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Alocución de Mons. Domingo Oropesa Lorente, obispo de Cienfuegos-Cuba - su consagración episcopal Imprimir E-Mail
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martes, 18 de septiembre de 2007

Cienfuegos, 15 de septiembre de 2007

1. Saludos:

Saludo, en primer lugar, y de forma muy entrañable a mis hermanos en el Episcopado, a los Eminentísimos y Reverendísimos Señores Cardenales, a los Excelentísimos y Reverendísimos Señores Arzobispos, al Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico, a los Excelentísimos y Reverendísimos Obispos de Cuba y de España aquí presentes, y con un fuerte abrazo para los obispos Eméritos.

Mons. Domingo Oropesa
Mons. Domingo Oropesa

Agradezco a los hermanos en el Episcopado en Cuba su acogida desde el primer momento. Agradezco a la Nunciatura, a la Conferencia, y a las Diócesis de Cienfuegos y Camagüey todas las gestiones que han realizado. Me ofrezco, desde ahora mismo, a mis hermanos en el episcopado en Cuba para lo que necesiten de mí.

Saludo con afecto sincero a la Señora Caridad Diego, Encargada de la Oficina de Asuntos Religiosos del CCPCC. y otros colaboradores. De igual forma saludo a las autoridades de Cienfuegos, Sancti Spiritu y Camagüey. Y les agradezco que nos hayan facilitado transporte y otros medios necesarios para que todo pudiera desarrollarse de la forma más digna.

Saludo a las autoridades de España aquí presentes. Con un sincero afecto al Excmo. Sr. Embajador de España en Cuba, al Excmo. Sr. Vicepresidente Primero de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, y con el deseo de que le haga llegar mis saludos al Excmo. Sr. Presidente y a su antecesor en el cargo. De igual forma saludo y al Excmo. Sr. Cónsul General de España. Al representante del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan.

Saludo de corazón a todos los sacerdotes: los que habéis venido de España, de Camagüey, de otras diócesis de Cuba y muy especialmente a los de mi presbiterio de Cienfuegos.

Saludo a los diáconos y a sus esposas e hijos. Que vuestro testimonio haga que otros deseen servir así en la Iglesia.

Saludo a los religiosos y religiosas. Que vuestros carismas llegados de distantes y distintos lugares del mundo nos sigan enriqueciendo y que vuestro obrar como consagrados anime a muchos a ser sólo para el Señor.

Saludo a los queridos seminaristas, pido a Dios por vuestra perseverancia, y que un día os consagréis para un santo servicio a los hermanos y hermanas de nuestra querida Cuba. Esto mismo deseo para los que se están preparando al diaconado permanente o viven etapas de noviciado.

Saludo a los laicos, los hermanos y hermanas en el Señor, que han venido de España, de la Parroquia de Santa María la Mayor de Alcázar de San Juan, de El Puente del Arzobispo de Toledo; a los que han llegado de Camagüey, y de allí, a los de Céspedes y Florida, y a los del resto de Cuba. En un número superior a los seiscientos. Saludo a los hermanos y hermanas de distintas partes de Cienfuegos que han querido estar aquí hoy. Otros más de ochocientos. Y saludo a los hermanos de la ciudad de Cienfuegos. ¡Qué trabajo tan inmenso habéis realizado! Teníais preparado hospedaje en la noche pasada para más de ciento ochenta personas; habéis ofrecido desayuno a más de quinientas y ofreceréis almuerzo a más de dos mil. Y habéis trabajado con esfuerzo y dedicación en la preparación de esta celebración litúrgica para sus diversas formas de participar: celebrando, leyendo, escuchando, comulgando, cantando, acolitando, viendo.., y todo para gloria de Dios.

Saludo a todos los que en muchas partes han rezado y están rezando en este momento.

2. Ahora, quiero darme a conocer a ustedes.

 

Me llamo Domingo Oropesa Lorente, tengo 56 años y nací el 10 de octubre de 1950 en un pueblo de La Mancha, o mejor, en el Corazón de La Mancha, como así se le llama a Alcázar de San Juan.

