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XII
ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA
LA
PALABRA DE DIOS
EN LA VIDA Y EN LA MISIÓN
DE LA IGLESIA
INSTRUMENTUM
LABORIS
ÍNDICE 
PREFACIO
INTRODUCCIÓN
I. Un anuncio esperado y bien
recibido
Duodécima Asamblea General Ordinaria del Sínodo
II. El Instrumentum laboris y
su uso
Puntos de referencia
Expectativas comunes
La finalidad del Sínodo
PREMISA:
Itinerario histórico
Una buena época de frutos
Dudas y preguntas
Una condición de fe varia y exigente
La estructura del Instrumemtum laboris
PRIMERA
PARTE
EL MISTERIO DE DIOS QUE NOS HABLA
CAPÍTULO
PRIMERO
A. Dios, Aquel que nos habla.
Identidad de la Palabra de Dios
La Palabra de Dios como un canto a
varias voces
Incidencias pastorales
B. Al centro, el misterio de Cristo
y de la Iglesia
En el corazón de la Palabra de Dios, el misterio de Cristo
En el corazón de la Palabra de Dios, el misterio de la Iglesia
Incidencias pastorales
CAPÍTULO
SEGUNDO
A. La Biblia como Palabra de Dios
inspirada y su verdad
Las preguntas
La Sagrada Escritura, Palabra de Dios inspirada
Tradición, Escritura y Magisterio
Antiguo y Nuevo Testamento, una sola economía de la salvación
Incidencias pastorales
B. Como interpretar la Biblia según
la fe de la Iglesia
El problema hermenéutico en perspectiva
pastoral
A la escucha de la experiencia
El sentido de la Palabra de Dios y el camino para encontrarlo
Incidencias pastorales
CAPÍTULO
TERCERO
Actitud requerida a quien escucha la
Palabra
Una palabra eficaz
El creyente: aquel que escucha la Palabra de Dios en la fe
María, modelo de recepción de la Palabra para el creyente
Incidencias pastorales
SEGUNDA
PARTE
LA PALABRA DE DIOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA
CAPÍTULO
CUARTO
La Palabra de Dios vivifica la
Iglesia
La Iglesia nace y vive de la Palabra
de Dios
La Palabra de Dios sostiene la Iglesia a lo largo de la historia
La Palabra de Dios penetra y anima, en la potencia del Espíritu Santo,
toda la vida de la Iglesia
Incidencias pastorales
CAPÍTULO
QUINTO
La Palabra de Dios en los diversos
servicios de la Iglesia
Ministerio de la Palabra
La experiencia en la liturgia y en la oración
La motivación teológico-pastoral:
Palabra, Espíritu, Liturgia, Iglesia
Palabra de Dios y Eucaristía
Palabra y economía sacramental
Incidencias pastorales
La Lectio Divina
La Palabra de Dios y el servicio de la caridad
La exégesis de la Sagrada Escritura y la teología
La Palabra de Dios en la vida del creyente
TERCERA
PARTE
LA PALABRA DE DIOS EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA
La misión de la Iglesia
CAPÍTULO
SEXTO
Para un «fácil acceso a la Sagrada
Escritura» (DV 22)
La misión de la Iglesia es proclamar
la Palabra
y construir el Reino de Dios
La misión de la Iglesia se cumple en
la evangelización y en la catequesis
CAPÍTULO
SÉPTIMO
La Palabra de Dios en los servicios
y en la formación del pueblo de Dios
El hambre y la sed de la Palabra de
Dios (cf. Am 8, 11):
atención a las necesidades del pueblo de Dios
«La Sagrada Escritura nos muestra
la admirable condescendencia de Dios (DV 13)
Los Obispos en el ministerio de la Palabra
La tarea de los presbíteros y de los diáconos
Los diversos ministros de la Palabra de Dios
La tarea de los laicos
El servicio de las personas consagradas
La Palabra de Dios debe estar siempre a disposición de todos
CAPÍTULO
OCTAVO
La Palabra de Dios, gracia de
comunión
La Palabra de Dios, vínculo ecuménico
La Palabra de Dios, fuente del diálogo entre cristianos y judíos
Il diálogo interreligioso
La Palabra de Dios, fermento de las culturas modernas
La Palabra de Dios y la historia de los hombres
CONCLUSIÓN
La Palabra de Dios, don a la Iglesia
XII
ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA
LA
PALABRA DE DIOS
EN LA VIDA Y EN LA MISIÓN
DE LA IGLESIA
INSTRUMENTUM
LABORIS
PREFACIO
La Palabra de Dios por excelencia es
Jesucristo, hombre y Dios. El Hijo eterno es la Palabra que desde siempre
existe en Dios, porque ella misma es Dios: «En
el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era
Dios» (Jn 1, 1). La Palabra revela el misterio de Dios Uno y Trino.
Desde siempre pronunciada por Dios en el amor del Espíritu Santo, la Palabra
significa diálogo, describe comunión e introduce en la profundidad de la vida
beata de la Santísima Trinidad. En Jesucristo, Verbo eterno, Dios nos ha
elegido antes de la fundación del mundo, predestinándonos a ser sus hijos
adoptivos (cf. Ef 1, 4-5). Mientras el Espíritu aleteaba sobre las aguas
y las tinieblas cubrían el abismo (cf. Gn 1, 2), Dios Padre decidió
crear el cielo y la tierra a través de la Palabra, por medio de la cual fue
hecho todo lo que existe (cf. Jn 1, 3). Por lo tanto, las huellas de la
Palabra se encuentran también en el mundo creado: «los cielos cuentan la
gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento» (Sal 18,
2). La obra maestra de la creación es el hombre, hecho a imagen y semejanza de
Dios (cf. Gn 1, 26-27), capaz de entrar en diálogo con el Creador así
como también de percibir en la creación la impronta de su Autor, el Verbo
creador, y por medio del Espíritu vivir en la comunión con Aquel que es (cf. Ex
3, 14), con el Dios vivo y verdadero (cf. Jr 10, 10).
Tal amistad fue interrumpida con el
pecado de los progenitores (cf. Gn
3, 1-24) que ofuscó también el acceso a Dios por medio de la creación. Dios,
clemente y misericordioso (cf. 2 Cro 30, 9), en su bondad no abandonó a
los hombres. Eligió un pueblo en favor de todas las naciones (cf. Gen 22,
18) y continuó hablándoles durante siglos por medio de patriarcas y profetas
elegidos para mantener viva la esperanza que ofrecía consolación también en los
acontecimientos dramáticos de la historia de salvación. Sus palabras inspiradas
se encuentran recogidas en los libros del Antiguo Testamento. Ellas han
mantenido viva la esperanza en la venida del Mesías, hijo de David (cf. Mt 22,
42), retoño de la raíz de Jesé (cf. Is 11, 1).
Cuando luego en la plenitud de los
tiempos (cf. Ga 4, 4) Dios quiso revelar a los
hombres el misterio de su vida, escondido durante siglos y generaciones (cf. Col
1, 26), el Hijo Unigénito de Dios se encarnó, «la Palabra se hizo carne , y
puso su Morada entre nosotros» (Jn 1, 14). En todo similar a nosotros
excepto en el pecado (cf. Hb 2, 17; 4, 15), el Verbo de Dios debió
expresarse en modo humano a través de palabras y gestos que se encuentran
narrados en el Nuevo Testamento y especialmente en los Evangelios. Se trata de
un lenguaje del todo similar al usado por los hombres, excepto en el error. Con
los ojos de la fe, en la fragilidad de la naturaleza humana de Jesucristo, el
creyente descubre el esplendor de su gloria «que recibe del Padre como Hijo
único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14). Analógicamente, por
medio de las palabras de la Sagrada Escritura, el cristiano es invitado a
descubrir la Palabra de Dios, el resplandor del glorioso evangelio de Cristo
que es imagen de Dios (cf. 2 Co 4, 4). Se trata de un proceso exigente,
paciente y constante que supone un estudio histórico y crítico (también
diacrónico) y la aplicación de todos los posibles métodos científicos y
literarios (orientados a la comprensión sincrónica) a los cuales está sometida
toda investigación sobre escritos de los hombres. Iluminados por el Espíritu
Santo, don del Señor resucitado, y bajo la guía del Magisterio, los fieles
escrutan las Escrituras y se acercan a su pleno significado encontrando la
Palabra de Dios, la persona del Señor Jesús, aquel que tiene palabras de vida
eterna (cf. Jn 6, 68).
Por lo tanto el tema de la XII
Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, La Palabra de Dios en la vida y en la misión de
la Iglesia, podía ser entendido en sentido cristológico: Jesucristo en
la vida y en la misión de la Iglesia. El enfoque cristológico está
necesariamente acompañado por el pneumatológico y ambos, conjuntamente, llevan
al descubrimiento de la dimensión trinitaria de la revelación. Esta lectura
asegura, por una parte, la unidad de la revelación en cuanto el Señor Jesús,
Palabra de Dios, reúne todas las palabras y los gestos trasmitidos por la
Sagrada Escritura, a través de autores inspirados, y fielmente custodiados en
la Tradición. Esto vale no solo para el Nuevo Testamento, que narra y proclama
el misterio de la muerte, de la resurrección y de la presencia del Señor Jesús
en medio a la Iglesia, comunidad de sus discípulos convocados para celebrar los
santos misterios. Ellos, permitiendo que la gracia destruya el pecado (cf. Rm
6, 6), buscan conformarse a su Maestro para que en cada uno de ellos pueda
vivir Cristo (cf. Ga 2, 20). Esta lectura se refiere igualmente al
Antiguo Testamento, el cual también, según la palabra de Jesús, le da
testimonio (cf. Jn 5, 39; Lc 24, 27). Por otra parte, la lectura
cristológica de la Escritura, junto con la pneumatológica, permite la ascensión
de la letra al espíritu, de las palabras a la Palabra de Dios. En efecto, las
palabras no pocas veces esconden el verdadero significado, precisamente de los
géneros literarios, de la cultura de los escritores inspirados, del modo de
concebir el mundo y sus leyes. Por lo tanto, es necesario redescubrir en la multiplicidad
de las palabras la unidad de la Palabra de Dios, que después de un camino arduo
pero inevitable resplandece con un esplendor inesperado que supera en larga
medida la fatiga de la búsqueda.
Este doble y complementario acceso a
la Palabra de Dios es asumido por el Instrumentum
laboris, documento de trabajo de la próxima Asamblea sinodal. Él es el
resultado de las respuestas a los Lineamenta,
documento de reflexión de parte de los Sínodos de las Iglesias Orientales
Católicas sui iuris, de las Conferencias Episcopales, de los Dicasterios
de la Curia Romana, de la Unión de los Superiores Generales, así como también
de personas que han querido aportar sus contribuciones a la reflexión eclesial
sobre tan importante argumento. La reflexión ha sido guiada por el Santo Padre
Benedicto XVI, Pastor universal de la Iglesia, quien se ha referido en
numerosas ocasiones al tema del sínodo, con la esperanza, entre otras cosas,
que a partir del redescubrimiento de la Palabra de Dios, que es siempre actual
y no envejece jamás, la Iglesia pueda rejuvenecerse y conocer una nueve
primavera. De esta manera ella podrá desarrollar con renovado dinamismo su
misión de evangelización y de promoción humana en el mundo contemporáneo, que
tiene sed de Dios y de su palabra de fe, de esperanza y de caridad.
El texto del Instrumentum laboris contiene un mosaico en el
cual prevalecen aspectos positivos en lo que se refiere la consciencia
difundida de la importancia de la Palabra de Dios en la vida y en la misión de
la Iglesia. Se señalan también aspectos que deberían ser mejorados e
integrados, sobre todo en relación a un mayor acceso a la Escritura y una mejor
comprensión eclesial de la misma, que no podrán no desembocar en un renovado
celo apostólico y pastoral, en el anuncio de la Buena Noticia a los que están
cerca y a los lejanos, y en la animación de las realidades terrenas,
contribuyendo a la construcción de un mundo más justo y pacífico.
Se espera que el Instrumentum laboris, redactado por el XI
Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, con la
ayuda de algunos expertos, pueda representar un válido documento de reflexión
sinodal. Dicho documento podrá guiar a los padres sinodales en la vía
descendente y ascendente en el redescubrimiento de la Palabra de Dios, es
decir, de Jesucristo, hombre y Dios. Esto sucede en modo particular en las
celebraciones litúrgicas que alcanzan su punto culminante en la Eucaristía,
donde la palabra demuestra su milagrosa eficacia. En efecto, por expresa
voluntad de Jesucristo «haced esto en recuerdo mío» (Lc 22, 19),
las palabras pronunciadas por el sacerdote in persona Christi capitis: «Tomad,
este es mi cuerpo» (Mc 14, 22), «esta es mi sangre» (Mc
14, 24) transforman, por la acción del Espíritu Santo, donado por el Padre, el
pan en el cuerpo y el vino en la sangre del Señor resucitado. De esta perpetua
fuente de gracia y de caridad, la Iglesia recibe constantemente la linfa vital
y el arrojo para su misión en el mundo contemporáneo, cuyos habitantes están
llamados a descubrir en la persona de Jesucristo la Palabra de Dios que es «el
Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6) para cada uno y para toda la
humanidad.
Nikola
Eterović
Arzobispo titular de Sisak
Secretario General
Vaticano, en la Solemnidad de
Pentecostés, 11 de mayo de 2008
INTRODUCCIÓN
«Lo que existía desde el principio,
lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y
tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, — pues la Vida se
manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida
eterna, que estaba con el Padre y que se nos manifestó — lo que hemos visto y
oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con
nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo,
Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo» (1 Jn 1, 1-4).
I.
Un anuncio esperado y bien recibido
Duodécima Asamblea General Ordinaria
del Sínodo
1. La próxima XII Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará desde el 5 al 26 de
octubre de 2008, tiene como tema La Palabra de Dios en la vida y en la misión
de la Iglesia. El argumento elegido por Su Santidad Benedicto XVI el 6 de
octubre de 2006, ha sido acogido con amplio consenso de parte del Episcopado y
del pueblo de Dios. En vista de la preparación específica han sido preparados
los Lineamenta,
con la intensión de reflexionar, a la luz del Concilio Ecuménico Vaticano II,
sobre la experiencia actual de la Iglesia respecto de la Palabra en la variedad
de las tradiciones y de los ritos, con referencia a las motivaciones de la fe y
estimulando una reflexión articulada sobre diversos aspectos del encuentro con
la Palabra de Dios.
En relación a los Lineamenta
y al relativo Cuestionario han llegado respuestas de las Iglesias
Orientales Católicas sui iuris, de las Conferencias Episcopales, de los Dicasterios
de la Curia Romana y de la Unión de los Superiores Generales, y observaciones
de parte de Obispos, sacerdotes, personas consagradas, teólogos y fieles
laicos. Puede afirmarse que la participación ha sido grande y diligente de
parte de las Iglesias particulares en todos los continentes, testimoniando que
verdaderamente la Palabra de Dios se extiende en todo el mundo. Las diversas
opiniones han sido recogidas y oportunamente sintetizadas en este Instrumentum
laboris.
II.
El Instrumentum laboris y su uso
Puntos de referencia
2. La escucha obediente de la Palabra
de Dios es reafirmada en comunión con toda la Tradición de la Iglesia, en modo
particular con el Concilio Vaticano II, y más precisamente con la Constitución
Dogmática sobre la Divina Revelación Dei
Verbum (DV), en sintonía con los otros documentos conciliares,
principalmente con las Constituciones Dogmáticas sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum
Concilium (SC) y sobre la Iglesia Lumen
gentium (LG), y con la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el
mundo contemporáneo Gaudium
et spes (GS)[1]. Están
directamente relacionadas con el tema sinodal las dos Notas de la Pontificia
Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia y El
pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana. Se
agregan, con la propia autoridad, el Catecismo de la Iglesia
Católica y el Compendio
del mismo, así como también el Directorio
General para la Catequesis.
Una especial atención debe darse al
magisterio sobre la Palabra de Dios de parte de los Papas Pío XII, Pablo VI,
Juan Pablo II y Benedicto XVI, así como a los documentos de los Dicasterios de
la Curia Romana en estos cuarenta años post-conciliares. También existen textos
sobre la Palabra de Dios en las Iglesias particulares y en otros organismos
eclesiales continentales, regionales y nacionales. Pero el Sínodo tiene otros
dos puntos de referencia. El primero está dado por el precedente Sínodo
sobre la Eucaristía, a la cual la Palabra de Dios se une constituyendo una
única mesa del Pan de vida (cf. DV 21). También hay otro importante
evento de gracia que anima los trabajos del Sínodo: éste, en efecto, se
desarrolla durante el Año Paulino, en la viva memoria del Apóstol que
fue testigo de la Palabra de Dios y anunciador ejemplar de la misma, maestro
permanente en la Iglesia.
Expectativas comunes
3. Los aportes de los Pastores se
denotan muchos puntos en común que expresan lo que se espera del Sínodo. Entre
los aspectos comunes emergen:
— la necesidad del primado que debe
darse a la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, pero al
mismo tiempo se exige el coraje y la creatividad de una pedagogía de la
comunicación adaptada al tiempo presente (cultura, contextos de vida actuales,
comunicación);
— el estímulo a reconocer que la
Palabra de Dios es Jesucristo y que esto implica una lectura de toda la Biblia
considerada en su misterio, en modo privilegiado en la celebración litúrgica y
en particular en la Eucaristía dominical;
— la proclamación que el Espíritu
Santo conduce a la comprensión completa de la Palabra de Dios, dándonos la
capacidad de entenderla y animando la lectura de la Biblia en la Iglesia, en su
Tradición viviente de anuncio y de caridad, de manera que la escucha de la
Palabra de Dios y cada lectura de la Biblia implica la pertenencia a la
comunidad de la Iglesia con actitud de comunión y servicio;
— la certeza que la Biblia es
revelación de la Palabra de Dios, aún con tantas dificultades de comprensión,
especialmente del Antiguo Testamento;
— el gran deseo de los fieles de
escuchar la Palabra de Dios, a la cual se responde con notables iniciativas
pastorales, pero se advierte también la necesidad urgente de superar la
indiferencia, la ignorancia y la confusión sobre las verdades de la fe acerca
de la Palabra de Dios, falta de preparación, carencia de subsidios bíblicos;
— la necesidad de una pastoral
bíblica, pero también de una animación bíblica de la entera pastoral, que
comprenda la enseñanza de todas las verdades de la fe;
— la necesaria comunión en la fe y la
práctica de la Palabra de Dios, pero al mismo tiempo se pide que cada una de
las Iglesias particulares asuma el deber de acoger la Palabra en relación a la
propia situación peculiar;
— las diferentes visiones de la
Biblia en la Tradición latina y en la Tradición oriental, relevando que es
necesario que oportunamente tales puntos de vista sean dados a conocer y sean
considerados como riquezas;
— la competencia y la responsabilidad
de los Pastores en relación al anuncio de la Palabra de Dios, que exige de
parte de ellos una continua actualización formativa;
— la urgencia que el laicado no sea
solo un sujeto pasivo, sino que se transforme tanto en receptor de la Palabra
de Dios como en anunciador debidamente preparado, sostenido por la comunidad;
— la certeza que Dios dirige su
Palabra de salvación a cada hombre, a partir de los más pobres y por lo tanto
Él quiere que su Palabra sea llevada en la misión, es decir que sea dada a
conocer a todos los pueblos como Buena Noticia de liberación, de consolación y
de salvación, buscando el diálogo dentro de las Iglesias y de las comunidades
cristianas y con las otras religiones, más aún, con las diversas culturas, sin
olvidar las numerosas semillas de verdad depositadas en ellas por la
providencia de Dios.
La finalidad del Sínodo
4. El objetivo primario del Sínodo es
dedicarse al tema de la Palabra con la cual «Dios invisible (cf. Col 1,
15; 1 Tim 1, 17) movido de amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex
33, 11; Jn 15, 14-15), trata con ellos (cf. Ba 3, 38) para
invitarlos y recibirlos en su compañía» (DV 2). Esto implica la escucha
y el amor a la Palabra del Señor, que está en consonancia con la vida concreta
de las personas de nuestro tiempo. La Palabra de Dios determina una vocación,
crea comunión, manda en misión, para que lo que se ha recibido para sí se
transforme en un don para los otros. Se trata, por lo tanto, de una finalidad
eminentemente pastoral y misionera: profundizar las razones doctrinales y
dejarse iluminar por tales razones significa extender y reforzar la práctica
del encuentro con la Palabra de Dios como fuente de vida en los diversos ámbitos
de la experiencia y así, a través de caminos adecuados y fáciles, poder
escuchar a Dios y hablar con Él.
a)
Concretamente, el Sínodo se propone, entre sus objetivos, clarificar
mayormente aquellos aspectos fundamentales de la verdad sobre la Revelación,
como: la Palabra de Dios, la fe, la Tradición, la Biblia, el Magisterio, que
garantizan y mueven a un válido y eficaz camino de fe; la estimulación del amor
profundo por la Sagrada Escritura, pues «los fieles han de tener fácil
acceso» a ella (cf. DV 22), relevando la unidad entre el pan de la
Palabra y del Cuerpo de Cristo, para nutrir plenamente la vida de los
cristianos[2]. Además, es
necesario recordar la indisoluble y recíproca interrelación entre Palabra de
Dios y liturgia; estimular en todos los ambientes la práctica de la Lectio
Divina, debidamente adaptada a las diversas circunstancias; ofrecer al
mundo de los pobres una palabra de consolación y de esperanza. Este Sínodo, en
consecuencia, se propone cooperar a un correcto ejercicio hermenéutico de la
Escritura, orientando bien el necesario proceso de evangelización y de
inculturación; desea promover el diálogo ecuménico, estrechamente vinculado a
la escucha de la Palabra de Dios; quiere favorecer el diálogo
judaico-cristiano, más ampliamente el diálogo interreligioso y intercultural.
b)
Un deseo de muchos Pastores es que la contribución final del Sínodo no sea sólo
informativa, sino que llegue a la vida, provoque aquella participación, según
la cual la Palabra de Dios se hace viva, eficaz, penetrante (cf. Hb
4, 12) a través de un lenguaje esencial y comprensible a la gente. A este
propósito conviene tener presente que los términos Biblia, Sagrada Escritura,
Libro Sagrado tienen el mismo significado y del contexto se comprenderá cuándo
la expresión “Palabra de Dios” asume el sentido de “Sagrada Escritura”.
PREMISA
Itinerario
histórico
“Signos de los tiempos”. Después de
cuarenta años del Concilio
«La Palabra de Dios siga propagándose y adquiriendo gloria» (2 Ts
3, 1)
Una buena época de frutos
5. La Palabra de Dios ha producido
varios resultados positivos en la comunidad cristiana. En el plano
objetivo y general emergen estos aspectos:
— la sustancial renovación bíblica en
el ámbito litúrgico, catequístico y, fundamentalmente, exegético y teológico;
— la práctica incipiente pero
fructuosa de la Lectio Divina con modalidades diversas;
— la difusión del Libro Sagrado a
través del apostolado bíblico y del esfuerzo de las comunidades, grupos y
movimientos eclesiales;
— el número siempre mayor de nuevos
lectores y ministros de la Palabra de Dios;
— la disponibilidad creciente de
instrumentos y subsidios de la comunicación actual;
— el interés por la Biblia en ámbito
cultural.
