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Queridos diocesanos:
El tiempo de Pascua se acerca a su culminación en
las solemnidades de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. En torno a estas
fiestas tienen lugar las primeras comuniones en nuestras parroquias, un
acontecimiento importante para los niños y niñas que se incorporan a la Mesa
eucarística de la familia de los hijos de Dios, y también para nuestra Iglesia
diocesana que ha centrado la actividad pastoral en la Iniciación cristiana.
Porque deseamos
que la participación por primera vez en la Eucaristía sea verdaderamente la
incorporación plena de los bautizados en el misterio de la Pascua del Señor, y
en el misterio de la Iglesia, tan maravillosamente significado y realizado en
la Eucaristía.
Más allá de los consabidos problemas en
torno a las primeras comuniones, relacionados con la sociedad de consumo, que distorsionan este
acontecimiento en la vida religiosa de los niños, además de causar cuantiosos y
muchas veces desorbitados gastos a sus familias, lo que más preocupa a los
párrocos y a los catequistas de las parroquias es la formación en la fe de los
que van siendo iniciados poco a poco en los diferentes aspectos del ser
cristiano, a saber, el conocimiento de Jesucristo y de su doctrina, la oración,
la participación en la Misa dominical, la práctica de la caridad y de los
mandamientos de Dios, etc. Uno de los mayores impedimentos para lograr esta
iniciación consiste en la ruptura del proceso de la formación en la fe, que se
produce en muchos casos nada más recibida la Primera Comunión.
Por este motivo nuestra diócesis viene
insistiendo en la necesidad de adelantar la incorporación de los más pequeños a
la catequesis de la comunidad y hacer ver que la formación en la fe camina
sobre una doble vía, la catequesis, cuya meta no es la celebración de un
sacramento sino la vida cristiana adulta y madura, y los sacramentos de la
Iniciación que realizan la incorporación a Jesucristo y a la Iglesia. Estos
sacramentos son el Bautismo que habitualmente está al principio e inaugura todo
el proceso, la Confirmación en la gracia bautismal en el momento oportuno, y la
Eucaristía, que deben recibir los niños en cuanto tengan capacidad para ello.
Por eso queremos acercarnos también a la propuesta que hace cien años hizo el
Papa San Pío X y que tanto bien ha hecho en la Iglesia, de admitir a los
pequeños “cuanto antes” en la Penitencia y en la Comunión.
En cuanto a la Confirmación, que en la mayoría de los países se recibe
después de la Primera Comunión, no hay que olvidar que es un sacramento que
prepara también para vivir y celebrar mejor la Eucaristía. En este sentido, la
edad de la Confirmación se debe ir aproximando a la Primera Comunión. Pero, en
todo caso, se hace necesario cuidar más la participación en los sacramentos de
la Penitencia y de la Eucaristía en la preparación inmediata a la Confirmación.
De todo lo que he señalado, me parece de vital importancia el que no se
interrumpa el proceso de la formación de la fe desde la entrada en la
catequesis -que nunca hay que confundir con la clase de Religión en el
colegio- hasta el final de la
iniciación, que quisiéramos que consistiera con una solemne profesión de fe en
coincidencia con el término de la enseñanza escolar obligatoria.
Con mi cordial saludo y bendición:
+ Julián, Obispo de León
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