Me crié en el seno de una familia sencilla y no con muchos recursos. económicos. Mi padre, Gabriel, sabía un poco leer y escribir; mi madre, Marcela, era analfabeta. Hijo solo. Hubo una hermana mayor que yo, pero falleció antes de aparecer yo en el mundo. Vivimos los tres de los ingresos por el trabajo de mi padre, que durante algunos años fue de doce horas diarias para comprar la casa y que yo estudiara. Me alegra y enorgullece deberle todo y sólo a mis padres cuento recibí en esa etapa de mi vida. Sé que para mi padre y mi madre, su hijo era su única y gran ilusión y sé que desde el cielo lo seguiré siendo para ellos. Tuve el gozo como hijo sacerdote de confesarlos y darles la comunión y el sacramento de la unción antes de la muerte de cada uno. Esto ni lo he olvidado ni lo olvidaré jamás. Y no dudo que estarán a mi lado para que a la hora de mi muerte el Señor me prepare como a ellos.

En mi niñez y adolescencia viví algo de vida cristiana: catequesis, misas, confesiones, sacramentos y nació en mí un especial amor a la Virgen. Más tarde vinieron años de alejamiento total de la práctica religiosa. Abandonados los estudios trabajé en mi pueblo en una fábrica de refrescos, iba a vendimiar (cortar las uvas), a coger lentejas y sarmientos (ramas de la mata de la uva).

Después de cumplido el servicio militar me fui a Barcelona solo y con una maleta. Antes me había apuntado en la Embajada de Canadá para cortar árboles en aquel país, pero, no me mandaron ni el hacha; me inscribí a un llamado: “Muchacho la marina te llama”, pero no me llamaron, y también pensé en ir a trabajar a Alemania, pero no fui. Mi desorientación era asombrosa.

En Barcelona encontré una comunidad de Cursillos de Cristiandad para Jóvenes. Al frente de todos, un sacerdote ejemplar: el P. Ginés. Allí me enseñaron a amar y a vivir la doctrina que emana del magisterio de la Iglesia. Allí me rehice en lo cristiano y en lo humano. ¡Qué comunidad aquella! ¡Cuántas vocaciones sacerdotales! De aquella comunidad estamos aquí dos obispos y dos sacerdotes, tres de los cuales entramos juntos en el Seminario: Mons. José Angel Sáiz Meneses, Obispo de Tarrasa y P. Miguel Sebastián Romero y un servidor. El cuarto, que ingresó después, es el P. Manel Homar Toboso. También hay aquí dos laicos. Uno de ellos tiene nueve hijos.

Me reincorporé a los estudios y empecé a entregarle mi vida al Señor. Allí trabajé primero en un supermercado de origen francés y más tarde en un laboratorio farmacéutico.

Después de cuatro años, marché al Seminario Mayor de Toledo y me encontré con el Cardenal Arzobispo de Toledo D. Marcelo González Martín del que aprendí a amar la Iglesia Santa. Y también conocí al sacerdote diocesano D. José Rivera Ramírez, ya muerto, y, con el proceso de beatificación esperando el milagro. De éste recibí la fuerza de la esperanza cristiana: Dios lo que promete lo da; Dios lo puede todo. Dios siempre nos espera y ama para transformar nuestra vida y, por lo tanto, no hay motivos, sabiendo lo que puede obrar Jesucristo, para el desánimo ni en lo personal ni en lo eclesial. Y también algo para vivir en la Iglesia, decía él, con sus tres fundamentos: los obispos, la eucaristía y los pobres.

Ordenado de sacerdote en 1984, estuve quince años en diferentes parroquias de Toledo, allí aprendí a ser sacerdote. Allí pude recoger el testimonio de más de trescientos sacerdotes asesinados en la pasada guerra civil española. Algunos de estos sacerdotes serán beatificados el próximo día 28 de octubre en Roma. Entre ellos el P. Domingo Sánchez Lázaro, párroco de El Puente del Arzobispo, donde yo tuve el mismo cargo durante ocho años. Viví en la misma casa y utilicé su mismo despacho y pasaba mis manos, en algunos momentos, hojeando sus libros parroquiales. Cómo pude escuchar lo bien que hablaban de él las personas mayores que lo conocieron. Otro intercesor más. Y de El Puente del Arzobispo hay un Obispo aquí presente: Mons. Demetrio Fernández González, hijo de padres santos y buen amigo.

Y en 1999 por medio del llamado a los sacerdotes para las misiones hecha por el entonces Arzobispo de Toledo, y más tarde Cardenal, D. Francisco Álvarez Martínez, despertando el espíritu misionero en la Diócesis, me ofrecí con otros sacerdotes diocesanos primero para ir a Perú y después para venir a Cuba. Lo segundo se realizó.

Y con todo esto vivido llegué a Cuba. No vine porque era español sino porque era sacerdote de la Iglesia, razón por la que estoy ahora en Cienfuegos.

