Proponer o imponer la moral cristiana por Luis Alberto Loyo, párroco de la Catedral de Bilbao
Escrito por Ecclesia Digital
domingo, 06 de julio de 2008
Estos días celebra el PSOE
su congreso nacional, y entre los muchos asuntos que según ha trascendido van a
tratar, se encuentran la ampliación de la Ley del aborto, la obligatoriedad de
la Educación para la Ciudadanía y su imposibilidad de objeción, y el derecho a
una muerte digna. El hecho de que me detenga en estos tres es por su
trascendencia en la vida de todos y su clara referencia a la moral individual.
Ante
la clara posición de la Iglesia en estos temas, y su pública manifestación
sobre los mismos, algunos dirigentes del mencionado partido resaltan la
pretensión de la Iglesia de imponer su moral cristiana a la sociedad. Y ante
este hecho me gustaría hacer dos consideraciones.
La
primera es que la Iglesia en su misión pastoral y evangelizadora distingue
perfectamente lo que corresponde al ámbito de la sociedad en general, y lo que
es propio de su realidad comunitaria particular.
Cuando
la Iglesia expone su palabra al ser humano en general, lo hace con la
conciencia de que es una voz más en medio de un mundo donde se escuchan muchas
voces. Su pretensión es la de iluminar la vida del ser humano con la mayor
intensidad que le es posible, sí, pero con todo el respeto que este mundo le
merece. Proponer el mensaje del evangelio no es ninguna imposición, es una
oferta generosa que parte del vigor interno que vive la comunidad cristiana
alentada por Jesucristo. Y esa voz la tenemos que proponer a tiempo y a
destiempo, sabiendo que muchas veces será rechazada pero otras servirá de gran
ayuda a aquellos que buscan una luz en su camino.
La
segunda consideración es la misión de la Iglesia para la misma comunidad
cristiana, donde ha de actuar como Madre y Maestra. Los cristianos no nos sentimos
intimidados cuando escuchamos una palabra autorizada de nuestros pastores. Los
cristianos la acogemos con gratitud porque nos ayuda a discernir en medio de
las nebulosas que tantas veces no nos dejan ver con claridad. Y la actitud del
creyente ante esta palabra de quienes tienen la misión de enseñar y acompañar
nuestra fe, ha de ser de acogida y respeto.
Los
cristianos en la vida pública han de ser fermento en medio de la masa y no
meros coristas que interpretan al unísono la partitura que marca el partido.
Cuando un cristiano milita en un determinado partido político ha de tener claro
que el sustantivo de su vida es su ser cristiano, que el fundamento está en su
fe y no en su ideología, y que por encima de los principios políticos han de
situarse los éticos y morales que manan de esa fe vivida de forma adulta y en
la comunión eclesial.
Los
políticos no han de temer la voz de la Iglesia que propone un estilo de vida
plenamente humano y humanizador. Su defensa de la vida desde el momento de su
concepción y hasta su fin natural no es fruto del capricho, sino de la dignidad
con que hemos sido creados por Dios.
Y
los cristianos comprometidos en el mundo, han de encontrar en la voz eclesial
la luz que ilumine sus mentes para colaborar en la construcción de un mundo
justo y fraterno, viviendo con coherencia su fe y contrastándola constantemente
con la comunidad a la que pertenecen.
"La
fe no se impone, se propone", recordaba el Papa Juan Pablo II a los
jóvenes españoles en Cuatro Vientos, pero ha de ser una proposición activa y
valiente.