Que la Palabra de Dios
tiene valor eterno no tiene duda, que acierta siempre a la hora de iluminar la
vida del hombre es una realidad nítida, porque Dios conoce nuestro interior
mejor que nosotros mismos, “Señor, tú me
sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento y me levanto, de lejos
penetras mis pensamientos… todas mis sendas te son familiares… no ha llegado mi
palabra a mi lengua y ya, Señor, te la sabes toda…” (ved el Salmo 138).
Lo cierto es que esta confianza ha llevado a tantos
cristianos, que en los momentos límite de sus vidas, especialmente durante las
persecuciones, donde se les ofrecían
caminos fáciles para haberse alejado de la fe, a seguir confiando en la
Palabras del Señor y a permanecer en la fe. Se han fiado de Él. En estos
tiempos se observan señales que anuncian tormentas y cuando en el horizonte se
ven los relámpagos es que pronto oiremos los truenos… y si el tiempo está así
será necesario preparase, estar vigilantes para no alejarse del Señor.
Llama la
atención cómo el apóstol Pablo, en los Hechos de los Apóstoles advierte a los
presbíteros de Éfeso, en Mileto, que cuiden de la grey que el Espíritu Santo
les ha confiado, que estén atentos a los peligros que vienen de fuera y de dentro
de vosotros mismos. Dice esto con una fuerza que no se puede pasar por alto:
“de entre vosotros mismos se levantaran hombres que hablaran cosas perversas,
para arrastrar a los discípulos detrás de sí” (Hch 20,30). Podemos leer el
evangélico ejemplo de la casa con buenos cimientos, si nuestra casa los tiene,
ni los peligros de fuera, ni los de dentro la derribaran, así que no temamos,
que mientras que vayamos en la barca del Señor, Él tiene poder de calmar las
tormentas. Pero un poco más adelante viene la advertencia de San Pablo a los
pastores: “os encomiendo a Dios y a la Palabra de su gracia” (Hch 20,32), lo
cual nos quiere decir que nosotros solos no podremos hacer nada y nos indica la
dirección de nuestra salvación: permanecer en la fe y en la comunión.
Estos
días hemos oído cosas en los Medios de Comunicación que son preocupantes unas,
el empeño de llamar signo de “modernidad” a matar criaturas inocentes, sin
defensa, como es el aborto y no decir nada de la responsabilidad de los
padres…; el empeño de abrir las puertas a la eutanasia, ¿es otro signo de
modernidad?... estas cosas pertenecen a una cultura de muerte, precisamente
cuando hablamos tanto de proteger la vida, incluso la de los simios. También
oyes otros mensajes que no sabes a qué atenerte, aunque si lo que se pretende…
pero paciencia. Creo que es la hora de la coherencia, de la firmeza de la fe,
de trabajar la condición cristiana de la vida, de responder a la llamada del
Señor, de vivir los signos cristianos, que son de Vida: amor, solidaridad,
defensa de la verdad, de la justicia, de la paz; llenarnos de los valores
cristianos y humanos en nuestras casas y nuestras calles; quitarse la vendas y
los sudarios y salir a la luz, porque hemos escuchado la voz determinante del
Señor que nos dice, ¡Levántate, sal fuera!; es hora de potenciar la comunión
que define a la iglesia, es la hora de la conciencia. Todo esto me recuerda el
final del 1er. acto del Alcalde de Zalamea, de Calderón, “Al rey, la hacienda y
la vida le puedes dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma es de
Dios”.
“El que
escucha la Palabra de Dios y la entiende, ése dará fruto y producirá ciento o
sesenta o treinta por uno”, así termina el Evangelio de hoy. Abrid los oídos al
Señor para dar fruto.
+ José Manuel Lorca Planes
Obispo
de Teruel y de Albarracín