Durante mi primera visita a España, estando ya en Cuba, fue nombrado como Arzobispo de Toledo, Don Antonio Cañizares Llovera, ahora Cardenal. Pude estar en su toma de posesión y al día siguiente hablar con él. Me animó en mi labor misionera. Y hoy él está aquí con sus dos obispos auxiliares, Mons. Angel Rubio Castro y Mons. Carmelo Borobia Isasa, en mi toma de posesión como obispo de Cienfuegos. He leído y meditado sus pastorales cargadas de sabia y abundante doctrina y de ímpetu apostólico. Me animó con entusiasmo a prepararme para este momento y los que vengan.

Aquí, en Cuba, he estado ocho años en la Arquidiócesis de Camagüey, al principio con Mons. Adolfo Rodríguez Herrera, un gigante inmenso de la Iglesia Católica en Cuba. Cómo recuerdo esos deseos que un día manifestó de no importarle repetir su vida con la misma situación que vivió la Iglesia y él vivió en la Iglesia. Qué hombre tocado del Espíritu Santo para vivir en su iglesia cubana. Siempre que hablaba con él se incrementaban mis deseos de entregarme más y mejor.

Y hasta hace unos días con Mons. Juan García Rodríguez. Hombre de misión apostólica y de atención a los pobres. Supliendo la falta de sacerdotes por distintas partes de Camagüey un día y otro día. Cuando la tarea hay que hacerla él se pone rápidamente manos a la obra. Hermoso testimonio de pastor. También le debo mucho a la diócesis camagüeyana. Ahí conocí el corazón inmenso del pueblo cubano.

He vivido ocho años en el presbiterio camagüeyano. ¡Muy buena gente! Los hay más viejitos y más jóvenes, los hay diocesanos y religiosos, los hay cubanos y de otras partes. Pero, todos grandes trabajadores en la viña del Señor. Me han dado el hermoso testimonio de trabajar estando cansados. También les debo mucho. Deseo recordar al entonces P. Wily, que me rodó en mi cuarentena para el aplatanamiento y al P. Pacheco que me acogió en la Parroquia de Florida.

En mi tiempo entre los camagüeyanos, ni un solo rechazo, ni de creyentes ni de no creyentes, y un trato delicado por parte de los sacerdotes, diáconos, religiosas y laicos más comprometidos. Inolvidable mi comunidad de Céspedes y últimamente la de Florida. He sido muy feliz en ambos sitios.

Y ahora en Cienfuegos: “La Perla del Sur”. ¿Se cumplirá la parábola? ¿Será ésta mi gran perla? Si. Pero, no porque hasta ahora hubiera tenido “otras perlas” escasas de valor, sino porque en plan de Dios estaba, que en la Iglesia Católica, en Cienfuegos, recibiera la plenitud del sacerdocio de Cristo y El que es la gran perla, el gran tesoro, ha añadido, hoy, más riquezas a mi corazón para todos ustedes.

Un tesoro que incluye otro: el presbiterio. Quisiera vivir como obispo en mi nuevo presbiterio de las palabras del Papa Pablo VI al inaugurar la Asamblea de Medellín en la catedral de Bogotá: “Si un obispo concentrase sus cuidados más asiduos, más inteligentes, más pacientes, más cordiales, en formar, en asistir, en escuchar, en guiar, en instruir, en amonestar, en confortar a su clero, habría empleado bien su tiempo, su corazón y su actividad” (24 de agosto de 1968), y de lo que se dice en el n° 111 del Directorio “Ecclesiae Imago” sobre el ministerio pastoral de los obispo: “El Obispo considera como un sacrosanto deber conocer a sus presbíteros diocesanos, sus caracteres y capacidades, sus aspiraciones y tenor de vida espiritual, su celo e ideales, su estado de salud y sus condiciones económicas, su familia y todo lo que diga relación a ellos”. Pidan al Señor que actúe de este modo.

Pero hay más tesoros en mí gran perla: la vida consagrada. “El valor eminente de la vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia) y su función tan necesaria en el momento actual, tienen que contribuir al mayor bien de la Iglesia.” (Decreto “Perfectae caritatis, 1” del CV II). Sois un bien inmenso en nuestra Diócesis de Cienfuegos. Vuestros diversos carismas enriquecen la vida de cada fiel de esta Iglesia particular. Le pido a Dios que me ponga a vuestro lado como quiere la Iglesia: “En el ejercicio de su función de padre y pastor, los obispos han de ser servidores de los suyos.” (Decreto “Christus Dominus, 16” del CV II). En mi deseo de servir incluyo también a nuestro diácono permanente.