Dudas y preguntas
6. Pero otros aspectos permanecen
todavía abiertos y problemáticos. Siempre en un plano objetivo de datos
se registran un poco en todas partes en las Iglesias locales las siguientes
lagunas:
— la Dei Verbum come tal es
poco conocida;
— se constata una mayor familiaridad
con la Biblia, pero no un suficiente conocimiento de todo el depósito de la fe
al cual pertenece la Biblia;
— en lo que ser refiere al Antiguo
Testamento es conocida la dificultad de comprensión y de recepción con el
riesgo de un uso incorrecto;
— la praxis litúrgica respecto de la
Palabra de Dios en la Misa a menudo no es satisfactoria;
— un aspecto delicado y problemático
es la relación entre Biblia y ciencia en la interpretación del mundo y de la
vida humana;
— en todo caso se verifica un cierto
desapego de los fieles con respecto a la Biblia, cuya consultación no puede
decirse que constituya una experiencia generalizada;
— se señala la necesidad de
considerar el estrecho vínculo entre enseñanzas morales y Sagrada Escritura, en
su totalidad, haciendo referencia en particular a los Diez Mandamientos, al
precepto del amor a Dios y al prójimo, así como también al discurso de la
Montaña y a la enseñanza paulina sobre la vida en el Espíritu;
— se debe agregar, finalmente, una
doble pobreza: en cuanto a los medios materiales en la difusión de la Biblia y
en cuanto a las formas de comunicación que resultan a menudo inadecuadas.
Una condición de fe variada y
exigente
7. Dirigiendo una mirada a la condición
de fe dentro de este panorama de luces y sombras, de las contribuciones de
los Pastores se evidencian notables puntos de reflexión, que pueden ser
agrupados en tres niveles: personal, comunitario y social.
a. A nivel de las personas. Es
necesario tener en cuenta que muchos fieles dudan de abrir la Biblia por varias
razones, especialmente porque piensan que es un Libro difícil de comprender. En
tantos cristianos el deseo intenso de escuchar la Palabra de Dios se
realiza en una experiencia más emotiva que convencida, a causa del escaso
conocimiento de la doctrina. Esta fractura entre la verdad de fe y la
experiencia de vida se advierte sobre todo en el encuentro litúrgico con la
Palabra de Dios. A esto se agrega una cierta separación de los estudiosos con
respecto a los Pastores y a la gente simple de las comunidades cristianas. En
segundo lugar se debe reconocer que la relación directa con la Escritura es
vivida por muchos de manera inicial. A este respecto, un peculiar testimonio es
dado por los movimientos, mientras un papel importante es reconocido a las
personas consagradas.
b. A nivel comunitario. No
debe olvidarse que, si bien la Palabra de Dios tiene oyentes apasionados en
todo el mundo, son significativas las diferencias dentro de la Iglesia.
Se podría afirmar que en las Iglesias locales de origen más reciente o en
situación de minoría numérica el uso de la Biblia entre los fieles es más
amplio que en otros lugares. Además, son diversas las formas de aproximación
según los contextos, de tal manera que hoy podemos hablar de un modo de
acercarse a la Biblia diferenciado en Europa, en África, en América, en
Oceanía. Luego, permanece siempre la diferencia complementaria del uso de la
Palabra de Dios en las Iglesias latina y oriental y en relación a las otras
Iglesias y comunidades eclesiales.
c. A nivel social. El proceso
de globalización, extendiéndose rápidamente, involucra también a la Iglesia.
Tres factores, ampliamente citados en las respuestas, definen el contexto del
encuentro con la Sagrada Escritura:
— la secularización que
determina una condición de vida fácilmente expuesta a la deriva del secularismo
consumístico, al relativismo y a la indiferencia religiosa, especialmente en
las jóvenes generaciones;
— el pluralismo religioso y
cultural con el surgimiento de formas gnósticas y esotéricas en la
interpretación de las Sagrada Escritura y de grupos religiosos aislados en el
interior de la Iglesia Católica. Se desarrollan, además, contrastes no fáciles
y conflictos dolorosos, especialmente para minorías cristianas en ámbito no
cristiano a propósito del uso de la Biblia;
— la aspiración muy sentida de
expresar la Palabra de Dios como liberación de la persona de condiciones
inhumanas y como consuelo concreto para los pobres y para los que sufren.
En el contexto de la nueva
evangelización, la transmisión de la fe debe conjugarse con el descubrimiento
en profundidad de la Palabra de Dios. Es deseable que la Palabra de Dios sea
presentada como el sostén de la fe de la Iglesia a través de los siglos.
La estructura del Instrumentum laboris
8. La estructura se articula en tres
partes: la primera parte se concentra sobre la identidad de la Palabra
de Dios según la fe de la Iglesia; la segunda parte considera la Palabra
de Dios en la vida de la Iglesia; la tercera parte reflexiona sobre la
Palabra de Dios en la misión de la Iglesia.
Cada parte está dividida en capítulos
que hacen más fluida y clara la lectura. En síntesis, el Sínodo desea meditar,
proponer y agradecer este misterio grande de la Palabra de Dios, que su don
supremo.
PRIMERA PARTE
EL
MISTERIO DE DIOS QUE NOS HABLA
«Muchas veces y de muchas maneras
habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos
últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de
todo, por quien también hizo el universo»
(Hb 1, 1-2).
De las contribuciones de los Pastores
se evidencian algunos temas teológicos significativos para la acción pastoral,
como la identidad de la Palabra de Dios; el misterio de Cristo y de la Iglesia,
centro de la Palabra de Dios; la Biblia como Palabra inspirada y su verdad; la
interpretación de la Biblia según la fe de la Iglesia; la debida actitud en la
escucha de la Palabra de Dios.
CAPÍTULO PRIMERO
A.
Dios, Aquel que nos habla. Identidad de la Palabra de Dios
«Dios [...] habla a los hombres como a amigos» (DV 2)
La Dei Verbum propone una
teología dialógica de la revelación. En este diálogo hay tres aspectos
estrechamente vinculados: la amplitud de significado que en la Revelación
divina asume el término “Palabra de Dios”; el misterio de Cristo, expresión
plena y perfecta de la Palabra de Dios; el misterio de la Iglesia, sacramento de
la Palabra de Dios.
La Palabra de Dios como un canto a
varias voces
9. La Palabra de Dios es como un
canto a varias voces, en cuanto Dios la pronuncia en muchas formas y en
diversos modos (cf. Hb 1, 1), dentro de una larga historia y con
diversidad de anunciadores, pero donde aparece una jerarquía de significados y
de funciones.
a. La Palabra de Dios tiene su patria
en la Trinidad, de la cual proviene, por la cual es sostenida y a la cual
retorna, testimonio permanente del amor del Padre, de la obra de salvación del
Hijo Jesucristo, de la acción fecunda del Espíritu Santo. A la luz de la
Revelación, la Palabra es el Verbo eterno de Dios, la segunda persona de
la Santísima Trinidad, el Hijo del Padre, fundamento de la comunicación intratrinitaria
y ad extra: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba
junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios.
Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada» (Jn 1, 1-3; cf. Col
1, 16).
b. Por lo tanto, el mundo creado
narra la gloria de Dios (cf. Sal 19, 1). Al inicio del tiempo, con
su Palabra Dios crea el cosmos (cf. Gn 1, 1), poniendo en la creación un
sello de su sabiduría, por lo cual todo hace resonar su voz (cf. Si 46,
17; Sal 68, 34). Es la persona humana en particular, en cuanto
creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26), que permanece para
siempre como signo inviolable e intérprete inteligente de su Palabra. De la
Palabra de Dios, en efecto, la persona recibe la capacidad de entrar en diálogo
con Él y con la creación. De este modo, Dios ha hecho de toda la creación, y de
la persona in primis, «un testimonio perenne de sí mismo» (DV 3).
Dado que «todo fue creado por él y para él [...] y todo tiene en él su
consistencia» (Col 1, 16-17), «“semillas de la Palabra” (AG
11.15), “destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (NA
2) [...] se encuentran en las personas y en las tradiciones religiosas de la
humanidad»[3].
c. «La Palabra se hizo carne»
(Jn 1, 14): Palabra de Dios, última y definitiva es Jesucristo,
su persona, su misión, su historia, íntimamente unidas, según el plan del
Padre, que culmina en la Pascua y que se cumple cuando Jesús entrega el Reino
al Padre (cf. 1 Cor 15, 24). Él es el Evangelio de Dios para cada
persona humana (cf. Mc 1, 1).
d. En vista de la Palabra de Dios que
es el Hijo encarnado, el Padre habló en tiempos antiguos por medio de los
profetas (cf. Hb 1, 1) y a través del Espíritu los Apóstoles continúan
el anuncio de Jesús y de su Evangelio. Así la Palabra de Dios se expresa con
palabras humanas en el anuncio de los profetas y de los Apóstoles.
e. La Sagrada Escritura, fijando por
divina inspiración los contenidos revelados, atestigua, de manera auténtica,
que ella es verdaderamente Palabra de Dios (cf. DV 24), del todo
orientada a Jesús, porque «ellas [las Escrituras] son las que dan
testimonio de mí» (Jn 5, 39). Por el carisma de la inspiración los
libros de la Sagrada Escritura tienen una fuerza de llamada directa y concreta,
que no tienen otros textos o intervenciones humanas.
f. Pero la Palabra de Dios no queda
encerrada en la escritura. Si bien la Revelación se ha concluido con la muerte
del último apóstol (cf. DV 4), la Palabra revelada continúa siendo
anunciada y escuchada en la historia de la Iglesia, que se compromete a
proclamarla al mundo entero para responder a su necesidad de salvación. Así, la
Palabra continúa su curso en la predicación viva, que abraza las
diversas formas de evangelización, entre las cuales sobresalen el anuncio y
la catequesis, la celebración litúrgica y el servicio de la caridad. La
predicación, en este sentido, con la fuerza del Espíritu Santo, es Palabra del
Dios vivo comunicada a personas vivas.
g. Entran en el ámbito de la Palabra
de Dios, como el fruto de las raíces, las verdades de fe de la Iglesia en campo
dogmático y moral.
De este cuadro se puede comprender
que cuando se anuncia en la fe la revelación de Dios se cumple un evento
revelador, que se puede llamar verdaderamente Palabra de Dios en la Iglesia.
Incidencias pastorales
10. Aquí se recuerdan tantas incidencias
pastorales, con las cuales se relacionan muchas respuestas provenientes de
las Iglesias particulares.
— A la Palabra de Dios se le
reconocen todas las cualidades de una verdadera comunicación interpersonal, en
la Biblia frecuentemente designada como diálogo de alianza, en el cual Dios y
la persona hablan como miembros de la misma familia.
— En esta visión la religión
cristiana no se puede definir “religión del Libro” en términos absolutos, en
cuanto el Libro inspirado pertenece vitalmente a todo el cuerpo de la
Revelación [4].
— El mundo creado es manifestación de
la Palabra de Dios y la vida y la historia humana la contienen como en germen.
En esta óptica emergen cuestiones, hoy relevantes, recordadas en muchos aportes
de Pastores sobre la ley natural, sobre el origen del mundo, sobre la cuestión
ecológica.
— Conviene ciertamente retomar la
hermosa noción de “historia de la salvación” (historia salutis), tan
apreciada por los Padres de la Iglesia y transformada tradicionalmente en
“Historia sagrada”. Es necesario hacer comprender todo lo que implica la
“religión del Verbo encarnado”, es decir la Palabra de Dios que no se cristaliza
en fórmulas abstractas y estáticas, sino que conoce una historia dinámica hecha
de personas y de acontecimientos, de palabras y de acciones, de progresos y
tensiones, como aparece claramente en la Biblia. La historia salutis,
concluida en lo que se refiere a la fase constitutiva, continúa su eficacia
ahora en el tiempo de la Iglesia.
— La totalidad de la Palabra de Dios
está asegurada por todos los actos que la expresan, según el papel de cada uno.
Resulta espontáneo pensar, a causa de su misma fuerza, que la Sagrada Escritura
es el ámbito vital de la Iglesia. Por otra parte, es necesario que todos los
momentos del ministerio de la Palabra de Dios estén en recíproca y armónica
interacción. Entre estos signos tienen un papel fundamental el anuncio, la
catequesis, la liturgia y la diaconía.
— Será deber de los Pastores ayudar a
los fieles a tener esta visión armónica de la Palabra, evitando formas
erróneas, reductivas o ambiguas de comprensión, capacitándolos para ser atentos
oyentes de la Palabra, donde sea que resuene, y estimulándolos a gustar también
las palabras más simples de la Biblia.
B.
En el Centro, el Misterio de Cristo y de la Iglesia
«En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1,
2)
En el corazón de la Palabra de Dios,
el misterio de Cristo
11. Los cristianos en general
advierten la centralidad de la persona de Jesucristo en la Revelación de Dios.
Pero no siempre saben apreciar las razones de tal importancia, ni entienden en
qué sentido Jesús es el corazón de la Palabra de Dios y, por lo tanto, también
tienen dificultad para leer cristianamente la Biblia. A esto se refieren casi
todas las respuestas de los Organismos consultados, impulsados por la doble
preocupación de evitar los equívocos de una lectura superficial y fragmentada
de la Escritura, pero sobre todo de indicar el camino seguro para entrar en el
Reino de Dios y heredar la vida eterna. En efecto, «ésta es la vida eterna: que
te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tu has enviado, Jesucristo»
(Jn 17, 3). Esta relación sustancial entre la Palabra de Dios y el
misterio de Cristo se configura, de este modo, en la Revelación como anuncio y
en la historia de la Iglesia como profundización inagotable.
Respecto a la mencionada relación se
citan solamente algunas referencias teológicas esenciales de evidente
incidencia pastoral.
— Siempre a la luz de la Dei
Verbum, se recuerda que Dios ha realizado un plan completamente gratuito:
«envió a su Hijo, [...] para que habitara entre los hombres y les contara la
intimidad de Dios (cf. Jn 1, 1-18). Jesucristo, Palabra hecha carne
[...] “habla las palabras de Dios” (Jn 3, 34) y realiza la obra de
salvación que el Padre le encomendó (cf. Jn 5, 36; 17, 4)» (DV
4). De este modo, Jesús en su vida terrena, y ahora en su vida celeste, asume y
realiza todo el fin, el sentido, la historia y el proyecto de la Palabra de
Dios porque, como afirma San Ireneo, Cristo « nos ha traído la gran novedad
viniendo él mismo hacia nosotros»[5].
— El proyecto de Dios prevé una
historia en la revelación. Como afirma el autor de la Carta a los Hebreos: «Muchas
veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio
de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo»
(Hb 1, 1-2). Quiere decir que en Jesús la Palabra de Dios asume los
significados que Él ha dado a su misión: tiene como finalidad hacer entrar en el
Reino de Dios (cf. Mt 13, 1-9); se manifiesta en sus palabras y obras;
expresa la fuerza en los milagros; tiene el objetivo de animar la misión de los
discípulos, sosteniéndolos en el amor a Dios y al prójimo y en la cura de los
pobres; revela su plena verdad en el misterio pascual, en la espera del
desvelamiento total; y ahora guía la vida de la Iglesia en el tiempo.
— Pero también es verdad que la
Palabra de Dios deber ser comprendida, como Él mismo decía, según las
Escrituras (cf. Lc 24, 44-49), es decir, en la historia del pueblo de
Dios del Antiguo Testamento, que lo ha esperado como Mesías, y ahora en la
historia de la comunidad cristiana, que lo anuncia con la predicación, lo
medita con la Biblia y experimenta su amistad y su guía. San Bernardo afirma
que en el plan de la Encarnación de la Palabra, Cristo es el centro de todas
las Escrituras. La Palabra de Dios, ya audible en la primera alianza, se hizo
visible en Cristo[6].
— No puede olvidarse que «todo fue
creado por él y para él» (Col 1, 16). Jesús asume una centralidad
cósmica, es el rey del universo, Aquel que da el último sentido a toda la
realidad. Si la Palabra de Dios es como un canto a varias voces, su clave de
interpretación, por la inspiración del Espíritu Santo, es Cristo en la
globalidad de su misterio. «La Palabra de Dios, que estaba en el principio
junto a Dios, no es, en su plenitud, una multitud de palabras; ella no es
muchas palabras, sino una sola Palabra que abraza un gran número de ideas de
las cuales cada una es una parte de la Palabra en su totalidad [...]. Si Cristo
nos indica las “Escrituras”, como aquellas que dan testimonio de Él, es porque
considera los libros de la Escritura como un único rollo, puesto que todo lo
que ha sido escrito de Él está recapitulado en un todo único»[7].
En el corazón de la Palabra de Dios,
el misterio de la Iglesia
12. La Iglesia en cuanto misterio del
Cuerpo de Jesús encuentra en la Palabra el anuncio de su identidad, la gracia
de su conversión, el mandato de su misión, la fuente de su profecía y la razón
de su esperanza. Ella está interiormente constituida por el diálogo con el
Esposo y es hecha destinataria y testigo privilegiado de la Palabra amorosa y
salvadora de Dios. Pertenecer cada vez más a este “misterio” que constituye la
Iglesia es la consecuencia lógica de la escucha de la Palabra de Dios, por ello
el encuentro continuo con ella es causa de renovación y fuente de «una nueva
primavera espiritual»[8].
Por otra parte, la viva consciencia
de pertenecer a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, será efectiva en la medida en que
se puedan articular en manera coherente las diversas relaciones con la Palabra
de Dios: una Palabra anunciada, una Palabra meditada y estudiada, una Palabra
rezada y celebrada, una Palabra vivida y propagada. Por esta razón en la
Iglesia la Palabra de Dios no es un depósito inerte, sino que es regla suprema
de la fe y potencia de vida, progresa con la ayuda del Espíritu Santo y crece
con la contemplación y el estudio de los creyentes, la experiencia personal de
vida espiritual y la predicación de los Obispos (cf. DV 8; 21). Lo
atestiguan en particular, los hombres de Dios, que han vivido la Palabra[9]. Es evidente
que la primera misión de la Iglesia es transmitir la Palabra divina a todos los
hombres. La historia atestigua que ello ha tenido lugar y continúa sucediendo
hoy, después de tantos siglos, entre obstáculos, pero con fecunda vitalidad.
Objeto de permanente reflexión y de
fiel aplicación son las palabras iniciales de la Dei Verbum: «La Palabra
de Dios la escucha con devoción y la proclama con valentía el Santo Concilio» (DV
1). Estas palabras resumen en sí la esencia de la Iglesia en su doble dimensión
de escucha y de proclamación de la Palabra de Dios. No cabe ninguna duda: a la
Palabra de Dios corresponde el primer lugar. Solamente a través de ella podemos
comprender la Iglesia. Ella se define como Iglesia que escucha. Es en la medida
en que escucha que ella puede ser también Iglesia que proclama. Afirma el Santo
Padre Benedicto XVI: «La Iglesia no vive de sí misma, sino del Evangelio, y en
el Evangelio encuentra siempre de nuevo orientación para su camino»[10].
Incidencias pastorales
13. La comunidad cristiana se siente
engendrada y renovada por la Palabra de Dios para descubrir el rostro de
Cristo. La afirmación de San Jerónimo es clara y perentoria: «Ignoratio enim
Scripturarum, ignoratio Christi est»[11]
(quien desconoce las Escrituras no conoce a Cristo). Aquí se recuerdan algunas
urgencias pastorales que emergen de las respuestas a los Lineamenta:
— desarrollar líneas orgánicas de
reflexión sobre la relación de Jesús con la Sagrada Escritura, sobre cómo Él la
lee y cómo ella ayuda a comprenderlo;
— presentar de manera simple los
criterios de lectura cristiana de la Biblia, resolviendo en esa óptica
elementos difíciles del Antiguo Testamento;
— ayudar a los fieles a reconocer en
la Iglesia, guiada por el Magisterio, el lugar vital y continuo del anuncio de
la Palabra de Dios;
— instruir a aquellos cristianos que
dicen que no leen la Biblia porque prefieren establecer con Jesús una relación
directa y personal;
— gracias a la realidad de Jesús,
Señor resucitado y presente en los signos sacramentales, la liturgia ha de ser
considerada como lugar primario del encuentro con la Palabra de Dios;
— en la comunicación catequística, no
se ha de olvidar que los Evangelios deben ser elegidos como lectura
prioritaria, pero al mismo tiempo deben ser leídos en relación a los otros
libros del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento y con los documentos del
Magisterio de la Iglesia.
CAPÍTULO SEGUNDO
A.
La Biblia como Palabra de Dios inspirada y su verdad
«La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura,
como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo» (DV 21)
Las preguntas
14. Según los Pastores uno de los
problemas más importantes es la relación de la Sagrada Escritura con la Palabra
de Dios, en particular su inspiración y su verdad. Se distinguen tres niveles
de preguntas:
— algunas cuestiones son relativas a
la naturaleza de la Biblia: qué se entiende por inspiración o por canon, qué
tipo de verdad corresponde a la Escritura y cómo se ha de entender su
historicidad;
— otras preguntas se refieren a la
relación de la Escritura con la Tradición y el Magisterio;
— otras cuestiones tocan las páginas
difíciles de la Biblia, especialmente del Antiguo Testamento. A estas últimas
cuestiones se hará referencia al tratar sobre la Palabra de Dios en la
catequesis.
