión con él, constituyan para
todos, especialmente para los más pobres, una fuente permanente de esperanza.
De manera muy
particular os invitamos este año a secundar la campaña de Cáritas trabajando
decididamente para que la igualdad de derechos entre hombres y mujeres pase de
ser un derecho formal a ser un derecho real que configure relaciones personales
y sociales de igualdad en los distintos ámbitos de la vida.
Lo hacemos
confiando en la fuerza que nos da la comunión en el Señor y con la esperanza
cierta de que, como dice Benedicto XVI, “la injusticia de la historia no
puede ser en absoluto la última palabra”.
Madrid, 25 de Mayo
de 2008
Comisión Episcopal de
Pastoral Social
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