Y otra riqueza en la gran perla: Los laicos. “Cristo, el gran Profeta, que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de su vida y con la fuerza de su palabra, realiza su función profética hasta la plena manifestación de su gloria. Lo hace no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su poder, sino también por medio de los laicos” (Constitución “Lumen gentium “, na 35 dei CV II). Sois testigos del Señor en medio del mundo. Y quiero ser un obispo que siempre os acompañe en vuestra dimensión apostólica para dar a conocer a Cristo Jesús.

He querido decirles que lo que sé y lo que vivo se lo debo a la Iglesia, y deseo que siga siendo así ahora en Cienfuegos. Siempre en la Iglesia y donde ella quiera.


3. Y quisiera a continuación decirles algo con un sentido más doctrinal:

3.1. Vivir en el Señor y para el Señor en la Iglesia Católica.

“Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, en la vida y en ¡a muerte, somos dei Señor. Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de vivos y muertos” (Rm 14, 7-9).

Nosotros como católicos no somos seguidores de las ideas de un hombre muerto ni de nadie que vaya a morirse. Somos seguidores de Cristo resucitado. Esto nos diferencia esencialmente de aquellos que siguen ideas, objetivos o planes que resultan a veces caóticos u otros pensamientos que incluso pudieran ser buenos para una sociedad o para un tiempo corto o largo de la historia, porque Jesucristo no es uno más de la amplia lista de pensadores, es el Hijo de Dios hecho hombre, que por todos murió y para todos resucitó. Su palabra no es que contiene algunas verdades, es que es la Verdad, porque es la palabra de Dios mismo. Y la Iglesia no es una institución humana más, entre muchas otras, la Iglesia es el Cuerpo Cristo que vive en la historia, con su Cabeza viva, Cristo resucitado, en ella siempre presente. Por lo tanto, la Iglesia no es un grupo de personas que vive del recuerdo de la vida y de las enseñanzas de Cristo, como alguien o algo del pasado, sino la Esposa del Señor que vive de su presencia salvadora de forma constante. Si alguien quisiera vernos como una mera asociación estatuaria es que no sabe lo que ve o, lo que sería peor, es que no nos estamos mostrando bien.

Fuera de Dios siempre aparecen males, incluso, han aparecido males por parte de hombres y mujeres de Iglesia. De  ahí que el Papa Juan Pablo II hablara de “Perdonamos y pedimos perdón”, en el entorno del Jubileo del Año 2000. Esto siempre será una constante a nivel personal y a nivel comunitario.
Debemos seguir viviendo y anunciando a Jesucristo y su doctrina recogida en su Iglesia. Dios es necesario para el hombre y, es más, no lo daña sino que lo sana como nadie lo podrá hacer jamás. Y no dejando de afirmar: “Lo que vivo en lo humano lo vivo con la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 29). No es que fuera de la Iglesia no pueda haber bondades, claro que las hay, pero a ellas nos acercamos con Cristo. Pero nunca debemos ir ni a nada ni a nadie si se nos alejara del Señor, pues nos quedaríamos vacíos y muertos, “en comparación con eso tan extraordinario que es conocer a Cristo Jesús” (Flp 3, 7). Debemos seguir diciendo siempre como el apóstol Pablo: Cristo es mi vida” Flp 1, 21).

3.2. Edificar la propia vida para la eternidad mejorando nuestro mundo.

El cristiano es el hombre de la esperanza, aunque a su alrededor todo se derrumbe: estructuras, planes, vidas..., porque, “Dios no nos ha destinado para cólera, sino para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes 5, 9). Cristo puede salvar al hombre siempre: con riqueza o con pobreza, con libertad o sin ella, con amores o con odios, en el norte o en el sur... Pero, la eternidad hay que buscarla y hay que comenzar a degustarla en este mundo, aquí y ahora. “Entiendan lo que esperamos a raíz del llamado de Dios, qué herencia tan grande y gloriosa reserva Dios a sus santos” (Ef 1, 18). Esto que el hombre de fe espera: la eternidad, no significa, por anhelar el cielo, viva como en otro planeta, aislado, mirando a las nubes. Su compromiso con Cristo, su Salvador, lo sitúa en medio del mundo como luz y como sal. Y el cristiano debe desear y buscar el progreso de la sociedad donde vive y el mayor bienestar para los hombres y mujeres de su tiempo y del futuro, y que los nietos vivan mejor que los abuelos y no al revés. Por eso un político puede ser católico, o un gran científico, o un campesino. La historia está llena de estos testimonios. Pero el cristiano sabe que después de este mundo y habiéndose desgastado en el mundo y por los hombres y mujeres que en él viven, le “espera la corona de gloria que no se marchita” (II Tm 4, 7). Todo debe hacerse para ser glorificados con Cristo, para caminar y llegar a la eternidad.