La Sagrada Escritura, Palabra de Dios
inspirada
15. Muchas respuestas a los Lineamenta
señalan cuestiones relativas al modo de explicar a los fieles el carisma de la
inspiración y de la verdad de las Escrituras. A este propósito es necesario,
ante todo, precisar la relación entre la Biblia y la Palabra de Dios; aclarar
la acción del Espíritu Santo; especificar algunos puntos sobre la identidad de
la Biblia.
a. Se ha de reconocer la relación de distinción
y comunión entre la Biblia y la Palabra de Dios. Es la misma Biblia que
atestigua la no coincidencia material entre Palabra de Dios y Escritura. La
Palabra de Dios es una realidad viva, eficaz (cf. Hb 4, 12-13), eterna
(cf. Is 40, 8), «omnipotente» (Sb 18, 15), creadora
(cf. Gn 1, 3ss.) e instauradora de historia. En el Nuevo Testamento esta
Palabra es el mismo Hijo de Dios, el Verbo hecho carne (cf. Jn 1, 1ss.; Hb
1, 2). La Escritura, en cambio, es testimonio de esta relación entre Dios y el
hombre, la ilumina y la orienta de manera cierta. Por lo tanto, la Palabra de
Dios, excede el Libro, y alcanza al hombre también a través de la vía de la
Iglesia, Tradición viviente. Esto implica la superación de una interpretación
subjetiva y cerrada de la Escritura, por lo cual ella ha de ser leída dentro de
un proceso de la Palabra de Dios más amplio, y sobre todo inagotable, como
demuestra el hecho que la Palabra continúa alimentando la vida de generaciones
en tiempos siempre nuevos y diversos. La comunidad cristiana es, por lo tanto,
el sujeto de trasmisión de la Palabra de Dios, y al mismo tiempo es sujeto
privilegiado para comprender el sentido profundo de la Sagrada Escritura, el
progreso de la fe y el desarrollo del dogma. A raíz de esta prerrogativa, que
es propia de la Iglesia, ella desde el comienzo ha manifestado una veneración
por los libros bíblicos y ha establecido, por regla o canon de la fe en la
revelación divina, un elenco cierto y definitivo de los mismos: 73 libros, de
los cuales 46 son el Antiguo Testamento y 27 del Nuevo Testamento[12].
b. El Espíritu da respiro a la
palabra escrita y coloca el Libro en el misterio más amplio de la encarnación y
de la Iglesia. Por lo tanto, gracias al Espíritu, la Palabra de Dios es una
realidad litúrgica y profética, es anuncio (kerygma) antes de ser libro,
es atestiguación del Espíritu Santo sobre la presencia de Cristo.
c. En síntesis se puede afirmar que:
— el carisma de la inspiración
permite afirmar que Dios es el autor de la Biblia en un modo que no excluye el
mismo hombre como verdadero autor. En efecto, a diferencia de un dictado, la
inspiración no quita la libertad y las capacidades personales del escritor sino
que las ilumina y las inspira;
— aún cuando la Sagrada Escritura sea
inspirada en todas sus partes, la inerrancia se refiere sólo a «la verdad que
Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra» (DV 11);
— gracias al carisma de la
inspiración, el Espíritu Santo constituye los libros bíblicos como Palabra de
Dios y los confía a la Iglesia, para que sean recibidos en la obediencia de la
fe;
— el Canon en su totalidad y unidad
orgánica constituye criterio de interpretación del Libro Sagrado;
— siendo la Biblia Palabra de Dios en
lenguaje humano, su interpretación se hace armónicamente con los criterios
literarios, filosóficos y teológicos, siempre bajo la fuerza unificadora de la
fe y la guía del Magisterio[13].
Tradición, Escritura y Magisterio
16. El Concilio Vaticano II insiste
sobre la unidad de origen y sobre las diversas conexiones entre Tradición y
Escritura, que la Iglesia recibe «con el mismo espíritu de devoción» (DV
9). A este respecto recordamos que la Palabra de Dios, hecha Evangelio o Buena
Noticia en Cristo (cf. Rm 1,16) y, como tal, consignada a la predicación
apostólica, continúa su curso a través de:
— sobre todo, el flujo de la
Tradición viviente manifestada por «lo que [la Iglesia] es y lo que cree» (DV
8), como el culto, la enseñanza, la caridad, la santidad, el martirio;
— después, a través de la Sagrada
Escritura que, por inspiración del Espíritu Santo, conserva de esta Tradición
viva, precisamente en la inmutabilidad de lo que está escrito, los elementos
constitutivos y orgánicos. «Esta Tradición con la Escritura de ambos
Testamentos, son el espejo en que la Iglesia peregrina contempla a Dios, de
quien todo lo recibe, hasta el día en que llegue a verlo cara a cara, como Él
es (cf. 1 Jn 3, 2)» (DV 7).
Finalmente, al Magisterio de la
Iglesia, que no es superior a la Palabra de Dios, corresponde «interpretar
auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita», en cuanto lo trasmitido
«por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha
devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente» (DV 10). En
síntesis, una verdadera lectura de la Escritura como Palabra de Dios no puede hacerse
sino in Ecclesia, según su enseñanza.
Antiguo y Nuevo Testamento, una sola
economía de la salvación
17. Un problema actual entre los
católicos se refiere al conocimiento del Antiguo Testamento como Palabra de
Dios y en particular su relación con el misterio de Cristo y de la Iglesia. A
causa de dificultades exegéticas no resueltas, se asiste a una cierta
resistencia frente a páginas del Antiguo Testamento que parecen
incomprensibles, y por lo tanto expuestas a la selección arbitraria, al
rechazo. Según la fe de la Iglesia, el Antiguo Testamento ha de ser considerado
como parte de la única Biblia de los cristianos, parte constitutiva de la
Revelación y, por ello mismo, de la Palabra de Dios. De todo esto deriva la
necesidad de una urgente formación para una lectura cristiana del Antiguo
Testamento, reconociendo la relación que vincula los dos Testamentos y los
valores permanentes del Antiguo (cf. DV 15-16)[14].
A esto ayuda la praxis litúrgica, que siempre proclama el Texto Sagrado del
Antiguo Testamento como página esencial para una comprensión completa del Nuevo
Testamento, según la atestación de Jesús mismo en el episodio de Emaús, en el
cual el Maestro «empezando por Moisés y continuando por todos los profetas,
les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras» (Lc 24,
27). Justa es la afirmación agustiniana «Novum in Vetere latet et in Novo
Vetus patet»[15]
(el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo y el Antiguo está desvelado
en el Nuevo Testamento). Afirma San Gregorio Magno: «Lo que el Antiguo
Testamento ha prometido, el Nuevo Testamento lo ha hecho ver; lo que aquel
anuncia de manera oculta, éste lo proclama abiertamente como presente. Por lo
tanto, el Antiguo Testamento es profecía del Nuevo Testamento; y el mejor
comentario al Antiguo Testamento es el Nuevo Testamento»[16].
Las implicancias prácticas de esta doctrina son numerosas y vitales.
Incidencias pastorales
18. Se advierte cada vez con más
consciencia que no basta una lectura superficial de la Biblia. Se constata
además que diversos grupos bíblicos, habiendo comenzado con entusiasmo el
descubrimiento del Libro Sagrado, después progresivamente se extinguen por la
falta de un buen terreno —es decir, la Palabra de Dios percibida en su misterio
de gracia— como dice Jesús en la parábola del sembrador (cf. Mt 13,
20-21). En esta óptica se proponen aquí las siguientes implicancias:
a. Por el hecho que la Escritura está
íntimamente unida a la Iglesia, ésta tiene un papel esencial para acceder a la
Palabra en su carácter genuino original, constituyendo así criterio para la
recta comprensión de la Tradición, puesto que, de hecho, tanto la liturgia como
la catequesis se alimentan de la Biblia. Como ya se ha dicho, los libros de
la Sagrada Escritura tienen una fuerza de interpelación directa y concreta
que no tienen otros textos o intervenciones eclesiásticas.
b. Además, ha de ser considerada en
sus efectos prácticos, la distinción entre la Tradición apostólica y las
tradiciones eclesiales. En efecto, mientras la primera proviene de los
apóstoles y transmite cuanto ellos han recibido de Jesús y del mismo Espíritu
Santo, las tradiciones eclesiales han nacido en el curso del tiempo en las
Iglesias locales y son formas de adaptación de la «gran Tradición»[17].
También ha de ser evaluado el peso decisivo del reconocimiento canónico, que la
Iglesia ha definido a propósito de las Escrituras garantizando la autenticidad
de las mismas, frente a la proliferación de libros no auténticos o apócrifos.
Las interpretaciones gnósticas, hoy muy difundidas, acerca de la verdad sobre
los orígenes cristianos obligan a explicar en qué consiste el Canon de los
Libros sagrados y cómo éste ha surgido. De este modo se orienta adecuadamente
la traducción y la difusión de la Escritura y se justifica el indispensable
reconocimiento de parte de la Iglesia. Queda por reconsiderar la relación entre
Escritura, Tradición y los signos de la Palabra de Dios en el mundo creado,
especialmente con el hombre y su historia, puesto que toda creatura es palabra
de Dios, en cuanto proclama Dios[18].
c. La intención del Magisterio,
cuando ofrece orientaciones o proclama definiciones, no es limitar la lectura
personal de la Escritura. Por el contrario, propone un cuadro de referencia
seguro en el cual la investigación se realiza. Lamentablemente, la enseñanza
del Magisterio y el valor de los diversos niveles de pronunciamiento no son
siempre bien conocidos y aceptados. En ocasión del Sínodo se descubre una vez
más la Dei Verbum y los documentos pontificios posteriores. En
particular, merece ser señalada la orientación para la comprensión y el uso de
la Palabra de Dios en la Biblia dada por el Santo Padre Benedicto XVI en
diversas intervenciones magisteriales.
d. En el surco de la Tradición
viviente, y por lo tanto, como servicio genuino a la Palabra de Dios, ha de ser
considerado también el instrumento del Catecismo, comenzando por el
primer Símbolo de la fe, núcleo de todo Catecismo, hasta las diversas
exposiciones promovidas a lo largo de los siglos en la Iglesia. El Catecismo
de la Iglesia Católica y en las Iglesias locales los respectivos Catecismos
son las atestaciones más recientes de las mencionadas exposiciones.
e. En este sentido es necesario
retener fundamental una distinción que tendrá tantas repercusiones en la praxis
pastoral: existe el encuentro con la Escritura en las grandes acciones de la
Iglesia, como la liturgia y la catequesis, donde la Biblia se coloca en un
contexto público ministerial; existe también el encuentro inmediato, como la Lectio
Divina, el curso bíblico, el grupo bíblico. Se ha de promover hoy esta vía
a causa de un cierto alejamiento del pueblo de Dios del uso directo y personal
de la Escritura.
f. En cuanto al Antiguo Testamento,
el mismo ha de ser entendido como una etapa en el desarrollo de la fe y de la
comprensión de Dios. Su carácter figurado, su relación con la mentalidad
científica e histórica de nuestro tiempo, tienen necesidad de ser aclarados.
Por otra parte, numerosos pasajes del mismo custodian una fuerza espiritual,
sapiencial y cultural única, constituyendo una rica catequesis sobre las
realidades humanas y manifiestan las etapas del camino de fe de un pueblo. El
conocimiento y la lectura de los Evangelios no excluyen que la profundización
del Antiguo Testamento ofrezca a la lectura e inteligencia del Nuevo Testamento
una profundidad siempre más grande.
g. Finalmente, según una óptica
pastoral bastante concreta, merecen ser señaladas algunas observaciones que
ayudan a discernir mejor la relación de los fieles con la doctrina de la fe.
Los fieles, en general, distinguen la Biblia de otros textos religiosos y la
retienen más importante en la vida de fe, sin embargo, no pocos en la práctica
prefieren textos espirituales más simples de entender, mensajes y escritos
edificantes o diversas manifestaciones de la piedad popular. Se podría decir
que el pueblo encuentra la Palabra de Dios a través de la vía práctica,
viviéndola más que conociendo el origen y las motivaciones de la misma. Es una
situación positiva y al mismo tiempo de fragilidad. Es necesario saber hablar a
la gente reconociendo su modo de comprender. Ayudar a los fieles a saber qué es
la Biblia, porqué existe, qué ofrece a la fe, cómo se usa, constituye una tarea
necesaria en la actividad pastoral.
B.
Como interpretar la Biblia según la fe de la Iglesia
«Viva es la Palabra de Dios y eficaz » (Hb 4, 12)
El problema hermenéutico en
perspectiva pastoral
19. El problema hermenéutico, dentro
del cual se colocan la actualización de la Palabra de Dios y al mismo tiempo la
inculturación[19],
es una cuestión delicada e importante. Dios, en efecto, propone a la persona no
una información más o menos curiosa y ni siquiera de orden puramente humano,
científico, sino que le comunica su Palabra de verdad y de salvación, y esto
requiere en quien la escucha una comprensión inteligente, vital, responsable y
además actual. Todo esto implica reconocer el sentido verdadero de la Palabra
pronunciada o escrita, así como la comunica el Señor a través de los autores
sagrados, y al mismo tiempo exige que la Palabra sea significativa también para
quien la escucha hoy.
A la escucha de la experiencia
20. De las respuestas de los Obispos
se deduce que la interpretación de la Palabra, no obstante las apariencias
contrarias, resulta accesible. Tantos cristianos, en comunidad o singularmente,
escrutan la Palabra de Dios con disponibilidad para comprender lo que Dios dice
y para obedecerle. Ahora bien, esta disponibilidad de la fe es considerada por
la Iglesia como una valiosa posibilidad que habilita para una correcta
comprensión y actualización del Testo Sagrado. Hoy esta oportunidad (kairòs)
vale, en cierto modo aún más, porque se abre una nueva relación entre la
Palabra de Dios y las ciencias del hombre, en particular en el ámbito de la
investigación filosófica, científica e histórica. Una grande riqueza de
verdades y de valores sobre Dios, sobre el hombre y sobre las cosas proviene de
este contacto entre Palabra y cultura. La razón, por lo tanto, interpela a la
fe y ésta, a su vez, invita a la razón a colaborar para una verdad y una vida
consonantes con la Revelación de Dios y las expectativas de la humanidad.
Pero no faltan tampoco los riesgos
de una interpretación arbitraria y reductiva, debidos especialmente al
fundamentalismo, de tal modo que, por una parte se manifiesta el deseo de
permanecer fiel al Texto, y por otra parte se desconoce la naturaleza misma de
los textos, incurriendo en graves errores y generando también inútiles
conflictos[20].
Existen además las llamadas lecturas ideológicas de la Biblia, según
precomprensiones rígidas de orden espiritual o social y político, o simplemente
humanas, sin el soporte de la fe (cf. 2 Pt 1, 19-20; 3, 16), hasta
formas de contraposición y de separación entre la forma escrita, atestiguada
sobre todo en la Biblia, la forma viva del anuncio y la experiencia de vida de
los creyentes. En general, se nota un escaso o impreciso conocimiento de las
reglas hermenéuticas de la Palabra.
El sentido de la Palabra de Dios y el
camino para encontrarlo
21. A la luz del Concilio Vaticano II
y del Magisterio sucesivo[21],
algunos aspectos necesitan hoy una atención y una reflexión específica, en
vista de una adecuada comunicación pastoral: la Biblia, el libro de Dios y del
hombre, ha de ser leída unificando correctamente el sentido histórico-literario
y el sentido teológico-espiritual, o más simplemente el sentido espiritual[22].
La citada Nota de la Pontificia Comisión Bíblica ofrece al respecto esta
definición: «Como regla general, se puede definir el sentido espiritual
comprendido según la fe cristiana, como el sentido expresado por los textos
bíblicos, cuando se los lee bajo la influencia del Espíritu Santo en el
contexto del misterio pascual de Cristo y de la vida nueva que proviene de Él.
Este contexto existe efectivamente. El Nuevo Testamento reconoce en Él el
cumplimiento de las Escrituras. Es, pues, normal releer las Escrituras a la luz
de este nuevo contexto, que es el de la vida en el Espíritu»[23].
Esto significa que el método
histórico-crítico es necesario para una correcta exégesis, convenientemente
enriquecido con otras formas de estudio[24],
pero para alcanzar el sentido total de la Escritura es necesario valerse de los
criterios teológicos, propuestos por la Dei Verbum: «el contenido y la
unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia, la analogía
de la fe» (DV 12)[25].
Hoy, sobre este punto, se advierte la necesidad de una profunda reflexión
teológica y pastoral para formar nuestras comunidades según una recta y
fructuosa comprensión. Afirma el Santo Padre Benedicto XVI: «me interesa mucho
que los teólogos aprendan a leer y amar la Escritura tal como lo quiso el
Concilio en la Dei Verbum: que vean la unidad interior de la Escritura
—hoy se cuenta con la ayuda de la “exégesis canónica” (que sin duda se
encuentra aún en una tímida fase inicial)— y que después hagan una lectura
espiritual de ella, la cual no es algo exterior de carácter edificante, sino un
sumergirse interiormente en la presencia de la Palabra. Me parece que es muy
importante hacer algo en este sentido, contribuir a que, juntamente con la
exégesis histórico-crítica, con ella y en ella, se dé verdaderamente una
introducción a la Escritura viva como palabra de Dios actual»[26].
Incidencias pastorales
22. El pueblo de Dios ha de ser
educado para que pueda descubrir este gran horizonte de la Palabra de Dios,
evitando hacer complicada la lectura de la Biblia. Vale la verdad que las cosas
más importantes en la Biblia son también las que más directamente se vinculan
con la existencia, como lo es la vida de Jesús. Recordamos algunos puntos
esenciales para una recta interpretación del Libro sagrado.
a. En primer lugar se recuerda la
interpretación de la Palabra de Dios que se cumple cada vez que la Iglesia se
reúne para celebrar los divinos misterios. A este respecto, la introducción del
Leccionario, que es proclamado en la Eucaristía, recuerda: «Por voluntad del
mismo Cristo, el nuevo pueblo de Dios se halla diversificado en una admirable
variedad de miembros, por lo cual son también varios los oficios y funciones
que corresponden a cada uno, en lo que atañe a la Palabra de Dios; según esto,
los fieles escuchan y meditan la Palabra, y la explican únicamente aquellos a
quienes, por la sagrada ordenación, corresponde la función del magisterio, o
aquellos a quienes se encomienda este ministerio. Así, la Iglesia, en su
doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las
generaciones, todo lo que ella es, todo lo que cree, de modo que, en el decurso
de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina hasta
que en ella tenga su plena realización la palabra de Dios»[27].
b. Conviene aclarar que «el sentido
espiritual no se debe confundir con las interpretaciones subjetivas dictadas
por la imaginación o la especulación intelectual». El sentido espiritual
proviene de «tres niveles de realidad: el texto bíblico (en su sentido
literal), el misterio pascual y las circunstancias presentes de vida en el
Espíritu»[28].
Es necesario partir en cada caso del texto bíblico como primario e
insustituible también en la acción pastoral.
c. Considerando que la Nota de la
Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia,
en general, no ha superado el círculo de los expertos, será necesario
comprometerse a ayudar a los lectores creyentes a conocer las leyes elementales
de una aproximación al texto bíblico. De gran valor son los subsidios
elaborados con este objetivo.
d. En esta perspectiva han de ser
consideradas, rectamente comprendidas y recuperadas la extraordinaria exégesis
de los Padres[29]
y la gran intuición medieval de los “cuatro sentidos de la Escritura”, puesto
que no han perdido interés; no han de ser descuidadas las diversas resonancias
y tradiciones que la Biblia suscita en la vida del pueblo de Dios, en las
figuras de los santos, de los maestros espirituales y de los testigos.
Asimismo, ha de ser considerada la contribución de las ciencias teológicas y
humanas; la “historia de los efectos” (Wirkungsgeschichte),
especialmente en el arte, puede ser un fecundo testimonio de lectura espiritual.
Puesto que la Biblia es leída también por los no creyentes, que evidencian el
valor antropológico, puede ser enriquecedora una correcta interpretación de
este aspecto. La Sagrada Escritura se debe leer en comunión con la Iglesia de
todos los lugares y de todos los tiempos, con los grandes testigos de la
Palabra, desde los primeros Padres hasta los santos e incluyendo el Magisterio
actual[30].
e. Hay que subrayar el pedido hecho
al Sínodo no solo de afrontar los clásicos problemas de la Biblia, sino también
de poner en relación con ella los problemas actuales, como la bioética y la
inculturación. Podemos decir esto con una expresión frecuente en los grupos
bíblicos: “¿Cómo se va desde la vida al texto y del texto a la vida?”, o
también “¿cómo leer la Biblia con la vida y la vida con la Biblia?”
f. Se ha de señalar, desde el punto
de vista de la comunicación de la fe, un nuevo problema de la hermenéutica
bíblica. Dicho problema no se relaciona solamente con la comprensión del
lenguaje bíblico, sino también con el conocimiento de la cultura actual, que
está siempre menos vinculada a la palabra oral o escrita, y más orientada hacia
una cultura electrónica, por lo cual la proclamación tradicional de la palabra
puede resultar tediosa a los oyentes, invadidos por las técnicas informáticas.
CAPÍTULO TERCERO
Actitud
requerida a quien escucha la Palabra
«Escucha, pueblo mío» (Sal 50, 7)
De las respuestas de los Obispos a
los Lineamenta
resulta que es necesario cultivar en el pueblo una relación orante, personal y
comunitaria, con la Palabra de Dios, la cual suscita y nutre la respuesta de
fe.
Una palabra eficaz
23. Los sujetos del evento de la
Palabra son Dios, que la anuncia, y el destinatario, persona individual o
comunidad. Dios habla, pero sin la escucha del creyente la Palabra se muestra
dicha, pero no recibida. Por ello se puede decir que la revelación bíblica es
el encuentro entre Dios y el pueblo en la experiencia de la única Palabra y que
entre ambos hacen la Palabra. La fe obra, la Palabra crea.
El texto de Hb 4, 12-13, junto
con el de Is 55, 9-11 y tantos otros textos, afirma la inefable eficacia
de la Palabra de Dios. ¿Cómo entender tal eficacia? La pregunta se hace aún más
necesaria por un hecho propuesto por diversas contribuciones de los Obispos,
según el cual algunos cristianos neófitos dan a la lectura del Libro Sagrado un
valor casi mágico, sin un personal y específico empeño de responsabilidad. En
realidad, la Palabra de Dios despliega su eficacia, como afirma el sembrador
(cf. Mc 4, 1-20), cuando se quitan los obstáculos y se ponen las
condiciones para que la semilla de la Palabra dé frutos.
En cuanto al tipo de eficacia propio
de la Palabra de Dios, es iluminador otro texto evangélico, que utiliza la
imagen de la semilla que debe morir para dar fruto: Cristo habla de la
necesidad de su muerte para cumplir el plan de salvación. La cruz es
directamente potencia y sabiduría de Dios; el evangelio es la «predicación de
la cruz», escribe S. Pablo a los cristianos de Corinto (1 Cor 1, 18). La
eficacia de la Palabra es, por lo tanto, del orden de la cruz. Palabra y cruz
son dos realidades que se colocan en el mismo nivel. En ellas toda la potencia
está en el dinamismo del amor divino que las atraviesa: «Tanto amó Dios al
mundo que dio a su Hijo unigénito» (Jn 3, 16; cf. Rm 5, 8).
Encuentra el fruto de la Palabra quien cree en el amor de Dios que la
pronuncia. Entonces la potencialidad de la Palabra de Dios se hace concreta, se
realiza, se hace verdaderamente personal.
El creyente: aquel que escucha la
Palabra de Dios en la fe
24. «Cuando Dios se revela, el hombre
tiene que someterse con la fe». A Él, que hablando se dona, el hombre
escuchándolo «se entrega entera y libremente» (DV 5). El hombre que,
también en virtud de la íntima estructura de la persona es oyente de la
Palabra, recibe de Dios la gracia de responder en la fe. Ello implica, de parte
de la comunidad y de cada creyente, una actitud de plena adhesión a una
propuesta de total comunión con Dios y de entrega a su voluntad (cf. DV
2). Esta actitud de fe comunional se manifestará en cada encuentro con la
Palabra de Dios, en la predicación viva y en la lectura de la Biblia. No es
casual que la Dei Verbum aplique al Libro Sagrado cuanto afirma
globalmente de la Palabra de Dios: «Dios invisible (cf. Col 1,15; 1
Tim 1,17), movido por amor, habla a los hombres como a amigos (cf. Ex
33, 11 ; Jn 15,14-15), trata con ellos para invitarlos y recibirlos en
su compañía» (DV 2). «En los Libros sagrados, el Padre, que está en el
cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos» (DV
21). La Revelación es comunión de amor, que la Escritura frecuentemente expresa
con el término alianza. En síntesis, se trata de una actitud de oración:
«diálogo de Dios con el hombre, pues “a Dios hablamos cuando oramos, a Dios
escuchamos cuando leemos sus palabras”[31]
» (DV 25).