3.3. Manifestar la auténtica caridad cristiana con los más necesitados.

La caridad, el amor de Dios en el cristiano, es el móvil para estar en este mundo. Debemos ser inmensamente caritativos desde nuestras comunidades cristianas como en los primeros tiempos: “Al que tenía mucho no le sobraba y al que tenía poco no le faltaba” (II Cor 8, 15).

Cito la Encíclica del Papa Benedicto XVI “Deus caritas est” (Dios es amor): “La Iglesia no puede ni debe pretender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia” (n° 28a). Por esto, podemos urgir y orientar a cualquier pais del mundo para que el salario de sus trabajadores sea tal que les permita a estos vivir dignamente en la alimentación, en el vestido, en la vivienda, en el ocio y en el ahorro.

Afirma el Papa: “Desde el siglo XIX se ha planteado una objeción contra la actividad caritativa de la Iglesia... Los pobres, se dice, no necesitan obras de caridad, sino de justicia” (n° 26). Pero, añade: “El amor -la caridad- siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa” (n° 28b). Preguntémonos: ¿Se regulará por medio de leyes que unos cristianos animen a un joven a que deje la droga? o, ¿qué a unas personas necesitadas de medicamentos, otras se les consigan de donde sea? o, ¿qué unos padres que han perdido un hijo sean visitados y animados por otros desde la fe en el Señor? o, ¿qué alguien que ha perdido todo en un incendio sea socorrido de manera urgente por los más cercanos? o, ¿qué a alguien que necesita cierta cantidad de dinero se le preste sin intereses y sin prisas de devolución? Está claro que no.

Pero, además, ante nuevas necesidades, sigue diciendo el Papa: “Han surgido numerosas formas nuevas de colaboración entre entidades estatales y eclesiales, que se han demostrado ser fructíferas” (n° 30b). Y cito de Cuba un hermoso ejemplo: el asilo que se está construyendo en Camagüey. Colaboran entidades estatales y eclesiales. ¿Cuál es el fin de la obra? ¿Es para las entidades estatales o eclesiales? Es para ofrecer a las personas mayores un final de la vida lo más digno posible. Un buen objetivo común. Para la tercera edad todo trabajo, esfuerzo y desgaste siempre será poco. Qué injusticia imperdonable cometeríamos si no ayudáramos a quienes han desgastado su vida de forma sacrificada por nosotros. En este campo no hay tiempo que perder pues el anciano cada día lo es más y sus necesidades aumentan. Vamos contrarreloj. En este terreno, como en tantos otros, hagámonos ricos en buenas obras y demos a todos de buen corazón (cf. 1 Tm 6, 18).

3.4. ¿Qué voy hacer como obispo?

Comenzar a sentirme hermano de mis hermanos obispos cubanos. Ponerme a su dispocición. Para mí están priorizados. Deseo uninne a vuestro trabajos en favor de este bendito pueblo cubano. Vuestras vidas siempre las he considerado un gran testimonio para mí. Agradezco a Mons. Emilio Aranguren Echeverría las deferencias fraternales que ha tenido conmigo desde mi nombramiento y para preparar las diversas celebraciones que hemos vivido y comeremos. Y a Mons. Juan García Rodríguez sus ayudas para vivir este día y el don de mi consagración episcopal.

Y en esta Diócesis de Cienfuegos lo primero conocerles a ustedes como hermanos en la fe. Deseo visitar una por una todas las parroquias y allí estar con los sacerdotes, diácono, religiosos, religiosas y laicos. Escucharles y que me escuchen. Discernir juntos lo que el Señor nos ofrece para después obrar. El debe llevar y llevará siempre la iniciativa. No nos fallará jamás. Y contamos también con la ayuda de María Inmaculada.

         Ánimo, hermanos: “Él nos mantendrá firmes hasta el fin, para que estemos sin tacha el día que venga Cristo Jesús, nuestro Señor” (1 Cor 1, 8), y, juntos, sigamos “luchando con la fuerza de Cristo” (Col 1,29). Amén. Así sea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Modificado el ( martes, 18 de septiembre de 2007 )
 
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