La Palabra de Dios transforma la vida
de aquellos que se acercan a ella con fe. La Palabra no se extingue nunca, es
nueva cada día. Mas para que esto suceda es necesaria una fe que escucha. La
Escritura atestigua en varias ocasiones que la escucha es lo que hace de Israel
el pueblo de Dios: «Si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis
mi propiedad personal entre todos los pueblos» (Ex 19, 5; cf. Jr
11, 4). La escucha crea una pertenencia, un vínculo, hace entrar en la alianza.
En el Nuevo Testamento la escucha es directa con respecto a la persona de
Jesús, el Hijo de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco;
escuchadle» (Mt 17, 5 e par.).
El creyente es uno que escucha. El
que escucha confiesa la presencia de aquel que habla y desea comprometerse con
él; quien escucha busca en sí mismo un espacio para que el otro pueda habitar
en él; aquel que escucha se abre con confianza al otro que habla. Por ello los
evangelios piden el discernimiento de aquello que se escucha (cf. Mc 4,
24) y llaman la atención sobre cómo se escucha (cf. Lc 8, 18); en
efecto: ¡nosotros somos aquello che escuchamos! La figura antropológica que la
Biblia desea construir es aquella del hombre capaz de escuchar, dotado de un
corazón que escucha (cf. 1 Re 3, 9). Siendo esta escucha no una mera audición
de frases bíblicas sino un discernimiento pneumático de la Palabra de Dios,
esto exige la fe y debe acontecer en el Espíritu Santo.
María, modelo de recepción de la
Palabra para el creyente
25. En la historia de la salvación
emergen grandes figuras de oyentes y de evangelizadores de la Palabra de Dios:
Abraham, Moisés, los profetas, los Santos Pedro y Pablo, los otros apóstoles,
los evangelistas. Ellos escuchando fielmente la Palabra del Señor y
comunicándola han hecho espacio al Reino de Dios.
En esta perspectiva, un papel central
asume la figura de la Virgen María, la cual ha vivido en modo incomparable el
encuentro con la Palabra de Dios, que es el mismo Jesús. Por este motivo, ella
es un modelo providencial de toda escucha y anuncio. Educada en la familiaridad
con la Palabra de Dios en la experiencia intensa de las Escrituras del pueblo
al cual ella pertenecía, María de Nazaret, desde el evento de la Anunciación
hasta la Cruz, y aún hasta Pentecostés, recibe la Palabra en la fe, la medita,
la interioriza y la vive intensamente (cf. Lc 1, 38; 2, 19.51; Hch
17, 11). En virtud de su “sí”, dado inicialmente, y nunca interrumpido, a la
Palabra de Dios, ella sabe observar en torno a sí y vive las urgencias del
cotidiano, siendo consciente que lo que recibe como don del Hijo es don para
todos: en el servicio a Isabel, en Caná y junto a la cruz (cf. Lc 1, 39;
Jn 2, 1-12; 19, 25-27). Por lo tanto, a ella se aplica cuanto ha dicho
Jesús en su presencia: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la
palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8, 21). «Al estar íntimamente
penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra
encarnada»[32].
En particular, debe considerarse su
modo de escuchar la Palabra. El texto evangélico «María, por su parte,
guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19)
significa que ella escuchaba y conocía las Escrituras, las meditaba en su
corazón a través de un proceso interior de maduración, donde la inteligencia no
está separada del corazón. María buscaba el sentido espiritual de la Escritura
y lo encontraba relacionándolo (symballousa) con las palabras, con la
vida de Jesús y con los acontecimientos que ella iba descubriendo en la
historia personal. María es nuestro modelo tanto para acoger la fe, la Palabra,
como para estudiarla. A ella no le basta recibirla, la medita atentamente. No
solamente la posee, sino que al mismo tiempo la valoriza. Le da su
consentimiento, pero también la pone en práctica. Así María se transforma en un
símbolo para nosotros, para la fe de las personas simples y para aquella de los
doctores de la Iglesia, que buscan, sopesan, definen cómo profesar el
Evangelio.
Recibiendo la Buena Noticia, María se
presenta como el tipo ideal de la obediencia de la fe y se transforma en ícono
viviente de la Iglesia al servicio de la Palabra. Afirma Isaac de la Estrella:
«En las Escrituras, divinamente inspiradas, aquello que es dicho en general de
la virgen madre Iglesia se entiende singularmente de la virgen madre María
[...]. Heredad del Señor en modo universal es la Iglesia, en modo especial es
María, en modo particular el alma de cada fiel. En el tabernáculo del vientre
de María Cristo habitó nueve meses, en el tabernáculo de la fe de la Iglesia
hasta el fin del mundo, en el conocimiento y en el amor del alma fiel para la
eternidad»[33].
María enseña a no permanecer como extraños espectadores ante una Palabra de
vida, sino a transformarse en participantes, haciendo propio el “heme aquí” de
los profetas (cf. Is 6, 8) y dejándose conducir por el Espíritu Santo
que habita en nosotros. Ella “magnifica” el Señor descubriendo en su vida la
misericordia de Dios, que la hace “beata” porque «ha creído que se
cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor» (Lc 1,
45). Dice San Ambrosio que todo cristiano que cree, concibe y genera el Verbo
de Dios. Si hay una sola madre de Cristo según la carne, según la fe, en
cambio, Cristo es el fruto de todos[34].
Incidencias pastorales
26. Las incidencias pastorales en
relación a la fe en la Palabra de Dios son notables.
a. Se puede leer la Biblia sin fe,
pero sin fe no se puede escuchar la Palabra de Dios. Un grupo bíblico es válido
si, mientras lee la Biblia, se educa en la fe, conformando la vida cristiana
según las indicaciones que ofrece la Biblia e iluminando con la fe los momentos
difíciles.
b. Al hombre de hoy se le debe hablar
de manera positiva y alentadora, ofreciéndole sugerencias múltiples para
acercarse al texto, a la lectura espiritual, a la oración, a la posibilidad de
compartir la Palabra. Se trata principalmente de aproximarse a la Palabra, no
tanto como depósito de referencias dogmáticas pastorales, sino como fuente de
agua viva, en la sorpresa gozosa de escuchar al Señor en el propio contexto de
vida. Se trata de poner en acto el círculo hermenéutico completo: creer para
comprender, comprender para creer; la fe busca la inteligencia, la inteligencia
se abre a la fe. El relato de Emaús es un modelo ejemplar de encuentro del
creyente con la misma Palabra encarnada (cf. Lc 24, 13-35).
c. «Escucha, Israel», «Shemà
Israel», es el mandamiento primario del pueblo de Dios (Dt 6, 4).
«Escucha» es también la primera palabra de la Regla de San Benito. Dios invita
al fiel a escuchar con el oído del corazón. El corazón en la Biblia no es solo
la sede de los sentimientos o de la emoción, sino el centro más profundo de la
persona donde se toman las decisiones. Por ello es necesario el silencio que se
prolonga más allá de las palabras. El Espíritu Santo hace entender y comprender
la Palabra de Dios, uniéndose silenciosamente a nuestro espíritu (cf. Rm
8, 26-27).
d. Es necesario escuchar como María y
con María, madre y educadora de la Palabra de Dios. Existe la forma simple y
universal de escucha orante de la Palabra que son los misterios del Rosario. El
Papa Juan Pablo II ha puesto en luz la riqueza bíblica del mismo, definiéndolo
«compendio del Evangelio», en el cual la enunciación del misterio «deja hablar
a Dios», permite «contemplar a Cristo con María»[35].
Más aún, como la Virgen María, templo del Espíritu, en una vida silenciosa,
humilde y escondida, así la Iglesia toda ha de ser educada para testimoniar
este estrecho vínculo entre Palabra y Silencio, Palabra y Espíritu de Dios. La
escucha de la Palabra en la fe se transforma luego en el creyente en
comprensión, meditación, comunión, participación, actuación: se perciben aquí
los lineamientos de la Lectio Divina, como la vía privilegiada del
acercamiento del creyente a la Biblia.
e. Es justo recordar que la actitud
de fe se refiere a la Palabra de Dios en todos sus signos y lenguajes. Es una
fe que recibe de la Palabra una comunicación de verdad a través del relato o la
fórmula doctrinal; una fe que reconoce la Palabra de Dios como estímulo
primario para una conversión eficaz, luz para responder a tantas preguntas del
creyente, guía para un discernimiento sapiencial de la realidad, solicitación a
actuar la Palabra (cf. Lc 8, 21), y no solo a leerla o a decirla, y
finalmente fuente permanente de consolación y esperanza. De ahí se sigue el
deber de reconocer y asegurar el primado a la Palabra de Dios en la propia vida
de los creyentes, acogiéndola así como la Iglesia la anuncia, la comprende y la
vive.
f. Finalmente, para muchas personas
que no saben leer es necesario proponer adecuados servicios de comunicación de
la Palabra traducida en las lenguas correspondientes.
SEGUNDA PARTE
LA
PALABRA DE DIOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA
«Porque cuanto aventajan los cielos a
la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los
vuestros. Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá,
sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé
simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi
boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y
haya cumplido aquello a que la envié» (Is
55, 9-11).
CAPÍTULO CUARTO
La Palabra de Dios vivifica la
Iglesia
«La carta que Dios ha enviado a los hombres» [36]
Cuando el Espíritu Santo inicia a
mover la vida del pueblo, uno de los primeros y más fuertes signos es el amor a
la Palabra de Dios en la Escritura y el deseo de conocerla mejor. Esto acontece
porque la Palabra de la Escritura es una palabra que Dios dirige a cada uno
personalmente como una carta en las concretas circunstancias de la vida. Tiene
una inmediatez extraordinaria y el poder de penetrar en lo íntimo del ser
humano. En efecto:
— la Iglesia nace y vive de la
Palabra de Dios;
— la Palabra de Dios sostiene la Iglesia a lo largo de la historia;
— la Palabra de Dios penetra y anima, con la potencia del Espíritu Santo, toda
la vida de la Iglesia.
La Iglesia nace y vive de la Palabra
de Dios
27. En los Hechos de los Apóstoles
se lee acerca de Pablo y Bernabé que en Antioquía «A su llegada reunieron a
la iglesia y se pusieron a contar todo cuanto Dios había hecho juntamente con
ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe» (Hch
14, 27).
El Sínodo es el lugar en el cual se
podrán ciertamente sentir «los signos y prodigios» de la Palabra de Dios, como
ya sucedió en Antioquía y en la asamblea de Jerusalén que escuchaba a Bernabé y
Pablo (cf. Hch 15, 12). En efecto, en todas las Iglesias particulares se
hacen múltiples experiencias de la Palabra de Dios: en la Eucaristía, en la Lectio
Divina, comunitaria y personal, en la jornada de la Biblia, en los cursos
bíblicos, en los grupos de Evangelio o de escucha de la Palabra de Dios, en el
camino bíblico diocesano, en los ejercicios espirituales, en las
peregrinaciones a Tierra Santa, en las celebraciones de la Palabra, en las
expresiones de la música, de las artes plásticas, de la literatura y del cine.
Múltiples constataciones emergen de
las respuestas a los Lineamenta:
— Después del Concilio Vaticano II,
se lee más la Palabra de Dios, especialmente en referencia a la liturgia
eucarística. En muchas Iglesias se ofrece un puesto privilegiado a la Biblia,
exponiéndola en modo visible junto al altar o sobre el altar, como se
acostumbra en las Iglesias Orientales.
— Es necesario un notable esfuerzo de
parte de la Iglesia para que el acceso a la Sagrada Escritura sea un hecho
popular. Conferencias episcopales, diócesis, parroquias, comunidades
religiosas, asociaciones y movimientos han emprendido la gran vía de la Palabra
de Dios en manera del todo nueva respecto a unos años atrás.
— El deseo de ser introducidos en el
gusto de la Palabra de Dios, para algunos prevalece respecto a otras exigencias
del servicio pastoral. Tal deseo, de todos modos, permanece como necesidad de
fondo aún de la gente más distraída, que se demuestra sensible al Jesús de los
Evangelios.
— Esto no excluye que el grado de
familiaridad con la Palabra de Dios sea diversificado. En el mundo de antigua
cristiandad la Biblia se encuentra en las casas más que en otros tiempos, pero
tal vez no siempre como Libro verdaderamente leído. Datos estadísticos en una
parte del mundo atestiguan que debe crecer sensiblemente el uso significativo
de la Biblia, así como también debe madurar la consciencia del rol fundante y
decisivo de la Palabra de Dios para una vida de fe.
— Diverso es el dato de otras zonas
geográficas donde el problema es más bien la escasez de medios, en particular
de traducciones. Es edificante recordar las experiencias que estos hermanos y
hermanas, frecuentemente pobres, viven en contacto con la Palabra de Dios.
Valga, al menos como ejemplo autorizado, cuanto se lee en la Nota de la
Pontificia Comisión Bíblica: «hay que alegrarse de ver que gente humilde y
pobre, toma la Biblia en sus manos y puede aportar a su interpretación y
actualización una luz más penetrante, desde el punto de vista espiritual y
existencial, que la que viene de una ciencia segura de sí misma»[37].
— Se manifiesta una paradoja: al hambre
de la Palabra de Dios no siempre corresponde una predicación adecuada de parte
de los Pastores de la Iglesia, por carencias en la preparación del seminario o
en el ejercicio pastoral.
La Palabra de Dios sostiene la
Iglesia a lo largo de la historia
28. Es un dato constante en la vida
del pueblo de Dios, la cual no es estática, sino que se propaga (cf. 2 Ts
3, 1) y desciende, como una lluvia fecunda desde el cielo (cf. Is 55,
10-11). Esto acontece desde cuando hablaban los profetas al pueblo, Jesús a la
gente y a los discípulos, los apóstoles a la primera comunidad, y hasta en
nuestros días. Podemos bien decir que el servicio de la Palabra de Dios
caracteriza las diversas épocas dentro del mismo mundo bíblico y después en la
historia de la Iglesia.
Así en el tiempo de los Padres, la
Escritura se encuentra en el centro, como una fuente, de la cual se nutren la
teología, la espiritualidad y la orientación pastoral. Los Padres son los
maestros insuperables de aquella lectura espiritual de la Escritura que, cuando
es genuina, no descuida la letra, es decir, el correcto sentido histórico, pero
es capaz de leer la letra en el Espíritu. En el Medioevo, la Sagrada Página
constituye la base de la reflexión teológica; para encontrarla adecuadamente se
elabora la doctrina de los cuatro sentidos: literal, alegórico, tropológico y
anagógico[38].
En el período antiguo la Palabra de Dios en la Lectio Divina constituye
la forma monástica de la oración; es fuente de inspiración artística; se
transmite al pueblo en tantas formas de predicación y de piedad popular. En la
edad moderna, el surgimiento del espíritu crítico, el progreso científico, la
división entre los cristianos y el consiguiente empeño ecuménico, estimulan, no
sin dificultad y contrastes, un estudio más correcto y al mismo tiempo una
mejor comprensión del misterio de la Escritura en el seno de la Tradición. En
la época contemporánea se desarrolla el proyecto de renovación basado en la
centralidad de la Palabra de Dios, que a través del Concilio Vaticano II
continúa hasta el presente Sínodo.
En el cuadro de la grande Tradición,
cada Iglesia particular se desarrolla en el tiempo con características y modos
propios. Sobre todo, como enseña aún la historia, es posible ver conexiones,
influencias e intercambios recíprocos. Mientras tanto, es necesario registrar
una doble noticia: por una parte, se puede constatar que la Palabra de Dios se
difunde y evangeliza las diversas Iglesias particulares de los cinco
continentes: en ellas se encarna progresivamente, transformándose en alma
vivificadora de la fe de tantos pueblos, fundamental factor de comunión, fuente
de inspiración y de transformación de las culturas y de la sociedad; por otra
parte, parece que la pastoral bíblica sufre por razones históricas, vinculadas
al momento de la evangelización, pero también por problemas reales de fe en el
diverso contexto de vida o por carencias económicas.
La Palabra de Dios penetra y anima,
con la potencia del Espíritu Santo, toda la vida de la Iglesia
29. Existe una correlación entre el
uso de la Biblia, la concepción de la Iglesia y la praxis pastoral. La adecuada
relación se realiza cuando el Espíritu Santo crea armonía entre Escritura y
Comunidad. Por lo tanto será importante respetar la necesidad interior que
estimula la comunidad al encuentro con la Palabra de Dios, pero se cuidará
también de controlar aquella sensibilidad que exalta la espontaneidad, la
experiencia estrictamente subjetiva y la sed de lo prodigioso. Así también se
prestará atención a lo que dice el texto de la Escritura, tratando de meditarlo
para comprender el sentido literal, antes de aplicarlo a la vida. No es una
cosa siempre fácil. Se señala el riesgo del fundamentalismo, fenómeno
que tiene amplios matices antropológicos, sociológicos y psicológicos, pero que
se aplica en modo particular a la lectura bíblica y a la consiguiente
interpretación del mundo. A nivel de lectura bíblica, el fundamentalismo se
refugia en el literalismo y rechaza tener cuenta de la dimensión histórica de
la revelación bíblica y así no logra aceptar plenamente la misma Encarnación.
«Este género de lectura encuentra cada vez más adeptos [...] también entre los
católicos [...] el fundamentalismo [...] exige una adhesión incondicionada a
actitudes doctrinarias rígidas e impone, como fuente única de enseñanza sobre
la vida cristiana y la salvación, una lectura de la Biblia que rehúsa todo
cuestionamiento y toda investigación crítica»[39].
La forma extrema de este tipo de tendencia es la secta. Aquí la
Escritura ya no cuenta con la acción dinámica y vivificadora del Espíritu y la
comunidad se atrofia, como un cuerpo inerte, transformándose en un grupo
cerrado, que no admite diferencias ni pluralidad en el propio seno y muestra
una actitud agresiva hacia otros modos de pensar[40].
En cambio, urge mantener viva en la
comunidad la docilidad al Espíritu Santo, superando el riesgo de apagar el
Espíritu con el excesivo activismo y la exterioridad de la vida de fe, evitando
el peligro de la burocratización de la Iglesia, de la acción pastoral limitada
a sus aspectos institucionales y de la reducción de la lectura bíblica a una
actividad más entre otras.
30. Es necesario tener presente que,
como afirma Jesús, el Espíritu guía a la Iglesia hacia la verdad entera (cf. Jn
16, 13), por lo tanto hace comprender el verdadero sentido de la Palabra de
Dios, conduciendo finalmente al encuentro con el Verbo mismo, el Hijo de Dios,
Jesús de Nazaret. El Espíritu es el alma y el exégeta de la Sagrada Escritura.
Por este motivo, no solo «se ha de leer [la Escritura] con el mismo Espíritu
con que fue escrita» (DV 12), sino que la misma Iglesia, guiada por el Espíritu,
trata de alcanzar una comprensión cada vez más profunda de la Escritura para
alimentar a sus hijos, valiéndose en particular del estudio de los Padres de
Oriente y de Occidente (cf. DV 23), de la investigación exegética y
teológica, de la vida de los testigos y de los santos.
A este respecto, es muy valiosa la
línea trazada en los Praenotanda del Leccionario, donde se afirma: «Para
que la Palabra de Dios realice efectivamente en los corazones lo que suena en
los oídos, se requiere la acción del Espíritu Santo, con cuya inspiración y
ayuda la Palabra de Dios se convierte en fundamento de la acción litúrgica y en
norma y ayuda de toda la vida. Por consiguiente, la actuación del Espíritu no
sólo precede, acompaña y sigue a toda acción litúrgica, sino que también va
recordando, en el corazón de cada uno (cf. Jn 14, 15-17.25-26; 15, 26 -
16, 15) , aquellas cosas que, en la proclamación de la Palabra de Dios, son
leídas para toda la asamblea de los fieles, y, consolidando la unidad de todos,
fomenta asimismo la diversidad de carismas y proporciona la multiplicidad de
actuaciones»[41].
La comunidad cristiana, por lo tanto,
se construye cada día dejándose guiar por la Palabra de Dios, bajo la acción
del Espíritu Santo, que ilumina, convierte y consuela. En efecto, «todo
cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que
con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza»
(Rm 15, 4). Es un deber primario de los Pastores ayudar a los fieles a
comprender qué significa encontrar la Palabra de Dios bajo la guía del
Espíritu, cómo en particular tal encuentro tiene lugar en la lectura espiritual
de la Biblia, en la actitud de la escucha y de la oración. A este propósito
afirma Pedro Damasceno: «Aquel que tiene experiencia del sentido espiritual de
las Escrituras sabe que el sentido de la palabra más simple de la Escritura y el
de aquella excepcionalmente sapiente son una sola cosa y están orientadas a la
salvación del hombre»[42].
Incidencias pastorales
31. Si la Palabra de Dios es fuente
de vida para la Iglesia, resulta esencial considerar la Sagrada Escritura como
alimento vital. Esto implica:
a. Realizar un constante control
sobre el efectivo lugar que la Palabra de Dios ocupa en la vida de la propia
comunidad, sobre las experiencias más constructivas y también sobre los riesgos
más comunes.
b. Reconocer la historia y la
difusión de la Palabra de Dios en la propia comunidad, diócesis, nación,
continente y en la Iglesia en general, para comprender las grandes acciones de
Dios (magnalia Dei), para percibir mejor las necesidades y las
iniciativas que deben programarse, así como también para ofrecer solidaridad a
las comunidades pobres de recursos materiales y espirituales.
c. Para llevar adelante en manera
incisiva una pastoral animada por la Palabra de Dios es indispensable reconocer
y promover el papel insustituible de las Iglesias particulares en comunión
entre ellas. Es, a partir de la efectiva iniciativa de ellas, como pueblo de
Dios unido con el Obispo, que surgen experiencias grandes y pequeñas y se crea
un flujo continuo de la Palabra en las diversas comunidades.
CAPÍTULO QUINTO
La
Palabra de Dios en los diversos servicios de la Iglesia
«El pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios
y del Cuerpo de Cristo» (DV 21)
Ministerio de la Palabra
32. «La predicación de la Iglesia,
como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir con la Sagrada
Escritura» (DV 21). Con esta afirmación el Concilio Vaticano II indica
empeños específicos que requieren intervenciones concretas.
Nótese que el servicio de la Palabra
en las Iglesias particulares se está realizando en los diversos ámbitos y
expresiones de vida, con un programa que lleva a reconocer al momento litúrgico
de la Eucaristía y de cada sacramento el aspecto primario de la experiencia de
la Palabra de Dios. Se advierte la necesidad de considerar la lectura orante en
la forma de la Lectio Divina, a nivel comunitario y personal, como la
meta alta y común, así como también la necesidad de promover una catequesis que
sea una iniciación a la Sagrada Escritura, vivificando con ella los programas
catequísticos y los mismos catecismos, la predicación y la piedad popular. Es
conveniente además estimular el encuentro con la Palabra de Dios a través del
Apostolado bíblico, preocupándose por el nacimiento y la guía de los grupos
bíblicos y haciendo que la Palabra, pan de vida, se transforme también en pan
material, es decir, conduzca a ayudar a los pobres y a los que sufren. Se retiene
urgente valorizar la Palabra también con estudios y encuentros que pongan de
relieve sus relaciones con la cultura y con el espíritu humano, en un contexto
interreligioso e intercultural. Para realizar estos objetivos, se exige una fe
atenta, dedicación apostólica, preocupación pastoral inteligente, creativa y
continua, en un ejercicio que favorezca el espíritu de comunión. En ningún otro
ámbito como en éste, emerge la exigencia de una pastoral continuamente animada
por la Biblia.
En esta perspectiva de unidad y de
interacción, ha de ser reconocido y estimulado plenamente el dinamismo según el
cual la Palabra de Dios encuentra al hombre, dinamismo que está en la base de
toda la acción pastoral de la Iglesia: la Palabra anunciada y escuchada quiere
hacerse Palabra celebrada a través de la Liturgia y de los sacramentos, para
promover una vida según la Palabra, a través de la experiencia de la comunión,
de la caridad y de la misión[43].
La experiencia en la liturgia y en la
oración
33. De la experiencia de las
Iglesias particulares emergen algunos puntos comunes: el encuentro con la
Palabra de Dios acontece, para una gran mayoría de los cristianos en todas
partes del mundo, solamente en la celebración eucarística dominical; crece la
consciencia en el pueblo de Dios acerca de la importancia de la liturgia de la
Palabra de Dios gracias también a la renovación de la ordenación de la misma en
el nuevo Leccionario; algunos esperan sin embargo una revisión del Leccionario
en vista de una mejor sintonía entre las tres lecturas, además de una mayor
fidelidad a los textos originales; acerca de la homilía, se espera un neto
mejoramiento; algunas veces se configura la liturgia de la Palabra como una
forma de Lectio Divina; el Oficio Divino, finalmente, no ha logrado una
amplia difusión entre el pueblo. Por otra parte, se nota que el pueblo de Dios
no ha sido verdaderamente introducido a la teología de la Palabra de Dios en la
liturgia, la vive aún pasivamente, sin advertir en ella el carácter
sacramental, ignorando las ricas Introducciones de los libros litúrgicos
porque los Pastores no siempre parecen interesarse en ellas; el vasto mundo de
los signos propios de la liturgia de la Palabra aparece con frecuencia reducido
a formalidades rituales sin una comprensión interior; la relación entre Palabra
de Dios y sacramentos, en particular el sacramento de la reconciliación,
aparece escasamente valorizada.
La motivación teológico-pastoral:
Palabra, Espíritu, Liturgia, Iglesia
34. A todos los niveles de la vida
eclesial es necesario madurar la comprensión de la liturgia como lugar
privilegiado de la Palabra de Dios, que edifica la Iglesia. Es importante,
por lo tanto, hacer algunas afirmaciones basilares.
— La Biblia es el libro de un
pueblo para un pueblo. Ella es una herencia, un testamento consignado a
lectores, para que realicen en sus vidas la historia de la salvación
atestiguada en lo que está escrito. Existe, por lo tanto, una relación de
recíproca vital pertenencia entre pueblo y Libro: la Biblia continúa siendo un
Libro vivo con el pueblo que la lee; el pueblo no subsiste sin el Libro, porque
en éste encuentra su razón de ser, su vocación y su identidad.
— Esta mutua pertenencia entre pueblo
y Sagrada Escritura es celebrada en la asamblea litúrgica, que es el lugar en
el cual acontece la obra de recepción de la Biblia. El discurso de Jesús en la
Sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4, 16—21) es significativo en este sentido.
Aquello que sucedió entonces, sucede también hoy cada vez que hay una
proclamación de la Palabra de Dios en una liturgia.
— La proclamación de la Palabra de
Dios contenida en la Escritura, es acción del Espíritu: así como ha obrado para
que la Palabra se transformase en Libro, ahora en la liturgia transforma el
Libro en Palabra. En la tradición alejandrina hay una doble epíclesis, es decir
una invocación del Espíritu antes de la proclamación de las lecturas y una
segunda después de la homilía[44]:
es el Espíritu que guía el presidente en la misión profética de comprender,
proclamar y explicar adecuadamente la Palabra de Dios a la asamblea y,
paralelamente, lo lleva a invocar una justa y digna recepción de la Palabra de
parte de la comunidad reunida.
— La asamblea litúrgica,
gracias al Espíritu Santo, escucha a Cristo, «pues cuando se lee en la Iglesia
la Sagrada Escritura, es Él quien habla» (SC 7) y acepta la alianza que
Dios renueva con su pueblo. Escritura y liturgia convergen, por lo tanto, en el
único fin de llevar al pueblo al diálogo con el Señor. La Palabra que sale de
la boca de Dios y es atestiguada en las Escrituras vuelve a Él en forma de
respuesta orante del pueblo (cf. Is 55, 10-11).
— En la liturgia, y principalmente en
la asamblea eucarística, tiene lugar la proclamación de la Escritura en
Palabra, caracterizada por un dinamismo dialógico profundo. Desde el
comienzo, en la historia del pueblo de Dios, tanto en el tiempo bíblico como en
el post-bíblico, la Biblia ha sido siempre el Libro destinado a regir la
relación entre Dios y su pueblo; es decir, el libro para el culto y la oración.
En efecto, la liturgia de la Palabra «no es tanto un momento de meditación y de
catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son
proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las
exigencias de la alianza»[45].
— Importante para toda la Iglesia,
pero sobre todo para la vida consagrada, es, dentro de la relación Palabra-liturgia,
la oración del Oficio Divino. La Liturgia de las Horas ha de ser asumida
como lugar privilegiado de formación a la oración, especialmente gracias a los Salmos,
en los cuales se manifiesta en modo evidente el carácter divino-humano de la
Escritura. Los Salmos enseñan a rezar conduciendo quien los canta o
recita a escuchar, interiorizar e interpretar la Palabra de Dios.
— Acoger la Palabra de Dios en la
oración litúrgica, además de hacerlo en la oración personal y comunitaria, es
un objetivo ineludible para todos los cristianos, por lo cual ellos están
llamados a tener una nueva visión de la Sagrada Escritura. Más que un Libro
escrito, ha de ser considerada como una proclamación y una atestiguación del
Espíritu Santo sobre la persona de Cristo, según la afirmación conciliar ya
citada, «presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada
Escritura, es Él quien habla» (SC 7). De ello se deriva que «en la
celebración litúrgica, la importancia de la Sagrada Escritura es sumamente grande»
(SC 24).
Palabra de Dios y Eucaristía
35. Mientras en la praxis la liturgia
de la Palabra aparece con frecuencia improvisada y a veces no suficientemente
conectada con la Liturgia Eucarística, la íntima unidad entre Palabra y
Eucaristía tiene su raíz en el testimonio de la Escritura (cf. Jn 6),
según lo atestiguan los Padres de la Iglesia y confirma el Concilio Vaticano II
(cf. SC 48.51.56; DV 21.26; AG 6.15; PO 18; PC
6). En la grande Tradición de la Iglesia encontramos expresiones significativas
como: «Corpus Christi intelligitur etiam [...] Scriptura Dei»
(también la Escritura de Dios se considera Cuerpo de Cristo)[46],
«ego Corpus Iesu Evangelium puto» (considero el Evangelio Cuerpo de
Jesús)[47].
La creciente consciencia de la
presencia de Cristo en la Palabra favorece tanto la preparación inmediata a la
celebración eucarística como la unión con el Señor en las celebraciones de la
Palabra. Por lo tanto, este Sínodo se ubica en relación de continuidad con el
precedente sobre la Eucaristía e invita a una reflexión específica sobre la
relación entre Palabra de Dios y Eucaristía[48].
Afirma San Jerónimo: «la carne del Señor, verdadero alimento, y su sangre,
verdadera bebida, constituyen el verdadero bien que nos está reservado en la
vida presente: nutrirse de su carne y beber su sangre, no solo en la
Eucaristía, sino también en la lectura de la Sagrada Escritura. En efecto, la
Palabra de Dios es verdadero alimento y verdadera bebida, que se alcanza a
través del conocimiento de las Escrituras»[49].
Palabra y economía sacramental
36. La Palabra debe ser vivida en la
economía sacramental, como recepción de potencia y de gracia, no solo como
comunicación de verdad, de doctrina y de precepto ético. Ella suscita un encuentro
en quien escucha con fe, que se transforma en celebración de la alianza.
La misma atención deberá prestarse a
toda forma de encuentro con la Palabra en la acción litúrgica: en los
sacramentos, en la celebración del Año Litúrgico, en la Liturgia de las Horas,
en los sacramentales. En particular, se ha de prestar atención a la Liturgia de
la Palabra en la celebración de los tres sacramentos de la Iniciación
cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Se pide una nueva consciencia
acerca del anuncio de la Palabra de Dios en la celebración, especialmente en la
individual, del sacramento de la Penitencia. La Palabra de Dios debe ser
también valorizada en la diversas formas de la predicación y de la piedad
popular.
Incidencias pastorales
37. El primer lugar en la atención
pastoral corresponde a la Eucaristía, en cuanto «mesa de la Palabra de Dios y
del Cuerpo de Cristo» íntimamente unidos (DV 21), principalmente en el
Día del Señor. La Eucaristía «es el lugar privilegiado donde la comunión es
anunciada y cultivada constantemente»[50].
Si se considera además que para la mayoría de los cristianos la Misa dominical
es actualmente el único momento de encuentro sacramental con el Señor, ella
debe ser vista como un don y una tarea que se ha de promover, con pasión
pastoral, con celebraciones auténticas y gozosas. La Eucaristía celebrada según
esta íntima fusión de Palabra, sacrificio y comunión constituye un objetivo
primario del anuncio y de la vida cristiana.
Se ha de dedicar especial empeño en
favor de un desarrollo armónico de las diversas partes de la liturgia de la Palabra:
anuncio de las lecturas, homilía, profesión de fe y oración de los fieles,
enfatizando la íntima conexión con la liturgia eucarística[51]
Aquel de quien hablan los textos se hace presente en el sacrificio total de sí
mismo al Padre.
Es necesario valorizar las Introducciones,
que explican el contenido de la liturgia, en particular los Praenotanda del
Misal Romano, las Anáforas orientales, el Ordo Lectionum Missae,
los Leccionarios, el Oficio Divino, y hacer de todo ello el
objeto de formación litúrgica de los Pastores y de los fieles, junto con la
Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II.
También sobre la traducción se exige
una menor fragmentación de los pasajes y más fidelidad al texto original. Se
recuerda que en la liturgia, rito y palabra deben permanecer íntimamente
vinculados (cf. SC 35). Por ello, el encuentro con la Palabra de Dios ha
de tener lugar en la especificidad de los signos que corresponden a la
celebración litúrgica. Tal es el caso, por ejemplo, de la colocación del ambón,
el cuidado por los libros litúrgicos, un estilo adecuado de lectura, la
procesión e incensación del Evangelio.
Además, se prestará la máxima
atención a la liturgia de la Palabra con la proclamación clara y comprensible
de los textos, con la homilía que de la Palabra se hace resonancia[52].
Esto implica disponer de lectores capaces, preparados. Con esta finalidad
sirven escuelas, también diocesanas para la formación de lectores. Según esta
óptica, orientada siempre a una mejor comprensión de la Palabra de Dios en la
Misa, resultan útiles breves admoniciones que presentan el sentido de las
lecturas que se proclaman.
Sobre la homilía se espera un mayor
empeño en la fidelidad a la palabra bíblica y a la condición de los fieles,
ayudándolos a interpretar los eventos de la vida y de la historia a la luz de
la fe. La homilía no debería limitarse exclusivamente al aspecto bíblico, sino
que sería oportuno que incluyese también temas dogmáticos y morales fundamentales.
Con esta finalidad resulta indispensable una adecuada formación de los futuros
ministros. Se recomienda que la comunicación de la Palabra de Dios tenga lugar
junto con el canto y la música, valorizando palabras y silencio; fuera de la
liturgia son posibles formas de dramatización de la Palabra de Dios con la
ayuda de escritos e imágenes y también de obras artísticamente decorosas como,
por ejemplo, el teatro.
Es deseable que las comunidades
religiosas, especialmente las monásticas, ayuden a las comunidades parroquiales
a descubrir y a gustar la Palabra de Dios en la celebración litúrgica. Acerca
del Oficio Divino con la Liturgia de las Horas, a la cual el pueblo se muestra
dispuesto a participar, hoy es indispensable reflexionar sobre el modo de hacer
pastoralmente más adecuado y accesible a los fieles este excelente canal de la
Palabra de Dios.
La Lectio Divina
38. El encuentro orante con la
Palabra de Dios dispone de una experiencia privilegiada, tradicionalmente
llamada Lectio Divina. «La Lectio Divina es una lectura,
individual o comunitaria, de un pasaje más o menos largo de la Escritura,
acogida como Palabra de Dios, y que se desarrolla bajo la moción del Espíritu
en meditación, oración y contemplación»[53].
Puede decirse que en todas la
Iglesias se constata una nueva y específica atención a la Lectio Divina.
En algunos lugares es una tradición secular. En ciertas diócesis, después del
Concilio Vaticano II se fue afirmando progresivamente. En tantas comunidades se
está transformando en una nueva forma de oración y de espiritualidad cristiana,
con notables ventajas ecuménicas. Se advierte, por otra parte, la necesidad de
una adecuación de la forma clásica a las diversas situaciones, teniendo en
cuenta las posibilidades reales de los fieles, en modo de conservar la esencia
de esta lectura orante, pero al mismo tiempo favorecer su calidad de alimento
nutriente para la fe de todos.
Vale la pena recordar que la Lectio
Divina es una lectura de la Biblia, que se remonta a los orígenes
cristianos y que ha acompañado la Iglesia en su historia. Permanece viva en la
experiencia monástica, pero hoy el Espíritu, a través del Magisterio, la
propone como elemento pastoralmente significativo y que ha se ser valorizada en
la vida de la Iglesia, para la educación y la formación espiritual de los
presbíteros, para la vida cotidiana de las personas consagradas, para las
comunidades parroquiales, para las familias, para asociaciones y movimientos,
para los fieles en general, adultos y jóvenes, que pueden encontrar en esta
forma de lectura un medio accesible y practicable para entrar personal y
comunitariamente en la Palabra de Dios (cf. OT 4)[54].
Escribe el Papa Juan Pablo II: «Es
necesario, en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un
encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la Lectio
Divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que
interpela, orienta y modela la existencia»[55].
El Santo Padre Benedicto XVI explica que esto ha de realizarse «mediante la
utilización de métodos nuevos, adecuados a nuestro tiempo y ponderados
atentamente»[56].
En particular el Sumo Pontífice recuerda a los jóvenes que «siempre es
importante leer la Biblia de un modo muy personal, en una conversación personal
con Dios, pero al mismo tiempo es importante leerla en compañía de las personas
con quienes se camina»[57].
Exhorta «a adquirir intimidad con la Biblia, a tenerla a mano, para que sea
[...] como una brújula que indica el camino a seguir»[58].
El Santo Padre Benedicto XVI tiene en especial consideración la difusión de la Lectio
Divina y para él es el punto decisivo en vista de una renovación de la fe
hoy. Ello aparece claramente en el mensaje dirigido a diversas categorías de
personas, especialmente a los jóvenes, a quienes sugiere: «quisiera recordar y
recomendar sobre todo la antigua tradición de la Lectio Divina: la
lectura asidua de la sagrada Escritura acompañada por la oración realiza el
coloquio íntimo en el que, leyendo, se escucha a Dios que habla y, orando, se
le responde con confiada apertura del corazón (cf. DV 25). Estoy
convencido de que, si esta práctica se promueve eficazmente, producirá en la
Iglesia una nueva primavera espiritual. Por eso, es preciso impulsar
ulteriormente, como elemento fundamental de la pastoral bíblica, la Lectio
Divina, también mediante la utilización de métodos nuevos, adecuados a
nuestro tiempo y ponderados atentamente. Jamás se debe olvidar que la Palabra
de Dios es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro sendero (cf. Sal
119, 105)»[59].
La novedad de la Lectio Divina
en el pueblo de Dios exige una oportuna pedagogía de iniciación, que ayude a
comprender bien de qué se trata y contribuya a aclarar el sentido de los
diversos grados y su aplicación fiel y sabiamente creativa. De hecho, existen
diversos procedimientos, como el llamado de los Siete Pasos (Seven Steps),
practicado en muchas Iglesias particulares en África. Se llama así porque el
encuentro con la Biblia es como un camino constituido por siete momentos:
presencia de Dios, lectura, meditación, pausa reflexiva, comunicación,
coloquio, oración común. El mismo nombre de Lectio Divina es en diversos
lugares modificado, por ejemplo, en Escuela de la Palabra o bien Lectura
orante.
Principalmente, se ha de tener
presente que el oyente / lector de hoy es diverso de aquel del pasado, vive una
situación de rapidez y de fragmentación. Esto exige una formación preclara,
paciente y continua, entre los presbíteros, las personas de vida consagrada y
los laicos. Objetivos útiles ya puestos en práctica, pueden ser el compartir
experiencias, motivadas por la Palabra escuchada (collatio)[60],
o las decisiones prácticas, especialmente aquellas que se refieren a la caridad
(actio).
La Lectio Divina debe poder
transformarse en fuente que inspira las diversas prácticas de la comunidad
cristiana, como ejercicios espirituales, retiros, devociones y experiencias
religiosas. Un objetivo importante es hacer madurar la persona en la lectura de
la Palabra, hacerla capaz de un discernimiento sapiencial de la realidad. La Lectio
Divina no es una práctica para ser reservada a algunos fieles muy empeñados
o a un grupo dedicado a la oración. Ella es una realidad sin la cual no seremos
auténticos cristianos en un mundo secularizado. Este mundo exige personalidades
contemplativas, atentas, críticas y valientes. Ello supone en cada
circunstancia opciones nuevas e inéditas. Requerirá también intervenciones
particulares que no vienen del simple modo habitual de proceder ni de la
opinión común, sino de la escucha de la Palabra del Señor y de la percepción
misteriosa del Espíritu Santo en el corazón.
La Palabra de Dios y el servicio de
la caridad
39. La diakonia o servicio de
la caridad es una vocación de la Iglesia de Jesucristo, en correspondencia con
la caridad que el Verbo de Dios ha manifestado con sus palabras y con sus
obras.
Es necesario que la Palabra de Dios
lleve al amor del prójimo. En muchas comunidades se afirma que el encuentro con
la Palabra no se agota en la escucha y en la celebración en sí misma, sino que
está orientado al empeño concreto, personal y comunitario, hacia el mundo de
los pobres, en cuanto signo de la presencia del Señor. En esta óptica, se alude
a la visión liberacionista de la Biblia, para cuyo ulterior desarrollo y
fecundidad en la Iglesia «un factor decisivo será poner en claro los
presupuestos hermenéuticos, sus métodos y su coherencia con la fe y la tradición
del conjunto de la Iglesia»[61].
Urge iluminar esta relación entre
Palabra de Dios y caridad, en cuanto la caridad, para los creyentes y también
para los no creyentes, contiene una potente tensión hacia la Palabra de Dios.
Esta relación es afirmada en la Encíclica del Santo Padre Benedicto XVI Deus
caritas est, que presenta unidos los tres elementos que constituyen la
naturaleza profunda de la Iglesia: proclamación de la Palabra de Dios (kerygma-martyria),
celebración de los sacramentos (leitourgia) y ejercicio del ministerio
de la caridad (diakonia). Escribe Su Santidad: «La Iglesia no puede
descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la
Palabra»[62].
La Encíclica Spe
salvi afirma que «el mensaje cristiano no es sólo “ informativo”, sino
“performativo”. Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación
de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y
cambia la vida»[63].
Claramente en la base de esta relación entre Palabra y caridad está la misma
Palabra hecha carne, Jesús de Nazaret que «pasó haciendo el bien y curando a
todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,
38).
Dado que tantas páginas de la Sagrada
Escritura no solo sugieren, sino que ordenan el respeto de la justicia hacia el
prójimo (cf. Dt 24, 14-15; Am 2, 6-7; Jer 22, 13; St
5, 4), habrá fidelidad a la Palabra cuando la primera forma de caridad se
realice en el respeto de los derechos de la persona humana, en la defensa de
los oprimidos y de los que sufren. A este propósito se tenga presente la
importancia de las comunidades de fe, formadas también por pobres y animadas
por la lectura de la Biblia. Es necesario dar consolación y esperanza a los
pobres del mundo. El Señor, que ama la vida, con su Palabra desea iluminar,
guiar y confortar toda la vida de los creyentes en cada circunstancia, en el
trabajo y en la fiesta, en el sufrimiento, en el tiempo libre, en los empeños
familiares y sociales, y en cada situación de la vida, de modo que cada uno
pueda discernir en cada caso y optar por lo que es bueno (cf. 1 Tes 5,
21), reconociendo así la voluntad de Dios y poniéndola en práctica (cf. Mt
7, 21).
La exégesis de la Sagrada Escritura y
la teología
40. «La Escritura debe ser el alma de
la teología» (DV 24). Indudablemente los frutos alcanzados en este
ámbito, después del Concilio Vaticano II, nos llevan a alabar al Señor. Hoy
emerge como un punto relevante el empeño de un gran número de exégetas y
teólogos que estudian y explican las Escrituras “según el sentido de la
Iglesia”, interpretando y proponiendo la Palabra escrita de la Biblia en el
contexto de la Tradición viva, valorizando de este modo la heredad de los
Padres, teniendo en cuenta las indicaciones del Magisterio (cf. DV 12) y
colaborando solícitamente con el servicio de los Pastores, mereciendo así una
palabra de agradecimiento y estímulo[64].
Por una parte, dado que la Palabra de
Dios ha plantado su tienda en medio a nosotros (cf. Jn 1, 14), es indudable
que el Espíritu nos impulsa a meditar sobre los nuevos itinerarios que ella
quiere cumplir entre los hombres de nuestro tiempo, mientras, por otra parte,
el mismo Espíritu invita a dar respuesta a las esperanzas y desafíos que la
humanidad de hoy pone a la Palabra. De todo ello se derivan algunos nuevos
empeños tanto a nivel de estudio, como a nivel de servicio a la comunidad.
Resulta indispensable articular el
estudio según las indicaciones del Magisterio, ya sea en cuanto al conocimiento
y el uso del método de investigación, ya sea en cuanto al proceso
interpretativo, que debe culminar en la plenitud dada por el sentido espiritual
del Texto sagrado[65].
Se pide que sea superada la distancia que se advierte entre la investigación
exegética y la elaboración teológica, en favor de una recíproca colaboración:
el teólogo debe usar el dato bíblico sin instrumentalizarlo, mientras el
exégeta no debe limitar su investigación solamente a los datos literarios sino
que debería empeñarse en reconocer y comunicar los contenidos teológicos
presentes en el texto inspirado. En particular, se pide al teólogo que se
dedique a una teología de la Sagrada Escritura, que ayude a comprender y a
valorizar la verdad de la Biblia en la vida de fe y en el diálogo con las
culturas, reflexionando sobre las actuales tendencias antropológicas, sobre las
instancias morales, sobre la relación entre razón y fe y sobre el diálogo con
las grandes religiones.
Entre los puntos de referencia del
trabajo exegético y teológico han de ser valorizados los testigos de la Sagrada
Tradición, como la liturgia y los Padres de la Iglesia. De los estudiosos la
comunidad cristiana espera “adecuados subsidios”, que ayuden a los
ministros de la divina Palabra a ofrecer al pueblo de Dios «el alimento de las
Escrituras, que alumbre el entendimiento, confirme la voluntad, encienda el
corazón en amor a Dios» (DV 23). Con esta finalidad se espera un intenso
y constructivo diálogo entre exégetas, teólogos y pastores. Este diálogo
permitiría traducir la reflexión teológica en propuestas de evangelización más
incisivas. En esta óptica global se llama la atención sobre las líneas ya
trazadas por el Decreto del Concilio Vaticano II Optatam totius, a
propósito de la enseñanza de la teología y de la exégesis bíblica y del reflejo
de la metodología útil para formar a los futuros pastores. Las orientaciones
propuestas en este documento todavía esperan en gran parte ser aplicadas.
La Palabra de Dios en la vida del
creyente
41. Aceptar conscientemente que la
Palabra de Dios es un don de inestimable valor determina la responsabilidad de
la recepción de la fe. Dado que la escucha de la Palabra se orienta —como dice
Jesús— a actuar la Palabra (cf. Mt 7, 21), la Iglesia ha siempre
propuesto una conducta de vida coherente, en vista de la formación de una
espiritualidad bíblica.
El tipo de relación con la Palabra de
Dios es claramente determinado por una visión de la fe. Del análisis de la
experiencia se nota cómo la Biblia, para algunos, corre el riesgo de ser vista
como un mero objeto cultural, sin incidencia en la vida, para otros, en cambio,
la Biblia es un libro que aman, sin saber el motivo. Existe, además, como en
relación a los diversos terrenos de la parábola del sembrador, quien da fruto,
unos treinta, otros sesenta, otros ciento (cf. Mc 4, 20). Tiene
fundamento afirmar que el progreso espiritual, junto con el catequístico,
constituye uno de los aspectos más bellos y prometedores del encuentro de la
Palabra de Dios con su pueblo.
Las razones de una relación vital con
la Biblia fueron sintetizadas por la Dei Verbum, según la cual es
necesario leer y estudiar asiduamente la Escritura (cf. DV 25), porque
la Biblia es «fuente límpida y perenne de vida espiritual» (DV 21). Para
una genuina espiritualidad de la Palabra, ha de recordarse que «a la lectura de
la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo
de Dios con el hombre, pues “a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos
cuando leemos sus palabras”[66]»
(DV 25). Confirma San Agustín: «Tu oración es tu palabra dirigida a
Dios. Cuando lees la Biblia es Dios quien te habla; cuando oras eres tu quien
hablas con Dios»[67].
Es necesario iluminar a los fieles acerca de lo que ofrece la lectura de la
Biblia hecha con fe en la vida del cristiano, si él mismo sabrá hacer de su
corazón una biblioteca de la Palabra[68].
La Palabra de Dios ayuda a la vida de
fe, no en cuanto expone primariamente un compendio de cuestiones doctrinales o
una serie de principios éticos, sino en cuanto expresa fundamentalmente el amor
de Dios, que invita al encuentro personal con él y manifiesta su inexpresable
grandeza en el evento pascual. La Palabra de Dios propone un proyecto de
salvación del Padre para cada persona y para cada pueblo. Ella interpela,
exhorta, estimula a un camino de discipulado y de seguimiento, dispone a
aceptar la acción transformadora del Espíritu, favorece ampliamente la
fraternidad creando vínculos profundos, lleva a un empeño evangelizador. Todo
esto vale en particular para las personas consagradas.
Esto lleva a prestar una atenta
consideración a algunas actitudes. En primer lugar, la Palabra de Dios ha de
ser encontrada con el ánimo del pobre, interior y también exteriormente,
como «nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo
pobre a fin de enriqueceros con su pobreza» (2 Co 8, 9), con un modo
de ser, basado en el de Jesús que escucha la Palabra del Padre y la anuncia a
los pobres (cf. Lc 4, 18). Hay personas, en particular mujeres, que
trabajan en condiciones difíciles, se dedican al hogar, se preocupan por los
hijos, sirven de diversas maneras a sus vecinos, y todo lo hacen con una fe
viva y una referencia espontánea a los salmos y a los Evangelios. Es un modo de
dar un testimonio de vida que da credibilidad a la lectura de la Biblia.
Los maestros espirituales recuerdan
las condiciones, gracias a las cuales la Palabra nutre la vida del creyente,
generando la espiritualidad bíblica: la interiorización profunda de la
Palabra; la perseverancia en las pruebas, suscitada por la Palabra;
finalmente la lucha espiritual contra las palabras, los pensamientos,
las conductas falsas u hostiles. También la Biblia se despliega bajo el signo
de la cruz, es morada del Crucifijo. Estas actitudes son atestiguadas por las
comunidades religiosas y por los centros de espiritualidad, que son una válida
ayuda para una experiencia profunda de la Palabra de Dios.
TERCERA PARTE
LA
PALABRA DE DIOS EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA
«Vino a Nazará, donde se había
criado, entró, según su costumbre, en la sinagoga el día de sábado, y se
levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías,
desenrolló el volumen y halló el pasaje donde está escrito:“El Espíritu del
Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva,
me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”.
Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos
los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: “Esta Escritura que
acabáis de oír se ha cumplido hoy”» (Lc
4, 16-21).
La misión de la Iglesia
42. Al anunciar la Buena Noticia la
misión de la Iglesia está estrechamente vinculada a la experiencia de la
Palabra de Dios en la vida. En la escuela de la misma Palabra encarnada la
Iglesia tiene consciencia que la frecuentación de Cristo es, por mandato del
mismo Señor, una palabra, una experiencia de vida que se ha de comunicar a
todos. Hoy la misión de la Iglesia, al servicio de la Palabra de Dios, está
orientada a diversos ámbitos: pueblos y grupos humanos, contextos
socio-culturales en los cuales Cristo y su Evangelio no son conocidos o todavía
no se encuentran bien enraizados; comunidades cristianas fervientes de fe y de
vida; situaciones de enteros grupos de bautizados que no se reconocen miembros
de la Iglesia, conduciendo una existencia lejana de Cristo y de su Evangelio[69].
Es necesario, por lo tanto, reflexionar adecuadamente sobre este diversificado
dinamismo misionario de la Palabra de Dios en la Iglesia.
CAPÍTULO SEXTO
Para
un «fácil acceso a la Sagrada Escritura» (DV 22)
La misión de la Iglesia es proclamar
la Palabra y construir el Reino de Dios
43. La misión de la Iglesia al
comienzo de este nuevo milenio es nutrirse de la Palabra, para ser sierva de la
Palabra en el empeño de la evangelización[70].
El anuncio del Evangelio es, sin
lugar a dudas, la razón de ser de la Iglesia y de su misión. Esto implica que
ella vive lo que predica. Esta es la vía decisiva para que aparezca creíble
aquello que proclama, a pesar de las debilidades y de la pobreza. El pueblo de
Israel, cuando respondía a la Palabra de Dios, decía: «Obedeceremos y
haremos todo cuanto ha dicho Yahvé» (Ex 24, 7); también Jesús
invitaba a esta respuesta a sus discípulos al concluir el Discurso de la
Montaña (cf. Mt 7, 21-27).
El anuncio de la Palabra de Dios, en
la escuela de Jesús, tiene como fuerza intima y contenido el Reino de Dios (cf.
Mc 1, 14-15). El Reino de Dios es la misma Persona de Jesús, que con las
palabras y las obras ofrece a todos los hombres la salvación. Predicando a
Jesucristo, la Iglesia participa, por lo tanto, en la construcción del Reino de
Dios, ilumina el dinamismo de la semilla del Reino que germina (cf. Mc
4, 27) e invita a todos a recibirlo.
El «¡Ay de mí si no predico el
Evangelio!» (1 Co 9, 16) de San Pablo resuena también hoy en la
Iglesia con urgencia y es para todos los cristianos no en una simple
información, sino una llamada al servicio del Evangelio para el mundo. En
efecto, como dice Jesús, «la mies es mucha» (Mt 9, 37) y
diversificada: existen muchos que no han jamás recibido el Evangelio y están a
la espera del primer anuncio, especialmente en los continentes de África y de
Asia; hay también otros que se han olvidado del Evangelio y esperan una nueva
evangelización. Dar un testimonio claro y compartido sobre una vida según la
Palabra de Dios, atestiguada por Jesucristo, constituye un criterio
indispensable para verificar la misión de la Iglesia.
En verdad no faltan las dificultades
que impiden el camino en el anuncio del Evangelio y en la escucha del Señor.
Varios son los motivos: la cultura actual, llevada por diversas razones al
relativismo y al secularismo; las múltiples solicitaciones del mundo y el
activismo de la vida que sofocan el espíritu, por lo cual se nota una cierta
dificultad para vivir interiormente el mensaje evangélico; la falta de
subsidios bíblicos que no permite en tantas regiones el uso del Texto bíblico,
su traducción y su difusión. Se encuentran además, en particular, obstáculos,
como las sectas y el fundamentalismo, que impiden una correcta interpretación
de la Biblia. Anunciar la Palabra de Dios es una misión importante que implica
un sentir cum Ecclesia, profundo y convencido.
Uno de los primeros requisitos para
un eficaz anuncio evangélico es la confianza en la potencia transformante de la
Palabra en el corazón de quien la escucha. En efecto, «viva es la Palabra de
Dios y eficaz [...] discierne sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb
4, 12). Un segundo requisito, hoy particularmente necesario y creíble, es
anunciar la Palabra de Dios como fuente de conversión, de justicia, de
esperanza, de fraternidad y de paz. Otros requisitos son la franqueza, el
coraje, el espíritu de pobreza, la humildad, la coherencia y la cordialidad de
quien sirve a la Palabra de Dios. Escribe San Agustín: «Es fundamental
comprender que la plenitud de la Ley, como también de todas las divinas
Escrituras, es el amor [...] por lo tanto, quien cree haber comprendido las
Escrituras, o al menos una parte cualquiera de ellas, sin empeñarse a
construir, con el entendimiento de las mismas, este doble amor a Dios y al
prójimo, demuestra no haberlas aún comprendido»[71].
En síntesis, como afirma el Santo Padre Benedicto XVI, recibiendo la Palabra de
Dios, que es amor, se sigue que no se puede verdaderamente anunciar al Señor
sin una práctica del amor, en el ejercicio de la justicia y de la caridad[72].
La misión de la Iglesia se cumple en
la evangelización y en la catequesis
44. Desde siempre en la historia del
pueblo de Dios el anuncio de la Palabra tiene lugar a través de la
evangelización y de la catequesis. A partir del Concilio Vaticano II, es
evidente que entre la Biblia y la evangelización en sus diversas formas, desde
el primer anuncio hasta la catequesis, existe una relación muy estrecha. Por
ello, los Catecismos nacionales y los Directorios que los inspiran son
bíblicamente cualificados y muestran en el primer lugar la Palabra de Dios
tomada de la Escritura. Se piden aclaraciones especialmente en relación a un
punto central: la integración de la comprensión de la fe, propuesta por la
Tradición y por el Magisterio, con el Texto bíblico.
En principio, se ha de recordar en su nitidez la afirmación
conciliar: «El ministerio de la Palabra, que incluye la predicación pastoral,
la catequesis, toda la instrucción cristiana y en puesto privilegiado la
homilía, recibe de la palabra de la Escritura alimento saludable y por ella da
frutos de santidad» (DV 24). El Papa Juan Pablo II ha afirmado que «con
esta atención a la palabra de Dios se está revitalizando principalmente la
tarea de la evangelización y la catequesis»[73].
El Directorio General para la Catequesis indica el exacto sentido de la
“Palabra de Dios, fuente de la catequesis” afirmando: «La catequesis extraerá
siempre su contenido de la fuente viva de la Palabra de Dios, transmitida
mediante la Tradición y la Escritura»[74].
Es importante recomendar que en la
catequesis la Palabra de Dios no sea reducida a un objeto de conocimiento como
una materia escolástica. A la luz de la Revelación se deberá recordar que la
Escritura ha de ser encontrada en la catequesis como acto con el cual Dios
mismo se dirige a las personas, análogamente a lo que acontece en la
celebración litúrgica. Se trata, gracias a los textos bíblicos, de hacer sentir
la presencia fiel y benévola de Dios que no cesa de manifestarse a los hombres.
Desde este punto de vista la catequesis está estrechamente vinculada con la Lectio
Divina, en cuanto es experiencia de escucha y de oración de la Palabra de
Dios, desde la juventud.
45. Operativamente, se han de
tener presentes las formas de comunicación de la Palabra de Dios y al mismo
tiempo las exigencias siempre nuevas de los fieles en las diversas edades y
condiciones espirituales, culturales y sociales, como indican el Directorio
General para la Catequesis y los Directorios catequísticos de las
Iglesias particulares[75].
La evangelización tiene como canales
privilegiados el ciclo del Año litúrgico, el camino de la iniciación cristiana
y la formación permanente[76].
La catequesis catecumenal y mistagógica conduce a una fecunda mentalidad
bíblica, que permite también alumbrar eficazmente la religiosidad popular a
través de la Palabra de Dios, de la cual ella frecuentemente se nutre. Un papel
importante reviste el encuentro directo con la Sagrada Escritura. Esto es un
objetivo primario. La catequesis «ha de estar totalmente impregnada por el
pensamiento, el espíritu y las actitudes bíblicas y evangélicas, a través de un
contacto asiduo con los mismos textos»[77].
Por su peculiar importancia cultural
ha de ser valorizada la enseñanza de la Biblia en la escuela y especialmente en
la enseñanza de la religión, para proponer un camino completo de búsqueda de
los grandes textos bíblicos y de los métodos de interpretación adoptados en la
Iglesia. Con tal finalidad el Catecismo de la Iglesia Católica es «un
instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial, y una regla
segura para la enseñanza de la fe»[78].
No se pretende con esto sustituir la catequesis bíblica, sino integrarla en la
visión completa de la Iglesia.
Dados los fuertes cambio culturales y
sociales que se han verificado, es necesaria una catequesis que ayude a
explicar las “páginas difíciles” de la Biblia. Estas dificultades se detectan
en el orden de la historia, de la ciencia y de la vida moral, en particular,
con respecto a ciertos modos de representación de Dios y de comportamiento
ético del hombre, especialmente en el Antiguo Testamento. La búsqueda de una
solución exige una reflexión orgánica de carácter exegético-teológico, pero
también antropológico y pedagógico.
Finalmente, la predicación en las
formas más variadas continúa siendo uno de los medios preeminentes de
comunicación de la fe en la Iglesia, aún cuando es también la forma más
expuesta al juicio de los fieles. Es necesario pensar en un proyecto
estratégico de formación en vista de la predicación de la Palabra (cf. DV
25). En cuanto al proceso de comunicación la Exhortación Apostólica Evangelii
nuntiandi del Papa Pablo VI, conserva plena actualidad, en particular
cuando declara que ha de ser reconocido el primado del testimonio personal en
el anuncio de la Palabra de Dios y de su transmisión en estructuras familiares
o en los ambientes habitualmente frecuentados por cada uno.
CAPÍTULO SÉPTIMO
La
Palabra de Dios en los servicios y en la formación del pueblo de Dios
Un contacto continuo con las Escrituras (cf. DV 25)
Un empeño pastoral esencial se
refiere a la formación de los fieles para recibir y dar la Palabra de Dios. Es
lo que se lee claramente en la Dei Verbum, que recuerda el múltiple
valor de la Palabra de Dios e indica con precisión las tareas, los responsables
y el camino formativo.
El hambre y la sed de la Palabra de
Dios (cf. Am 8, 11): atención a las
necesidades del pueblo de Dios
46. Tales necesidades se pueden
identificar como conocimiento, comprensión y práctica de la Palabra. En cuanto
al conocimiento, la necesidad se refiere a la verdadera naturaleza de la
Palabra y de sus canales, Escritura y Tradición, con el servicio que el
Magisterio está llamado a prestar. Mucho ha sido hecho después del Concilio
Vaticano II, pero es verdaderamente grande la necesidad de iluminación y de
certeza sobre lo que la Revelación ofrece. En cuanto a la comprensión,
es central el problema de la interpretación y de la inculturación de la Palabra
de Dios, como ha sido afirmado anteriormente. Dificultades se encuentran acerca
de la práctica de la Biblia. Tantos fieles no tienen todavía entre sus
manos una traducción del texto bíblico.
Hoy, se perfilan otros problemas, que
se han de tener presentes: la dificultad de leer, puesto que persiste el
analfabetismo en varios lugares; el aprendizaje para muchos tiene lugar en la
mayoría de los casos a través de canales visivos y auditivos, y por lo tanto,
veloces y fragmentarios; en ciertas partes del mundo, la cultura religiosa
dominante no tiene como referencia inmediata el Libro sagrado.
«La Sagrada Escritura nos muestra la
admirable
condescendencia de Dios» (DV
13)
47. En este sentido es posible decir
que el Espíritu sugiere a las Iglesias particulares retomar los documentos del
Concilio Vaticano II, especialmente las cuatro Constituciones, con la Dei
Verbum al centro, y hacer de ellos el objeto de la catequesis para todo el
pueblo de Dios en las modalidades más adecuadas a las personas. Teología de la
revelación, teología de la Escritura, relación entre Antiguo Testamento y Nuevo
Testamento, pedagogía de Dios, son temas sustanciales, que solo una catequesis
orgánica y cursos bíblicos estructurados pueden ilustrar.
Se tendrá presente también la
necesidad de metodologías y subsidios. Existen muchas posibilidades de oír la
Palabra de Dios. Lo esencial es que ella llegue a tocar verdaderamente los
corazones, se transforme en una Palabra viviente y no sea solo una Palabra
escuchada o conocida. Por ello nada puede reemplazar el trabajo personal,
regular y paciente en la oración. Conviene estimular, adoptar subsidios simples
y accesibles a todos. Diversos movimientos, entre los cuales la Acción
Católica, proponen medios para unir la vida y la Palabra de Dios. Hoy son
muchos, y generalmente bien pensados, los instrumentos y las técnicas para
entrar en contacto con la Biblia: comentarios, introducciones a la Biblia,
Biblias para niños y adolescentes, libros espirituales, revistas científicas y
de divulgación, sin considerar el vastísimo campo de los medios, simples y
complejos, al servicio de la comunicación de la Biblia. Es necesario hacerse
entender y ofrecer a los hermanos y hermanas en la fe el pan de la Palabra. Con
tal finalidad se advierte la necesidad de una solidaridad también en el plano
material entre las Iglesias.
Aquí aparece la necesidad de pensar
en modo nuevo y más correcto todo lo que se refiere a las nuevas formas de
comunicación. La familiaridad con la Sagrada Escritura no es fácil. Como el
ministro de la reina de Etiopía, para comprender lo que dice el texto es
necesaria una pedagogía que, partiendo de la Escritura, abra la mente para
comprender y aceptar la buena noticia de Jesús (cf. Hch 8, 26-40). Se
hace necesario comenzar un camino y, sobre todo, inspirar formas creativas y
evangélicas de actualización de la enseñanza de la Dei Verbum, que, a su
vez, permita el acceso desde la fe, cuantitativa y cualitativamente, a la
Palabra de Dios consignada en las Escrituras.
Los Obispos en el ministerio de la
Palabra
48. El Concilio Vaticano II enseña
que «los Obispos [...] deben instruir a sus fieles en el uso recto de los
libros sagrados» (DV 25). Por lo tanto, esta tarea corresponde a los
Obispos directamente en primera persona, ya sea como los que escuchan la
Palabra, ya sea como servidores de la misma, según el propio munus docendi[79].
El Obispo, en el mundo de comunicaciones, debe ser un comunicador dotado de
sabiduría bíblica, no tanto por su erudición, sino más bien por su contacto
frecuente con los libros sagrados, transformandose en un guía para todos
aquellos que cotidianamente abren la Biblia. Haciendo de la Palabra de Dios y
de la Sagrada Escritura el alma de la pastoral, el Obispo será capaz de llevar
a los fieles al encuentro con Cristo, fuente viva. El Santo Padre Benedicto XVI
ha relevado la necesidad de «educar al pueblo en la lectura y meditación de la
Palabra de Dios», de modo que «ella se convierta en su alimento para que, por propia
experiencia, vean que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf. Jn
6, 63) [...]. Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra
vida en la roca de la Palabra de Dios. Para ello, animo a los pastores a
esforzarse en darla a conocer»[80].
Por lo tanto, el mejor modo para favorecer el gusto por la Sagrada Escritura es
la misma persona del Obispo compenetrado de la Palabra de Dios. Él tiene la
posibilidad continua de ayudar a los fieles a saborear la Escritura. Todas las
veces que se dirige a los fieles, y en particular a los sacerdotes, puede dar
algún ejemplo y prueba de Lectio Divina. Si él ha aprendido a hacerla
correctamente y la presenta de manera simple, los fieles aprenderán. He aquí un
objetivo cierto del ministerio de los Pastores: la práctica de la Biblia y
todas las iniciativas que la promueven han de ser consideradas como camino
eclesial y base de todas las devociones.
La tarea de los presbíteros y de los
diáconos
49. También para los presbíteros y
los diáconos el conocimiento y la familiaridad con la Palabra de Dios reviste
un aspecto de primaria importancia en vista de la evangelización, a la que
ellos están llamados en el propio ministerio. El Concilio Vaticano II afirma
que necesariamente todos los clérigos, en primer lugar los presbíteros y los
diáconos, deben mantener un contacto continuo con las Escrituras, mediante la
sagrada lectura asidua y el estudio atento, de modo que no se transforme
exteriormente en vano predicador de la Palabra de Dios quien no la escucha
interiormente. (cf. DV 25; PO 4). Corresponde a esta doctrina
conciliar la disposición canónica acerca el ministerio de la Palabra confiado a
los presbíteros y a los diáconos como colaboradores del Obispo[81].
De la frecuentación cotidiana de la
Palabra ellos toman la luz necesaria para no conformarse con la mentalidad del
mundo y para poder realizar un sano discernimiento personal y comunitario, de
manera que puedan guiar con solicitud al pueblo de Dios en la acción apostólica
según los caminos del Señor. Todo esto hace necesaria una educación y una
formación pastoral iluminada por la Palabra. El desarrollo de las ciencias
bíblicas junto con la variedad de las necesidades y la evolución de la
situaciones pastorales exigen una actualización permanente.
La misión del anuncio determina el
uso de iniciativas específicas, como por ejemplo, la valorización plena de la
Biblia en los proyectos pastorales. En cada Diócesis un proyecto de pastoral
bíblica, bajo la guía del Obispo, resulta útil para hacer entrar la Biblia
en las actividades importantes de la Iglesia, en la evangelización y en la
catequesis. De este modo se prestará atención para que sobre la Palabra de Dios
se fundamente y se manifieste la comunión entre clérigos y laicos, y por lo tanto,
entre parroquias, comunidades de vida consagrada y movimientos eclesiales.
En esta línea de servicio
presbiteral, la formación en los seminarios requiere cada vez más un
conocimiento vasto y actualizado, en exégesis y en teología, una formación no superficial
en el uso pastoral de la Biblia, una verdadera iniciación a la espiritualidad
bíblica, sin descuidar una educación orientada a promover una gran pasión por
la Palabra al servicio del Pueblo de Dios. Es deseable, por lo tanto, que
muchos clérigos se dediquen también a estudios académicos en Sagrada Escritura.
Los diversos ministros de la Palabra
de Dios
50. La renovación bíblica y litúrgica
ha revelado la necesidad de servidores de la Palabra de Dios, principalmente en
la acción litúrgica y después en cada una de las otras formas de comunicación
de la Biblia. En lo que se refiere al servicio litúrgico, el ministerio de la
Palabra de Dios se desarrolla mediante la proclamación de las lecturas y sobre
todo mediante la homilía. Ésta última corresponde solo al ministro ordenado, la
proclamación en la liturgia es oficio propio del lector, que es un ministerio
instituido, y en su ausencia es desarrollada por laicos, hombres y mujeres[82].
En ciertos casos canónicamente previstos los laicos pueden ser admitidos a
predicar en una iglesia u oratorio[83].
Entre los servidores de la Palabra
han de ser contados los catequistas, los animadores de grupos bíblicos y
cuantos tienen una misión formativa de los fieles en la liturgia, en la caridad,
en la enseñanza religiosa de la escuela. El Directorio
General para la catequesis establece las funciones correspondientes.
Pero esta atención a los cooperadores pastorales permanece viva en todas las
Iglesias particulares, porque se advierte, por una parte la adhesión a la
Escritura y por otra la dificultad de prestar este servicio.
La tarea de los laicos
51. Hechos miembros de la Iglesia por
el bautismo y investidos de la función sacerdotal, profética y real de Cristo,
los fieles laicos comparten la misión salvífica que el Padre ha confiado a su
Hijo para la salvación de todos los pueblos (LG 34-36)[84].
Para ejercer su misión «los fieles laicos son hechos partícipes tanto del
sobrenatural sentido de fe de la Iglesia, que “no puede equivocarse cuando
cree” (LG 12), cuanto de la gracia de la palabra (cf. Hch 2,
17-18; Ap 19, 10). Son igualmente llamados a hacer que resplandezca la
novedad y la fuerza del Evangelio en su vida cotidiana, familiar y social»[85].
De este modo ellos dan su contribución a la construcción del Reino de Dios con
la fidelidad a su Palabra.
Corresponde a los laicos, para
desarrollar su misión en el mundo, proclamar la Buena Noticia a los hombres en
sus diversas situaciones de vida. En el estilo profético de Jesús de Nazaret,
el anuncio de la Palabra «como una abertura a sus problemas, una contestación a
sus preguntas, una ampliación de sus valores, al mismo tiempo que la
satisfacción aportada a sus aspiraciones más profundas»[86].
El laico en el camino con la Palabra
de Dios no debe ser solamente un oyente pasivo, sino que debe participar
activamente, en todos los campos donde entra la Biblia: en el estudio
científico, en el servicio de la Palabra en ámbito litúrgico o catequístico y
en la animación bíblica en los diversos grupos. El servicio de los laicos exige
capacidades diversificadas que suponen una formación bíblica específica. Vale
la pena recordar como tareas prioritarias: la Biblia en la iniciación cristiana
de los niños, la Biblia para el mundo de los jóvenes, por ejemplo en las Jornadas
Mundiales de la Juventud, la Biblia para los enfermos, para los soldados y
para los encarcelados.
Un medio privilegiado para el
encuentro con Dios que nos habla es la catequesis dentro de las familias con la
profundización de alguna página bíblica y la preparación de la liturgia
dominical. Continúa siendo válida la tarea de la familia de iniciar a los hijos
en la Sagrada Escritura con la narración de las grandes historias bíblicas,
especialmente de la vida de Jesús, y con la oración inspirada en los Salmos u
otros libros revelados.
También a los movimientos o a
los grupos, como asociaciones, agregaciones y nuevas comunidades, se ha de
prestar gran atención. En efecto, aún siendo muy distintos entre ellos por los
métodos y los campos de acción, todos ellos tienen como característica común el
redescubrimiento de la Palabra de Dios y su colocación privilegiada en el
proyecto espiritual- pedagógico para suscitar y nutrir la vida espiritual.
Disponen de caminos formativos eficaces centrados en la asimilación existencial
de la Palabra de Dios. Enseñan a vivir la liturgia y la oración personal dando
grande atención a la Palabra, privilegiando la liturgia de la Iglesia. También
la oración del Oficio y la Lectio Divina son practicadas como
momentos de alimentación espiritual.
Se ha de verificar que en este
fervoroso encuentro con la Palabra de Dios se exprese y se viva la comunión
eclesial y la caridad hacia los fieles que no pertenecen a las agregaciones.
El servicio de las personas
consagradas
52. En este camino de la Palabra de
Dios en el pueblo cristiano tienen un papel específico las personas de vida
consagrada. Ellas, como subraya el Concilio Vaticano II, «tengan, ante
todo, diariamente en las manos la Sagrada Escritura, a fin de adquirir, por la
lectura y la meditación de los sagrados Libros, “el sublime conocimiento de
Jesucristo” (Flp 3, 8)» (PC 6) y para encontrar renovado impulso
en sus actividades de educación y de evangelización, especialmente de los
pobres, de los pequeños y de los últimos, a través de los escritos del Nuevo
Testamento «sobre todo los Evangelios, que son “el corazón de todas las
Escrituras” [...], promoviendo del modo más acorde al propio carisma escuelas
de oración, de espiritualidad y de lectura orante de la Escritura»[87].
Para las personas consagradas el
Texto bíblico debe ser objeto de una cotidiana ruminatio y de
confrontación para un discernimiento personal y comunitario en vista de la
evangelización. Cuando el hombre comienza a leer las divinas Escrituras
—afirmaba San Ambrosio— Dios vuelve a pasear con él en el paraíso terrestre[88].
La lectura orante de la Palabra, hecha junto con jóvenes, es el camino para un
renovado crecimiento vocacional y para un fecundo retorno al Evangelio y al
espíritu de los fundadores, tanto auspiciado por el Concilio Vaticano II y
recientemente repropuesto por el Santo Padre Benedicto XVI a las personas de
vida consagrada[89].
En particular, las personas consagradas han de valorizar la evaluación de la
vida comunitaria a la luz de la Palabra de Dios, que llevará a la comunión
fraterna, al gozoso compartir de las experiencias de Dios en sus vidas y
facilitará el crecimiento en la vida espiritual[90].
El Papa Juan Pablo II afirmaba: «La Palabra de Dios es la primera fuente de
toda espiritualidad cristiana. Ella alimenta una relación personal con el Dios
vivo y con su voluntad salvífica y santificadora. Por este motivo la Lectio
Divina ha sido tenida en la más alta estima desde el nacimiento de los
Institutos de vida consagrada, y de manera particular en el monacato. Gracias a
ella, la Palabra de Dios llega a la vida, sobre la cual proyecta la luz de la
sabiduría que es don del Espíritu»[91].
La Palabra de Dios debe estar siempre
a disposición de todos
53. La Iglesia considera que «los
fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura» (DV 22)[92],
porque las personas tienen derecho a encontrar la verdad[93].
Hoy es un requisito indispensable para la misión. Dado que no raramente el
encuentro con la Escritura corre el riesgo de no ser un hecho de Iglesia, sino
que resulta expuesto al subjetivismo y a la arbitrariedad, es indispensable una
promoción pastoral, consistente y creíble, sobre la Sagrada Escritura para
anunciar, celebrar y vivir la Palabra en la comunidad cristiana, dialogando con
las culturas de nuestro tiempo, poniéndose al servicio de la verdad, y no de
las ideologías corrientes, e incrementando el diálogo que Dios quiere tener con
todos los hombres (cf. DV 21).
Con tal finalidad, es necesario
difundir la práctica bíblica con oportunos subsidios, suscitar el movimiento
bíblico entre los laicos, cuidar la formación de los animadores de los grupos,
con particular atención a los jóvenes[94],
proponiendo el conocimiento de la fe a través de la Palabra también a los
inmigrantes y a cuantos buscan el sentido de la vida.
Dado que «El primer areópago del
tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que está unificando a la
humanidad [...] la utilización de los mass media ha llegado a ser
esencial para la evangelización y la catequesis [...] la Iglesia se sentiría
culpable ante su Señor si no emplease esos poderosos medios [...] en ellos la
Iglesia encuentra una versión moderna y eficaz del púlpito. Gracias a ellos
puede hablar a las masas»[95]
(cf. IM 11). Se ha de dar amplio espacio, con sapiente equilibrio, a los
métodos y a las nuevas formas de lenguaje y comunicación en la
transmisión de la Palabra de Dios, como son: radio, TV, teatro, cine, música y
canciones, incluyendo los nuevos medios como CD, DVD, internet, etc. No debe
olvidarse que el buen uso de los medios de comunicación requiere un serio
empeño y capacidad de parte de los operadores pastorales. Es necesario integrar
el mensaje mismo en la “nueva cultura” creada por la comunicación moderna, con
nuevos lenguajes, nuevas técnicas y nuevas actitudes psicológicas[96].
Es también conveniente recordar que
desde 1968 existe y actúa la Federación Bíblica Católica mundial (CBF),
instituida por el Papa Pablo VI al servicio de la difusión de las orientaciones
del Concilio Vaticano II sobre la Palabra de Dios.
CAPÍTULO OCTAVO
La
Palabra de Dios, gracia de comunión
La Palabra de Dios, vínculo ecuménico
54. La plena y visible unidad de
todos los discípulos de Jesucristo es considerada por el Santo Padre Benedicto
XVI una cuestión de primaria importancia que incide sobre el testimonio
evangélico[97].
Dos son las realidades que unen a los cristianos entre sí: la Palabra de Dios y
el Bautismo. Acogiendo estos dones el camino ecuménico podrá encontrar su
realización. El discurso de despedida de Jesús en el cenáculo pone en evidencia
que esta unidad se manifiesta a través del común testimonio de la Palabra del
Padre, ofrecida por el Señor (cf. Jn 17, 8). Afirma el Santo Padre
Benedicto XVI: «La escucha de la Palabra de Dios es lo primero en nuestro
compromiso ecuménico. En efecto, no somos nosotros quienes hacemos u
organizamos la unidad de la Iglesia. La Iglesia no se hace a sí misma y
no vive de sí misma, sino de la Palabra creadora que sale de la boca de Dios.
Escuchar juntos la Palabra de Dios; practicar la Lectio Divina de la
Biblia, es decir, la lectura unida a la oración; dejarse sorprender por la
novedad de la Palabra de Dios, que nunca envejece y nunca se agota; superar
nuestra sordera para escuchar las palabras que no coinciden con nuestros
prejuicios y nuestras opiniones; escuchar y estudiar, en la comunión de los
creyentes de todos los tiempos, todo lo que constituye un camino que es preciso
recorrer para alcanzar la unidad en la fe, como respuesta a la escucha de la
Palabra»[98].
En general, se nota con satisfacción
que la Biblia es hoy el mayor punto de encuentro para la oración y el diálogo
entre las Iglesias y comunidades eclesiales. Se ha tomado consciencia que la fe
que nos une y los diversos acentos en la interpretación de la misma Palabra son
una invitación a redescubrir juntos los motivos que han creado la división.
Permanece, sin embargo, la convicción que los progresos alcanzados en el
diálogo ecuménico con la Palabra de Dios pueden producir otros efectos
benéficos. Una experiencia válida ha se ser subrayada en relación a los últimos
decenios, es decir, el influjo positivo y reconocido de la Traduction
oecuménique de la Bible (TOB), y la colaboración entre las diversas
Asociaciones bíblicas cristianas, que han favorecido las buenas relaciones y el
diálogo con diversas confesiones. Pero el hilo conductor que une el camino
ecuménico desde el comienzo del siglo hasta nuestros días es la oración común
de invocación a Dios, sostenida por el Espíritu Santo, que promueve entre los
cristianos aquel ecumenismo espiritual, del cual el Concilio Vaticano II
afirmaba: «Esta conversión del corazón y santidad de vida, junto con las
oraciones públicas y privadas por la unidad de los cristianos, han de
considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico» (UR 8).
La Palabra de Dios, fuente del
diálogo entre cristianos y judíos
55. Una peculiar atención deber
prestarse a las relaciones con el pueblo judío. Cristianos y judíos son juntos
los hijos de Abraham, enraizados en la misma alianza, puesto que Dios, fiel a
sus promesas, no ha revocado la primera alianza (cf. Rm 9, 4; 11, 29)[99].
Confirma el Papa Juan Pablo II: «Este pueblo es convocado y guiado por Dios,
creador del cielo y la tierra. Por consiguiente, su existencia no es meramente
un hecho natural o cultural, en el sentido de que, por la cultura, el hombre
desarrolla los recursos de su propia naturaleza. Más bien, se trata de un hecho
sobrenatural. Este pueblo persevera a pesar de todo, porque es el pueblo de la
alianza y porque, no obstante las infidelidades de los hombres, el Señor es
fiel a su Alianza»[100].
Cristianos y judíos comparten gran parte del canon bíblico, aquellas “Sagradas
Escrituras” (cf. Rm 1, 2) que los cristianos llaman Antiguo Testamento.
Esta estrecha relación bíblicamente fundada ofrece al diálogo entre cristianos
y judíos un carácter singular. A este respecto el importante documento de la
Pontificia Comisión Bíblica: El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la
Biblia cristiana[101]
induce a reflexionar sobre la estrecha conexión de fe, ya indicada por la Dei
Verbum (cf. DV 14-16). Para comprender en modo adecuado la persona
de Jesús de Nazaret es necesario reconocerlo como «hijo de ese pueblo»[102];
Jesús es judío y lo es para siempre.
Además, dos aspectos han de ser
especialmente considerados. En primer lugar, la comprensión hebraica de la
Biblia puede ser de ayuda para la comprensión y el estudio de parte de los
cristianos[103].
A veces, se han desarrollado —y se pueden aún desarrollar ulteriormente— modos
de estudiar las Sagradas Escrituras junto a los judíos y aprender los unos de
los otros, en el riguroso respeto de las diversidades. En segundo lugar, es
necesario superar toda forma de posible antisemitismo. El mismo Concilio
Vaticano II ha subrayado que «no se ha de señalar a los judíos como réprobos de
Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras» (NA
4). Al contrario, siguiendo las huellas de Abraham podemos y debemos ser fuente
de bendición los unos para los otros y para el mundo, como tantas veces ha
subrayado el Papa Juan Pablo II[104].
El diálogo interreligioso
56. Haciendo referencia a cuanto ha
expresado hasta hoy el Magisterio de la Iglesia (cf. AG 11; NA 2-4)[105],
y a las diversas contribuciones recibidas, se indican los siguientes puntos
para una reflexión y evaluación. La Iglesia, enviada a llevar el Evangelio a
todas las criaturas (cf. Mc 16, 15), encuentra el gran número de
adherentes a otras religiones, ya sea las llamadas religiones tradicionales, ya
sea aquellas que poseen libros sagrados con un propio modo de entenderlos;
encuentra en todas partes personas en un camino de búsqueda o simplemente en
espera de la Buena Noticia. A todos la Iglesia se siente deudora de la Palabra
que salva (cf. Rm 1, 14). Desde un punto de vista positivo, se prestará
atención a discernir las “semillas evangélicas”(semina Verbi) difundidas
entre los pueblos, que pueden constituir una auténtica preparación evangélica[106].
Especialmente las religiones y las tradiciones espirituales que se imponen a la
atención mundial por su antigüedad y difusión, como el hinduismo, el budismo,
el jansenismo, el taoísmo, deben ser objeto de estudio de parte de los católicos,
en vista de un diálogo respetuoso y leal.
En particular «la Iglesia mira
también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente y
subsistente, misericordioso y todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra,
que habló a los hombres» (NA 3). Como los cristianos y los judíos,
también ellos se refieren a Abraham buscando imitarlo en su sumisión a Dios, al
cual rinden culto sobre todo con la oración, la limosna y el ayuno. Aunque
ellos no reconozcan a Jesús como Dios, lo veneran como profeta y honran a María
su madre virginal (cf. NA 3). Esperan el día del juicio y aprecian la
vida moral.
El diálogo de los cristianos con los
musulmanes y con los miembros de otras religiones es una urgencia y permite
conocerse mejor y colaborar en la promoción de los valores religiosos, éticos y
morales, contribuyendo en la construcción de un mundo mejor.
El encuentro de Asís en 1986 recuerda
que la escucha de Dios debe llevar a superar toda forma de violencia, para que
tal escucha se mantenga activa en el corazón y en las obras para la promoción
de la justicia y de la paz[107].
Como ha dicho el Santo Padre Benedicto XVI «nosotros queremos buscar las vías
de la reconciliación y aprender a vivir respetando cada uno la identidad del
otro»[108].
Además, en las ocasiones, en que se
trata de proceder a una comparación de la Biblia con los textos sagrados de las
otras religiones, sería lamentable caer en sincretismos, paralelismos
superficiales y deformaciones de la verdad, a causa de las diversas
concepciones sobre la inspiración de tales textos sagrados.
Una especial atención ha de prestarse
a las numerosas sectas, que actúan en diferentes continentes y se sirven de la
Biblia para alcanzar objetivos desviados con métodos extraños a la Iglesia.
La Biblia no pertenece solamente a
los cristianos, sino que es un tesoro para toda la humanidad. A través de un
contacto fraterno y personal, ella puede ser fuente de inspiración para
aquellos que no creen en Cristo.
La Palabra de Dios, fermento de las
culturas modernas
57. En el curso de los siglos el
libro de la Biblia ha entrado en las culturas, llegando a inspirar varios
ámbitos del saber filosófico, pedagógico, científico, artístico y literario. El
pensamiento bíblico ha penetrado tanto, que ha llegado a ser síntesis y alma de
la misma cultura. Como afirmaba el entonces Cardenal Ratzinger en un comentario
a la Encíclica Fides et Ratio: «Ya en la misma Biblia se encuentra un
patrimonio de pensamiento religioso y filosófico pluralístico derivado de
diversos mundos culturales. La Palabra de Dios se desarrolla en el contexto de
una serie de encuentros mientras el hombre busca dar una respuesta a sus
preguntas últimas. La Biblia no cayó directamente desde el cielo, sino que es
verdaderamente una síntesis de las culturas»[109].
Las influencias económicas y tecnológicas de inspiración secularista,
potenciadas por el amplio servicio de los mass media, requieren un
diálogo más intenso entre Biblia y cultura, diálogo a veces dialéctico, pero
pleno de potencialidad para el anuncio, pues es rico de preguntas con sentido,
que encuentran en la Palabra del Señor una respuesta liberadora.
Esto significa que la Palabra de Dios
tiene que entrar como fermento en un mundo pluralista y secularizado, en los
areópagos modernos, llevando «la fuerza del evangelio al corazón de la cultura
y de las culturas»[110]
para purificarlas, elevarlas y transformarlas en instrumentos del Reino de
Dios. Esto requiere una inculturación de la Palabra de Dios, realizada
no con superficialidad, sino con una adecuada preparación en relación con las
otras situaciones, de manera que aparezca la identidad del misterio cristiano y
su benéfica eficacia hacia cada persona. En este contexto ha de ser atentamente
estudiada la investigación de la llamada “historia de los efectos” (Wirkungsgeschichte)
de la Biblia en la cultura y en el ethos común, por lo cual la Biblia
justamente es llamada y considerada como “gran código”, especialmente en
Occidente. El Santo Padre Benedicto XVI ha afirmado: «Hoy, más que nunca, la
apertura recíproca entre las culturas es un terreno privilegiado para el
diálogo entre hombres comprometidos en la búsqueda de un humanismo auténtico,
por encima de las divergencias que los separan. También en el campo cultural el
cristianismo ha de ofrecer a todos la fuerza de renovación y de elevación más
poderosa, es decir, el amor de Dios que se hace amor humano»[111].
De todo esto se hacen cargo con gran empeño y mérito muchos centros culturales
esparcidos en el mundo.
La Palabra de Dios y la historia de
los hombres
58. Durante el Concilio Vaticano II
el Papa Pablo VI describió a la Iglesia como «servidora de la humanidad»[112]
para orientar el mundo hacia el Reino de Dios, según la medida de Jesucristo,
el Hombre perfecto (GS 22). La Iglesia, por lo tanto, reconoce el signo
de Dios en la historia construida a partir de la libertad de los hombres y
sostenida por la gracia divina.
En este contexto, la Iglesia es
consciente que la Palabra de Dios debe ser leída teniendo presente los eventos
y los signos de los tiempos con los cuales Dios se manifiesta en la historia.
Afirma el Concilio Vaticano II «Para cumplir esta misión [de servir al mundo],
es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e
interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada
generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la
humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la
mutua relación de ambas» (GS 4). Ella, por lo tanto, inmersa en las
vicisitudes humanas, debe «discernir en los acontecimientos, exigencias y
deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos
verdaderos de la presencia o de los planes de Dios» (GS 11). De este
modo, desarrollando a través de todos sus miembros su misión profética, podrá
ayudar a la humanidad a encontrar en la historia el camino que la aleja de la
muerte y la lleva a la vida.
Con esta finalidad el Espíritu Santo
llama a la Iglesia a anunciar la Palabra de Dios como fuente de gracia, de
libertad, de justicia, de paz y de salvaguardia de la creación, poniendo en
práctica la Palabra del Señor, según las diversas funciones, en colaboración
con personas de buena voluntad. Estimulan y son un punto de referencia las
primeras palabras de Dios en la Biblia respecto de la creación del mundo y de
la persona humana: «Vio Dios que [...] estaba bien [...] todo
estaba muy bien»(Gn 1, 4.31), y sobre todo las palabras y los
ejemplos de Jesús. De la Biblia, por consiguiente, reciben inspiración y
motivación, no sin una necesaria mediación cultural, el real empeño en favor de
la justicia y de los derechos humanos, la participación en la vida pública, el
cuidado del ambiente como casa de todos.
De esta manera, la Palabra que Jesús
ha sembrado como semilla del Reino, continúa su camino en la historia de los
hombres (cf. 2 Ts 3, 1) y cuando Jesús retornará en la gloria resonará
como invitación a participar plenamente en la alegría del Reino (cf. Mt
25, 24). A esta segura promesa, la Iglesia responde con la ferviente oración: «Marana
tha» (1 Cor 16, 22), «Ven, Señor Jesús» (Ap 22, 20).
CONCLUSIÓN
«La palabra de Cristo habite en
vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría,
cantando a Dios, de corazón y agradecidos, salmos, himnos y cánticos
inspirados. Todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre
del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3, 16-17).
La Palabra de Dios , don a la Iglesia
59. En su gran bondad Dios Uno y
Trino ha querido comunicar al hombre el misterio de su vida escondido desde
siglos (cf. Ef 3, 9). En su Hijo Unigénito Jesucristo, Dios Padre ha
pronunciado, en la gracia del Espíritu, su Palabra definitiva que interpela a
cada hombre que viene a este mundo. Una condición fundamental para que el
hombre se encuentre con Dios es la escucha religiosa de la Palabra. Se
vive la vida según el Espíritu en la medida de la propia capacidad de hacer
espacio a la Palabra, de hacer nacer el Verbo de Dios en el corazón humano. En
efecto, no es el hombre que puede penetrar la Palabra de Dios, sino solo ésta
que puede conquistarlo y convertirlo, haciéndole descubrir sus riquezas y sus
secretos y abriéndole horizontes llenos de sentido, propuestas de libertad y de
plena madurez humana (cf. Ef 4, 13). El conocimiento de la Sagrada
Escritura es obra de un carisma eclesial, que es puesto en las manos de los
creyentes, abiertos al Espíritu.
Afirma San Máximo el Confesor: «Las
palabras de Dios, si son simplemente pronunciadas, no son escuchadas, porque no
tienen como voz la praxis de aquellos que las dicen. Si, por el contrario, son
pronunciadas junto con la práctica de los mandamientos, entonces tienen el
poder con esta voz de hacer desaparecer los demonios y de impulsar a los
hombres a edificar el templo divino del corazón con el progreso en las obras de
justicia»[113].
Se trata de abandonarse a la alabanza silenciosa del corazón en un clima de
simplicidad y de oración contemplativa come María, la Virgen de la escucha,
porque todas las Palabras de Dios se reasumen y han de ser vividas en el amor
(cf. Dt 6, 5; Jn 13, 34-35).
60. La Iglesia, como comunidad de
creyentes, es convocada por la Palabra de Dios. Ella es el ámbito privilegiado
en el cual los creyentes se encuentran con Dios, que continúa hablando en la
liturgia, en la oración, en el servicio de la caridad. Por medio de la Palabra
celebrada, en modo particular en la Eucaristía, los fieles se insieren cada vez
más en la Iglesia-comunión, que tiene su origen en la Trinidad, misterio de la
comunión infinita.
El Padre, que en el amor del Espíritu
Santo crea todo lo que existe por medio del Hijo y en vista de Él (cf. Col
1, 16), prosigue su obra originaria en lo que el Hijo mismo realiza (cf. Jn
5, 17) sobre la tierra, su obra es su Iglesia, Iglesia del Verbo encarnado,
vía, por una parte, descendiente de Dios al hombre y, por otra parte,
ascendiente del hombre a Dios (cf. Jn 3, 13). En esta Palabra viva y
eficaz (cf. Hb 4, 12) la Iglesia nace, se edifica (cf. Jn 15, 16;
Hch 2, 41s.) y encuentra vida plena (cf. Jn 10, 10).
Por mandato del Señor Jesús
resucitado la Iglesia, comunidad de sus discípulos, guiada por los Apóstoles,
es enviada a anunciar la salvación siempre y en todo lugar, en la fidelidad a
la Palabra al Maestro: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda
la creación» (Mc 16, 15).
Notas
[1] Cf. Synodus Episcoporum, Relatio finalis
Synodi episcoporum Exeunte coetu secundo: Ecclesia sub verbo Dei
mysteria Christi celebrans pro salute mundi (7.12.1985), B, a), 1-4: Enchiridion
del Sinodo dei Vescovi 1, EDB, Bologna 2005, pp. 2316-2320.
[2] Benedictus XVI, Adhort. Apost. post-syn. Sacramentum caritatis (22.2.2007),
6; 52: AAS 99 (2007) 109-110; 145.
[3] Ioannes Paulus II, Litt. Enc. Redemptoris missio (7.12.1990),
56: AAS 83 (1991) 304.
[4] Cf. Benedictus XVI, Litt. Enc. Deus
caritas est (25.12.2005), 1: AAS 98 (2006)
217.
[5] S. Irenaeus, Adversus Haereses IV, 34, 1:
SChr 100, 847.
[6] Cf. S. Bernardus, Super Missus est,
Homilia IV, 11: PL 183, 86.
[7] Origenes, In Johannem V, 5-6: SChr 120,
380-384.
[8] Benedictus XVI, Ad
Conventum Internationalem La Sacra Scrittura nella vita della Chiesa
(16.9.2005): AAS 97 (2005) 957. Cf. Paulus VI, Epist. Apost. Summi
Dei Verbum (4.11.1963): AAS 55 (1963) 979-995; Ioannes Paulus II, Audiencia
General (22.5.1985): L’Osservatore Romano edición española
(26.5.1985), p. 2; Discurso sobre la interpretación de la Biblia en la
Iglesia (23.4.1993): L’Osservatore Romano edición española (30.4.1993),
pp. 5-6; Benedictus XVI, Angelus
(6.11.2005): L’Osservatore Romano edición española (11.11.2005), p. 6.
[9] Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 825.
[10] Benedictus XVI, Ad
Conventum Internationalem La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia (16.09.2005): AAS 97 (2005) 956.
[11] S. Hieronimus, Com. In Is., Prol.:
PL 24, 17
[12] Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 120.
[13]Cf. Pontificia Commissio Biblica, L’interprétation
de la Bible dans l’Église(15.4.1993), IV, C 3: Enchiridion Vaticanum 13,
EDB, Bologna 1995, p. 1724.
[14]Cf. Pontificia Commissio Biblica, Le peuple
juif et ses Saintes Écritures dans la Bible Chrétienne (24.5.2001), 19: Enchiridion
Vaticanum 20, EDB, Bologna 2004, pp. 570-574.
[15]S. Augustinus, Quaestiones in Heptateucum,
2, 73: PL 34, 623; cf. DV 16.
[16]S. Gregorius Magnus, In Ezechielem, I, 6,
15: CCL 142, 76.
[17]Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 83;
Ratzinger J., Comentario a la Dei Verbum, L Th K, 2, pp. 519-523.
[18]Cf. S. Bonaventura, Itinerarium mentis in Deum,
II, 12: ed. Quaracchi, 1891, vol. V, p. 302s. Cf.
Ratzinger J., Un tentativo circa il problema del concetto di tradizione:
Rahner K. - Ratzinger J., Revelación y Tradición, Morcelliana, Brescia
2006, pp. 27-73.
[19]Cf. Pontificia Commissio Biblica,
L’interprétation de la Bible dans l’Église (15.4.1993), IV, A-B: Enchiridion
Vaticanum 13, EDB, Bologna 1995, pp. 1702-1714.
[20] Cf. ibidem, I, A-F: pp. 1568-1634.
[21] Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 115-119;
Pontificia Commissio Biblica, L’interprétation de la Bible dans l’Église
(15.4.1993), I, F: Enchiridion Vaticanum 13, EDB, Bologna 1995, pp. 1628-1634.
[22] Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 117
[23] Pontificia Commissio Biblica, L’interprétation
de la Bible dans l’Église (15.4.1993), II, B 2: Enchiridion Vaticanum 13,
EDB, Bologna 1995, pp. 1648-1650.
[24] Ibidem, I, pp.
1568-1628.
[25] Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 109-114.
[26] Benedictus XVI, Discurso
a los Obispos de Suiza (7.11.2006): L’Osservatore Romano edición
española (17.11.2006), p. 4; cf. Ratzinger J., Jesús de Nazaret, La
Esfera de los libros, Madrid 2007, pp. 7-21.
[27] Missale Romanum, Ordo Lectionum Missae:
Editio typica altera, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1981: Praenotanda,
8.
[28] Pontificia Commissio Biblica, L’interprétation
de la Bible dans l’Église (15.4.1993), II, B 2: Enchiridion Vaticanum 13,
EDB, Bologna 1995, p. 1650.
[29] Cf. ibidem, III, B 2, pp. 1672-1676.
[30] Cf. Benedictus XVI, Ad
sacrorum alumnos Seminarii Romani Maioris (19.2.2007): AAS 99
(2007) 254.
[31] S. Ambrosius, De officiis ministrorum, I,
20, 88: PL 16, 50.
[32] Benedictus XVI, Litt. Enc. Deus
caritas est (25.12.2005), 41: AAS 98 (2006) 251.
[33] Isaac De Stella, Serm. 51: PL 194,
1862-1863.1865.
[34] Cf. S. Ambrosius, Evang. secundum Lucam
2, 19: CCL 14, 39.
[35] Ioannes Paulus II, Epist. Apost. Rosarium Virginis Mariae
(16.10.2002), 1; 3; 18; 30: AAS 95 (2003) 5; 7; 17; 27.
[36] S. Gregorius Magnus, Registrum Epistolarum
V, 46, ed. Ewald-Hartmann, 345-346.
[37] Pontificia Commissio Biblica, L’interprétation
de la Bible dans l’Église (15.4.1993), IV, C 3: Enchiridion Vaticanum 13,
EDB, Bologna 1995, p. 1724.
[38] Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 115-119.
[39] Pontificia Commissio Biblica, L’interprétation
de la Bible dans l’Église (15.4.1993), I, F: Enchiridion Vaticanum 13,
EDB, Bologna 1995, p. 1630.
[40] Cf. Ioannes Paulus II, Discurso sobre la
interpretación de la Biblia en la Iglesia (23.4.1993): L’Osservatore
Romano edición española (30.4.1993), pp. 5-6.
[41] Missale Romanum, Ordo Lectionum Missae:
Editio typica altera, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1981: Praenotanda,
9.
[42] Petrus Damascenus, Liber II, vol. III,
159: La Filocalia, 3, Torino 1985, p. 253.
[43] Cf. Congregatio pro Clericis, Directorium
generale pro catechesi (15.8.1997), 47-49: Enchiridion Vaticanum 16,
EDB, Bologna 1999, pp. 662-664.
[44] Cf. Euchologion Serapionis, 19-20, ed.
Johnson M.E., The Prayers of Serapion of Thmuis (Orientalia
Christiana Analecta 249), Roma 1995, pp. 70.71.
[45] Ioannes Paulus II, Epist. Apost. Dies
Domini (31.5.1998), 41: AAS 90
(1998) 738-739.
[46] Waltramus, De unitate Ecclesiae conservanda:
13, ed. W. Schwenkenbecher, Hannoverae 1883, p. 33: «Dominus enim Iesus
Christus ipse est, quod praedicat Verbum Dei, ideoque Corpus Christi
intelligitur etiam Evangelium Dei, doctrina Dei, Scriptura Dei».
[47] Origenes, In Ps. 147: CCL
78, 337.
[48] Cf. Benedictus XVI, Adhort. Apost. post-syn. Sacramentum caritatis (22.2.2007),
44-46: AAS 99 (2007) 139-141.
[49] S. Hieronymus, Commentarius in Ecclesiasten,
313: CCL 72, 278.
[50] Ioannes Paulus II, Litt. Apost. Novo millennio ineunte (6.1.2001), 36: AAS
93 (2001) 291.
[51] Cf.
Benedictus XVI, Adhort. Apost. post-syn. Sacramentum caritatis (22.2.2007), 44-48: AAS 99 (2007)
139-142.
[52] Cf. ibidem, 46: AAS 99
(2007) 141.
[53] Pontificia Commissio Biblica, L’interprétation
de la Bible dans l’Église (15.4.1993), IV, C 2: Enchiridion Vaticanum 13,
EDB, Bologna 1995, p. 1718.
[54] Cf. Ioannes
Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Pastores dabo vobis (25.3.1992), 47: AAS 84 (1992) 740-742;
Benedictus XVI, Encuentro con los jóvenes romanos, (6.4.2006): L’Osservatore Romano edición
española (14.4.2006), p. 3; Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud (22.2.2006): L’Osservatore Romano edición
española (3.3.2006), p. 3.
[55] Ioannes
Paulus II, Litt. Apost. Novo millennio ineunte (6.1.2001), 39: AAS 93 (2001) 294.
[56] Benedictus XVI, Ad Conventum Internationalem La Sacra
Scrittura nella vita della Chiesa
(16.9.2005): AAS 97 (2005) 957.
[57] Benedictus XVI, Encuentro con los jóvenes romanos (6.4.2006): L’Osservatore Romano edición
española (14.4.2006), p. 3.
[58] Benedictus XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud (22.2.2006): L’Osservatore Romano
edición española (3.3.2006), p. 3.
[59] Benedictus XVI, Ad Conventum Internationalem La Sacra
Scrittura nella vita della Chiesa
(16.9.2005): AAS 97 (2005) 957. Cf. DV
21.25; PO 18-19; Catechismus Catholicae Ecclesiae, 1177; Ioannes Paulus
II, Adhort. Apost. post-syn. Pastores dabo vobis (25.3.1992), 47: AAS 84 (1992) 740-742;
Adhort. Apost. post-syn. Vita consecrata (25.3.1996), 94: AAS 88 (1996) 469-470;
Litt. Apost. Novo millennio ineunte (6.1.2001), 39-40: AAS 93 (2001) 293-295;
Adhort. Apost. post-syn. Ecclesia
in Oceania (22.11.2001), 38: AAS 94 (2002) 411; Adhort. Apost.
post-syn. Pastores gregis (16.10.2003), 15: AAS 96 (2004) 846-847.
[60] Cf. Ioannes Paulus II,
Adhort. Apost. post-syn. Vita consecrata (25.3.1996), 94: AAS 88 (1996) 469-470.
[61] Pontificia Commissio Biblica, L’interprétation
de la Bible dans l’Église (15.4.1993), I, E 1: Enchiridion Vaticanum 13,
EDB, Bologna 1995, p. 1622.
[62] Benedictus
XVI, Litt. Enc. Deus caritas est (25.12.2005), 22: AAS 98 (2006) 234-235.
[63] Benedictus
XVI, Litt. Enc. Spe salvi (30.11.2007), 2: AAS 99 (2007) 986.
[64] Cf. Ratzinger J., Jesús de
Nazaret, La Esfera de los libros, Madrid 2007, p. 20.
[65] Cf. ibidem, p. 279.
[66] S. Ambrosius, De officiis ministrorum, I,
20, 88: PL 16, 50.
[67] S. Augustinus, Enarrat. in Ps. 85, 7: CCL
39, 1177.
[68] Cf. Origenes, In Genesim homiliae, 2.6: SChr
7 bis, 108.
[69] Cf. Ioannes Paulus II, Litt. Enc. Redemptoris missio (7.12.1990),
33: AAS 83 (1991) 277-278.
[70] Cf. Ioannes Paulus II, Litt. Apost. Novo millennio ineunte (6.1.2001),
40: AAS 93 (2001) 294.
[71] S. Augustinus, De doctrina Christiana, I,
35, 39 - 36, 40: PL 34, 34.
[72] Cf. Benedictus XVI, Litt. Enc. Deus caritas est
(25.12.2005): AAS 98 (2006) 217-252.
[73] Ioannes Paulus II, Litt. Apost. Novo millennio ineunte (6.1.2001),
39: AAS 93 (2001) 293.
[74] Congregatio pro Clericis, Directorium
generale pro catechesi (15.8.1997), 94: Enchiridion Vaticanum 16,
EDB, Bologna 1999, pp. 738-740; cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. Catechesi
tradendae (16.10.1979), 27: AAS 71 (1979) 1298.
[75] Cf. Congregatio de Cultu Divino et Disciplina
Sacramentorum, Direttorio su pietà popolare e liturgia (9.4.2002),
87-89, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2002, pp. 81-82.
[76] Cf. Congregatio pro Clericis, Directorium
generale pro catechesi (15.8.1997), I, 2: Enchiridion Vaticanum 16,
EDB, Bologna 1999, pp. 684-708
[77] Ibidem, 127, p. 794;
cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. Catechesi tradendae (16.10.1979),
27: AAS 71 (1979) 1298.
[78] Ioannes Paulus II, Const. Apost. Fidei depositum
(11.10.1992), IV: AAS 86 (1994) 117.
[79] Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Pastores gregis
(16.10.2003), III: AAS 96 (2004) 859-867.
[80] Benedictus XVI, Allocutio In inauguratione
operum V Coetus Generalis Episcoporum Americae Latinae et Regionis Caraibicae (13.5.2007),
3: AAS 99 (2007) 450.
[81] Cf. CIC can. 757; CCEO can. 608;
614.
[82] Cf. Missale Romanum, Institutio generalis, 66,
editio typica III, Typis Vaticanis 2002, p. 34.
[83] Cf. CIC can. 766, CCEO can. 614, §
3; 4.
[84] Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Christifideles laici
(30.12.1988), 8.14: AAS 81 (1989) 404-405; 409-411; CIC can. 204; CCEO can. 7, 1.
[85] Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Christifideles
laici (30.12.1988), 14: AAS 81
(1989) 411.
[86] Paulus VI, IV Congreso de Enseñanza Religiosa
en Francia. Normas y votos del Santo Padre (1-3.4.1964): L’Osservatore
Romano edición española (21.4.1964), p. 6.
[87] Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Vita
consecrata (25.3.1996), 94: AAS 88
(1996) 469.
[88] Cf. S. Ambrosius, Epist. 49, 3: PL
16, 1154 B.
[89] Cf. Benedictus XVI, Allocutio En
ocasión de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada (2.2.2008): L’Osservatore
Romano edición española (6-8.2.2008), p. 5.
[90] Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. post-syn. Vita consecrata (25.3.1996),
94: AAS 88 (1996) 469.
[91] Ibidem.
[92] Cf. CIC can. 825; CCEO can. 662
§1; 654.
[93] Cf. Congregatio pro Doctrina Fidei, Nota
doctrinal sobre algunos aspectos de la evangelización (3.12.2007): L’Osservatore
Romano edición española (21.12.2007), pp. 11-13.
[94] Cf. Benedictus XVI, Mensaje
del Santo Padre para la XXI Jornada Mundial de la Juventud (22.2.2006):
L’Osservatoro Romano edición española (3.3.2006), p. 3.
[95] Congregatio pro Clericis, Directorium generale
pro catechesi (15.8.1997), 160: Enchiridion Vaticanum 16, EDB,
Bologna 1999, p. 844; Cf. Paulus VI, Adhort. Apost. Evangelii nuntiandi (8.12.1975),
45: AAS 68 (1976) 35; Ioannes Paulus II, Litt. Enc. Redemptoris missio (7.12.1990), 37: AAS 83 (1991) 284-286; CIC can. 761; CCEO can. 651 §
1.
[96] Cf. Congregatio pro Clericis, Directorium
generale pro catechesi (15.8.1997), 161: Enchiridion Vaticanum 16,
EDB, Bologna 1999, p. 846.
[97] Cf. Benedictus XVI, Pontificatus exordia: Sermo ad
S.R.E. Cardinales ad universumque orbem catholicum (20.4.2005),
5: AAS 97 (2005) 697-698.
[98] Benedictus XVI, Allocutio Dar
al mundo un testimonio común (25.1.2007): L’Osservatore Romano
edición española (2.2.2007), p. 3.
[99] Cf. Ioannes Paulus II, Allocutio Mogontiaci ad
Iudaeos habita Veteris Testamenti Haereditas ad pacem et iustitiam fovendas
trahit (Mainz, 17.11.1980): AAS 73 (1981) 78-82
[100] Ioannes Paulus II, Allocutio A
los participantes al Simposio intereclesial sobre Raíces del
antijudaísmo en ambiente cristiano (31.10.1997), 3: L’Osservatore
Romano edición española (7.11.1997), p. 5.
[101] Cf. Pontificia Commissio Biblica, Le peuple
juif et ses Saintes Écritures dans la Bible chrétienne (24.5.2001): Enchiridion
Vaticanum 20, EDB, Bologna 2004, pp. 506-834.
[102] Ibidem, 2, p. 524; cf. Ratzinger J., Jesús
de Nazaret, La Esfera de los libros, Madrid 2007, pp. 131ss.
[103] Cf. Pontificia Commissio Biblica, Le peuple
juif et ses Saintes Écritures dans la Bible chrétienne (24.5.2001): Enchiridion
Vaticanum 22, EDB, Bologna 2004, pp. 584-586.
[104] Cf. Ioannes Paulus II, Messaggio agli Ebrei
polacchi in occasione del 50º Anniversario dell’insurrezione (6.4.1993): Insegnamenti
di Giovanni Paolo II, 16/1, Libreria Editrice Vaticana, Città del
Vaticano 1993, p. 830: «Come cristiani ed ebrei, seguendo l’esempio della fede
di Abramo, siamo chiamati ad essere una benedizione per il mondo. Questo è il
compito comune che ci attende. È dunque necessario per noi, cristiani ed ebrei,
essere prima una benedizione l’uno per l’altro».
[105] Cf. Congregatio pro Doctrina Fidei, Declaratio Dominus
Jesus (6.8.2000), 20-22: AAS 92 (2000) 764-766.
[106] Cf. Congregatio pro Clericis, Directorium
generale pro catechesi (15.8.1997), 109: Enchiridion Vaticanum 16,
EDB, Bologna 1999, pp. 764-766.
[107] Cf. Benedictus XVI, Nuntii
ob diem ad Pacem fovendam Nella verità,
la pace (8.12.2005): AAS 98 (2006) 56-64; La
persona humana, corazón de la paz (8.12.2006): L’Osservatore Romano
edición española (15.12.2006), pp. 5-6.
[108] Benedictus XVI, Allocutio A
los representantes de algunas comunidades musulmanas (20.8.2005): L’Osservatore
Romano edición española (26.8.2005), p. 9.
[109] Ratzinger J., Allocutio Fe y Razón en
ocasión del encuentro sobre "La Fe y la búsqueda de Dios" (Roma
17.11.1998): L’Osservatore Romano (19.11.1998), p. 8.
[110] Ioannes Paulus II, Adhort. Apost. Catechesi
tradendae (16.10.1979), 53: AAS 71
(1979) 1320.
[111] Benedictus XVI, Allocutio Al
Pontificio Consejo de la Cultura (15.6.2007): L’Osservatore Romano edición
española (22.6.2007), p. 14.
[112] Paulus VI, Homilia Ad Patres conciliares
(7.12.1965): AAS 68 (1966) 57.
[113] S. Maximus Confessor, Capitum theologicorum
et oeconomicorum duae centuriae IV, 39: MG 90, 1084.
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